Recuerdo al poeta salvadoreño
Roque Dalton respondiendo a la
pregunta de un entrevistador con
estas palabras: “El poeta es un
testigo, solo que un testigo
corroído por la pasión”. Roque
fue asesinado en su “pequeña
tierra amada” en 1975, mientras
combatía por su liberación. No
sé si conoció personalmente a
Violeta, pero, después de
confrontar fechas y lugares de
exilio, estoy casi seguro de que
no fue así. Compartían, sin
embargo, el gusto por la poesía
popular descarnada y sincera,
por las coplas satíricas y por
la manera intensa de vivir la
realidad.
La definición de Dalton puede
servir para caracterizar todo el
trabajo artístico de Violeta
Parra. Ella fue la cronista
activa y apasionada de su tiempo
y de su realidad. Una de las
grandezas de su trabajo radica
en no solo haber recogido,
divulgado y recreado las formas
musicales y poéticas de las
regiones que visitó e investigó,
sino también haber comprendido y
apresado los tremendos
conflictos sociales y humanos
que subyacían en aquellos cantos
y en aquellas vidas. Su labor se
ubica mucho más allá de la
actividad desplegada por
aquellos investigadores que no
han sido capaces de apresar la
vida que late —plena de
dramáticos contrastes, expresión
de la lucha de clases— en las
formas artísticas y culturales
que estudian.
Violeta dejó una crónica de la
situación del indio chilote en
“Según el favor del viento”. Y
en “Y arriba quemando el sol”
toma el sitio del minero para
contarnos, desde adentro:
Cuando vide los mineros
dentro de esa habitación,
me dije: Mejor habita
en su concha el caracol
o a la sombra de las leyes,
el refinado ladrón.
Esa toma de posición en favor de
los “populáricos” —además de la
justicia social y humana que
encarna y reclama— hace posible
que estas canciones se sitúen en
el polo opuesto de la postal
turística, de la visión
“folclorista”, del
embellecimiento de las crudas
realidades que las originan,
para convertirse, realmente, en
documentos artísticos y humanos
de una estremecedora
autenticidad, capaces de lograr
una comunicación intensa y
efectiva con su destinatario,
con sus oyentes.
Algunos críticos han señalado
que, después de la muerte de
Violeta, existe una especie de
“complejo de culpa” entre muchos
de los que la tuvieron en Chile
bordando, componiendo y
cantando, y no se dieron cuenta
de lo que eso significaba. En el
fondo, se trata del piadoso acto
de contrición de una concepción
de la cultura, y de las clases
dominantes que la propugnan e
imponen. Lo cierto es que
ignoraron a Violeta, y le
negaron respaldo y ayuda
material porque les era ajena y
hostil. Por la temática de sus
obras, por sus búsquedas y
hallazgos en las auténticas
fuentes del folclore, y por la
forma y la intensidad con que
establecía comunicación con su
público, Violeta representaba
los valores, las vicisitudes y
las esperanzas de las clases
populares. Era una cultura
“otra” la que ella investigaba,
enriquecía y divulgaba. Por ello
no encontraba apoyo entre los
representantes de la cultura
oficial, elitista ni en los
organizadores de los medios
masivos de comunicación. La
fabricación propagandística y el
lanzamiento de cualquier
cantante de segunda fila
ocupaban más tiempo y recursos
que la divulgación de la obra
artística de Violeta Parra.
Lo maravilloso y lo aleccionador
es constatar, desde hoy y desde
aquí, su respuesta: la de buscar
y utilizar vías eficaces y
directas para llegar a su
público, a su pueblo.
En esa tensión entre las
negativas oficiales a la
difusión sistemática y eficaz de
su obra y la sostenida decisión
de no renunciar a hacerla,
Violeta confirmó en estos años
finales de su vida (que
coinciden, en su caso, con los
de la plenitud artística) una
visión integral de su trabajo:
borró huellas entre géneros y
modos de revelar la realidad;
declaró su propósito de
acercarse más aún a la gente:
“Yo
creo que el caso de Violeta
Parra es uno de los más
excepcionales e interesantes de
cuantos se puedan presentar en
el arte de Latinoamérica [...].
Ella es lo más chileno de lo más
chileno que yo tengo la
posibilidad de sentir; sin
embargo, es al mismo tiempo lo
más universal que he conocido de
Chile [...]. Lo más genialmente
individual y al mismo tiempo lo
más genialmente popular”.
Esa fuerza que señalaba un
profundo conocedor de estos
asuntos, el peruano José María
Arguedas, es la que seguramente
anima, de forma activa y
duradera, la herencia de Violeta
Parra. Este Libro mayor
suyo quiere contribuir a que esa
herencia “se propague por toda
la población”, reuniendo la más
completa muestra de su obra
múltiple y nuestra, unida al
hilo de su vida: firmemente
unidas obra y vida, su primera
enseñanza.
Un libro casi siempre se está
haciendo durante mucho tiempo. A
veces, mucho más tiempo del que
somos capaces de calcular. Así
pasa también con este Libro
mayor: lo empezó Violeta en
Ñuble, lo llevó por Chile y por
el mundo, lo escribió en
cuadernos y guitarras, lo
exhibió en aceras y salones de
museos, lo cantó, lo disfrutó,
lo sufrió, lo vivió.
Si hoy es libro reunido, papeles
puestos en algún orden, tiempo
vuelto a contar, es porque
Isabel Parra lo fue recopilando
y rescatando. Y porque Haydée
Santamaría,
directora de la Casa de las
Américas, lo alentó durante
años, al calor de la admiración
y el cariño que sentía por
Violeta, difícilmente
traducibles en las palabras
finales de un prólogo.
Con ese cariño y esa admiración
saludamos, en su Libro mayor,
a esta Violeta Parra nuestra,
latinoamericana y popular,
sufriente y gozosa y combativa
como la vida misma, y a su
amorosa decisión de quedarse
para siempre con nosotros.
Notas:
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