Partiendo de la base de que la
poesía y el arte en general son
distintas aproximaciones de lo
real y que, por supuesto, no hay
nunca una última versión, sino
que esa versión es en cierto
sentido la que se va
construyendo entre todos, en ese
sentido quería compartir una
frase de un gran nuevo poeta que
está acá, Héctor Hernández
Montesinos, que en una
conversación sobre poesía dijo
que esta era una respuesta a
preguntas que todavía no se
habían formulado. Me pareció una
de las grandes síntesis sobre
este extraño quehacer que es
precisamente la poesía.
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Cada vez me resulta más difícil,
en lo personal, decir quién
escribe. Quién es el que se toma
de repente la palabra y empieza
a escribir en un lenguaje, que
aunque sea del más radical
conversacionalismo, de la más
radical poesía, no es el
lenguaje con el cual uno se sube
a una guagua —como dicen
ustedes—, o a una micro —como
decimos nosotros. No es el
lenguaje con el cual uno se toma
un café. Aunque sea
extremadamente parecido, no es.
Empieza lo que la tradición
eclesiástica llama “hablar en
lenguas”. Cada vez más tengo la
sensación de que la parte del yo
es cada vez más un receptáculo
tal vez consciente de fuerzas,
de voces, de ámbitos y
recuerdos, de nostalgias y
premoniciones que uno a duras
penas controla y vislumbra.
Creo que es bastante ilustrador
el hecho de que muchos poetas
inteligentes son muy buenos
críticos y capaces de elaborar
teorías formidables, pero son
muy débiles a la hora de
explicar un poema suyo.
A los
sonetos de Shakespeare les
importaban realmente muy poco
cuáles eran los afanes, las
tristezas, las ambiciones,
neurosis y alegrías de ese tal
Shakespeare, porque lo único que
querían era ser los sonetos de
Shakespeare.
No digo que esto lo haya pensado
desde siempre. Si me hubieran
preguntado hace cinco años atrás
sobre la poesía hubiera dicho
que es un interlocutor. Ahora,
realmente no lo sé. Dentro de
esa parcialidad, dentro de esos
necesarios espacios mínimos en
los cuales uno puede vislumbrar
ciertas cosas, en la poesía hay
que tratar de ser lo más
consciente posible, aplicar la
máxima racionalidad, la máxima
estructura, porque de todas
maneras aquello que se llama el
inconsciente, el duende —como
quieran llamarlo— va a hacer lo
que quiera finalmente. Es como
si uno fuera arrasado por el mar
de la duda. Realmente ese mar
general del habla produce de
pronto pequeños destellos que
son los verbos de Platón, que
son los Evangelios, que son
James Joyce, Otelo, la Divina
Comedia, Lezama Lima, que
pertenecen a ese mar general del
habla en el cual estamos
concernidos y de una u otra
forma buscamos afanosamente, a
veces con desesperación, las
señas de un posible destino o de
una posible identidad, un
posible lugar hacia el cual
estuviésemos marchando.
Vuelvo a la respuesta de
Hernández Montecinos
de que la poesía es una
respuesta a preguntas que
todavía no se han formulado. O
sea, todo el infinito espacio
del porvenir y de lo pasado que
no conocemos nos lanza en esta
aventura radical de las
palabras, y allí vamos
reconociendo ciertos poemas,
versos y trazos, ciertos
diálogos que sentimos que
también fueron escritos por
nosotros hace miles de años.
Recuerdo mi propia experiencia,
las cosas que me han
maravillado, que me han
deslumbrado: desde un verso de
Pound hasta una película de
Chaplin, hasta un afiche. Son
tan variadas, tan
contradictorias, tan
multifacéticas las cosas por las
que uno se impresiona. Recuerdo,
y siento que en este mar general
vamos encontrando trozos, y que
realmente no existe eso que se
llama “las influencias”, no
existe esa versión más sutil que
habla del paratexto o la
intertextualidad. Por supuesto,
no existe el plagio, no existe
la copia. Lo que existe es que
en el momento en que se es
ocupado, se es ocupado por la
totalidad de la escritura. Cada
vez que uno está escribiendo se
suspende en cierto sentido la
existencia y por eso se suspende
también, aunque sea por un
segundo, la muerte. El momento
en que se escribe es el mismo en
que está escribiendo Platón,
Homero, Shakespeare, mi amiga
Carmen Berenguer, mi
contemporáneo
Maquieira, se mueve todo el
universo de la escritura en cada
poema que uno escribe.
También me apego, por historia,
por un fervor, por autores que
admiro tanto, a la definición de
poesía chilena, pero entiendo
por poesía chilena todo aquello
que me ha conmovido
profundamente.
Palabras de Raúl Zurita en el
panel sobre Poesía chilena
contemporánea, que tuvo lugar en
la sala José Antonio Portuondo
de San Carlos de La Cabaña el 13
de febrero, en el contexto de la
XVIII Feria Internacional del
Libro de La Habana.
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