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Han transcurrido más de dos años
desde que Roberto Fernández
Retamar me pidiera —durante el
desarrollo de un evento en el
Palacio de las Convenciones— que
me hiciera cargo de un proyecto
de la Biblioteca Ayacucho: la
preparación de un volumen con
sus páginas escogidas. Recuerdo
haber respondido afirmativamente
a su solicitud y también que la
sensación de estupor me duró
algún tiempo, pero no demasiado,
pues había que poner manos a la
obra enseguida.
Por entonces yo vivía en
Camagüey, lo que no hacía más
fáciles las cosas. Recuerdo que
durante el primer semestre de
2007 nuestros respectivos
correos electrónicos vivían
perpetuamente conectados: envío
de materiales, sugerencias,
revisiones devueltas para ser
revisadas de nuevo, tanteos,
adiciones y supresiones, casi
hasta el agotamiento. Durante
este período aprendí más sobre
este tipo de labores y sobre la
creación de RFR que en todo el
resto de mi vida. Luego,
trasladé mi residencia a esta
ciudad y las labores siguieron
—hubo una etapa en que todavía
no tenía correo electrónico acá
y debía, como cualquiera del
barrio, llamar a Retamar desde
el teléfono de la esquina.
No fueron pocos los trabajos,
pero como sucede con las labores
intelectuales que se hacen a
conciencia y a gusto, los frutos
fueron más allá de lo esperado:
en vez de un libro nacieron dos,
que hoy tienen ante ustedes. El
primero fue Con las mismas
manos, que es una selección
de textos relevantes de la
producción en verso de Roberto,
así como textos suyos dedicados
a la poesía, con una
presentación mía y que apareció,
en la primavera de 2008 en
Venezuela, dentro de la
colección Claves de América,
de claro propósito divulgativo y
popular.
A fines de ese año, en una tarde
que recuerdo lluviosa y más fría
de lo que hubiera querido,
presenté en la Feria
Internacional del Libro de la
patria de Bolívar, en el
hermosísimo, y por esos días
cosmopolita, parque Los Caobos,
el segundo de estos libros:
Lo que va dictando el fuego,
título que glosa un verso de Sor
Juana Inés de la Cruz, que
despliega con mayor amplitud la
obra en verso y prosa del autor
y se inscribe dentro de la
colección Clásicos. Deviene así
Retamar uno de los escasos
autores de la Isla que han
podido acceder a esta Biblioteca
de lo más selecto de la
literatura latinoamericana, pues
los otros incluidos son: José
María Heredia, Gertrudis Gómez
de Avellaneda, José Martí,
Julián del Casal, Enrique José
Varona, Alejo Carpentier, José
Lezama Lima, Juan Marinello ―lo
que no puede negarse que es
buena y selecta compañía, pero
también que es uno de los pocos
que recibe, felizmente vivo, ese
acto de justicia intelectual.
Roberto Fernández Retamar es una
de esas figuras que no necesitan
presentación en nuestro ámbito:
hasta el más sencillo ciudadano
sabe que es o ha sido, según el
caso, profesor universitario,
diplomático, presidente de la
Casa de las Américas, director
de la Academia Cubana de la
Lengua, miembro del Consejo de
Estado de la República de Cuba.
Lo que se ha dicho menos es que
resulta una de las figuras
intelectuales esenciales del
Continente Americano en la fecha
actual.
Es un hombre de ejecutoria tan
dilatada que lo sitúa en el
linaje de un Andrés Bello o un
Alfonso Reyes. Como ellos, no
solo ha servido con su talento
excepcional a su pueblo, sino a
la América toda. Pocas veces en
nuestras letras se han unido un
rigor y una calidad literaria
tan notables con una ejecutoria
tan inclaudicablemente
antimperialista. Díganlo
muchísimos de sus versos o las
páginas de ese ensayo, que, él
solo, podría garantizarle un
lugar en el pensamiento de
avanzada latinoamericano:
Caliban.
La sabia decisión de la
Biblioteca Ayacucho no solo es
un acto de justicia sino un acto
de valentía porque el nombre de
Roberto sigue sonando provocador
dondequiera que se reúnen los
intelectuales financiados por
los sectores neoconservadores,
pero además, estos nuevos tomos
de Ayacucho ayudarán a extender
por América y el mundo todo, un
quehacer, que aunque muy
reconocido en los ámbitos
intelectuales y especialmente
académicos de varios
continentes, ha sido
sistemáticamente excluido de las
grandes editoriales, de los
sellos más poderosos y desde
luego, de la propaganda más
complaciente de la gran prensa
capitalista.
¿Cómo no intentar silenciar a
quien se atrevió a escribir, en
fecha tan temprana como 1971 en
el citado Caliban:
“Nuestro símbolo no es pues
Ariel, como pensó Rodó, sino
Caliban. Esto es algo que vemos
con particular nitidez los
mestizos que habitamos estas
mismas islas donde vivió Caliban:
Próspero invadió las islas, mató
a nuestros ancestros, esclavizó
a Caliban y le enseñó su idioma
para entenderse con él: ¿Qué
otra cosa puede hacer Caliban
sino utilizar ese mismo idioma
para maldecir, para desear que
caiga sobre él la ‘roja plaga’?
No conozco otra metáfora más
acertada de nuestra situación
cultural, de nuestra realidad.
[y aquí viene una larga cita de
próceres e intelectuales, desde
Túpac Amaru y Tiradentes hasta
Roque Dalton y Leo Brouwer]
¿qué es nuestra historia, qué es
nuestra cultura, sino la
historia, sino la cultura de
Caliban?”
Es imprescindible repasar esas
líneas, lo mismo que aquellas
que le siguieron: Caliban
revisitado(1986), Caliban
en esta hora de Nuestra América(1991),
Caliban quinientos años más
tarde (1992), Caliban
ante la Antropofagia(1999),
sin olvidar otra línea
fundamental en su obra: la
revisión de la “leyenda negra”
española y con ella, de algunos
de los mitos de liberalismo
americano, como demuestra en
Algunos usos de civilización y
barbarie, o su
imprescindible bibliografía
sobre una figura capital de
nuestras letras: José Martí. Se
trata de una escritura
fundacional, cuyo meollo
contiene no solo muchísimas
interrogaciones, de las que han
asediado a los intelectuales
honestos del mundo desde hace
varias décadas, sino que tiene
el arrojo de ofrecer también
muchísimas respuestas, aunque
estas resulten ofensivas para
ciertas figuras de
“inteligencia” burguesa.
Sin embargo, confieso que el
valor del Retamar ensayista,
tiende —muchas veces con su
propia complicidad— a ocultar la
figura del poeta, de aquel autor
precoz de la Elegía como un
himno —dedicada a la memoria
de otro poeta y luchador
revolucionario: Rubén Martínez
Villena— y también algunos de
los poemas que resultarían
definitorios para lo que se ha
dado en llamar la poesía de la
“generación de los años 50”:
“Palacio cotidiano”, “Los
oficios”, “Los que se casan con
trajes alquilados”, “Última
estación de las ruinas”. Quién
no se ha repetido alguna vez
aunque sea un par de versos de
esa página imprescindible que es
“El Otro” o de ese inolvidable
poema de amor o poema cívico, o
ambas cosas a la vez, que es
“Con las mismas manos”. Está
también esa elegía “¿Y
Fernández?”, dedicada a su
padre, que nos sobrecoge con su
lenguaje aparentemente tranquilo
y confesional, pero que es, sin
lugar a duda, una de las más
notables escritas en lengua
española de este lado del
Atlántico.
No hay un Roberto Fernández
Retamar poeta y otro prosista,
como no hay uno dirigente
político y otro hombre privado,
sino hay, tras esas páginas que
hoy les ofrecemos, todo un
hombre íntegro, con sus certezas
y sus dudas, un enemigo de los
dogmas, pero también alguien
dispuesto a plantar cara a las
grandes verdades por las que
vale la pena vivir y si es
preciso, hasta morir. Por eso,
no voy a concluir con una cita
de sus enjundiosos ensayos donde
aboga por un pensamiento fuerte
e independiente, de recia raíz
martiana, marxista, bolivariana,
sino con uno de esos poemas que
desde la aparente humildad de lo
privado mejor retratan su
grandeza humana, me refiero a
“Felices los normales”, dedicado
a la artista plástica Antonia
Eiriz:
Felices los
normales, esos seres extraños.
Los que no tuvieron una madre
loca, un padre borracho, un hijo
delincuente,
Una casa en ninguna parte, una
enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados
por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete
rostros de la sonrisa y un poco
más,
Los llenos de zapatos, los
arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los
lindos,
Los rintintín y sus secuaces,
los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son
queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por
ratones,
Los vendedores y sus
compradores,
Los caballeros ligeramente
sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos
y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los
finos,
Los amables, los dulces, los
comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol,
las piedras.
Pero que den paso a los que
hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías,
las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos
que sus madres, los más
borrachos
Que sus padres y más
delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores
calcinantes.
Que les dejen su sitio en el
infierno, y basta. |