Año VII
La Habana

14-20 de FEBRERO
de 2009

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Presentación de los libros Lo que va dictando el fuego
y Con las mismas manos, de Roberto Fernández Retamar

Un acto de justicia intelectual

Roberto Méndez Martínez • La Habana

 
Han transcurrido más de dos años desde que Roberto Fernández Retamar me pidiera —durante el desarrollo de un evento en el Palacio de las Convenciones— que me hiciera cargo de un proyecto de la Biblioteca Ayacucho: la preparación de un volumen con sus páginas escogidas. Recuerdo haber respondido afirmativamente a su solicitud y también que la sensación de estupor me duró algún tiempo, pero no demasiado, pues había que poner manos a la obra enseguida.

Por entonces yo vivía en Camagüey, lo que no hacía más fáciles las cosas. Recuerdo que durante el primer semestre de 2007 nuestros respectivos correos electrónicos vivían perpetuamente conectados: envío de materiales, sugerencias, revisiones devueltas para ser revisadas de nuevo, tanteos, adiciones y supresiones, casi hasta el agotamiento. Durante este período aprendí más sobre este tipo de labores y sobre la creación de RFR que en todo el resto de mi vida. Luego, trasladé mi residencia a esta ciudad y las labores siguieron —hubo una etapa en que todavía no tenía correo electrónico acá y debía, como cualquiera del barrio, llamar a Retamar desde el teléfono de la esquina.

No fueron pocos los trabajos, pero como sucede con las labores intelectuales que se hacen a conciencia y a gusto, los frutos fueron más allá de lo esperado: en vez de un libro nacieron dos, que hoy tienen ante ustedes. El primero fue Con las mismas manos, que es una selección de textos relevantes de la producción en verso de Roberto, así como textos suyos dedicados a la poesía, con una presentación mía y que apareció, en la primavera de 2008 en Venezuela, dentro de la colección Claves de América, de claro propósito divulgativo y popular.

A fines de ese año, en una tarde que recuerdo lluviosa y más fría de lo que hubiera querido, presenté en la Feria Internacional del Libro de la patria de Bolívar, en el hermosísimo, y por esos días cosmopolita, parque Los Caobos, el segundo de estos libros: Lo que va dictando el fuego, título que glosa un verso de Sor Juana Inés de la Cruz, que despliega con mayor amplitud la obra en verso y prosa del autor y se inscribe dentro de la colección Clásicos. Deviene así Retamar uno de los escasos autores de la Isla que han podido acceder a esta Biblioteca de lo más selecto de la literatura latinoamericana, pues los otros incluidos son: José María Heredia, Gertrudis Gómez de Avellaneda, José Martí, Julián del Casal, Enrique José Varona, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Juan Marinello ―lo que no puede negarse que es buena y selecta compañía, pero también que es uno de los pocos que recibe, felizmente vivo, ese acto de justicia intelectual.

Roberto Fernández Retamar es una de esas figuras que no necesitan presentación en nuestro ámbito: hasta el más sencillo ciudadano sabe que es o ha sido, según el caso, profesor universitario, diplomático, presidente de la Casa de las Américas, director de la Academia Cubana de la Lengua, miembro del Consejo de Estado de la República de Cuba. Lo que se ha dicho menos es que resulta una de las figuras intelectuales esenciales del Continente Americano en la fecha actual.

Es un hombre de ejecutoria tan dilatada que lo sitúa en el linaje de un Andrés Bello o un Alfonso Reyes. Como ellos, no solo ha servido con su talento excepcional a su pueblo, sino a la América toda. Pocas veces en nuestras letras se han unido un rigor y una calidad literaria tan notables con una ejecutoria tan inclaudicablemente antimperialista. Díganlo muchísimos de sus versos o las páginas de ese ensayo, que, él solo, podría garantizarle un lugar en el pensamiento de avanzada latinoamericano: Caliban.

La sabia decisión de la Biblioteca Ayacucho no solo es un acto de justicia sino un acto de valentía porque el nombre de Roberto sigue sonando provocador dondequiera que se reúnen los intelectuales financiados por los sectores neoconservadores, pero además, estos nuevos tomos de Ayacucho ayudarán a extender por América y el mundo todo, un quehacer, que aunque muy reconocido en los ámbitos intelectuales y especialmente académicos de varios continentes, ha sido sistemáticamente excluido de las grandes editoriales, de los sellos más poderosos y desde luego, de la propaganda más complaciente de la gran prensa capitalista.

¿Cómo no intentar silenciar a quien se atrevió a escribir, en fecha tan temprana como 1971 en el citado Caliban:

“Nuestro símbolo no es pues Ariel, como pensó Rodó, sino Caliban. Esto es algo que vemos con particular nitidez los mestizos que habitamos estas mismas islas donde vivió Caliban: Próspero invadió las islas, mató a nuestros ancestros, esclavizó a Caliban y le enseñó su idioma para entenderse con él: ¿Qué otra cosa puede hacer Caliban sino utilizar ese mismo idioma para maldecir, para desear que caiga sobre él la ‘roja plaga’? No conozco otra metáfora más acertada de nuestra situación cultural, de nuestra realidad.  [y aquí viene una larga cita de próceres e intelectuales, desde Túpac Amaru y Tiradentes hasta Roque Dalton y Leo Brouwer]  ¿qué es nuestra historia, qué es nuestra cultura, sino la historia, sino la cultura de Caliban?”

Es imprescindible repasar esas líneas, lo mismo que aquellas que le siguieron: Caliban revisitado(1986), Caliban en esta hora de Nuestra América(1991), Caliban quinientos años más tarde (1992), Caliban ante la Antropofagia(1999), sin olvidar otra línea fundamental en su obra: la revisión de la “leyenda negra” española y con ella, de algunos de los mitos de liberalismo americano, como demuestra en Algunos usos de civilización y barbarie, o su imprescindible bibliografía sobre una figura capital de nuestras letras: José Martí. Se trata de una escritura fundacional, cuyo meollo contiene no solo muchísimas interrogaciones, de las que han asediado a los intelectuales honestos del mundo desde hace varias décadas, sino que tiene el arrojo de ofrecer también muchísimas respuestas, aunque estas resulten ofensivas para ciertas figuras de “inteligencia” burguesa.

Sin embargo, confieso que el valor del Retamar ensayista, tiende —muchas veces con su propia complicidad— a ocultar la figura del poeta, de aquel autor precoz de la Elegía como un himno —dedicada a la memoria de otro poeta y luchador revolucionario: Rubén Martínez Villena— y también algunos de los poemas que resultarían definitorios para lo que se ha dado en llamar la poesía de la “generación de los años 50”: “Palacio cotidiano”, “Los oficios”, “Los que se casan con trajes alquilados”, “Última estación de las ruinas”. Quién no se ha repetido alguna vez aunque sea un par de versos de esa página imprescindible que es “El Otro” o de ese inolvidable poema de amor o poema cívico, o ambas cosas a la vez, que es “Con las mismas manos”. Está también esa elegía “¿Y Fernández?”, dedicada a su padre, que nos sobrecoge con su lenguaje aparentemente tranquilo y confesional, pero que es, sin lugar a duda, una de las más notables escritas en lengua española de este lado del Atlántico.

No hay un Roberto Fernández Retamar poeta y otro prosista, como no hay uno dirigente político y otro hombre privado, sino hay, tras esas páginas que hoy les ofrecemos, todo un hombre íntegro, con sus certezas y sus dudas, un enemigo de los dogmas, pero también alguien dispuesto a plantar cara a las grandes verdades por las que vale la pena vivir y si es preciso, hasta morir. Por eso, no voy a concluir con una cita de sus enjundiosos ensayos donde aboga por un pensamiento fuerte e independiente, de recia raíz martiana, marxista, bolivariana, sino con uno de esos poemas que desde la aparente humildad de lo privado mejor retratan su grandeza humana, me refiero a “Felices los normales”, dedicado a la artista plástica Antonia Eiriz:

          Felices los normales, esos seres extraños.

Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,

Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,

Los que no han sido calcinados por un amor devorante,

Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,

Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,

Los satisfechos, los gordos, los lindos,

Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,

Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,

Los flautistas acompañados por ratones,

Los vendedores y sus compradores,

Los caballeros ligeramente sobrehumanos,

Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,

Los delicados, los sensatos, los finos,

Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.

Felices las aves, el estiércol, las piedras.
 

Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,

Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan

Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos

Que sus padres y más delincuentes que sus hijos

Y más devorados por amores calcinantes.

         Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

 

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