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El intento fallido o “ese qué
sé yo, que se siente quién
sabe cómo, que es la
literatura”
Al correr de los años y, sobre
todo, en estos tiempos de
descreimiento sistemático y
globalizado, parece todavía
más osado que nunca cuestionar
la existencia de una
especificidad literaria; sobre
todo si se revisan los
antecedentes o, mejor dicho,
los “fracasos” en este intento
fallido por definir qué es la
literatura (y, a pesar de los
pesares, la expresión
literaria se mantiene en su
incesante mudanza). El colapso
del estructuralismo (con todo
y su noción del “principio de
inteligibilidad objetiva”
propuesto por Gérard Genette
para afirmar la existencia de
una estructura subyacente a
la obra literaria) en la
segunda mitad de la década del
sesenta, propició el
resquebrajamiento de las
últimas certezas del canon
epistémico y artístico de
Occidente. Ante la
incertidumbre, se pugnó por la
“apertura” al más puro estilo
de la democracia
occidental, ese universal
abstracto tan manoseado y
pretextado de un tiempo a esta
parte, donde se suelen
confundir los conceptos de
libertad y mercado
libre. Los nuevos tiempos
requerían, por tanto, la
eliminación de los lastres y
taras que habían hecho del
siglo XX un período realmente
antropófago; en el terreno
literario, la censura fue el
principal lastre a vencer. Y
la obra literaria, la creación
(otrora resultado de una
inspiración individual) mudó
en el polisémico concepto de
texto, que abarca una
multiplicidad de discursos no
siempre correspondientes
entre sí. El efecto fue
irreversible: el canon
literario dejó de ser
monolítico, unívoco, y cedió
ante un corpus
polifónico y multigenérico,
pero siempre relacionado, de
una manera u otra, con las
nuevas estrategias de
difusión. Y si la censura fue
censurada, su lugar lo
ocuparon las nuevas
editoriales privadas y
transnacionales.
Al mismo tiempo, la industria
cultural, elucubrada bajo la
hegemonía del neoliberalismo
o capitalismo tardío, se ha
desarrollado de una manera
insólita y muchas veces
contradictoria, creando nuevas
relaciones al interior del
sistema literario. Y por tal
sistema entiendo la dinámica
establecida entre autor y
obra, y la difusión y
recepción de este y aquella.
Pues, si bien el texto
literario ha conseguido en los
últimos tiempos cierta
autonomía (ha pasado de ser
objeto sagrado en la
premodernidad, a juego y
ornato en el desarrollo
occidental moderno), ahora
corre el riesgo de
transformarse en producto de
mercado.
En Hispanoamérica (así, con
guión, como lo propuso José Gaos para designar todo el
mundo hispánico y donde España
era una más de las naciones
hispanoamericanas) los
últimos veinticinco años han
sido de reposiciones entre los
papeles del escritor, la
literatura, los medios y los
lectores. Aquende el
Atlántico, los grandes
proyectos modernizadores del
siglo XX fracasaban en su
propia retórica (el 68
mexicano, el suicidio de
Getulio Vargas en
Brasil-1954-, el caso Padilla
en Cuba-1971-), o eran
arrancados de tajo por la
oscura tradición del
caudillaje y el golpe de
Estado (la caída de la Unidad
Popular en Chile, los golpes
militares en Argentina y
Uruguay). A contrapelo de la
corriente occidental, los años
setenta en nuestra América
marcaron un reposicionamiento
de la censura y, por ende,
implicaron un orden y un
control sobre el canon
literario; la crítica se
silenció en el empleo de
métodos inmanentistas que
borraban lo contextual en aras
de la corroboración de una
totalidad y autosuficiencia
dentro del fenómeno literario.
Con “el retorno de las
democracias” en los años
ochenta y noventa, y la caída,
en el año 2000, del más grande
y vetusto gobierno partidista
del siglo XX, el PRI mexicano,
la carrera por ponerse al
corriente se desaforó. Un afán
de inclusión en todos los
niveles del discurso
(político, social, cultural)
parece ser el sino en estos
momentos. El papel que la
literatura hispanoamericana
desempeña dentro de esta nueva
etapa del desarrollo de la
industria cultural será el
objeto de este ensayo, así
como su efecto en:
Esa tradición nuestra, tan
maltrecha y vilipendiada, la
pobre
Si bien es cierto que la
década del sesenta fue, a
todas luces, inusitada en el
panorama de la difusión
literaria hispanoamericana y
que fenómenos tan
controversiales como el
boom narrativo hicieron
que el mundo occidental
reparase con atención, al
parecer por primera vez, en
nuestra provinciana tradición
literaria, en sí, este asunto
ha tenido y tiene
obligadamente que ver con la
relación centro-margen. Si,
como la historiografía
literaria de nuestra América
lo confirma, la literatura
hispanoamericana nació
sabiéndose marginal con
respecto a las “grandes
tradiciones literarias de
Occidente” y se apresuró a
autocalificarse con eufemismos
decorosos: “somos una rama de
ese bello árbol que es la
literatura española”, entonces
su principal lucha fue por la
originalidad y,
necesariamente, por la
representación. Todavía en los
albores del siglo XX, Pedro
Henríquez Ureña sostenía, no
sin pena, por cierto, que
nuestras letras continuaban
siendo un apéndice de la
literatura española, Sin
embargo, las opciones para
“independizarnos
culturalmente” parecían
dicotómicas y poco
funcionales: o se exaltaba la
naturaleza local (camino
iniciado por Andrés Bello en
sus neoclásicas Alocución a
la poesía -1823- y La
agricultura de la zona tórrida
-1826-, cuyo referente más
lejano eran las crónicas de la
Conquista, que intentaron
“aprehender” el exotismo del
Nuevo Mundo y ordenarlo a
través de la escritura; Bello
procuró dominar la naturaleza
a través del lenguaje, es
decir, ser independientes sin
dejar de ser occidentales) y
las batallas por la
emancipación (Olmedo, Quintana
Roo), o se intentaba seguir
fielmente cuanto movimiento
literario surgiera en el Viejo
Mundo, esto, claro, con
décadas de retraso y
evidentes defectos en la
copia.
El paréntesis modernista
La otra vía a estas
alternativas, la dio el
modernismo, movimiento
eminentemente poético (salvo
las magistrales prosas de José
Enrique Rodó; José Martí,
Gutiérrez Nájera y Manuel Díaz
Rodríguez) y, por tanto,
renovador, transgresor. El
modernismo representó una
estética nueva, una reforma
lingüística y una imago
mundi original. El español
nunca volvió a ser el mismo
después de Darío. Los
modernistas “desobedecieron”
la arenga de los primeros
maestros literarios de
Hispanoamérica (Lastarria,
Echeverría y Altamirano) y en
lugar de “construir” una
literatura nacional (donde
los temas y el tratamiento
literarios deberían ser el
reflejo auténtico y nítido de
nuestras tierras y sus
habitantes), crearon una
literatura propia (formal
y temáticamente libre).
Uno de los principales saldos
del modernismo fue la
constitución consciente de un
nuevo grupo social
(automarginado y “maldito”,
pero a la vez elegido): los
creadores bohemios. El
encierro voluntario en la
torre de marfil fue más bien
una estrategia publicitaria
que un rechazo a una sociedad
ágrafa que se enfilaba a la
modernización a través de la
implementación de los modelos
capitalistas en las grandes
urbes latinoamericanas
(México, Santiago, Buenos
Aires). La verdadera tragedia:
la ausencia de lectores; la
condena: pertenecer
obligadamente al círculo
letrado, al lenguaje cifrado.
Los creadores literarios eran
el ornamento de la naciente
burguesía que accedía al buen
gusto a través de la cita y la
recitación obligadas. La
cultura, la Gran Cultura, era
el privilegio de unos pocos,
de los elegidos por el maestro
Próspero (José Enrique Rodó)
para hacer de la juventud
ilustrada y privilegiada de
América (Ariel), de nuestra
América, porque la otra, la
sajona, estaba bajo el dominio
de Caliban, el espacio donde
renacería el espíritu armónico
de la cultura grecorromana,
que sabría armonizar razón y
sentimiento, acción y belleza,
tal como lo proponía Federico
Schiller en su Educación
estética del hombre (1794).
Ante el avance
democratizador y el temor de
la configuración de una
sociedad “mediocre” y
automatizada por el
pragmatismo, tan divulgado a
través de la enseñanza
positivista, Rodó y su
Ariel (1900), proponen el
encumbramiento de la
aristarquía: la guía
intelectual de los
superdotados, de los genios,
dignos descendientes de
Aristarco, el gran crítico
alejandrino. Si el mundo
actual no ofrece sino
conflictos bélicos y luchas
imperiales, la opción es la
vuelta al pasado clásico, al
cual también tenemos derecho
al ser “los últimos invitados
al banquete de la
civilización”. El humanismo y
la Academia renacieron como el
ave fénix, aunque su hegemonía
no duró mucho tiempo.
“Tuércele el cuello al
cisne”
El culto a la forma (“Ama tu
ritmo y rima tus acciones /
bajo su ley, así como tus
versos... “, exhortaba Darío,
sin olvidar el “forma es
fondo” de Díaz Mirón) fue
metamorfoseado por el ataque a
la Academia y a la naturaleza
(el “Non serviam” de Huidobro
y el “¡Viva el mole de
guajolote!” de los
estridentistas mexicanos)
hecho por las proclamas y
manifiestos vanguardistas.
Estos nuevos “ismos”
literarios (el Postumismo
dominicano, el Diepalismo
puertorriqueño, el grupo
Minorista cubano, los Martinfierristas bonaerenses,
el Estridentismo mexicano,
etc.) confirmaron nuestra
tradición de ruptura, de
negación de la tradición
literaria hispanoamericana.
El contexto, por lo demás, no
podía ser más favorecedor a
esta visión. La Primera Guerra
Mundial, la Revolución
Mexicana, el Octubre Rojo. La
añeja concepción del mundo
parecía caerse a pedazos y la
literatura no podía sino amar
el futuro y dejarse hipnotizar
por el fragor de las máquinas.
La escritura de las
vanguardias es, podríamos
decir, el inicio del colapso
sufrido por el logocentrismo
occidental durante el siglo XX,
al proponerse romper,
consciente o
inconscientemente, con la
automatización del lenguaje y
causar un “extrañamiento” en
los educados lectores del
modernismo. Los vanguardistas
parecían estar al tanto de los
esfuerzos que los formalistas
rusos (Víctor Shklovsky y
Roman Jakobson, en particular)
habían hecho unos años antes
por crear una ciencia y un
objeto literarios autónomos
(antes, claro, de que Trotsky
los “invitara” a cambiar de
rumbo con su Literatura y
revolución, 1923).
Latinoamérica, por su parte,
comenzaba a despojarse de las
cadenas que la ataban al
pasado: el latifundio y el
poder clerical. A la
Revolución Mexicana y la
reforma universitaria de
Córdoba en 1918, le siguieron
los proyectos de modernidad
cultural en todo el
continente. Desde José Vasconcelos hasta Alfredo
Palacios. La utopía se
proyectó a corto plazo,
garantizada por el surgimiento
de una nueva raza, la nuestra,
la raza cósmica —fundada en el
mestizaje que hablaría por
nuestro espíritu y terminaría,
finalmente, por integrarnos en
la tan ansiada economía— mundo
de la modernidad.
La literatura en este período
no es solo vista como un medio
para “cultivar” a las masas
(como creía el maestro
Altamirano), sino ya como una
forma de ataque (como el que
hicieron los Contemporáneos
mexicanos a la retórica
revolucionaria), de denuncia y
de estrategia política (Vasconcelos
repartía textos clásicos —La
Odisea, La divina comedia,
Vidas paralelas, etc. —
durante su campaña
presidencial en 1929. “Hacer
llegar el libro excelso a las
manos más humildes y lograr de
esta manera la regeneración
espiritual”, era su lema desde
la Secretaría de Educación).
Es aquí donde se masifica el
concepto de la edición
popular, esto, obviamente, va
aparejado con el aumento de
las clases medias y la
paulatina democratización de
la educación que nuestro
subcontinente había
experimentado en los últimos
años (1870-1920).
“Se los tragó la selva”
A la par de las vanguardias
(porque nuestros movimientos
literarios nunca se han
sucedido cronológicamente,
sino bajo períodos de
coexistencias y
correspondencia lo cual
implica un acercamiento
y estudio distintos al resto
de movimientos literarios de
Occidente, la escritura
latinoamericana volvió al tema
de la naturaleza, pero no ya
para dominarla y hacerla
productiva (como Bello soñó),
sino para convertirla en
metáfora de la explotación
sistemática y brutal que
América Latina ha sufrido por
su condición impuesta de
exportadora de mano de obra y
bienes primarios. Es en esta
escritura donde comienza la
preocupación paternalista por
la otredad indígena. El Arturo
Cova de La vorágine,
ese letrado consumido por la
naturaleza indómita, narrador
y denunciante a su modo de la
explotación humana, o el poeta
Suárez, de Raza de Bronce,
que pretende cantar la
belleza aymara (belleza
siempre preterida), y no
repara en su esclavitud
actual. Los dos son personajes
de una narrativa en proceso
—cuyos únicos lectores eran (y
siguen siendo, en su mayoría)
académicos e historiadores
literarios—, y su afán de
denuncia consumió su
pretensión estética.
Literalmente: fueron devorados
por el paisaje descrito. En
sí, la literatura del realismo
social fue un soporte en la
reafirmación de la identidad
nacional, que Latinoamérica
experimentó durante la primera
mitad del siglo XX, cuando,
según Antonio Cándido
(“Literatura y
subdesarrollo”), nuestros
países eran vistos como
naciones “nuevas” y en
potencia.
Literatura y subdesarrollo
La década del cuarenta
significó la consolidación de
importantes proyectos
culturales, La creación, en
1934, del Fondo de Cultura
Económica, la política
editorial de Losada, Nova y EUDEBA, en la Argentina, por
ejemplo; y la consolidación de
casas editoriales que
difundían el canon occidental
a precios populares (Porrúa,
Ercilla, Jakson). Asimismo,
este fue el inicio del colapso
de la utopía. La tan esperada
modernidad se vio supeditada a
la nueva división del mundo
que trajo consigo el fin de la
Segunda Guerra Mundial. Si
bien en las décadas de los
veinte y los treinta no
faltaron reflexiones sobre la
condición hispanoamericana
(los Siete ensayos de
interpretación de la realidad
peruana, de José Carlos
Mariátegui —1928—, El
perfil del hombre y la cultura
en México, de Samuel Ramos
—1934—, y Radiografía de la
pampa, de Ezequiel
Martínez Estrada —1933—), el
inicio de los años cuarenta
prometía ya un emparejamiento
epistémico con las “añoradas”
metrópolis europeas: los
trabajos lingüísticos de Amado
Alonso y Raimundo Lida en la
Argentina, la apertura del
Colegio de México y la
publicación, en 1944, de El
deslinde, de Alfonso Reyes
(máximo intento por concretar
una teoría literaria desde
Hispanoamérica), así como la
obtención del Premio Nobel de
Literatura por parte de
Gabriela Mistral en 1945,
auguraban un período de
isocronismo cultural a todas
luces insólito. Por desgracia,
la ilusión duró poco, y a
partir de la segunda mitad del
siglo XX, la promesa del
futuro promisorio se desmoronó
ante la pobreza presente (en
1950, Luis Buñuel estrenó
Los olvidados y la imagen
creada y difundida del “pobre
feliz latinoamericano” se cayó
a pedazos).
Un día amanecimos convertidos
en el “tercer mundo”: nuestra
tutela quedó bajo el cuidado
de las grandes potencias de
Occidente y nuestra
producción, tanto crítica como
literaria, fue vista como mera
curiosidad, como otra más de
las artesanías
latinoamericanas. El
subdesarrollo trajo la
sobrepoblación y una
urbanización desmedidas, las
migraciones desde entonces han
sido constantes. Las tasa de
alfabetización ascendieron
considerablemente, pero con
grandes deficiencias,
surgiendo un fenómeno
designado por la lingüística
contemporánea como
analfabetismo funcional.
En teoría, un mayor número de
personas tenían acceso a la
educación y a la “cultura”,
pero en la realidad, los
proyectos culturales eran los
más afectados por los recortes
de presupuesto. El gran
protagonista en la carrera por
la modernización, el Estado,
atendía los temas culturales
por obligación y siempre a
través de la demagogia y la
ceremonia pública: El escritor
o la escritora eran, en su
mayoría, funcionarios
públicos; el “ocio” de la
literatura era un lujo del
“primer mundo”. Sin embargo,
la llegada de la década del
sesenta presentaría un cambio
drástico a esta dinámica.
Y, de pronto, los
escritores conocieron la fama
El boom de la
literatura hispanoamericana,
eminentemente narrativo y
patriarcal (la novela como
género masivo), tuvo su
detonación gracias a la
combinación de diversos
factores (literarios,
sociales, culturales,
políticos, económicos).
Primeramente, el rechazo
prolongado a la narración
realista social y la búsqueda
de nuevos modos narrativos.
Ya en 1947, Agustín Yánez
había iniciado la redacción
del acta de defunción de la
novela de la Revolución
Mexicana con Al filo del
agua, siendo suscrita por
Juan Rulfo a través de la
muerte de Pedro Páramo. La
ciudad, por lo demás, era ya
protagonista de una narrativa
que había dejado de ser
heroica y utópica (Adán
Buenosayres y La región
más transparente), y no
encontraba más salida que la
encrucijada o el descenso a
Cacodelphia.
Ángel Rama veía al boom
(“El boom en
perspectiva”, 1982) como un
procesamiento público de
valores literarios. Nunca
antes la literatura
latinoamericana había estado
tan expuesta a los “embates”
de las leyes de mercado. El
desarrollo de los mass
media, sobre todo de la
televisión y del “magazine”,
había hecho del escritor no ya
una persona pública, sino un
miembro más del mundo del
espectáculo. Se consolidó así
la entrevista literaria, donde
el escritor mostraba su
intimidad y su rostro bien
podía figurar en la portada
del siguiente número de la
edición en español de Life
o Vanidades;
Entonces cabría hacerse la
eterna pregunta sobre el
boom: ¿qué fue?:
¿estrategia editorial,
“accidente histórico”,
conciencia política, reforma
literaria? Yo pienso que fue
todo eso aunado a un nuevo
cuestionamiento sobre la
identidad latinoamericana,
surgido a raíz de las
posibilidades abiertas por la
Revolución Cubana; a la
contracultura de una juventud
que crecía con los mismo
patrones en todo el subcontinente; y al
crecimiento de las
universidades públicas.
Respecto a la estrategia
editorial, Rama hace una
diferenciación importante
entre las editoriales
culturales, aquéllas que
apostaban por publicar obras
de calidad sin estrategias de
mercado y al tanto de la
carencia de lectores, y las
editoras comerciales, que
aún estaban en proceso
embrionario. Las editoriales
culturales seguían una
política de publicación
establecida por intelectuales
y estimulaban la creación a
través de certámenes
literarios: Casa de las
Américas, Seix Barral, Joaquín
Mortiz, Siglo XXI,
Sudamericana, Zigzag,
Nacimiento, etc. Y, por lo
tanto, pronto adquirieron
prestigio y respetabilidad.
Casi no hubo intelectual
latinoamericano de peso que no
fuera jurado en el Premio Casa
de las Américas durante los
años sesenta. Ante el resto
del planeta, Hispanoamérica se
presentaba como un solo país,
nuevo y con una producción
inmensa. La nueva elite
intelectual luchó por su
independencia profesional y,
en su mayoría, dejó de
pertenecer a la burocracia del
Estado. La sempiterna
sensación de marginalidad fue
ahora utilizada como una
estrategia identitaria y como
punto de hablada. Al mismo
tiempo, las migraciones
culturales permitieron a los
intelectuales intercambiar
perspectivas estéticas y
políticas.
La añeja tradición del
provincialismo se dejó de
lado. Este rechazo a la
tradición propició nuevas
lecturas de otras literaturas.
Nuevamente se apeló
implícitamente a la idea de
literatura propia, la cual
hubo de legitimarse fuera del
subcontinente. Pienso en la
obtención del Premio
Biblioteca Breve por Mario
Vargas Llosa en 1963 y en la
divulgación de las obras de
Borges y Sábato en Europa. El
incremento de lectores
propició la reedición (en
tiradas populares) y el
desempolvo de los “clásicos”
latinoamericanos, que ahora
aparecían como contemporáneos
de los narradores actuales.
Fue también la era de los
congresos “panamericanos”, de
los debates y de la
metamorfosis de la tradicional
imagen del intelectual. José
Donoso, en su Historia
personal del “boom”,
expresa muy bien, a través de
la figura de Carlos Fuentes,
la nueva configuración del
novísimo escritor
latinoamericano: “Hablaba
inglés y francés a la
perfección. Había leído todas
las novelas [...]. No tenía la
enojosa arrogancia de
pretender ser un hijo del
pueblo [...], sino que asumía
con desenfado su papel de
individuo y de intelectual,
uniendo lo político con lo
social y lo estético, y
siendo, además, un elegante y
refinado que no temía
parecerlo”.
La apoteosis de este fenómeno
se dio con la publicación, por
la Editorial Sudamericana, de
Cien años de soledad,
en 1967. Nunca antes un libro
había tenido tanta aceptación
crítica y tanta rentabilidad
económica (la primera edición
constó de 25 000 ejemplares,
de allí en adelante fueron de
100 000 por año). El fenómeno
se aprovechó al máximo y
cuando comenzó a agotarse en
Latinoamérica, se trasladó a
Barcelona.
“Pertenecen a todos, pero
no pertenecen a nadie”
Sin embargo, no todo fue miel
sobre hojuelas, el boom
fue detractado por muchos. Se
le acusó de elitista, de
mimético, de malinchista,
de reduccionista.
Ciertamente, su “distingo
genérico”, (el privilegio de
la novela) arrinconó más a la
poesía (¿cuántos lectores del
gran público estuvieron
familiarizados con las obras
de José Carlos Becerra,
Alejandra Pizarnik, Olga
Orozco, Eduardo Lizalde,
Álvaro Mutis, Enrique Lihn,
Jorge Tellier, y un largo y
fecundo etcétera?). Incluso el
propio término causaba
polémica: una onomatopeya
sajona que invariablemente se
relacionaba con la brevedad de
un instante; y, para echar más
leña al fuego, terminó por
lanzar a los escritores
“estrellas” al tráfago de las
estrategias de difusión de las
editoras comerciales, que de
antemano saben que las grandes
ventas están casi siempre
subordinadas a factores
extraliterarios.
La fama de los happy few
(Vargas Llosa, Cortázar,
Fuentes y García Márquez),
obviamente, fue objeto de
debates muy publicitados, como
el sostenido entre José María
Arguedas y Julio Cortázar
(1968-69) sobre la postura y
el lugar de enunciación del
escritor latinoamericano: su
patria o los centros
metropolitanos. En realidad,
este asunto tenía que ver con
el choque entre dos
concepciones, dos formas de
entender el fenómeno
literario. Una, la de Arguedas,
se remitía a la antigua
postura del literato
aficionado, donde la
literatura era el segundo
oficio, ejercido en los ratos
que la actividad política,
docente o pública, lo
permitía; la otra era la nueva
situación del escritor, la
profesionalización. Este nuevo
tipo de creador trabajaba bajo
contrato, casi siempre contra
reloj, porque había que lanzar
el “producto” lo antes
posible, ya que “el cliente”
espera con ansia el nuevo
título “del autor de...”.
En el discurso del mercado, el
concepto de valor es fijo, si
algo vende, volverá a vender. La
fórmula se petrifica y la
apuesta por la experimentación
se reduce.
“Quedé, pues, merecidamente
eliminado, por el momento, de
entrar en ese palacio”
La confesión de Arguedas hecha
en El zorro de arriba y el
zorro de abajo deja en claro
que el salvoconducto para
ingresar al palacio (la
industrialización editorial del
fenómeno literario
latinoamericano) requería de
varios sacrificios. Si bien se
ganaba la tan ansiada autonomía
intelectual, se perdían, en
cambio, espacios de creación,
pues las prioridades literarias
se esparcían (y disolvían) entre
las necesidades del
marketing, que requería que
los autores no fueran sólo eso:
creadores, sino difusores,
vendedores de su propio
producto.
El debate final del boom
tuvo que ver con su “misteriosa”
extinción. Para 1972 “todos”
comenzaban a comentar su muerte,
pero sus miembros seguían
publicando y nuevos escritores
y nuevas obras importantes
continuaban apareciendo. Para
algunos críticos, como el propio
Rama, la lectura de la muerte
del boom es un cambio más
en la dinámica que el mundo
editorial Hispanoamericano había
venido padeciendo desde los
últimos seis años (1966), y cuyo
eje ahora se implantaba en
Barcelona.
De hecho, la disputa final entre
Ángel Rama y Mario Vargas Llosa,
llevada hasta sus últimas
consecuencias en el Coloquio
del Libro en Caracas (1972),
dejó ver los principales
enfoques de este fenómeno. La
corriente crítica que
representaba Rama conectaba al
boom con los procesos
sociales, literarios,
culturales, políticos y
económicos vividos en América
Latina durante la última década
y reflejados en los profundos
cambios en nuestros sistemas
literarios. Vargas Llosa, en
cambio, hablaba y defendía la
individualización creadora.
Ellos, los protagonistas, eran
una especie de “accidente
histórico” en la tradición
literaria latinoamericana y casi
exclusivamente su genialidad
habría sido el factor principal
de su encumbramiento. Esta
situación, de hecho, sólo
denuncia la falta de la revisión
crítica que el boom
padeció en su tiempo. Fue un
fenómeno de polémica abierta,
pero de escasa reflexión
académica y su desarrollo se
perdió entre las luces de la
“desinformación pública”. Para
el momento de su anunciada
defunción, Latinoamérica estaba
en la víspera de un cambio de
tuerca en su camino a la
modernización, que afectaría la
autonomía editorial desarrollada
en los últimos cuarenta años y
la sometería a un nuevo proceso.
La “alfaguarización” de la
literatura hispanoamericana
En 1975 murió Franco, y con él
la censura literaria oficial
(que ya languidecía desde hacía
luengos años) pasó al cajón de
los olvidos. España se enfilaba,
en muy poco tiempo, hacia una
modernidad inusitada que dejaría
en el pasado su otrora
sempiterna condición de
contrarreformista y pondría fin
a la sentencia: “África comienza
en los Pirineos”. En el terreno
literario, la narrativa
española, que se había quedado
“a la zaga” (aunque, desde
luego, hubo autores destacados,
aunque ninguno extraordinario:
Camilo José Cela, Miguel Delibes,
Carmen L¡lforet, Luis Martín
Santos y Juan Benet), comenzó un
proceso de transformación
importante. Algunos críticos,
como Rafael Conte, ven esta era
como la del “destape”, como el
gran abordaje de todos los temas
prohibidos y de cuanto modo
narrativo existiera. En este
momento, igualmente, comienza en
ambos lados del Atlántico la
pérdida de la hegemonía del
Estado en asuntos culturales; la
paulatina implementación del
sistema neoliberal en la
mayoría de los países
hispanoamericanos cimentaría
una inversión de roles en los
papeles que las editoriales
culturales y comerciales habían
desempeñado hasta ese momento.
Al mismo tiempo, el desarrollo
de los estudios culturales, de
los estudios feministas y de
género (que tanto aportaron para deconstruir la retórica
patriarcal del Estado), aumentó
la autonomía de la crítica,
pero, a su vez, la separaron de
la discusión pública llevándola
al interior del ámbito
académico.
De esta manera, el horizonte de
expectativas de los lectores en
Hispanoamérica sufrió un vuelco
drástico. De un reducido mercado
de elite (pero con una variedad
importante de títulos) que había
caracterizado a nuestro sistema
literario, Se pasaba a un
macromercado de masas donde,
irónicamente, la oferta de
títulos especializados era
menor y con una fuerte tendencia
a la homogeneidad.
Ciertamente, las estadísticas
muestran un aumento desmesurado
en la producción del libro en
los últimos cincuenta años,
dejando en claro la plusvalía de
este “negocio”, y las falsas
profecías sobre el fin del libro
(como la de Marshall Macluhan)
han ido convirtiéndose en textos
de ficción. Con un crecimiento
anual del 2,8 % (UNESCO), el
libro goza de plena salud; de
hecho, el fenómeno de “los
demasiados libros” (como los
llama Gabriel Zaid) nos lleva a
la otra lectura, una negativa,
de esta situación, que nos hunde
en la irremediable tragedia de
la imposibilidad dé leer tanta
producción. Más libros y menos
talentos, a pesar de que se nos
asegure a diario el surgimiento
de “grandes promesas”: ¿quién
recuerda al autor más
“celebrado” del año pasado? De
allí que la selección, nuestra
inherente inclinación a la
antología, sea una de las
alternativas más viables.
A estas transformaciones y
nuevas relaciones entre la
industria cultural y el
fenómeno literario
hispanoamericano llamo “alfaguarización”,
tomando el nombre de una de las
principales editoriales de habla
española, pero, obviamente, sin
que este fenómeno se quede
dentro de sus límites, porque el
proceso es asaz complicado. En
sí, tiene que ver con cierta
regularización formal y
distributiva que la literatura
hispanoamericana ha
experimentado en los últimos
años y que invariablemente
modifica el sistema literario,
dándole a la obra una fuerte
dosis de autonomismo que el
capitalismo tardío ve como
utilidad, pero que igualmente
representa un espacio “de
resistencia”, si es que todavía
confiamos en el poder
emancipador y descolonizador
del arte.
Si es aún imposible definir qué
es la literatura y (allí radica
su mayor resistencia), sí es
posible, y esto lo vemos hoy,
masificar un producto, a través
de la cooptación, dotándolo de
ciertas características comunes
a lo que entendemos como
fenómeno literario. Y no hablo
aquí de literatura en serie,
sino de una estrategia para
vender una literatura, que aun
en su heterogeneidad y distancia
espaciotemporal, se nos
presenta con rasgos similares
(rasgos, claro, impuestos desde
una perspectiva extraliteraria).
La venta por catálogo, los
clubes del libro, las ferias del
libro, han creado una serie de
desplazamientos insólitos al
interior de las relaciones entre
los autores, las editoriales,
las obras y los lectores. Bajo
la divisa “más títulos al
alcance de todos”, el marketing
editorial (con)funde autor con
obra, y presentación de libros
con su reflexión crítica, y
trueca al antiguo editor por el
moderno agente-representante.
“Inauguramos un nuevo
capítulo en la literatura que
más se lee”
La “alfaguarización” ha creado
un nuevo horizonte de
expectativas, sobre todo a los
lectores jóvenes, que han
accedido (y asociado) a nuestro
canon con esta nueva industria
editorial; la relación es
inevitable. Para los noveles
lectores, por ejemplo, Cortázar
es una estrella más del catálogo
de Alfaguara; obviamente, hay
una doble lectura en esto, tanto
'negativa como positiva, pues su
simple difusión es ya un
beneficio. El valor literario es
inasible y no se puede capturar
con un código de barras; pero no
es el valor lo que está en
discusión aquí, sino los efectos
tanto en autores como, en
lectores, de la nueva dinámica
editorial desarrollada por el
auge actual de la industria
cultural.
El asunto se complica, sin
embargo, hacia los mercados
internos, locales. La creación
de un paradigma implica
necesariamente la marginalidad
de todo elemento distinto a él.
Las editoras caseras, culturales
(salvo los excepcionales casos
de Anagrama, Seix Barral, Gedisa,
y otras editoriales españolas
que han crecido sin perder del
todo su original política de
publicación, manteniendo sus
premios o creando nuevos) se
vuelven, de pronto, la voz de
los casi sin voz, o terminan por
Ser devoradas por las
transnacionales (como el caso de
Joaquín Mortiz, absorbida por
Editorial Planeta). La “lucha”
se vuelve, así, extramuros. Los
autores de todo el subcontinente,
sin perder necesariamente sus
características individuales o
regionales, o quizá por ello
precisamente, entran en la
corriente de la “alfaguarización”,
que bajo sus leyes decidirá qué
producto rebasará los límites
del país y cuál se quedará con
el mercado local y con un
tiraje, en el mejor de los
casos, de 2 000 ejemplares. Esto
provoca, entre otras cosas, que
el autor elabore, mucho antes de
escribir su obra, la mejor
manera de ofrecer el futuro
producto para hacerlo atractivo.
Un ejemplo claro de ello ha sido
la aparición del Crack
narrativo mexicano (1996). El
grupo se promocionó
originalmente como un paquete de
cinco novelas, que por separado
aportaban poco o casi nada, pero
en conjunto podían llamar algo
la atención, esto sumado a un
inocente manifiesto capitulado
que resultó de lo más provocador
para el mercado. La estrategia
se unió a otras desarrolladas
por toda Hispanoamérica (los NN
en Chile, que opusieron la
“realidad virtual” al realismo
mágico como estrategia de
marketing y se vendían en
antologías como la de MacOndo, o
la Generación X en España que
comerciaba su propia incapacidad
creadora al grito de “Soy un
escritor frustrado”) y el
resultado no se hizo esperar: la
industria cultural multinacional
los “legitimó” y los “regresó” a
sus países como el nuevo
paradigma. Otro efecto
colateral, éste positivo, ha
afectado la relación literaria
capital-provincia en el mercado
local, eliminando paulatinamente
la hegemonía del centro (donde
se conglomeran las editoriales):
si el producto es vendible, poco
importa que provenga del rincón
más apartado y “atrasado” del
país, basta que el autor lo
provea con los elementos
necesarios para su exportación.
'
Hasta ahora, la
“alfaguarización” ha “afectado”
principalmente a la narrativa
(el género masivo por
antonomasia); aunque ya el
ensayo ha experimentado algunos
cambios que empiezan a afectar
la producción de conocimiento
hecha desde Latinoamérica,
quizá esté cercano el momento en
que la reflexión crítica y, por
qué no, la académica, entren en
este proceso, aunque hasta ahora
solo han sido los
creadores-críticos los que han
utilizado el lado creador para
introducir la reflexión crítica
y, de esta manera, sacarla de su
subordinación para con la teoría
Pienso, en este punto, en la
obtención del premio Ensayo
Anagrama por parte de Carlos Monsiváis (Aires de familia,
2000) que sirvió de
“presentación” de este ensayista
mexicano a la intelectualidad
ibérica. Irónicamente, el ensayo
premiado reflexiona sobre los
desplazamientos culturales entre
Latinoamérica (el margen) y
Occidente (el centro), y termina
por convertirse en el “paradigma
de la marginalidad”. Si hace
cien años, Rodó proponía el
dominio y la guía de una
aristarquía, Monsiváis, a su
vez, repara sobre las
migraciones culturales y
resignificaciones e
interpretaciones de todos
aquellos que estaban fuera del
ideal Ariel-latinoamericano.
Por su parte, la poesía parece
seguir al garete, fuera de toda
manipulación ajena a su propia
lucha interna y perpetua, y, por
lo tanto, parece el sitio ideal
para la disidencia; sin
embargo, sigue, en muchos
aspectos, ligada al reducido
círculo de los “iniciados”.
Ahora bien, ¿cuál será el saldo
de ese proceso?, difícil e
inútil adivinar, porque hasta
ahora el fenómeno de la
“alfaguarización” ha estado
bastante separado de la
reflexión crítica (no se diga
académica). Lo cierto es que si
habrá de surgir pronto la gran
obra esperada, aquella que
supere el fenómeno de Cien
años de soledad, esta
propondrá, entre muchas cosas,
una forma original de relación
entre el autor
editorial-lector. Quizá surja
dentro de esta nueva dinámica;
quizá al margen; o quizá esté
ahora perdida en los archivos de
alguna gran editorial, esperando
por un editor desocupado que la
“descubra”.
Tomado del libro Literatura y
Globalización. Cuadernos
Casa 43.
Fondo Editorial Casa de las
Américas, 2008.
Notas:
1 José Donoso:
Historia personal el “boom”.
Santiago de Chile:
Alfaguara, 1998, p. 59.
2 José María Arguedas: El
zorro de arriba y el zorro de
abajo. Madrid:
Colección Archivos, 1996, p. 12. |