Año VII
La Habana

14-20 de FEBRERO
de 2009

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Presentación del libro Socialismo del tercer milenio

América Latina: “Somos un cuerpo fragmentado”

Luis Britto • La Habana

Fotos: Equipo de La Jiribilla



No hay cosa más difícil que hablar sobre uno mismo. La segunda cosa más difícil es hablar sobre lo que uno ha escrito, por el problema, en primer lugar, de la redundancia. No hay práctica más redundante y despreciable que volver a decir lo mismo una y otra vez. La comunicación empieza donde termina la redundancia. Hablar de algo que uno ha trabajado tanto tiempo es extremadamente difícil. Sin embargo, empiezo planteando algo: ¿por qué “América nuestra”?

La frase de Martí hablaba de “Nuestra América”, y ya empezamos a tener la idea de que América pertenece a los americanos, de que América pertenece a quienes han vivido y compartido en ella luchas, batallas, enemistades, amistades, proyectos fraternales, y de que América es una realidad que va más allá de las fronteras artificiales, de los Virreinatos, de las Capitanías y después de las infinitas fronteras que nos hemos inventado.

Eso tiene que ver, desde luego, con ciertas raíces. Los pobladores originarios de América no fueron parroquiales, resulta que se movieron desde el estrecho de Bering hasta la Patagonia y a las distintas vertientes del continente. Además llegaron por el Pacífico, y recorrieron y poblaron territorios inconmensurables. Creo que para esos primeros padres americanos, pensar en un pequeño país como los centroamericanos, pensar en una frontera que les iba a cortar el paso y la circulación, hubiera sido una noción absolutamente imposible de comprender.

Cuando uno recuerda que los caribes, que le dan origen al nombre de nuestro mar, salieron muy del sur del Amazonas y fueron poblando y recorriendo toda esa inmensa extensión que ahora es la costa del Brasil, las Guayanas, la costa venezolana, y se movieron por el arco de las Antillas hasta llegar a Puerto Rico, piensa uno en lo que era esa vocación americana. Los caribes se hubieran podido quedar en una islita, en el miserable ramal de un río, pero no: avanzaron, poblaron, se modificaron, se mestizaron con diversas culturas; y en el Caribe, al encontrarse con los africanos huidos, crearon una nación nueva, la de los Garífunas, los “caribes negros”. Eran africanos pero se teñían de rojo. Hablaban una lengua mixta entre el Caribe, sus lenguas africanas y las lenguas taínas, y usaban las técnicas de combate y de supervivencia de los caribes. Fíjense ustedes, nuestro parroquianismo es un hecho tan lamentable como reciente.

Nuestros libertadores, todos y cada uno, tuvieron visiones continentales, desde los pensadores que fueron próceres y anunciadores de la independencia: Francisco de Miranda pensaba en un Incanato que iría desde el río Grande  hasta la Patagonia, Bolívar también pensó en grandes proyectos continentales, San Martín salió de Argentina y llegó hasta el Perú, Augusto César Sandino tenía un plan de unidad latinoamericana... A lo largo de nuestra historia esta es la idea vertebral: somos un cuerpo fragmentado y tenemos que encontrar otra vez nuestra columna vertebral e integrarnos en ella. Somos como partes dispersas de un enorme cuerpo.

El segundo elemento del libro: el socialismo. Se dice que el socialismo es una novedad exótica, que es un ensayo impreciso. No. La primera y más fuerte tradición de América fue el socialismo. Todas las comunidades originarias —que llamamos originarias por decir algo porque vinieron del Asia, de las islas de la Polinesia, etc— fueron socialistas. Las comunidades de los caribes, de los tupíes, de los guaraníes, de la vertiente Atlántica de América del Sur y del Caribe, no tenían estratificación social. No la hubo aquí en Cuba entre los taínos, no la hubo entre los aruac ni entre las comunidades del macizo amazónico. La idea de la propiedad privada o de la propiedad sobre la tierra les era sumamente difícil de comprender. Sí hubo acumulación entre las grandes culturas mesoamericanas, también en la cultura incaica, la de los quechuas y la de los aymaras; pero eran en todo caso acumulaciones en sistemas socialistas. Mariátegui, de una manera muy diáfana y sagaz, recalcó y rescató esa idea. Él no dijo que ese socialismo indígena iba a ser la base del futuro socialismo latinoamericano necesariamente, pero señaló que había esa tradición.

La historia de América Latina ha sido para nosotros una especie de tensión angustiosa entre las fuerzas de la disociación artificial y de la integración, y las fuerzas de la rapiña y de la apropiación privada sobre lo que nuestras comunidades consideraron y siempre han considerado como del común, de todos.

Incluso llegaron fugados a América los comuneros españoles, que decían: “Común el agua y los cielos...”. Ese era el himno de los comuneros y resonó en América, donde también tuvimos sublevaciones comuneras.

Esas son las bases y los cimientos. Sobre ellos viene milagrosamente, por efecto de un proyecto rapaz, algo que, sin embargo, resulta una bendición cultural. A través de una obra prodigiosa que es la catequesis, toda América Latina con su prodigiosa complejidad termina siendo comunicable por mediación de dos lenguas romances y del predominio de una religión: la católica. Es un mal porque ahoga, aplasta y extermina infinidad de culturas originarias. Es un bien porque permite que, en una extensión territorial que casi no tiene paralelos en el planeta —excede con mucho los 200 millones de km2— cerca de 500 millones de personas podamos comunicarnos fácilmente con apenas el leve tropiezo de algunas Antillas donde hay otros idiomas, las Guayanas y el Brasil, donde se habla un portugués brasileñizado que es prácticamente castellano, casi no hay barreras. Además, ahora Brasil ha declarado primera lengua a estudiar en su sistema educativo el castellano, lo cual debíamos reciprocar. Curiosamente, nuestra conquista, hecha con todos los ideales de rapiña, de exclusión y exterminio, en alguna forma ayudó a nuestra consolidación.

Es muy distinto a lo que pasó en África. Comparen ustedes nuestro panorama con el africano. Allí no menos de cinco colonialismos impusieron entre cinco y siete lenguas europeas distintas, como una decena de religiones importadas que se sobrepusieron a las religiones indígenas. Es más, dentro de cada una de las naciones africanas subsisten diferencias étnicas atizadas por los colonizadores, que hacen de África una profusión de casi ininteligible  de más de cincuenta y tantos países enfrentados por diferencias religiosas, lingüísticas y culturales, en algunos casos irreconciliables.

Piensen ustedes, como contraste, en la amistad y la comprensión con las que aquí en Cuba —pero suele suceder en Ecuador, en Quito, en La Paz o en Argentina— nos reunimos latinoamericanos de las latitudes más distintas y encontramos puntos de acuerdo sin siquiera necesitar traductores. Eso es un milagro que no se da en ningún otro sitio. Piensen en la misma Europa, que se constituyó en rectora del mundo, donde camina uno tres cuadras distraídamente y ya el idioma es distinto, la cultura es diferente, la religión es incompatible.

La conclusión de este libro es que vivimos dentro de una gran nación todavía no declarada. Una nación que necesita ciertos nexos de formalización, en cuanto al dominio total de sus recursos que hasta ahora han sido pillados y sobre los cuales hay nefastos planes de apropiación, porque el planeta ha agotado sus recursos y ahora depende de las aguas dulces de América, sobre todo de América del Sur, de la biodiversidad de la Amazonia.

Nuestra forma de consolidación en lo social: somos contingentes humanos con cierto grado de preparación laboral muy importante, y repito: a pesar de las inmensas diferencias, somos organizables y comunicables. En lo económico hemos sido siempre el sustento de todas las hegemonías. El Potosí nutrió con 16 millones de kilos de plata para que de ellos naciera la hegemonía española y después naciera la hegemonía de Europa sobre el mundo. Ocho millones de vidas se perdieron en el socavón del Potosí. Estuve allí, era una ciudad semiarruinada, con iglesias desmanteladas. Cuando Bolívar lo nacionalizó, le dio a la República el Potosí, dijo una frase lapidaria: “El Potosí: erario de España”. A través de esas mecánicas América Latina ha sido el sustento de todas las hegemonías y no ha recibido nada de ellas. De ahora en lo adelante tenemos que apropiar los recursos para nuestro sustento, que crear economías propias con un alto grado de sustentabilidad y de autonomía, y que preferiblemente se complementen dentro del área. Tenemos que crear estados revolucionarios que en lo posible utilicen nuestros recursos para satisfacer las necesidades de la población y para avanzar. Tenemos la necesidad de crear una diplomacia integracionista brillante — afortunadamente ya se han dado los primeros pasos en ese sentido— y tenemos la necesidad urgente de crear alianzas estratégicas latinoamericanas para sustituir al moribundo, ya enterrado, Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, que demostró no servir para nada en cuanto una potencia extracontinental golpeó a Argentina y EE.UU. entonces se cuadró con Gran Bretaña en contra de América.

Hay un cuadro inmenso de tareas por cumplir. Los latinoamericanos y caribeños de esta época tenemos la bendición de haber recibido una tarea histórica de importancia inconmensurable, porque no solo nos atañe a nosotros: el mundo entero ha sido saqueado de tal forma, ha sido devastado, destruido, corrompido, que en América Latina y el Caribe están todavía las últimas reservas para hacer posible y viable la continuación no solo de la civilización, sino de la vida, en este milenio que comienza. No se trata solo de nuestra subsistencia, que ya es importante. Jugamos un papel clave en la posibilidad de la subsistencia del mundo que en este momento está experimentando el colapso predicho y sabido del sistema capitalista, y que se enfrenta por obra del paulatino agotamiento de la energía fósil, que quizá durará medio siglo a partir de ahora. Nos enfrentamos a un colapso civilizatorio como no ha sido registrado jamás en la historia de los eventos humanos.

Si alguien puede encontrar una solución, una nueva fórmula, un modo de vida, una propuesta civilizatoria que no sea destructiva, es América Latina y el Caribe. Este libro es una reflexión sobre un conjunto de extremos, de posibilidades, potencialidades y de deberes. Como latinoamericanos y caribeños, cada uno de nosotros tiene el deber y el imperativo de trabajar por esa gran nación todavía invisible y dividida. Desde luego, se puede pensar que soñar y hacer planes es inútil. Todas las grandes realidades del mundo salieron de una idea. Y la idea de la unidad, la integración y la revolución latinoamericana es quizá la idea más compartida dentro del ámbito de nuestro continente.
 

Presentación del libro Socialismo del tercer milenio, Editorial Monte Ávila, en el marco de la XVIII Feria Internacional del Libro de La Habana.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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