No hay cosa más difícil que
hablar sobre uno mismo. La
segunda cosa más difícil es
hablar sobre lo que uno ha
escrito, por el problema, en
primer lugar, de la redundancia.
No hay práctica más redundante y
despreciable que volver a decir
lo mismo una y otra vez. La
comunicación empieza donde
termina la redundancia. Hablar
de algo que uno ha trabajado
tanto tiempo es extremadamente
difícil. Sin embargo, empiezo
planteando algo: ¿por qué
“América nuestra”?
La frase de Martí hablaba de
“Nuestra América”, y ya
empezamos a tener la idea de que
América pertenece a los
americanos, de que América
pertenece a quienes han vivido y
compartido en ella luchas,
batallas, enemistades,
amistades, proyectos
fraternales, y de que América es
una realidad que va más allá de
las fronteras artificiales, de
los Virreinatos, de las
Capitanías y después de las
infinitas fronteras que nos
hemos inventado.
Eso tiene que ver, desde luego,
con ciertas raíces. Los
pobladores originarios de
América no fueron parroquiales,
resulta que se movieron desde el
estrecho de Bering hasta la
Patagonia y a las distintas
vertientes del continente.
Además llegaron por el Pacífico,
y recorrieron y poblaron
territorios inconmensurables.
Creo que para esos primeros
padres americanos, pensar en un
pequeño país como los
centroamericanos, pensar en una
frontera que les iba a cortar el
paso y la circulación, hubiera
sido una noción absolutamente
imposible de comprender.
Cuando uno recuerda que los
caribes, que le dan origen al
nombre de nuestro mar, salieron
muy del sur del Amazonas y
fueron poblando y recorriendo
toda esa inmensa extensión que
ahora es la costa del Brasil,
las Guayanas, la costa
venezolana, y se movieron por el
arco de las Antillas hasta
llegar a Puerto Rico, piensa uno
en lo que era esa vocación
americana. Los caribes se
hubieran podido quedar en una
islita, en el miserable ramal de
un río, pero no: avanzaron,
poblaron, se modificaron, se
mestizaron con diversas
culturas; y en el Caribe, al
encontrarse con los africanos
huidos, crearon una nación
nueva, la de los Garífunas, los
“caribes negros”. Eran africanos
pero se teñían de rojo. Hablaban
una lengua mixta entre el
Caribe, sus lenguas africanas y
las lenguas taínas, y usaban las
técnicas de combate y de
supervivencia de los caribes.
Fíjense ustedes, nuestro
parroquianismo es un hecho tan
lamentable como reciente.
Nuestros libertadores, todos y
cada uno, tuvieron visiones
continentales, desde los
pensadores que fueron próceres y
anunciadores de la
independencia: Francisco de
Miranda pensaba en un Incanato
que iría desde el río Grande
hasta la Patagonia, Bolívar
también pensó en grandes
proyectos continentales, San
Martín salió de Argentina y
llegó hasta el Perú, Augusto
César Sandino tenía un plan de
unidad latinoamericana... A lo
largo de nuestra historia esta
es la idea vertebral: somos un
cuerpo fragmentado y tenemos que
encontrar otra vez nuestra
columna vertebral e integrarnos
en ella. Somos como partes
dispersas de un enorme cuerpo.
El segundo elemento del libro:
el socialismo. Se dice que el
socialismo es una novedad
exótica, que es un ensayo
impreciso. No. La primera y más
fuerte tradición de América fue
el socialismo. Todas las
comunidades originarias —que
llamamos originarias por decir
algo porque vinieron del Asia,
de las islas de la Polinesia,
etc— fueron socialistas. Las
comunidades de los caribes, de
los tupíes, de los guaraníes, de
la vertiente Atlántica de
América del Sur y del Caribe, no
tenían estratificación social.
No la hubo aquí en Cuba entre
los taínos, no la hubo entre los
aruac ni entre las comunidades
del macizo amazónico. La idea de
la propiedad privada o de la
propiedad sobre la tierra les
era sumamente difícil de
comprender. Sí hubo acumulación
entre las grandes culturas
mesoamericanas, también en la
cultura incaica, la de los
quechuas y la de los aymaras;
pero eran en todo caso
acumulaciones en sistemas
socialistas. Mariátegui, de una
manera muy diáfana y sagaz,
recalcó y rescató esa idea. Él
no dijo que ese socialismo
indígena iba a ser la base del
futuro socialismo
latinoamericano necesariamente,
pero señaló que había esa
tradición.
La historia de América Latina ha
sido para nosotros una especie
de tensión angustiosa entre las
fuerzas de la disociación
artificial y de la integración,
y las fuerzas de la rapiña y de
la apropiación privada sobre lo
que nuestras comunidades
consideraron y siempre han
considerado como del común, de
todos.
Incluso llegaron fugados a
América los comuneros españoles,
que decían: “Común el agua y los
cielos...”. Ese era el himno de
los comuneros y resonó en
América, donde también tuvimos
sublevaciones comuneras.
Esas son las bases y los
cimientos. Sobre ellos viene
milagrosamente, por efecto de un
proyecto rapaz, algo que, sin
embargo, resulta una bendición
cultural. A través de una obra
prodigiosa que es la catequesis,
toda América Latina con su
prodigiosa complejidad termina
siendo comunicable por mediación
de dos lenguas romances y del
predominio de una religión: la
católica. Es un mal porque
ahoga, aplasta y extermina
infinidad de culturas
originarias. Es un bien porque
permite que, en una extensión
territorial que casi no tiene
paralelos en el planeta —excede
con mucho los 200 millones de km2—
cerca de 500 millones de
personas podamos comunicarnos
fácilmente con apenas el leve
tropiezo de algunas Antillas
donde hay otros idiomas, las
Guayanas y el Brasil, donde se
habla un portugués brasileñizado
que es prácticamente castellano,
casi no hay barreras. Además,
ahora Brasil ha declarado
primera lengua a estudiar en su
sistema educativo el castellano,
lo cual debíamos reciprocar.
Curiosamente, nuestra conquista,
hecha con todos los ideales de
rapiña, de exclusión y
exterminio, en alguna forma
ayudó a nuestra consolidación.
Es muy distinto a lo que pasó en
África. Comparen ustedes nuestro
panorama con el africano. Allí
no menos de cinco colonialismos
impusieron entre cinco y siete
lenguas europeas distintas, como
una decena de religiones
importadas que se sobrepusieron
a las religiones indígenas. Es
más, dentro de cada una de las
naciones africanas subsisten
diferencias étnicas atizadas por
los colonizadores, que hacen de
África una profusión de casi
ininteligible de más de
cincuenta y tantos países
enfrentados por diferencias
religiosas, lingüísticas y
culturales, en algunos casos
irreconciliables.
Piensen ustedes, como contraste,
en la amistad y la comprensión
con las que aquí en Cuba —pero
suele suceder en Ecuador, en
Quito, en La Paz o en Argentina—
nos reunimos latinoamericanos de
las latitudes más distintas y
encontramos puntos de acuerdo
sin siquiera necesitar
traductores. Eso es un milagro
que no se da en ningún otro
sitio. Piensen en la misma
Europa, que se constituyó en
rectora del mundo, donde camina
uno tres cuadras distraídamente
y ya el idioma es distinto, la
cultura es diferente, la
religión es incompatible.
La conclusión de este libro es
que vivimos dentro de una gran
nación todavía no declarada. Una
nación que necesita ciertos
nexos de formalización, en
cuanto al dominio total de sus
recursos que hasta ahora han
sido pillados y sobre los cuales
hay nefastos planes de
apropiación, porque el planeta
ha agotado sus recursos y ahora
depende de las aguas dulces de
América, sobre todo de América
del Sur, de la biodiversidad de
la Amazonia.
Nuestra forma de consolidación
en lo social: somos contingentes
humanos con cierto grado de
preparación laboral muy
importante, y repito: a pesar de
las inmensas diferencias, somos
organizables y comunicables. En
lo económico hemos sido siempre
el sustento de todas las
hegemonías. El Potosí nutrió con
16 millones de kilos de plata
para que de ellos naciera la
hegemonía española y después
naciera la hegemonía de Europa
sobre el mundo. Ocho millones de
vidas se perdieron en el socavón
del Potosí. Estuve allí, era una
ciudad semiarruinada, con
iglesias desmanteladas. Cuando
Bolívar lo nacionalizó, le dio a
la República el Potosí, dijo una
frase lapidaria: “El Potosí:
erario de España”. A través de
esas mecánicas América Latina ha
sido el sustento de todas las
hegemonías y no ha recibido nada
de ellas. De ahora en lo
adelante tenemos que apropiar
los recursos para nuestro
sustento, que crear economías
propias con un alto grado de
sustentabilidad y de autonomía,
y que preferiblemente se
complementen dentro del área.
Tenemos que crear estados
revolucionarios que en lo
posible utilicen nuestros
recursos para satisfacer las
necesidades de la población y
para avanzar. Tenemos la
necesidad de crear una
diplomacia integracionista
brillante — afortunadamente ya
se han dado los primeros pasos
en ese sentido— y tenemos la
necesidad urgente de crear
alianzas estratégicas
latinoamericanas para sustituir
al moribundo, ya enterrado,
Tratado Interamericano de
Asistencia Recíproca, que
demostró no servir para nada en
cuanto una potencia
extracontinental golpeó a
Argentina y EE.UU. entonces se
cuadró con Gran Bretaña en
contra de América.
Hay un cuadro inmenso de tareas
por cumplir. Los
latinoamericanos y caribeños de
esta época tenemos la bendición
de haber recibido una tarea
histórica de importancia
inconmensurable, porque no solo
nos atañe a nosotros: el mundo
entero ha sido saqueado de tal
forma, ha sido devastado,
destruido, corrompido, que en
América Latina y el Caribe están
todavía las últimas reservas
para hacer posible y viable la
continuación no solo de la
civilización, sino de la vida,
en este milenio que comienza. No
se trata solo de nuestra
subsistencia, que ya es
importante. Jugamos un papel
clave en la posibilidad de la
subsistencia del mundo que en
este momento está experimentando
el colapso predicho y sabido del
sistema capitalista, y que se
enfrenta por obra del paulatino
agotamiento de la energía fósil,
que quizá durará medio siglo a
partir de ahora. Nos enfrentamos
a un colapso civilizatorio como
no ha sido registrado jamás en
la historia de los eventos
humanos.
Si alguien puede encontrar una
solución, una nueva fórmula, un
modo de vida, una propuesta
civilizatoria que no sea
destructiva, es América Latina y
el Caribe. Este libro es una
reflexión sobre un conjunto de
extremos, de posibilidades,
potencialidades y de deberes.
Como latinoamericanos y
caribeños, cada uno de nosotros
tiene el deber y el imperativo
de trabajar por esa gran nación
todavía invisible y dividida.
Desde luego, se puede pensar que
soñar y hacer planes es inútil.
Todas las grandes realidades del
mundo salieron de una idea. Y la
idea de la unidad, la
integración y la revolución
latinoamericana es quizá la idea
más compartida dentro del ámbito
de nuestro continente.
Presentación del libro
Socialismo del tercer milenio,
Editorial Monte Ávila, en el
marco de la XVIII Feria
Internacional del Libro de La
Habana. |