En un mapa colocado a la manera
que nos enseñaron los europeos,
Chile es el fin del mundo. Y de
cierta forma es verdad, porque
Chile siempre ha estado al final
del camino tanto de los primeros
pobladores, venidos desde el
Norte en caminatas milenarias,
como de los conquistadores
españoles que necesitaron llegar
hasta allí para convencerse de
que se les había acabado el
Nuevo Mundo. Solo los
aventureros más tercos llegaron
hasta Chile, y llegaron para
quedarse, porque se dieron
cuenta de que el regreso no
valía la pena. Para desmentir
que en Chile morían todos los
mitos, los chilenos tuvieron que
inventarse sus poetas y tantos
fueron y tan gloriosos que les
sobraron para regalarle al resto
del mundo.
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Esa geografía inaudita, que
limita con las goteras del
planeta, me deslumbraba antes de
conocerla, pero al igual que los
antiguos viajeros, no visité
Chile hasta después de haber
recorrido buena parte de los
caminos de mi vida. Atravesando
Neruda conocí un Chile poblado
por extraños americanos que
adoraban la paz y el orden,
resolvían sus disputas
conversando y usaban ropas
oscuras para pasar inadvertidas.
Tan extravagantes estos
chilenos, que un día alborotaron
al mundo entero con el anuncio
de que harían una revolución
pacífica.
Al frente de esta quimera estaba
un médico forense, que iba al
combate vestido de lord inglés y
contaba en sus discursos poemas
entrañables sin proponérselo. A
Allende no lo conocí en persona.
Por entonces el mundo me quedaba
muy lejos y la buena suerte no
quiso que nos encontráramos en
lugares comunes. Sin embargo,
viví en su pellejo sus sueños de
constructor de utopías, admiré
su vocación al martirologio como
acto de sublime valentía
personal y comprendí que toda la
sana terquedad sembrada en la
tierra chilena fructificó
durante unos años en el acto
terrible de tener que escoger
entre la vida y la muerte para
defender las ideas. La muerte
nos llega a todos, pero lo
extraordinario es imponerse a su
libre albedrío y solo llamada
cuando haga falta para honrar la
vida misma.
Desde hace muchos años, después
de aquel martes 11 de septiembre
de 1973 en Chile, tenía ganas de
leer un libro como este, que me
hiciera volver a esa revolución
en ciernes, inspirada en el voto
popular, que se había erguido
detrás de la cordillera.
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Me lo envió el propio Max
Marambio desde Santiago. A Max
lo conocí en Cuba, estuvimos en
ocasiones juntos cerca de Fidel,
y emprendimos proyectos
solidarios en común, con mayor o
menor fortuna, pero siempre
excitantes y gratificadores. Por
entonces conocía solo el Chile
de los exiliados que encontraba
en todas partes, sobrevivientes
de una dictadura que los cazaba
como a animales de monte en
cualquier parte del mundo. De la
mano de Max conocí Chile en los
noventa, visité los glaciares
que había soñado y la casa de
Neruda en Isla Negra.
Las páginas de este libro son
una crónica austera de la
epifanía de una bandera en alto
en medio de la derrota de aquel
1973. Su realidad, a medida que
el tiempo pase, se convertirá en
ficción, que es el mejor destino
que pueden alcanzar las
verdades. Y este libro dejará
testimonio de ello. |