Año VII
La Habana

14-20 de FEBRERO
de 2009

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Prólogo del libro Las armas de ayer

Un libro que me hiciera volver a esa revolución en ciernes

Gabriel García Márquez • La Habana

 Fotos: Equipo de La Jiribilla

 
En un mapa colocado a la manera que nos enseñaron los europeos, Chile es el fin del mundo. Y de cierta forma es verdad, porque Chile siempre ha estado al final del camino tanto de los primeros pobladores, venidos desde el Norte en caminatas milenarias, como de los conquistadores españoles que necesitaron llegar hasta allí para convencerse de que se les había acabado el Nuevo Mundo. Solo los aventureros más tercos llegaron hasta Chile, y llegaron para quedarse, porque se dieron cuenta de que el regreso no valía la pena. Para desmentir que en Chile morían todos los mitos, los chilenos tuvieron que inventarse sus poetas y tantos fueron y tan gloriosos que les sobraron para regalarle al resto del mundo.
 

Esa geografía inaudita, que limita con las goteras del planeta, me deslumbraba antes de conocerla, pero al igual que los antiguos viajeros, no visité Chile hasta después de haber recorrido buena parte de los caminos de mi vida. Atravesando Neruda conocí un Chile poblado por extraños americanos que adoraban la paz y el orden, resolvían sus disputas conversando y usaban ropas oscuras para pasar inadvertidas. Tan extravagantes estos chilenos, que un día alborotaron al mundo entero con el anuncio de que harían una revolución pacífica.

Al frente de esta quimera estaba un médico forense, que iba al combate vestido de lord inglés y contaba en sus discursos poemas entrañables sin proponérselo. A Allende no lo conocí en persona. Por entonces el mundo me quedaba muy lejos y la buena suerte no quiso que nos encontráramos en lugares comunes. Sin embargo, viví en su pellejo sus sueños de constructor de utopías, admiré su vocación al martirologio como acto de sublime valentía personal y comprendí que toda la sana terquedad sembrada en la tierra chilena fructificó durante unos años en el acto terrible de tener que escoger entre la vida y la muerte para defender las ideas. La muerte nos llega a todos, pero lo extraordinario es imponerse a su libre albedrío y solo llamada cuando haga falta para honrar la vida misma.

Desde hace muchos años, después de aquel martes 11 de septiembre de 1973 en Chile, tenía ganas de leer un libro como este, que me hiciera volver a esa revolución en ciernes, inspirada en el voto popular, que se había erguido detrás de la cordillera.

Me lo envió el propio Max Marambio desde Santiago. A Max lo conocí en Cuba, estuvimos en ocasiones juntos cerca de Fidel, y emprendimos proyectos solidarios en común, con mayor o menor fortuna, pero siempre excitantes y gratificadores. Por entonces conocía solo el Chile de los exiliados que encontraba en todas partes, sobrevivientes de una dictadura que los cazaba como a animales de monte en cualquier parte del mundo. De la mano de Max conocí Chile en los noventa, visité los glaciares que había soñado y la casa de Neruda en Isla Negra.

Las páginas de este libro son una crónica austera de la epifanía de una bandera en alto en medio de la derrota de aquel 1973. Su realidad, a medida que el tiempo pase, se convertirá en ficción, que es el mejor destino que pueden alcanzar las verdades. Y este libro dejará testimonio de ello.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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