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Hace solo unas horas, pero un
cuarto de siglo atrás, Julio
Cortázar dejaba de jugar a la
Rayuela. Sin embargo, el tiempo
le ha dado la razón a quienes se
despidieron de él por última
vez, pocos meses antes de su
muerte, en aquella Habana chica
que ha sido para muchos la casa
del poeta Pablo Armando
Fernández: el 12 de agosto de
1984, Cortázar solo nos dijo
à toute a l’heur! y salió a
caminar, como solía, por las
calles de París.
Por eso, la presentación del
Premio Iberoamericano de Cuento
Julio Cortázar 2009 no podía ser
de otra manera:
Quienes lo conocieron, hablaron
de su primera visita a Cuba, de
aquel Premio Casa que otorgó con
su juicio y de la expectativa
que tenían en ese entonces los
cuentos de aquel “ilustre
desconocido”. De la despedida
que no quiso explicar, del
orgullo y de la enfermedad que
lo revivió en 1984.
Los recuerdos de Miguel Barnet,
Pablo Armando Fernández y César
López, dieron a la jornada un
sello peculiar: “Skizein
(Decálogo del año cero)”, de la
joven escritora cubana de origen
ruso Polina Martínez Shviétsova,
fue presentado como prueba no
solo de que Julio Cortázar vive,
sino que vive en la narrativa
iberoamericana contemporánea sus
mejores días.
Para el jurado —la argentina
Liliana Heer y los cubanos
Alberto Guerra y César López—
“fue una felicidad encontrarse
con este cuento de Polina. Los
tres coincidimos en que ese era
el Premio, y que a Cortázar le
hubiera gustado mucho, pues
pertenece a una joven escritora
y además ofrece un aliento de
ruptura”.
“Es un premio importante pero
que no mira edades, sino
calidades —recordó César López.
No mira edades porque Cortázar
es un escritor para todas las
edades. Es un escritor que
deslumbra sobre todo a los
jóvenes: nos demuestra que con
la palabra pueden hacerse muchas
cosas. Creo que Polina debe
sentirse orgullosa del premio. Y
Cortázar se lo agradece”.
Para la joven narradora y
poetisa, ganadora además del
Premio de Cuento La Gaceta de
Cuba, “Cortázar ha sido una
inspiración. Me deja siempre
impresionada, con sus puntos de
vista sobre la vida y la muerte.
Ha sido un principio para
incorporar en mi escritura, mi
pensamiento y mi biblioteca
personal a las letras
hispanoamericanas, pues dada mi
ascendencia rusa mis influencias
son sobre todo de autores rusos
y literatura clásica. Cortázar
me ayuda a balancearme, en
relación con las influencias”.
El cuento, básicamente inspirado
en hechos reales, constituye una
unidad narrativa, dividida a la
vez en diez momentos, cuya
lectura revela una autora de
vocación universal.
“Cuando lo hice no pensaba en el
premio, ni siquiera lo soñaba,
son solo fragmentos de otro
libro que tengo en construcción.
La primera vez que lo presenté
no pasó nada, fue en el 2007,
pero luego lo maduré e introduje
las doctrinas rusas que suelo
estudiar: el significado de la
vida, la superación de los
obstáculos y el crecimiento
espiritual del ser humano en el
contexto de la Cuba actual”.
El volumen, publicado bajo el
sello editorial Letras Cubanas,
incluye también las cuatro
menciones que fueron otorgadas
en el certamen: “Sun-Woo”, del
argentino Oliverio Cohelo —para
el jurado, muy cerca de los
valores del cuento premiado—,
“La Diabla en París”, de la
cubana Patricia María Jiménez;
“Isla a mediodía”, de la
escritora cubana Anisley Negrín
Ruiz y “Un lunes cualquiera”,
del argentino Carlos Alberto
Costa. |