Si los ingleses no hubieran
atacado y tomado La Habana en
el siglo XVIII, quizá
la Feria del Libro hoy tendría
otra sede. Porque ese imponente
parque, sede desde el año 2000
de la gran fiesta de la
literatura, nació como
fortaleza debido a que la
capital cubana era presa fácil
de ataques marítimos.
Cuando los ingleses se
retiraron, el rey Carlos III
mandó a construir la fortaleza.
Los trabajos comenzaron en 1763
y terminaron en 1774, luego que
más de mil 700 esclavos y
prisioneros en su mayoría,
sudaran a mares para edificar
los fosos, las murallas, los
fuertes, toda esa gran
estructura militar que en su
época fue la más avanzada de
América Latina. Los planos
fueron hechos por el ingeniero
francés M. De Valliére con
dibujos suministrados por M.
Ricaud de Targale. El terreno lo
donó Don Agustín de Sotolongo y
las obras fueron dirigidas por
el ingeniero militar Silvestre
Abarca.
Por el nombre del monarca de la
época y por el cerro lleno de
cabañas tomó el nombre que aún
conserva. Tiene un
estilo ecléctico con influencias
francesa, italiana y holandesa;
su construcción costó 14
millones de duros, una verdadera
fortuna para la época y en buena
lid es un polígono de 420 metros
de exteriores compuesto por
baluartes, terrazas, caponeras,
y revellines flanqueados, fosos,
camino cubierto, cuarteles y
almacenes que han tenido
diversos usos.
Durante las guerras de
independencia sirvió de prisión:
por allí pasaron José Martí
Pérez y Fermín Valdés Domínguez
en 1870; el negro liberto José
Antonio Aponte, en 1812, y el
poeta Juan Clemente Zenea y
Fornaris corrió la misma suerte
en 1871.
En 1959 fue el lugar de la
Comandancia
de Ernesto Guevara, hoy esas
habitaciones forman un museo.
Luego de restaurar el recinto
total, de
1986 a 1991, ha devenido el
Parque Histórico Militar
Morro-Cabaña, con una rica
colección de armas antiguas que
lo convierten en un espléndido
museo y lugar donde se han
enraizado tradiciones como la
ceremonia del cañonazo.
Ya por nueve años ha sido
escenario de las Ferias del
Libro. Al principio no pocas
objeciones recibió, pero hoy
nadie imagina una Feria como la
de La Habana fuera de La Cabaña.
Sus grandes extensiones sirven
para que las visitas al parque
sean en familias que además de
comprar libros, pueden
participar de conciertos, juegos
para los más pequeños que van
desde empinar papalotes hasta
participar de las rondas de
canciones clásicas.
Hay dos factores que ayudan a
esas excursiones: el sistema de
transporte fortalecido y las
opciones gastronómicas en la
propia instalación.
En esta edición hubo más de 260
editoriales representadas, Chile
(con 46) y se destacan España,
México y Perú, con la mayor
presencia dentro del habla
hispana. Se ocuparon
más de 7 000 metros para el área
de expoventa.
Han asistido numerosos
intelectuales invitados como el
mexicano
Paco Ignacio Taibo II y el
noruego Jostein Gaarder, este
último anduvo fascinado por la
popularidad de la Feria.
En general, se han desarrollado
más de 300 actividades que
incluyen eventos, seminarios y
presentaciones de títulos,
además de conciertos y muestras
fotográficas y de la plástica.
Cuando termine la gran fiesta en
La Cabaña, la Feria con los más
de mil títulos y unos siete
millones de ejemplares, caminará
por el resto del país, y en
Ciudad de La Habana continuarán
las ventas de libros en el
Pabellón Cuba, el parque de La
Maestranza y la Feria de Rancho
Boyeros hasta el primero de
marzo. Este año en el resto de
Cuba de 42 localidades bajó a 16
debido a los destrozos
económicos ocasionados por los
huracanes en el 2008.
En cualquier otra nación, seguro
que se habría eliminado de forma
absoluta el jolgorio literario.
La cultura es lo primero que
restringen por causas económicas
en sociedades que se precian de
defender la libertad y los
derechos humanos. Nuestro país,
en ese sentido es un ejemplo:
como no solo de pan vive el
hombre, se han producido libros
y se ha hecho su fiesta para
alegrar el alma y que crezca el
espíritu, como un humano derecho
al que deberían acceder todos
los terrícolas. |