Año VII
La Habana

14-20 de FEBRERO
de 2009

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Literatura nuestra

Luis Britto García  • La Habana

 Fotos: Equipo de La Jiribilla

 

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Literatura, voz perdurable de una comunidad. La gran obra impone un idioma, y este configura culturalmente a la nación. La Divina Comedia hace evidente a Italia, así como el Quijote convierte en irrefutable a España. Creer en una literatura latinoamericana es postular la nación de  América Latina. Pero así como Nuestra América está dividida por fronteras postizas, nuestra literatura está escindida en las repúblicas ilusorias de los temas y los géneros. Exploremos este continente mediante la precaria brújula de más de dos centenares de obras concursantes en el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos

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Idiomas y pueblos tienen raíces compartidas. La comunidad originaria se reúne alrededor del mito; la nación en torno de la Historia. Toda meditación sobre el origen es también constitución del Ser. La novela histórica reinventa el pasado mediante los prejuicios del presente para definir un Yo. Reescribimos la Historia para hurgar en la herida todavía abierta de la Conquista, como la venezolana Mercedes Franco en Crónica Caribana. El colombiano William Ospina en Ursúa, el mexicano Jorge Galván en El hierro y la pólvora. Reinventamos la historia para resucitar próceres inmortales: el venezolano Ángel Miguel Rengifo rememora a un americano universal en Miranda el hijo del mulato; su compatriota Eduardo Sevillano se ocupa de otro en El niño Sol de la Negra Hipólita; el boliviano Rocha Monroy recuenta en clave más histórica que narrativa la epopeya de Antonio José de Sucre en ¡Qué sólos se quedan los muertos!; el mexicano Pedro Ángel Palou reescribe la biografía del legendario Zapata en clave narrativa y con lenguaje denso, hiriente y desgarrador; el venezolano José León Tapia renueva los Tiempos de Arévalo Cedeño con el calendario de la crónica y el reloj de la tradición oral. Corregimos la Historia para enderezar los entuertos de las derrotas: la cubana Marta Rojas, en Inglesa por un año, narra morosamente las incidencias de la ocupación inglesa en su patria; el mexicano Ignacio Solares, en La invasión, reconstruye el zarpazo imperial que despojó a México de más de la mitad de su territorio;  y su compatriota David Toscana, en su deslumbrante El ejército   iluminado, recluta un puñado de inadaptados para invadir Estados Unidos y recuperar Texas armados solo con la esperanza.


 

Despertarse del diluvio de sangre de la Historia es aflorar en el torrente del idioma. Desde los años 60 del siglo XX, el castellano de América se regocijó en los vertiginosos juegos del adolescente que proclama su autonomía. Redimir el ser era reinstalarse en los Paraísos del Lenguaje. La posmodernidad desfolió este Edén, pero todavía algunos sentimos el verbo como un goce. Aún el lenguaje adquiere visos de protagonista en Salvador Golomón, del cubano Alexis Díaz Pimienta, donde comentarios eruditos sobre un autor imaginario se entretejen con ejercicios de estilo. O el arcaísmo reviste una elegancia barroca, casi erótica en los dejos y enzarzamientos de La visita de la Infanta, de su compatriota Reinaldo Montero. O el modo de narrar configura casi un idioma propio, autárquico, deleitable en su secreta complicidad, como sucede en De los míos Caribes, del venezolano zuliano César Chirinos. Destaco que la mayoría de estas narrativas transcurren en el alucinatorio vórtice del Caribe. En otras obras las búsquedas formales son menos evidentes. Pero la forma es lo que distingue a la literatura del mero inventario. Quizá procedimientos como la diversidad de voces o de texturas textuales, que antes suscitaron escándalo, ya no espantan ni desorientan. Solo se discute si construyen una determinada narración o la destruyen.
 


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Lo que mañana será Historia es hoy confrontación social. Solo colectivamente superamos las barreras temporales y clasistas. Nuestra realidad parecería haber escrito argumentos solo superables mediante el modo de contarlos. De allí que las epopeyas sobre la contemporaneidad sean narradas mediante una prosa que aplica todos los recursos ficcionales: exploración interna de los personajes, diversidad de puntos de vista, habla coloquial, comentario vivencial y compromiso humano más que doctrinario o partidista. El traumático asesinado de Gaitán es recontado por los colombianos Arturo Alape en El cadáver insepulto y por Miguel Torres en El crimen del siglo, con estrategias de crónica, reportaje, indagación y hasta monólogo interior. La mexicana Helena Poniatovska investiga laboriosamente las luchas sindicales de los ferrocarrileros para crear un relato atemporal, El tren pasa primero, una novela coral con centenares de personajes, todos profundos, ninguno previsible, tan cargada  de crispación política como de tensión poética, signada por la relación de amor y odio entre el hombre y sus instrumentos de trabajo, construida con una prosa como las maquinarias que describe: escueta, funcional, rítmica, poderosa, mantenida por el aporte de millares de vidas para facilitar la comunicación entre los hombres. "Imposible desvivir lo vivido, imposible revivir el pasado, imposible ser otro", resume la autora en un párrafo final que cierra y abre todas las vías de la vida.

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La confrontación de clases traza la frontera de la violencia. Toda una retórica jurídica y a veces literaria excluye y execra a los oprimidos describiéndolos como simple marginalidad hundida en la violencia irrecuperable. El colombiano Oscar Collazos en Rencor pinta una Cartagena muy distinta de la turística, a través de la confesión de una mulata violada por el padre, prostituida y sometida a todas las violencias de la miseria y la explotación. En Bengala, el venezolano Israel Centeno narra una bohemia que se confunde con la delincuencia y el parasitismo. Rafael Ramírez Heredia en La Esquina de los Ojos Rojos retrata el México profundo como cotidiana batalla entre sicarios, adictos, policías, pero redime tantas simplificadas visiones tremendistas revelando la poesía del graffiti, de los rumores del barrio, de la mitología de los pandilleros, de la religiosidad popular. A veces la confrontación social se desenmascara, como guerra civil. El peruano Alonso Cueto denuncia en La hora azul la imposición del neoliberalismo mediante el terrorismo de estado. El mexicano José Agustín, que inicia su carrera con intimistas novelas de aprendizaje, incursiona en la violencia policíaca con Armablanca. El venezolano Eloy Yague Jarque cuenta en Cuando amas debes partir la epopeya de un comunicador que solo toca el fondo de su barranco existencial en el abismo del 27 de febrero.

El mexicano Martín Solares teje una asfixiante trama de corrupción, brutalidad policial y tráfico de drogas en Los minutos negros, esos cinco minutos que oscurecen en la existencia de cada hombre. En Nuestra América decir novela policíaca, es decir, novela negra y narrativa de la violencia política y social o de la corrupción. Y a pesar de ello hay relatos de la nostalgia, de la intimidad, del exilio y de la maravilla.

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Si se es, y qué se es, son las preguntas más trascendentes que se formulan un individuo y una colectividad. América Latina y el Caribe las contestan desarrollando paralelamente con la épica otra escritura personal, sobre las epopeyas mínimas del Yo. Toda persona germina a partir de un niño. Todo niño nace por la elección del héroe que emula. Narrar la infancia es resucitar sus ídolos. El chileno Hernán Rivera Letelier en El fantasista, revive a un malabarista del balón que rescata el orgullo de un pueblo pampeano. El uruguayo Guillermo Álvarez Castro en La celebración escribe sobre párvulos que entronizan a Clark Gable y Gregory Peck; su connacional Mauricio Rosencof en El barrio era una fiesta rememora a los mocosos que veneraban a El Negro de la Mirada y a un ex brigadista de la guerra española. A veces, la infancia es la familia y los recuerdos familiares. En Tres lindas cubanas el mexicano Gonzalo Celorio reconstruye la de sus antepasadas antillanas y con prosa resplandeciente vuelve a la vida el universo mínimo y a la vez desmesurado de la crónica de los seres queridos. Dime a quién admiras, te diré qué serás.
 


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La construcción de la persona parte de la deconstrucción de un ídolo o de una épica. Tres venezolanos acometen esta empresa existencial. Carlos Noguera vuelve a los recuerdos de la violencia de los años sesenta en Los cristales de la noche, compleja novela coral con claves, que transfigura la derrota política en la victoria de la creación de personajes que devienen personas. La venezolana Judith Gerendas culmina igual hazaña en La balada del bajista a partir de la muerte de un personaje, y de esa segunda identidad que es la familia. Desvinculado de su circunstancia o su historia, el yo se confunde con la nada. En Nocturama, Ana Teresa Torres narra a un escritor que inventa a Ulises Zero, personaje sin memoria que despierta en una ciudad sin nombre. Del aposento contiguo al del relato personal asoma su cabeza desenfadadamente la narrativa epiceno, como la que se extiende sobre los devaneos de un intelectual con la tentación ambigua en Fruta verde, del mexicano Enrique Serna, o la de su compatriota Ana Clavel, que en Cuerpo náufrago presenta una dama que despierta convertida en varón y emprende un conturbador recorrido por el mundo de los mingitorios, de los fetiches, de las imágenes amenazantes del sexo. A semejanza de la epopeya social, toda narrativa personal debate si la identidad es construcción o predestinación, instinto o aprendizaje.

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Quizá el pez solo es consciente del agua cuando esta le falta. En América Latina todos los caminos llevan al exilio. Así Andrés Blanque en Atlántico, se ocupa de un pianista que oye voces en Europa, de idilios europeos de la protagonista. Marisa Silva Schultze en Apenas diez, recorre peripecias de una decena de uruguayos en éxodo. Wendy Guerra en Todos se van, sustituye con un perfecto padrastro nórdico al padre cubano borracho y feo. Alexis Díaz Pimienta otorga también a personajes de Salvador Golomón su anhelado billete para el Viejo Mundo. Romances, galanes y desenfrenos parecen facturados en los talleres de la novela rosa o las agencias del turismo sexual. Apenas Santiago Gamboa en El síndrome de Ulises consigna una narrativa dura y fluida sobre las amarguras de estudiantes y expatriados en el exterior. Horacio Oliveira solo encontró en Europa la necesidad de recuperar América. Algunos exiliados literarios ni siquiera eso.

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Peregrinan más allá del exilio las narrativas donde no son los personajes sino los autores quienes se enfrentan a realidades exóticas. Jorge Volpi en No será la tierra compendia accidentes nucleares y calamidades de la burocracia soviética. El ruso nacionalizado chileno Alexander Tolush en Discursos de la carne relata los paralelos derrumbes de un coronel de confianza de Gorbachov y del mundo soviético. El mexicano Ignacio Padilla en La gruta del toscano indaga sobre el sherpa Pasang Nuru que ve llegar las expediciones hacia el Himalaya y hacia una caverna que tal vez conecta con el infinito. Alguna vez dije que Borges se revelaba latinoamericano en su devoción por la quincalla exótica. Solo desde el Nuevo Mundo se puede encontrar fascinante al Viejo.

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Pero el escritor se exilia también en las escrituras sobre la escritura. El venezolano Milto Quero Arévalo en Corrector de estilo, traba una relación entre una dama que escribe y quien la enmienda. Su compatriota Ayari de la Cruz Pérez, en Mi querido Pablo, incorpora descripciones morosas del proceso de escritura. La mexicana Carmen Boullosa, en La novela perfecta, fantasea sobre el escritor que intenta crear el texto impecable mediante un instrumento informático que traduce directamente la imaginación en realidad. Otra vuelta de la tuerca da la literatura con relatos donde los escritores reales devienen personajes. El puertorriqueño Luis López Nieves lanza una investigación en torno de El corazón de Voltaire, en la cual se suceden intrigas para dar con el paradero de los restos perecederos de una de las luminarias del Siglo de las Luces. El venezolano Ugo Ulive, en Las cenizas de Marx, inventa una pesquisa sobre el paradero de los restos del Fénix de nuestro tiempo.

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Más allá de los confines de la Historia, de los paraísos verbales, de la violencia, de los exilios, pero colindante con ellos, está la patria de la tensión poética, de novelas que prodigiosamente se sostienen sobre la invención de criaturas encantadas y encantadoras que ascienden impulsadas por la levedad del lenguaje. Un gigante puede ser perseguido por un lobo que habla latín y que da paso misteriosamente a una bella muchacha en La batalla del calentamiento, del argentino Marcelo Figueras. Todo un mundo fantástico centrado en la simbología de la espiral y en la mecánica de la subjetividad crea sus propias leyes en Nueve veces el asombro, del  mexicano Alberto Ruy Sánchez. Su compatriota Bárbara Jacobs saca de la nada seres con la inocencia de animales, animales con la pasión de seres y adjetivos tan vivos como ellos en Florencia y Ruiseñor. La venezolana Stefania Mosca convierte el mundo y la literatura en tierna acrobacia en El circo de Ferdinand. No son regresos a la infancia personal, sino avanzadas hacia el Reino de la Libertad, del cual todos fuimos, somos, seremos ciudadanos.
 


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Preguntarse sobre el Ser construye la identidad; interrogarse sobre el No Ser constituye la Filosofía. La narrativa no es más que intento de traducir ambas interrogantes en vivencias.
 

Una muestra no representa quizá más que el azar. He mencionado la diversidad de nacionalidades solo para destacar la coincidencia de asuntos y tratamientos. A través de ellos evidenciamos analogías con la realidad latinoamericana y caribeña: certidumbre de un pasado común, incesante redescubrimiento de lo propio, pluralidad de voces, conciencia de conflictos en proceso, pasión, dolor compartido ante una frustración que  se siente como vivencia continental, tensión entre la pertenencia y el desarraigo, incesante elaboración de universos poéticos, conciencia de amenaza latente, sentimiento de un yo en perpetua construcción y deconstrucción, vocación de perdurar. Así el colombiano Jorge Franco en Melodrama, se centra sobre la peripecia del enfermo ante un pronóstico fatal. Su compatriota Ricardo Maneiro, en Noches (de San Bernardo a San Ivón), arranca con la narración de un infarto, se complace en las incidencias de la agonía y del parto, y culmina con la muerte de una abuela. Dos frases pungentes cierran La enfermedad, novela del venezolano Alberto Barrera Tiszka sobre una agonía clínica diagnosticada: "¿A qué saben las últimas palabras?" y "No dejes que muera en silencio". Toda palabra aspira a la eternidad. Sobre Nuestra América han dictado las potencias sentencia de muerte. Cada voz suya puede ser la última. Pero no callará, y vivirá mientras hable.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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