En la década del 60, el mundo
entero era un concierto de
fábulas: la nouvelle vague
francesa, la música
de The Beatles, los días
utópicos de mayo del 68, el
nuevo cine latinoamericano y las
vanguardias artísticas; el
asesinato de Kennedy, la
Primavera de Praga, la Guerra de
Vietnam, la masacre de
Tlatelolco. Las letras
latinoamericanas se adentran en
la aventura del boom y en
Cuba, al calor de los primeros
aires revolucionarios, una
considerable promoción de
novelistas se lanza a la
formación de un sistema propio
de escritura, como espacio de
diálogo con las esencias
de la época.
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En las imágenes “complejas y
difusas” de la narrativa cubana
de los años 60 y las
particularidades de su sistema
escritural, se adentra la nueva
propuesta de Alberto Garrandés.
Bertillón 166, Así en la paz
como en la guerra, Juan Quinquín
en Pueblo Mocho, Miel sobre
hojuelas, Los años duros, Pasión
de Urbino, Condenados de
Condado, Canción de Rachel y
Tiempo de cambio, son
algunas de las obras que el
crítico y narrador aborda en
El concierto de las fábulas,
con enfoque crítico e
historiográfico, teniendo en
cuenta las inquietudes de sus
autores y las condicionantes
sociales en que se enmarcan.
Alberto Garrandés es también
autor de los ensayos Ezequiel
Vieta y el bosque cifrado
(1993), La poética del límite
(1994), Síntomas (1999),
Presunciones (2005) y
La mirada crítica (2007); de
los libros de cuentos
Artificios (1994), Salmos
paganos (1996) y
Cibersade (2002); y de las
novelas Capricho habanero
(1998), Fake (2003) y
Las potestades incorpóreas
(2007).
Por El concierto de las
fábulas, recibió el Premio
Alejo Carpentier de Ensayo 2008.
El concierto…
aborda una zona poco tratada por
los estudios culturales cubanos:
la narrativa de los 60. ¿Por qué
esta década? ¿Cuál es su
significación en la historia de
la narrativa cubana?
Se trata de una década
oscurecida por un exceso de
iluminación historicista, como
si, al coincidir con los
primeros años de la Revolución,
todo hubiera sido contaminado
allí, en los 60, por una luz
pareja... Y entonces el
observador se encandila, o se
obnubila, y deja de apreciar los
árboles y hasta el bosque mismo,
especialmente si pensamos en la
literatura...
Mi propósito fue el de rebajar
esa luz, acentuar los contornos,
los relieves y descubrir la
objetividad del paisaje. En
definitiva es una década
realmente prodigiosa. Y no solo
para la narrativa, sino también
para el cine, las artes visuales
en general, la poesía, el teatro
y la música.
En los 60, también la poesía
estaba teniendo momentos de gran
renovación. Siendo usted un
amante también de nuestra lírica
y teniendo en cuenta que tampoco
había sido abordada en esta
etapa, o al menos no en toda su
magnitud, ¿por qué enfocarse
solo en la narrativa?
Mi enfoque abarca solo la
narrativa porque soy un narrador
y entiendo de escrituras
narrativas, de fabulaciones, de
relatos. Leo poesía, pero sin
ánimo de estudiarla. La poesía
no me interesa más allá de la
admiración que me producen
algunos poemas cubanos, poemas
que podría reverenciar, como
otros de nuestra lengua, o de
otra lengua como la inglesa...
En realidad, no me “meto” con la
poesía porque no sé hacerlo tan
bien. Me produce timidez.
El título completo del ensayo
es: El concierto de las
fábulas. Discursos, historia e
imaginación en la narrativa
cubana de los años sesenta.
¿Cuál es la metodología de
Alberto Garrandés, que le
permite agrupar tantas
perspectivas?
Los discursos expresan la
historia y el entorno, el
tiempo, el espacio y las
actitudes humanas en movimiento.
Ahora diré una obviedad: no hay
historia sin discurso ni
discurso sin historia. Ahora
bien, en una época incipiente y
que universalmente acogió
transformaciones de todo tipo en
las artes, la literatura, la
política y las sociedades, el
problema de la imaginación choca
con el problema del
conocimiento.
Había una historia creándose en
Cuba, una sociedad nueva, un
sujeto del que se pretendían
cosas nuevas y que de hecho ya
estaba metamorfoseándose... y,
al mismo tiempo, había un
conjunto de fábulas entre la
historia inmediata y la
imaginación artística... En el
fondo, en la base de todo, se
produce un conflicto. La
Revolución empezaba a
desarrollarse como contexto y
como referente de enorme
perentoriedad, y aunque la
escritura literaria no se hace
“fuera” de la historia, puede
perfectamente “separarse” de
ella. No sé si me explico. Me
refiero a un “estado de
excepción” que de pronto
irrumpe, y es inevitable que los
escritores acomoden, reacomoden,
varíen, ajusten sus
perspectivas. O no. Eso sucedió
en los 60. Los escritores están,
en Cuba —y me temo que en todas
partes—, entre una poética
electiva y una poética que la
historia ayuda a condicionar. No
por gusto la literatura posee
dos fuentes, para decirlo de
manera esquemática: la
experiencia vital en y de la
historia y la literatura misma.
La segunda parte del ensayo
—la correspondiente al diálogo
con los textos—, usted la
introduce con una frase de Susan
Sontag. ¿Cuánto tiene de
semiótico su análisis de la
narrativa de los 60? ¿Cuánto de
las categorías o métodos de la
Sontag?
Creo que Susan Sontag, que es
una de las mujeres más
inteligentes que dio el siglo XX,
no poseía exactamente un método.
Si acaso, su método era la
aventura de imaginar el
comportamiento de sus
referentes, analizarlos a la luz
de la ética, de la verdad del
arte. ¿Semiótica? Bueno, no en
el estilo de los semióticos y
las semióticas de la Gran
Teoría. Cada vez me espanto más
de las teorías. Yo leí hasta
donde pude a los teóricos de
casi todas las escuelas. Me
serví de ellos y de ellas.
Después los arrojé por la borda
y los digerí poco a poco. Me he
quedado con la médula del
ensayo, con su atrevimiento
formal, con sus estocadas
conceptuales y con su voluntad
estilística. Ni más ni menos. Y,
por lo general, regreso a los
clásicos. Los mejores ensayistas
de ahora mismo son aquellos que
viajan al carácter imperfectivo
de los géneros, cultivado así
por Dante, por Burton, por
Swedenborg, por Connolly y por
Johnson.
Al final del libro, usted
incluye entre las entrevistas a
la doctora
Graziella Pogolotti. ¿En qué
medida pueden complementarse
El concierto de las fábulas
y Polémicas culturales de los
60?
Admiro sin reservas el trabajo
de compilación de la doctora
Pogolotti. Su libro y el mío son
articulables. En un caso, el
suyo, te enfrentas a una
antología de textos sobre arte,
cultura e ideología que
conformaron el paisaje
“polémico” de los 60. Ella
acopia, ordena y crea una
especie de canon del debate
estético. En mi caso me comporto
como un arqueólogo, hago crítica
literaria, escribo ensayos,
ordeno mis juicios, desempolvo
textos y jerarquizo las
fabulaciones de una época. Lo
que la doctora reúne allí
resulta muy útil para comprender
una zona de mis aseveraciones.
En la edición de Letras Cubanas,
es suya también la ilustración
de
cubierta: una aldaba. ¿En qué
puerta está tocando El
concierto de las fábulas?
Quisiera creer que empujé un
poco la puerta que da a los años
60. O que, al menos, di golpes
en ella con esa aldaba de bronce
que quise fotografiar. Algunos
colegas y amigos dicen que el
libro es definitivo. No me lo
creo. Yo lo juzgo un libro útil,
con páginas bien escritas,
afortunadas... Escribir bien es
una forma de la decencia, ¿no?
Definitivo fue Miguel Ángel con
el David, definitiva es la
música de Satie. O esa aldaba
que tiene más de cien años y
parece incorruptible.
En el prólogo del libro, usted
cuenta que antes de entrar en
lainvestigación, “los 60 y sus
fábulas se le hacían
borrosos,enmarañados y lejanos”.
¿Cómo los ve ahora?
Te parecerá paradójico, pero el
paisaje sigue escapándoseme. Por
otra parte, veo zonas de él con
más nitidez. Soy un ensayista y
de hecho mi libro es un ensayo
saturado de provocaciones, pero
al final me comporté como un
historiador literario poseído
por los demonios y atravesado
por numerosas heterodoxias. Y la
historia literaria es, como se
sabe, una enorme ficción que nos
sirve para empezar a comprender
luego de empezar a ordenar. No
hay que pretender abrazar toda
la verdad. La verdad se entrega
a medias siempre, a ratos, con
mayor o menor intensidad, por
medio de la razón, la vigilia, y
también a través de la
imaginación y el ensueño. Es
como una amante ocupada en
asuntos mayores, que
desconocemos, y que nos acepta y
nos rechaza a partes iguales.
Por eso, al cabo, los grandes
empeños
historiográfico-literarios que
buscan la verdad —esos que se
llenan de solemnidad y padecen
la egolatría del engolamiento—
no son sino actos amenazados por
el ridículo y la caducidad. Mi
libro tiene la mirada
impresionista, la mirada gozosa
(e irónica) y el registro del
arqueólogo. Dios me libre de los
ceremoniales en pos de la
verdad. |