Año VII
La Habana

14-20 de FEBRERO
de 2009

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NARRATIVA CUBANA DE LOS 60

La mirada gozosa y sin ceremonias de Alberto Garrandés

Marianela González • La Habana
Foto: Equipo de La Jiribilla

 
En la década del 60, el mundo entero era un concierto de fábulas: la nouvelle vague francesa, la música de The Beatles, los días utópicos de mayo del 68, el nuevo cine latinoamericano y las vanguardias artísticas; el asesinato de Kennedy, la Primavera de Praga, la Guerra de Vietnam, la masacre de Tlatelolco. Las letras latinoamericanas se adentran en la aventura del boom y en Cuba, al calor de los primeros aires revolucionarios, una considerable promoción de novelistas se lanza a la formación de un sistema propio de escritura, como espacio de diálogo con las esencias de la época.
 

En las imágenes “complejas y difusas” de la narrativa cubana de los años 60 y las particularidades de su sistema escritural, se adentra la nueva propuesta de Alberto Garrandés. Bertillón 166, Así en la paz como en la guerra, Juan Quinquín en Pueblo Mocho, Miel sobre hojuelas, Los años duros, Pasión de Urbino, Condenados de Condado, Canción de Rachel y Tiempo de cambio, son algunas de las obras que el crítico y narrador aborda en El concierto de las fábulas, con enfoque crítico e historiográfico, teniendo en cuenta las inquietudes de sus autores y las condicionantes sociales en que se enmarcan.

Alberto Garrandés es también autor de los ensayos Ezequiel Vieta y el bosque cifrado (1993), La poética del límite (1994), Síntomas (1999), Presunciones (2005) y La mirada crítica (2007); de los libros de cuentos Artificios (1994), Salmos paganos (1996) y Cibersade (2002); y de las novelas Capricho habanero (1998), Fake (2003) y Las potestades incorpóreas (2007).

Por El concierto de las fábulas, recibió el Premio Alejo Carpentier de Ensayo 2008.

El concierto… aborda una zona poco tratada por los estudios culturales cubanos: la narrativa de los 60. ¿Por qué esta década? ¿Cuál es su significación en la historia de la narrativa cubana?

Se trata de una década oscurecida por un exceso de iluminación historicista, como si, al coincidir con los primeros años de la Revolución, todo hubiera sido contaminado allí, en los 60, por una luz pareja... Y entonces el observador se encandila, o se obnubila, y deja de apreciar los árboles y hasta el bosque mismo, especialmente si pensamos en la literatura...

Mi propósito fue el de rebajar esa luz, acentuar los contornos, los relieves y descubrir la objetividad del paisaje. En definitiva es una década realmente prodigiosa. Y no solo para la narrativa, sino también para el cine, las artes visuales en general, la poesía, el teatro y la música.

En los 60, también la poesía estaba teniendo momentos de gran renovación. Siendo usted un amante también de nuestra lírica y teniendo en cuenta que tampoco había sido abordada en esta etapa, o al menos no en toda su magnitud, ¿por qué enfocarse solo en la narrativa?

Mi enfoque abarca solo la narrativa porque soy un narrador y entiendo de escrituras narrativas, de fabulaciones, de relatos. Leo poesía, pero sin ánimo de estudiarla. La poesía no me interesa más allá de la admiración que me producen algunos poemas cubanos, poemas que podría reverenciar, como otros de nuestra lengua, o de otra lengua como la inglesa... En realidad, no me “meto” con la poesía porque no sé hacerlo tan bien. Me produce timidez.

El título completo del ensayo es: El concierto de las fábulas. Discursos, historia e imaginación en la narrativa cubana de los años sesenta. ¿Cuál es la metodología de Alberto Garrandés, que le permite agrupar tantas perspectivas?

Los discursos expresan la historia y el entorno, el tiempo, el espacio y las actitudes humanas en movimiento. Ahora diré una obviedad: no hay historia sin discurso ni discurso sin historia. Ahora bien, en una época incipiente y que universalmente acogió transformaciones de todo tipo en las artes, la literatura, la política y las sociedades, el problema de la imaginación choca con el problema del conocimiento.

Había una historia creándose en Cuba, una sociedad nueva, un sujeto del que se pretendían cosas nuevas y que de hecho ya estaba metamorfoseándose... y, al mismo tiempo, había un conjunto de fábulas entre la historia inmediata y la imaginación artística... En el fondo, en la base de todo, se produce un conflicto. La Revolución empezaba a desarrollarse como contexto y como referente de enorme perentoriedad, y aunque la escritura literaria no se hace “fuera” de la historia, puede perfectamente “separarse” de ella. No sé si me explico. Me refiero a un “estado de excepción” que de pronto irrumpe, y es inevitable que los escritores acomoden, reacomoden, varíen, ajusten sus perspectivas. O no. Eso sucedió en los 60. Los escritores están, en Cuba —y me temo que en todas partes—, entre una poética electiva y una poética que la historia ayuda a condicionar. No por gusto la literatura posee dos fuentes, para decirlo de manera esquemática: la experiencia vital en y de la historia y la literatura misma. 

La segunda parte del ensayo —la correspondiente al diálogo con los textos—, usted la introduce con una frase de Susan Sontag. ¿Cuánto tiene de semiótico su análisis de la narrativa de los 60? ¿Cuánto de las categorías o métodos de la Sontag?

Creo que Susan Sontag, que es una de las mujeres más inteligentes que dio el siglo XX, no poseía exactamente un método. Si acaso, su método era la aventura de imaginar el comportamiento de sus referentes, analizarlos a la luz de la ética, de la verdad del arte. ¿Semiótica? Bueno, no en el estilo de los semióticos y las semióticas de la Gran Teoría. Cada vez me espanto más de las teorías. Yo leí hasta donde pude a los teóricos de casi todas las escuelas. Me serví de ellos y de ellas. Después los arrojé por la borda y los digerí poco a poco. Me he quedado con la médula del ensayo, con su atrevimiento formal, con sus estocadas conceptuales y con su voluntad estilística. Ni más ni menos. Y, por lo general, regreso a los clásicos. Los mejores ensayistas de ahora mismo son aquellos que viajan al carácter imperfectivo de los géneros, cultivado así por Dante, por Burton, por Swedenborg, por Connolly y por Johnson.

Al final del libro, usted incluye entre las entrevistas a la doctora
Graziella Pogolotti. ¿En qué medida pueden complementarse El concierto de las fábulas y Polémicas culturales de los 60?

Admiro sin reservas el trabajo de compilación de la doctora Pogolotti. Su libro y el mío son articulables. En un caso, el suyo, te enfrentas a una antología de textos sobre arte, cultura e ideología que conformaron el paisaje “polémico” de los 60. Ella acopia, ordena y crea una especie de canon del debate estético. En mi caso me comporto como un arqueólogo, hago crítica literaria, escribo ensayos, ordeno mis juicios, desempolvo textos y jerarquizo las fabulaciones de una época. Lo que la doctora reúne allí resulta muy útil para comprender una zona de mis aseveraciones. 

En la edición de Letras Cubanas, es suya también la ilustración de
cubierta: una aldaba. ¿En qué puerta está tocando El concierto de las fábulas?

Quisiera creer que empujé un poco la puerta que da a los años 60. O que, al menos, di golpes en ella con esa aldaba de bronce que quise fotografiar. Algunos colegas y amigos dicen que el libro es definitivo. No me lo creo. Yo lo juzgo un libro útil, con páginas bien escritas, afortunadas... Escribir bien es una forma de la decencia, ¿no? Definitivo fue Miguel Ángel con el David, definitiva es la música de Satie. O esa aldaba que tiene más de cien años y parece incorruptible.

En el prólogo del libro, usted cuenta que antes de entrar en lainvestigación, “los 60 y sus fábulas se le hacían borrosos,enmarañados y lejanos”. ¿Cómo los ve ahora?

Te parecerá paradójico, pero el paisaje sigue escapándoseme. Por otra parte, veo zonas de él con más nitidez. Soy un ensayista y de hecho mi libro es un ensayo saturado de provocaciones, pero al final me comporté como un historiador literario poseído por los demonios y atravesado por numerosas heterodoxias. Y la historia literaria es, como se sabe, una enorme ficción que nos sirve para empezar a comprender luego de empezar a ordenar. No hay que pretender abrazar toda la verdad. La verdad se entrega a medias siempre, a ratos, con mayor o menor intensidad, por medio de la razón, la vigilia, y también a través de la imaginación y el ensueño. Es como una amante ocupada en asuntos mayores, que desconocemos, y que nos acepta y nos rechaza a partes iguales. Por eso, al cabo, los grandes empeños historiográfico-literarios que buscan la verdad —esos que se llenan de solemnidad y padecen la egolatría del engolamiento— no son sino actos amenazados por el ridículo y la caducidad. Mi libro tiene la mirada impresionista, la mirada gozosa (e irónica) y el registro del arqueólogo. Dios me libre de los ceremoniales en pos de la verdad.

 

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