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Un café para la microhistoria
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Alejandro García Álvarez
• La Habana |
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Presentación del libro
Un café para la microhistoria.
Estructura de posesión de
esclavos y ciclo de vida en la
llanura habanera (1800-1886),
de María de los Ángeles Meriño
Fuentes y Aisnara Perera Díaz.
Confieso que resulta muy grato
para mí el participar en la
presentación del libro titulado
Un café para la microhistoria,
realizado bajo la autoría
del equipo de investigación que
integran María de los Ángeles
Meriño Fuentes y Aisnara Perera
Díaz.
Se trata de un libro de
particular interés y
excepcionalidad, tanto a causa
de la naturaleza de sus
contenidos y de su complejidad
metodológica, como de la
amplitud y profundidad de la
base empírica utilizada para la
construcción del conocimiento
que aparece mostrado en sus
páginas.
Un café para la microhistoria…
es una novísima obra que se
inserta de manera privilegiada
en el elenco historiográfico de
nuestro país. Con ella se
enriquece decisivamente nuestra
pobre historiografía cafetalera,
la cual, en cierta medida ha
reflejado los altibajos por los
que dicha actividad económica ha
transitado por la historia de
Cuba. Durante la República
Neocolonial fueron publicados
muy pocos libros sobre el tema,
como
Impresiones trinitarias,
de Miguel Varona Gutiérrez
(1914), en una época en que casi
todo el café que se consumía en
Cuba era importado.
Vida y pasión de una Gran
riqueza nacional,
de Alberto Arredondo (1941); el
emblemático libro titulado
El café, historia de su cultivo
y explotación en Cuba,
de Francisco Pérez de la Riva
(1944) y Biografía del cafetal
Angerona,
de Isidro Méndez(1952), ya en
tiempos en que se recuperaba su
cultivo en la Isla. Después del
triunfo de la Revolución
vendrían unos pocos títulos más,
como los de Ernesto Tabío y
Rodolfo Payarés,
Sobre los cafetales coloniales
de la Sierra del Rosario
(1968),
Franceses al Suroriente de Cuba,
de Carlos Padrón, (1997), Los
cafetales de la Sierra del
Rosario 1790-1850, de Jorge
R. Ramírez y Fernando A. Paredes
(2004), casi todos referidos a
sitios de alto valor patrimonial
que se corresponden con la
inmigración francesa en
la época de oro del café en
Cuba.
Un café para la microhistoria
incursiona con mucho rigor en la
historia social de nuestra Isla
durante los años transcurridos
entre 1800 y 1886. Para ello sus
autoras han penetrando en las
estructuras de posesión de
esclavos y estudiado el ciclo de
vida de la población tanto
esclava, como propietaria,
desentrañando las casi ocultas
conexiones de parentesco entre
las familias de esclavos;
conectando los pleitos
sucesorios por la propiedad de
los cafetales y las dotaciones,
con las muertes de los amos y el
otorgamiento de cartas de
libertad o la compra de la misma
por parte de los siervos.
Archivos y sacristías han
conocido del tesón y
laboriosidad de las autoras de
esta obra. María de los Ángeles
y Aisnara han debido trabajar
arduamente en los fondos
documentales de los archivos
Nacional de Cuba y Municipal de
Bejucal, en busca de expedientes
administrativos, testamentaría y
protocolos notariales; revisando
actas capitulares, censos y
otros documentos; pero, sobre
todo, ellas han incursionado
profunda y sistemáticamente en
los archivos de al menos tres
parroquias del Sur de La Habana:
las de Bejucal, Quivicán y La
Salud.
La filiación del trabajo al
concepto de microhistoria o
"pequeña historia” no está
determinada exclusivamente por
la extensión del territorio
dentro del cual se aborda el
objeto de estudio seleccionado.
Para este caso se ha tomando
como base del estudio una parte
de la llanura de La Habana, en
la cual se mantuvo la producción
cafetalera aun después de que la
mayor parte de las planicies
del sur de este departamento o
provincia se hubieran
transformado en plantaciones de
caña de azúcar. En esta
filiación a la microhistoria
también participa como
particularidad en la
caracterización de la esfera de
la actividad económica, dentro
de la cual es observado el
comportamiento del objeto de
estudio. Es precisamente esta
delimitación espacial y a la vez
productiva, lo que ha permitido
desentrañar con mayor detalle
las particularidades
relacionadas con las estructuras
y los que se produjeron en la
vida de las familias esclavas,
en los cafetales de Quivicán y
La Salud.
Un café para la microhistoria
también puede ser valorado desde
el punto de vista de lo que
aporta en el orden metodológico.
Sus autoras han debido adaptar
el método de "reconstitución” o
“reconstrucción” de familias,
que en su momento fue facturado
por la Demografía Histórica
francesa para el estudio de la
sociedad medieval, a las
realidades y características de
comunidades abiertas, propias de
la isla de Cuba en el siglo XIX.
Dicha adaptación requirió la
creación de instrumentos propios
para la recolección y análisis
de los datos capturados, y para
la revisión de 21 000 partidas
de bautismo, 1 700 de
matrimonios y 8 000 de
defunciones, cuyos datos fueron
complementados con un sinfín de
otros documentos de variada
procedencia.
Aprovecho para destacar entre
los méritos del trabajo que
ahora se presenta, el hecho de
que el mismo haya sido posible
gracias a la acción mancomunada
de un pequeño equipo de
investigación integrado por
ambas colegas. Participo de la
idea de que aunque los
historiadores suelen trabajar en
solitario, los resultados de los
esfuerzos realizados por dos o
tres historiadores trabajando
por separado, siempre podrán ser
superados por el esfuerzo de
esos mismos profesionales
aplicados a un trabajo de
conjunto. La investigación y
redacción en colectivo cuenta a
su favor con la posibilidad del
intercambio de ideas, el
estímulo mutuo y el abordaje de
tareas que, como las que han
hecho posible Un café para la
microhistoria, demandan la
unión de voluntades,
inteligencia y esfuerzos,
dirigidas a un objetivo común.
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