Año VII
La Habana

14-20 de FEBRERO
de 2009

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Un café para la microhistoria

Alejandro García Álvarez • La Habana

 
Presentación del libro Un café para la microhistoria. Estructura de posesión de esclavos y ciclo de vida en la llanura habanera (1800-1886), de María de los Ángeles Meriño Fuentes y Aisnara Perera Díaz.

Confieso que resulta muy grato para mí el participar en la presentación del libro titulado
Un café para la microhistoria, realizado bajo la autoría del equipo de investigación que integran María de los Ángeles Meriño Fuentes y Aisnara Perera Díaz.

Se trata de un libro de particular interés y excepcionalidad, tanto a causa de la naturaleza de sus contenidos y de su complejidad metodológica, como de la amplitud y profundidad de la base empírica utilizada para la construcción del conocimiento que aparece mostrado en sus páginas.

Un café para la microhistoria… es una novísima obra que se inserta de manera privilegiada en el elenco historiográfico de nuestro país. Con ella se enriquece decisivamente nuestra pobre historiografía cafetalera, la cual, en cierta medida ha reflejado los altibajos por los que dicha actividad económica ha transitado por la historia de Cuba. Durante la República Neocolonial fueron publicados muy pocos libros sobre el tema, como Impresiones trinitarias, de Miguel Varona Gutiérrez (1914), en una época en que casi todo el café que se consumía en Cuba era importado. Vida y pasión de una Gran riqueza nacional, de Alberto Arredondo (1941); el emblemático libro titulado El café, historia de su cultivo y explotación en Cuba, de Francisco Pérez de la Riva (1944) y Biografía del cafetal Angerona, de Isidro Méndez(1952), ya en tiempos en que se recuperaba su cultivo en la Isla. Después del triunfo de la Revolución vendrían unos pocos títulos más, como los de Ernesto Tabío y Rodolfo Payarés, Sobre los cafetales coloniales de la Sierra del Rosario (1968), Franceses al Suroriente de Cuba, de Carlos Padrón, (1997), Los cafetales de la Sierra del Rosario 1790-1850, de Jorge R. Ramírez y Fernando A. Paredes (2004), casi todos referidos a sitios de alto valor patrimonial que se corresponden con la inmigración francesa en la época de oro del café en Cuba.

Un café para la microhistoria incursiona con mucho rigor en la historia social de nuestra Isla durante los años transcurridos entre 1800 y 1886. Para ello sus autoras han penetrando en las estructuras de posesión de esclavos y estudiado el ciclo de vida de la población tanto esclava, como propietaria, desentrañando las casi ocultas conexiones de parentesco entre las familias de esclavos; conectando los pleitos sucesorios por la propiedad de los cafetales y las dotaciones, con las muertes de los amos y el otorgamiento de cartas de libertad o la compra de la misma por parte de los siervos. Archivos y sacristías han conocido del tesón y laboriosidad de las autoras de esta obra. María de los Ángeles y Aisnara han debido trabajar arduamente en los fondos documentales de los archivos Nacional de Cuba y Municipal de Bejucal, en busca de expedientes administrativos, testamentaría y protocolos notariales; revisando actas capitulares, censos y otros documentos; pero, sobre todo, ellas han incursionado profunda y sistemáticamente en los archivos de al menos tres parroquias del Sur de La Habana: las de Bejucal, Quivicán y La Salud.

La filiación del trabajo al concepto de microhistoria o "pequeña historia” no está determinada exclusivamente por la extensión del territorio dentro del cual se aborda el objeto de estudio seleccionado. Para este caso se ha tomando como base del estudio una parte de la llanura de La Habana, en la cual se mantuvo la producción cafetalera aun después de que la mayor parte de las planicies  del sur de este departamento o provincia se hubieran transformado en plantaciones de caña de azúcar. En esta filiación a la microhistoria también participa como particularidad en la caracterización de la esfera de la actividad económica, dentro de la cual es observado el comportamiento del objeto de estudio. Es precisamente esta delimitación espacial y a la vez productiva, lo que ha permitido desentrañar con mayor detalle las particularidades relacionadas con las estructuras y los que se produjeron en la vida de las familias esclavas, en los cafetales de Quivicán y La Salud.

Un café para la microhistoria también puede ser valorado desde el punto de vista de lo que aporta en el orden metodológico. Sus autoras han debido adaptar el método de "reconstitución” o “reconstrucción” de familias, que en su momento fue facturado por la Demografía Histórica francesa para el estudio de la sociedad medieval, a las realidades y características de comunidades abiertas, propias de la isla de Cuba en el siglo XIX. Dicha adaptación requirió la creación de instrumentos propios para la recolección y análisis de los datos capturados, y para la revisión de 21 000 partidas de bautismo, 1 700 de matrimonios y 8 000 de defunciones, cuyos datos fueron complementados con un sinfín de otros documentos de variada procedencia.

Aprovecho para destacar entre los méritos del trabajo que ahora se presenta, el hecho de que el mismo haya sido posible gracias a la acción mancomunada de un pequeño equipo de investigación integrado por ambas colegas. Participo de la idea de que aunque los historiadores suelen trabajar en solitario, los resultados de los esfuerzos realizados por dos o tres historiadores trabajando por separado, siempre podrán ser superados por el esfuerzo de esos mismos profesionales aplicados a un trabajo de conjunto. La investigación y redacción en colectivo cuenta a su favor con la posibilidad del intercambio de ideas, el estímulo mutuo y el abordaje de tareas que, como las que han hecho posible Un café para la microhistoria, demandan la unión de voluntades, inteligencia y esfuerzos, dirigidas a un objetivo común.
 

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La Habana, Cuba. 2009.
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