Año VII
La Habana

14-20 de FEBRERO
de 2009

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Luces y sombras, de Estrella Díaz

Arte desde la luz

Carina Pino Santos • La Habana

Fotos: Alain Gutiérrez y La Jiribilla


Entre luces más que entre sombras se hallaría la definición más apropiada para estas páginas del libro que presentamos hoy de Estrella Díaz, en esta XVIII Feria Internacional del Libro de La Habana, como parte de las ediciones del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau.

En esta reunión de entrevistas los artistas de las más diferentes generaciones abordan sus itinerarios individuales, esos que hoy los ubican entre las iluminaciones más importantes de la cultura cubana de la segunda mitad del siglo XX e inicios del nuevo milenio. 

En ese compendio de revelaciones y confidencias insospechadas en que se constituye todo buen libro de entrevistas, los creadores, compulsados por las interrogantes que le plantea Estrella Díaz, la autora, refieren la trascendencia del arte en sus vidas, y develan cómo ese proceso de dar a luz  la obra, es menos mágico y repentino de lo que algún lector podrá imaginar, es decir,  deviene obra cotidiana de la tenacidad propia, así como de una constancia que implica un costo individual precioso en las existencias de cada uno de ellos. O sea que es consecuencia de largos años de estudio académico, de visitar innumerables galerías, centros de arte, museos, de aprender en cuantiosos libros de arte y cultura, y sobre todo del empeño en el quehacer mismo, es decir, de la ejecución conceptual y artística en sí.  Me refiero, entonces, a que aquella posible “inspiración milagrosa” no es sino obra, en verdad, del talento indiscutible de cada quien, mas conjugado con la dinámica de una  laboriosidad cotidiana: ello conforma definitivamente ese devenir casi siempre inexplicable que es la concepción de imágenes de cada artista, indivisible parte, por lo demás, de su realidad interior y contextual, y algo no menos importante para él: de tomarle el pulso a la vida misma.

Una de las lecturas aleccionadoras que este libro proporciona es, sin duda, aquella mediante la cual uno, a través de las menciones que hacen los artistas de gratitudes a aquellos que conformaron una pauta de cualquier índole para su arte, puede ir descubriendo el aporte del magisterio de generaciones de artistas cubanos sobre quienes les dieron continuidad. Y por cierto, sucede con frecuencia que esta consecución cronológica es inmediata, y me refiero a que maestros y estudiantes eran coincidentemente jóvenes en las aulas de la academia, ya fuera esta San Alejandro, la Escuela Nacional de Arte o el Instituto Superior de Arte. Así, a través de esa innegable correspondencia de los artistas a los que antaño fueran sus maestros queda la constancia —para el futuro— de  las contribuciones fundamentales de la enseñanza artística en Cuba,  esto proporcionará para los novísimos historiadores del arte, los futuros críticos, los estudiosos o amantes del arte, información útil para el necesario estudio de estas influencias o reconocimientos en la historia del arte de la Isla.

Sin conocer los criterios de los otros entrevistados y mucho menos suponer que aparecerían unos junto a otros en un volumen, resulta curioso cómo los artistas coinciden, en su mayoría, en otorgarles valor a centros de creación y laboreo como el Taller de Gráfica de La Habana, o en su distancia a los años de la aprendizaje ya fuera en San Alejandro, el Instituto Superior de Arte o la Academia Repin, en Rusia, y respecto a esta última recuerdan no solo los rasgos dogmáticos de la concepción artística que se impartían, sino aquellos elementos valederos del adiestramiento que les proporcionaron una sólida formación factual; también rememoran en sus respuestas la magnitud de aquel ejercicio pedagógico que se realiza más informalmente al calor de la amistad y la colaboración entre colegas; es así como varios de los protagonistas de estas cuartillas coinciden en recordar a grandes como José Luis Posada, El gallego, por ejemplo, entre otros que les sirvieron de paradigma o que ejercieron su influencia bienhechora desde el taller colectivo, el estudio privado o incluso el encuentro casual.

Paralelamente se observa a lo largo de las entrevistas una concurrencia casi mancomunada en concebir la creación plástica como un todo indivisible, más bien por sus resultados como obra en sí, no importa la manifestación o técnica artística más cultivada, por la que sean más conocidos, o a la que le deban quizá mayor fama y prestigio.

Por otra parte, la autora ha trabajado ese punto de vista de las entrevistas culturales en las que se enlaza lo promocional e informativo, sin que ello implique un alcance vinculado a la crítica y teoría del arte, sino mirado desde el periodismo más clarificador. Una de las bondades de este objetivo de comunicación más funcional, propio del oficio del reportero, es que coadyuva en lograr una lectura de carácter biográfico que ofrece luz sobre los modos de aproximación al arte y las peculiaridades de la producción artística de los entrevistados. Todo realizado a partir de un quehacer de inserción previo de Estrella Díaz quien ha ido internándose, con mucho afán en un campo sumamente especializado, multidisciplinario, complejo y a la vez extraordinariamente amplio como es el de las artes visuales cubanas.

Al lector le resultará amena esta lectura donde, acicateados por la periodista, los artistas van descubriéndonos aquellos pasajes de su vida apenas conocidos o hasta ignorados por muchos de nosotros, y ciertamente no deja de aparecer en la mayoría, la rememoración de una infancia reveladora, la mayor parte de las veces, de una orientación artística que luego definiría el rumbo de sus vidas.

Durante ese intercambio dinámico motivado por el profesionalismo de Estrella Díaz, también la plática favorece que percibamos certezas exclusivas de la realidad artística de cada quien, las que no por aparentemente triviales dejan de tener interés. Así, por ejemplo, sabemos que Choco agradece haber trabajado en casa de Eliseo Diego —donde conoció a importantes personalidades de la cultura—, nos enteramos de la dualidad de músico de Orquesta Filarmónica y escultor que llevó durante años Florencio Gelabert, quien además expone que hizo las mascarillas de Capablanca, Kid Chocolate, Gonzalo Roig,  y Romañach, por su parte el Gaudí cubano en la cerámica, Fúster descubre que tiene una única “manía”: “terminar todo aquello que comienza...”, advertimos que Fabelo se ve a sí mismo como un “atrapador de imágenes” y así sucesivamente, queda al receptor de estas líneas apresar curiosas incidencias de cada confidencia.

A los que hemos realizado esta labor interesante de indagar sobre el arte cubano, no deja de llamarnos la atención cómo la periodista provoca al entrevistado que, incitado, da a conocer algunas “interioridades” de la técnica que emplea, el modo en que afronta la creación o hasta los pasos que sigue para esta.

Estrella Díaz ha acumulado una ya ostensible trayectoria como periodista de la cultura cubana, específicamente en la radio posee una valiosa experiencia que data desde el tiempo en que se inició profesionalmente en Radio Habana Cuba, y luego ha continuado promoviendo el arte y a los artistas cubanos en un programa que concibió especialmente para este tema, que tituló Luces y sombras en Habana Radio, la emisora adscrita a la Oficina del Historiador de la Ciudad, de la que es fundadora; buena parte de estas entrevistas fueron escuchadas en esta última estación radial, y luego publicadas en la revista digital de la Cultura cubana La Jiribilla, de la que la autora es asidua y eficiente colaboradora.

Hoy tiene ante sí el lector toda una provechosa información, de él depende esta aventura, siempre gratificante, que es el saber sobre temas que nos ensanchan los caminos de la cultura cubana..
 

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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