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Entre luces más que entre
sombras se hallaría la
definición más apropiada para
estas páginas del libro que
presentamos hoy de Estrella
Díaz, en esta XVIII Feria
Internacional del Libro de La
Habana, como parte de las
ediciones del Centro Cultural
Pablo de la Torriente Brau.
En esta reunión de entrevistas
los artistas de las más
diferentes generaciones abordan
sus itinerarios individuales,
esos que hoy los ubican entre
las iluminaciones más
importantes de la cultura cubana
de la segunda mitad del siglo XX
e inicios del nuevo milenio.
En ese compendio de revelaciones
y confidencias insospechadas en
que se constituye todo buen
libro de entrevistas, los
creadores, compulsados por las
interrogantes que le plantea
Estrella Díaz, la autora,
refieren la trascendencia del
arte en sus vidas, y develan
cómo ese proceso de dar a luz
la obra, es menos mágico y
repentino de lo que algún lector
podrá imaginar, es decir,
deviene obra cotidiana de la
tenacidad propia, así como de
una constancia que implica un
costo individual precioso en las
existencias de cada uno de
ellos. O sea que es consecuencia
de largos años de estudio
académico, de visitar
innumerables galerías, centros
de arte, museos, de aprender en
cuantiosos libros de arte y
cultura, y sobre todo del empeño
en el quehacer mismo, es decir,
de la ejecución conceptual y
artística en sí. Me refiero,
entonces, a que aquella posible
“inspiración milagrosa” no es
sino obra, en verdad, del
talento indiscutible de cada
quien, mas conjugado con la
dinámica de una laboriosidad
cotidiana: ello conforma
definitivamente ese devenir casi
siempre inexplicable que es la
concepción de imágenes de cada
artista, indivisible parte, por
lo demás, de su realidad
interior y contextual, y algo no
menos importante para él: de
tomarle el pulso a la vida
misma.
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Una de las lecturas
aleccionadoras que este libro
proporciona es, sin duda,
aquella mediante la cual uno, a
través de las menciones que
hacen los artistas de gratitudes
a aquellos que conformaron una
pauta de cualquier índole para
su arte, puede ir descubriendo
el aporte del magisterio de
generaciones de artistas cubanos
sobre quienes les dieron
continuidad. Y por cierto,
sucede con frecuencia que esta
consecución cronológica es
inmediata, y me refiero a que
maestros y estudiantes eran
coincidentemente jóvenes en las
aulas de la academia, ya fuera
esta San Alejandro, la Escuela
Nacional de Arte o el Instituto
Superior de Arte. Así, a través
de esa innegable correspondencia
de los artistas a los que antaño
fueran sus maestros queda la
constancia —para el futuro— de
las contribuciones fundamentales
de la enseñanza artística en
Cuba, esto proporcionará para
los novísimos historiadores del
arte, los futuros críticos, los
estudiosos o amantes del arte,
información útil para el
necesario estudio de estas
influencias o reconocimientos en
la historia del arte de la Isla.
Sin conocer los criterios de los
otros entrevistados y mucho
menos suponer que aparecerían
unos junto a otros en un
volumen, resulta curioso cómo
los artistas coinciden, en su
mayoría, en otorgarles valor a
centros de creación y laboreo
como el Taller de Gráfica de La
Habana, o en su distancia a los
años de la aprendizaje ya fuera
en San Alejandro, el Instituto
Superior de Arte o la Academia
Repin, en Rusia, y respecto a
esta última recuerdan no solo
los rasgos dogmáticos de la
concepción artística que se
impartían, sino aquellos
elementos valederos del
adiestramiento que les
proporcionaron una sólida
formación factual; también
rememoran en sus respuestas la
magnitud de aquel ejercicio
pedagógico que se realiza más
informalmente al calor de la
amistad y la colaboración entre
colegas; es así como varios de
los protagonistas de estas
cuartillas coinciden en recordar
a grandes como José Luis Posada,
El gallego, por ejemplo,
entre otros que les sirvieron de
paradigma o que ejercieron su
influencia bienhechora desde el
taller colectivo, el estudio
privado o incluso el encuentro
casual.
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Paralelamente se observa a lo
largo de las entrevistas una
concurrencia casi mancomunada en
concebir la creación plástica
como un todo indivisible, más
bien por sus resultados como
obra en sí, no importa la
manifestación o técnica
artística más cultivada, por la
que sean más conocidos, o a la
que le deban quizá mayor fama y
prestigio.
Por otra parte, la autora ha
trabajado ese punto de vista de
las entrevistas culturales en
las que se enlaza lo promocional
e informativo, sin que ello
implique un alcance vinculado a
la crítica y teoría del arte,
sino mirado desde el periodismo
más clarificador. Una de las
bondades de este objetivo de
comunicación más funcional,
propio del oficio del reportero,
es que coadyuva en lograr una
lectura de carácter biográfico
que ofrece luz sobre los modos
de aproximación al arte y las
peculiaridades de la producción
artística de los entrevistados.
Todo realizado a partir de un
quehacer de inserción previo de
Estrella Díaz quien ha ido
internándose, con mucho afán en
un campo sumamente
especializado,
multidisciplinario, complejo y a
la vez extraordinariamente
amplio como es el de las artes
visuales cubanas.
Al lector le resultará amena
esta lectura donde, acicateados
por la periodista, los artistas
van descubriéndonos aquellos
pasajes de su vida apenas
conocidos o hasta ignorados por
muchos de nosotros, y
ciertamente no deja de aparecer
en la mayoría, la rememoración
de una infancia reveladora, la
mayor parte de las veces, de una
orientación artística que luego
definiría el rumbo de sus vidas.
Durante ese intercambio dinámico
motivado por el profesionalismo
de Estrella Díaz, también la
plática favorece que percibamos
certezas exclusivas de la
realidad artística de cada
quien, las que no por
aparentemente triviales dejan de
tener interés. Así, por ejemplo,
sabemos que Choco agradece haber
trabajado en casa de Eliseo
Diego —donde conoció a
importantes personalidades de la
cultura—, nos enteramos de la
dualidad de músico de Orquesta
Filarmónica y escultor que llevó
durante años Florencio Gelabert,
quien además expone que hizo las
mascarillas de Capablanca, Kid
Chocolate, Gonzalo Roig, y
Romañach, por su parte el Gaudí
cubano en la cerámica, Fúster
descubre que tiene una única
“manía”: “terminar todo aquello
que comienza...”, advertimos que
Fabelo se ve a sí mismo como un
“atrapador de imágenes” y así
sucesivamente, queda al receptor
de estas líneas apresar curiosas
incidencias de cada confidencia.
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A los que hemos realizado esta
labor interesante de indagar
sobre el arte cubano, no deja de
llamarnos la atención cómo la
periodista provoca al
entrevistado que, incitado, da a
conocer algunas “interioridades”
de la técnica que emplea, el
modo en que afronta la creación
o hasta los pasos que sigue para
esta.
Estrella Díaz ha acumulado una
ya ostensible trayectoria como
periodista de la cultura cubana,
específicamente en la radio
posee una valiosa experiencia
que data desde el tiempo en que
se inició profesionalmente en
Radio Habana Cuba, y luego ha
continuado promoviendo el arte y
a los artistas cubanos en un
programa que concibió
especialmente para este tema,
que tituló Luces y sombras
en Habana Radio, la emisora
adscrita a la Oficina del
Historiador de la Ciudad, de la
que es fundadora; buena parte de
estas entrevistas fueron
escuchadas en esta última
estación radial, y luego
publicadas en la revista digital
de la Cultura cubana La
Jiribilla, de la que la
autora es asidua y eficiente
colaboradora.
Hoy tiene ante sí el lector toda
una provechosa información, de
él depende esta aventura,
siempre gratificante, que es el
saber sobre temas que nos
ensanchan los caminos de la
cultura cubana.
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