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El siglo poético de Virgilio |
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Emmanuel Tornés
• La Habana |
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Es un placer presentar un nuevo
libro de mi amigo y colega
Virgilio López Lemus, tanto más
porque él, desde hace algunos
meses, está lejos de nosotros
prodigando sus bondades y
saberes literarios por la villa
de Flaubert. Poeta, ensayista,
profesor universitario e
investigador del Instituto de
Literatura y Lingüística, López
Lemus es en la actualidad uno de
los más lúcidos e informados
estudiosos de la poesía cubana
de todos los tiempos y de manera
especial de la que configura los
diversos rostros de la centuria
que dejamos atrás y de esta otra
que ya transitamos y cuyo ritmo
acelerado parece anunciarnos
premonitoriamente los versos de
la era polar. Basta revisar la
ya impresionante bibliografía
del autor para darnos cuenta de
la decisiva impronta que va
dejando en torno al tema que nos
ocupa en libros y revistas de
Cuba, América Latina y Europa.
Ahora, por intermedio de la
Editorial Oriente y de la
aguzada mirada de su directiva,
aparece El siglo entero
(2008), un penetrante estudio de
Virgilio en torno a la poesía
cubana de 1900 hasta el año
2000; es decir, desde los
confusos años de la continuidad
modernista, del postmodernismo y
lo neorromántico, hasta la
poesía de nuestra posmodernidad
de entre siglos.
Enmarcados entre un prefacio
nada convencional y unas
conclusiones que invitan a la
continuidad reflexiva, los
contenidos de esta obra se
articulan a través de seis
capítulos los cuales
internamente siguen una
estructura analítica de tríptico
–con la excepción del primero–
para caracterizar el fenómeno
poético en cuestión, examen
fundado en la peculiar dinámica
y complejidad del género;
seguidamente dialoga con el
acontecer de la praxis poética
en Iberoamérica y los nexos
concurrentes en ambas
direcciones; por último,
particulariza el análisis en
autores y obras.
El volumen en cuestión investiga
el devenir poético en el siglo
de referencia a partir de la
óptica de la identidad cultural.
Hasta donde sabemos, nunca antes
de Virgilio se había realizado
en Cuba un estudio tan amplio
sobre la poesía desde esta
perspectiva gnoseológica. Cintio
Vitier y algunos otros analistas
lo hicieron
―en
su positividad o negación―
solo en forma parcial; nuestro
autor, en cambio, y a sabiendas
de los riesgos que implica
siempre conciliar diacronía y
sincronía, lo centrípeto y lo
centrífugo en materia de arte,
se echó a los hombros tan ardua
y extensa faena; muy pronto le
agradeceremos tan ingente
esfuerzo.
Ante todo porque en estas
páginas el enfoque de lo
identitario no se acomete de
manera maniquea, más bien se
avanza con un criterio que puede
ser polémico o discutible en
algún punto (condición
indicadora de buena salud cuando
de pensamiento se trata), pero
que para nada deja de ser en
extremo riguroso, pues se ha ido
en primer lugar a las fuentes de
la poesía no solo a los textos
de sus comentaristas; se ha
cumplido la fatigosa labor de
leer o releer minuciosamente
cada poemario y cientos de
poemas publicados en revistas y
periódicos no solo entre 1900 y
el 2000, sino incluso muchos
otros aparecidos previo o
después de esos años. A ello
debe añadirse la exhaustiva
revisión de ensayos acerca de la
poesía presentes en antologías,
publicaciones periódicas o en
libros concebidos con ese
objetivo. Y, como corresponde a
un legítimo especialista,
también fueron consultados
numerosos títulos de historia,
política, cultura y sociedad
como apuntan las notas al pie
del libro que comentamos y la
rica y actualizada bibliografía
que cierra el volumen.
Por esas razones asistimos a un
examen de la poesía vivo y
enriquecedor. Tan diversas miras
culturales, la feraz miríada de
lecturas y el natural talento y
experiencia indagatoria de López
Lemus, le han permitido
aventurar ideas novedosas o
mucho más ajustadas al verdadero
acontecer literario. Por
ejemplo, era común ver en los
estudios sobre nuestra poesía o
en los discursos académicos, que
los inicios del siglo XX
―los
de instauración de la neocolonia―
habían sido años estériles en la
creación poética debido a la
desaparición prematura de los
dos autores clave del modernismo
en la Isla: Casal y Martí. El
investigador en cambio, sin
dejar de reconocer el alcance de
este suceso, niega la presencia
de semejante vacío; aunque
ciertamente no comparezcan
figuras de la talla de los
poetas mencionados. Demuestra
que la poesía siguió
cultivándose, readaptándose a
las nuevas circunstancias, a la
dispersión; no hubo, en fin, ni
vacío ni discontinuidad.
Singulares son también sus ideas
en relación con el posmodernismo
y el papel en el lapso de Regino
Boti, José Manuel Poveda y
Agustín Acosta. En Cuba esta
línea presenta modificaciones
que no serán análogas, por
ejemplo, a las de Ramón López
Velarde en México. En su
criterio no concurre un simple
distanciamiento del modernismo
clásico ni un acto de enojo ante
el 98
―que
en mi opinión sí late
arcanamente―,
sino una evolución de la lírica
nacional.
Algo similar plantea respecto al
neorromanticismo y sus aspectos
renovadores; vale destacar que
esta corriente trae al verso un
despertar de lo erótico y un
despliegue de imágenes más
sinceras en la representación de
lo carnal. Sin contar la novedad
del léxico, el versolibrismo y
el propio ritmo “moderno” del
verso y el poema que aporta, por
ejemplo, Regino Boti. Observa
igualmente el crítico el relieve
que por entonces adquiere esta
poesía en el insular y cómo
llega a sobrevivir a lo largo
del siglo.
Al mismo tiempo Virgilio destaca
el importante papel de la décima
y señala cómo la poesía culta no
la asimiló tanto en esos
instantes, aunque cupo a Boti
percatarse de su relieve, como
lo confirma la publicación en
1919 de la colección La lira
cubana. En tal sentido Boti
no solo renueva la poesía
llamada culta, sino que además
difunde la popular partiendo de
una clara voluntad identitaria.
Ahonda con sugerencias osadas en
nuestro vanguardismo; recuerda
cómo en esta etapa la lírica se
universaliza e intensifica y
adensa el sentir de la
identidad. Se pregunta si habría
que replantear el término de
vanguardismo entre nosotros,
dado el valor rizomático de la
función estética y de lo
tendencial en los autores de
relevancia estética, juicio que,
aunque resulta incitante, no
deja de ser efectivo. Tal vez
nuestro vanguardismo merezca
calificarse también de tropical,
camaleónico o híbrido en razón
de sus fluctuaciones cromáticas.
No se olvide que junto a las
tres corrientes más definidas en
ese tiempo: la poesía social, la
negra y la pura, se manifestaron
otras por el estilo de la
neorromántica y la ironía
sentimental. Tales cruzamientos
o ambigüedades pueden
percibirse, por ejemplo, en
Emilio Ballagas.
De este modo vamos andando y
dialogando con Virgilio por un
siglo de poesía, decenios en los
cuales nos sumergimos con otras
tantas visiones heterodoxas como
las que descubre al analizar los
poetas y libros del Grupo
Orígenes, y de manera especial
las propuestas líricas de Lezama
Lima, Virgilio Piñera y los
restantes miembros de este
memorable “taller renacentista”
donde se indagó sobre lo cubano
esencial y se reaccionó contra
lo cubano epidérmico. Luego,
tras su recorrido por la década
del 50, explora el coloquialismo
o poesía conversacional en las
dos décadas siguientes; más
tarde, señala los perfiles de la
poesía de los 80 y el papel de
la poesía de Lezama en los
creadores del período. Por
último, el capítulo final trata
la compleja realidad de la
década y su impacto en el
ejercicio del género en los
jóvenes de manera especial,
aunque Virgilio no se permite
olvidar el papel cumplido por
autores de etapas precedentes
que continúan escribiendo y
anota las peculiaridades de esa
poesía, espacio que considera en
sí mismo un gesto de identidad.
Como atinadamente lo señala el
propio autor, no es este un
trabajo definitivo; ningún
empeño de esta clase lo ha sido
ayer ni lo será en el futuro;
pero sus resultados sí son
valiosos para entender tanto el
sentido de la poesía como su
manera de existir en cada
momento. Aún más, nos permite
conocer por medio del
desciframiento de la poesía,
cómo era la sensibilidad y la
manera de ver la vida de los
cubanos en las diversas etapas
de su evolución. Al menos, esa
es la agradable sensación que me
deja haber acompañado a Virgilio
en su recorrido por la poesía un
siglo entero.
La Habana,19
de febrero de 2009.
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