Este océano de peripecias que
conforman la vida de Daniel
Chavarría hasta el momento,
contiene un guiño importante
para el lector. Estoy convencido
de que habrá otro libro más, en
el que este nauta, pertinaz como
pocos, recogerá sus muchos años
en esta su nueva patria, Cuba.
La noche en que terminé la
lectura y recorrido de este …Y
el mundo sigue andando,
apagué la luz, me trasladé al
primer verso del tango “Sus
ojos se cerraron” y caí en los
brazos de Morfeo. Pero… ¡tac,
tac, tac! sonaron tres golpes.
Alguien había llamado a mi
puerta. Clavado en la entrada,
un tipo vestido con blanca
túnica, sin decir apenas buenas
noches, me entregó una carta que
contenía una invitación a
la Italia clásica, a la que
llegaríamos en un globo color
mediterráneo. Era un enviado del
poeta Virgilio, invitándome a
presenciar el primer concierto
del grupo femenino Las
Bucólicas.
Encantado con la idea, porque
también me interesaban muchos
los discos de Las Geórgicas,
subí a aquel artefacto que salió
disparado hacia arriba, impelido
por el soplo de Eolo. Llegamos a
la Luna en diez segundos, que
por cierto estaba llena de
poetas, y desde uno de los
cráteres, que comunicaba con la
Tierra a través de un enorme
túnel de fibra óptica, arribé a
una ciudad situada a la orilla
del mare nostrum.
Aquellas calles olían a pescado
y uva, a sudor y néctar,
repletas de gentes ataviadas con
las más extrañas vestimentas,
ponchos, taparrabos, sombreros,
túnicas… Crucé una amplia
avenida, al final de la cual se
alzaba una especie de Coliseo,
en el que cientos de invitados
aguardaban el comienzo del show.
Con mi libro en la mano,
aferrado a él como un tesoro,
accedí al interior de aquel
edificio.
Intelectuales de decenas de
países, aguardaban el momento en
que las muchachas saldrían a
escena, entre ellos Homero que
decía en mitad de un corrillo de
gente:
— “¿Sabéis? Puede que las
historias de ese descerebrado de
Harry Potter se vendan por
millones de copias el primer día
—eso tampoco lo hace
cualquiera—, pero sobrevivir
2000 años de terca historia
humana, es mil veces más duro.
Yo lo voy a conseguir.”
La música de fondo no parecía
afectar el hieratismo de Dickens,
Garibaldi, Oscar Wilde y
Moliere, que echaban una partida
de dominó santiaguero, mientras
Borges con expresión ladina, se
echaba un whisky al gaznate
farfullando algo así como “Los
francos y sajones nunca supieron
jugar al dominó”. Aparece de
repente por un costado Julio
Verne, que me quiere quitar el
libro de las manos diciendo:
— “Dámelo, gallego, déjamelo,
que esto lo tengo que presentar
yo”.
Me dolió en el alma, pero de un
suave empellón y una negativa
rotunda, seguí mi camino por
aquel salón.
En lo alto de una columna, en
plan Simeón el estilita,
hablando a gritos con Paul
Gauguin, Vicente Van Gogh daba
brochazos al aire diciendo que
quería inventar la radio en
colores, y que ya había pintado
dos o tres ondas hertzianas. En
ese mismo instante, percibí que
el libro que tenía en mi mano
desprendía inopinadamente algo
así como un extraño olor a
gasolina, a feromona, a mate, a
ron, a hierba, a pólvora, a bife
de chorizo, a selva, a sal, a
vino tinto, a tortilla de
patata, a tapa de queso
extremeño, a aguacate...
“Increíble —me dije—, sin darme
cuenta acabo de inventar el
papel con aroma”.
En una esquina, un atildado
joven anunciaba el invento de la
televisión con sabor a fruta
tropical. Seguía apretando el
libro fuertemente y alucinaba
con todo aquello, pellizcándome
para salir del sueño.
En otro gran salón, con decenas
de parejas de aire sospechoso,
chulos y mujeres de vida
disoluta, Carlos Gardel cantaba
desde un balcón aquello de “Sus
ojos se cerraron…”, arropado por
mi admirado Alfredo Zitarrosa,
por Nicomedes Santa Cruz,
compañero en Radio Nacional de
España en Madrid, que había
venido desde el Perú con Chabuca
Granda, mientras una muchacha, a
la que alguien llamó Gaby,
entornaba los ojos y de sus
párpados surgía la imagen de
Daniel Chavarría, con la misma
agilidad del genio de la lámpara
de Aladino. Mark Twain estaba
ensimismado junto a Sancho
Panza, que no paraba de hacer
proyectos para su ínsula.
Por allí brindaban con néctar de
los dioses, hablando de
innumerables proyectos,
Sartre, Moravia, Camus, Thomas
Mann, Lampedusa, Kierkegaard,
Melville, Malraux, Huxley,
Malaparte… En una
pantalla gigante de aquel
inmenso Odeón, proyectaban una
película de Abbot y Costello,
mientras Voltaire le decía a
Cándido: “Un hombre
inteligente nunca se preocupa
por trascender. Un mediocre, lo
intenta siempre en vano”. De
repente se abrió el suelo y
caímos suavemente en Venecia.
Gustav Mahler dirigía la
orquesta y Mike Corleone botaba
una inmensa nave, en cuya proa
rezaba Monte Urbasa, El
champagne lo cambiaron por una
botella de ron cubano, y se
anunció a bombo y platillo el
inicio de un crucero por el
mundo. “Coño ―me dije―, y yo sin
una camisa limpia”.
En cubierta, tomando el sol en
una hamaca, Boccacio, muy
chismoso, decía del El Dante que
era hombre magro, que comía de
manera mesurada y criticaba la
gula, asegurando que su infierno
está lleno de golosos y a la
lujuria de los platos abundantes
y refinados. Ni qué decir tiene
que salí de allá y me lancé a
una de las piscinas, donde una
sirena mostraba a Erik el Rojo y
a Cristóbal Colón, el camino del
nuevo mundo. La miraron de
soslayo y se pusieron a dibujar
mapas y a diseñar barcos
vikingos y carabelas. Y en ese
momento, surgiendo de una de las
chimeneas, saliste tú, Daniel,
pero esta vez de verdad, en toda
tu inmensa humanidad, con la
cara llena de hollín y una
sonrisa de corsario a punto de
entrar en combate. Te quedaste
mirando a la sirena con ojos de
quien dice “¿y en estos casos
cómo se hace?”.
En cubierta, un anciano
venerable, aunque con cara de
mala leche (como diría Moneda
Dura), gritaba:
― “Déjala Daniel, que las
féminas son malas consejeras, lo
sé porque siempre sueño con
alguna y al despertar se ha ido
con otro”.
Cerca de nosotros, una hermosa
muchacha susurró: “Este Sigmund
Freud siempre tan metiche”. Con
el disimulo del típico polizón,
me mostraste un mapa pidiéndome
que fuera a la sala de mandos
para averiguar el trayecto
exacto del buque, y que una vez
supiera todos los puertos que
iba a tocar, volviera allí, al
borde del mismo hueco de la
chimenea.
A todo esto, Las Bucólicas ya
habían ocupado el escenario. En
un palco, Velázquez, Murillo,
Ribera y Goya, rodeados de
cámaras de televisión, ajenos
por completo al recital
campesino de aquellas damas, se
pusieron a discutir, moderados
por Julio Romero de Torres, un
debate sobre “La pintura por
encargo real o papal”. En el
salón contiguo había un espacio
bellísimo que se llamaba
La Alhambra, en el que un
guitarrista flamenco no paraba
de exhibir su maestría y
rapidez, en tanto una gitana de
rostro pálido y expresión
mística cantaba versos de San
Juan de la Cruz. Imaginé a Santa
Teresa bailando por bulerías,
pero los aplausos entusiastas de
una monja trinitaria, que
escribía con una pluma
estilográfica Parker (qué
moderna, me dije), me quitaron
la imagen del cerebro.
Inopinadamente, entraron varios
oficiales de las SS alemanas,
cantando con aire de borrachos
profesionales, varios himnos
nazis. Un espectador eructó de
forma explosiva, volvió las
nalgas hacia ellos y ¡zas¡ les
soltó una ventosidad bastante
sonora, en tanto un palmero la
emprendía a golpes con uno de
ellos, el más flaco, que llevaba
un pulóver de Franco bajo la
camisa parda.
|
 |
Huí del lugar como alma que
lleva el diablo, no fuera que se
escapara un tiro, cuando el Papa
Pío XII cruzó por uno de los
pasillos en silla gestatoria,
mientras un tipo vestido de
gala, con aire de pertenecer a
la nobleza ibérica, comenzaba a
hablar de las bondades de la
dictadura. Saliste de la
chimenea y gritaste, ―
“¡Asqueroso franquista!―.
Con disimulo, hice una señal
mostrando el mapa y te pedí que
regresaras a tu escondite, pero
moviste la cabeza a izquierda y
derecha con expresión rotunda, y
erguido frente a todos restalló
tu vozarrón: “¡De aquí no me
baja ni Dios! Animado por tu
valentía, agarré una botella
para arrojársela al fascista
aquel, pero tomaste mi mano,
frenaste el impulso y con ademán
sereno arrebataste el frasco a
punto de volar por los aires,
diciendo:
― “Un buen comunista nunca haría
eso, viejo” ―.
Al fondo de la sala Emiliano
Zapata blandía una foto de Paco
Ignacio Taibo II, para pedirle
un autógrafo. Desde una
improvisada caseta, Patricio
Lumumba se encaraba con Golda
Meier, quien intentaba huir
disfrazada de Joseph Mengele. Un
tupido grupo de fans de Las
Bucólicas, entre los que se
encontraban Ruben Darío, Marx,
Herman Hesse, Goethe,
Victor Hugo, Balzac, Stendhal,
Flaubert, Zola, Maupassant,
Anatole France y otros
personajes, que yo solo conocía
por fotografía, sirvieron de
muralla involuntaria a la
dirigente judía, que aprovechó
aquella multitud para escapar
hasta los brazos de Ben Gurion,
disfrazado a su vez de Coronel
del ejército británico.
Luis XVI y Maria Antonieta
bajaban por la escalera central
del salón restaurante. La nave
seguía su rumbo en tanto un
pasajero me decía que la
guillotina estaba en la segunda
cubierta. Ya te había perdido de
vista, pero en eso, sales por la
puerta de la cocina, ataviado
como tal, con un enorme
diccionario de latín, seguido de
Julio César, Tito Livio y
Calígula. Te detienes en la
primera hamaca, te sientas y me
dices que si conocía la leyenda
de una mujer española que
disfrazada de hombre había
llegado a ser papa (la
Papisa del Monasterio de las
Huelgas, que fue descubierta
cuando dio a luz en mitad de un
cónclave).
― “Creo que sí, pero ¿a qué
viene eso, Daniel? ―te dije
sigilosamente―, ten cuidado que
andan por ahí algunos tiranos
con cara de pocos amigos,
amenazando a todos los que
llevamos libros o a los que los
escriben. Sigue escondido”.
― Dices bien, gallego ―me
respondiste―, pero cuando
lleguemos a Roma quiero que
compruebes si hay una
inscripción en la iglesia de San
Clemente que reza: “Hic iuxta
Coliseum in platea iacet dicitur
papa femina”.
A esas alturas de la noche, el
sudor que me empapaba era frío
como las noches invernales de
La Paz. Apoyado
en la baranda, mientras
la Nave seguía su rumbo,
Casanova lloraba amargamente en
una esquina, quejándose de que
una rubia despampanante le había
abandonado. A su lado, un cónsul
uruguayo con un pedal bastante
considerable, te tomó del brazo
y te invitaba a comer un
espléndido churrasco, acompañado
por un caldo chileno que olía a
gloria. Tus pupilas brillaban
como las de un niño tras recibir
los regalos de los Reyes Magos.
Al fondo de la tasca, una mujer
muy linda, con un Chevrolet
parqueado justo a su derecha, te
mira con displicencia. Me dices
con discreción
― “Es una tipa impresentable, ya
sabes, de los escuálidos de toda
la vida”.
― ¿Y ese fusil, Daniel?
―pregunté.
― Calla, viejo, no me descubras.
Me he apuntado a la guerrilla
con la bendición un obispo.
América no merece lo que le está
sucediendo. ¡Viva la
Revolución!
Y saliste zumbando hacia la
bodega del navío.
Te seguí. Alucinando en colores,
me veo en la selva amazónica.
Estabas herido y una anciana
orinaba sobre uno de tus pies.
Tu rostro aparecía en todos los
diarios de Bolivia, Brasil,
Perú, Colombia, buscado vivo o
muerto por los milicos de las
dictaduras. Te grité, pero no me
oíste, y cuando vuelvo la vista,
me dan un golpe en la cabeza y
sueño sobre mi sueño que te
habías ido a Madrid para
trabajar de cicerone en el Museo
del Prado.
Sobre tu cabeza revoloteaban
imágenes de Bolívar, el Che,
Camilo Cienfuegos, Guillén, San
Martín, José Martí, de Héctor
Villalobos, de Atahualpa
Yupanqui, del indio Hatuey y de
Beethoven. Y en el instante en
el que me lanzaba de nuevo para
hablar sobre tu libro, caigo de
la cama, esta vez en serio, y me
digo: ― “¿Ha sido un sueño?”.
Queridos amigos: Lo que he
narrado es mucho más real que
todo lo que se cuenta en estas
páginas, mucho más fantásticas,
más verídicas, sobre las que
brincan la ilusión, el
pesimismo, la sorpresa, la
confianza, el temor, el
heroísmo, la fe, la desilusión,
la confianza, el optimismo, la
sospecha, el delirio, el
patriotismo, el desprecio, la
nobleza, el sacrificio, el miedo
al padecimiento físico, la
sensualidad, la cultura, la
curiosidad, el rigor, la duda,
es decir, las leyes que
conforman al hombre.
Pero existe una excepción: El
juego. Chavarría es un jugador
desenfrenado, que juega a todos
los juegos sin importarle las
consecuencias, juega con la
muerte, con el paisaje, con el
amor, a encarnar personajes,
juega con los idioma y juega con
las leyes y el orden… para
arribar a un puerto, aunque en
este caso fuera un aeropuerto.
El de La Habana.
…Y el mundo sigue andando
es un road book, un
formidable juego de personajes
reales como nosotros, pero
también un periplo en el que el
protagonista acaba encontrando,
no el vellocino de oro, sino una
Itaca donde descansar tras el
agotador viaje.
El protagonista cruza selvas,
ríos, ciudades, aldeas,
autopistas; combatió, engañó, se
arriesgó mil veces, defendió,
espió, enseñó, aprendió,
cultivando, en un continente
castigado mil veces de norte a
sur por tiranías asesinas, el
gusto por la solidaridad, por un
mundo mejor que él sabia más que
posible. Y hoy, décadas después,
esa Latinoamérica camina hacia
una democracia real. El tablero
ha cambiado, porque el verdadero
pueblo ya había comenzado a
hablar, alto y fuerte, en Cuba.
Hoy lo hacen también, Venezuela,
Argentina. Brasil, Chile,
Uruguay, Paraguay, Guatemala,
Nicaragua, Ecuador, Bolivia,
mostrando orgullosamente a los
intelectuales europeos de
pensamiento blando, que su
primer mundo tiene que aprender
mucho que esta América casi
liberada.
Qué felicidad, Daniel. El último
y maravilloso capítulo (que
supongo, como decía al comienzo,
nos abre la puerta de un segundo
tomo), cierra esta enternecedora
y única historia de amor, con un
beso sorprendente. Porque ese ha
sido el motor del viaje: el amor
al género humano, el amor al
combate por una existencia
digna, el amor al conocimiento.
Daniel ama tanto la vida, que
ante los brazos de la Revolución
cayó rendido, que no exhausto.
Y quienes amamos a Cuba, no
sentimos la menor fatiga, no
tenemos el menor pudor en gritar
ese cariño, desde lo alto del
Everest o desde las
profundidades abismales del
Pacífico.
La lucha no ha sido en vano.
Gracias, Daniel. Pero,
¡cómo no!, gracias, Fidel.
Palabras de Carlos Tena en la
presentación del libro de Daniel
Chavarría, …Y el mundo sigue
andando.
|