Año VII
La Habana

14-20 de FEBRERO
de 2009

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

ENREDOS

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

…Y el mundo sigue andando de Daniel chavarría

Un océano de peripecias

Carlos Tena • La Habana

 Fotos: Equipo de La Jiribilla

 


Este océano de peripecias que conforman la vida de Daniel Chavarría hasta el momento, contiene un guiño importante para el lector. Estoy convencido de que habrá otro libro más, en el que este nauta, pertinaz como pocos, recogerá sus muchos años en esta su nueva patria, Cuba.  

La noche en que terminé la lectura y recorrido de este …Y el mundo sigue andando, apagué la luz, me trasladé al primer verso del tango  “Sus ojos se cerraron” y caí en los brazos de Morfeo. Pero… ¡tac, tac, tac! sonaron tres golpes. Alguien había llamado a mi puerta. Clavado en la entrada, un tipo vestido con blanca túnica, sin decir apenas buenas noches, me entregó una carta que contenía una invitación a la Italia clásica, a la que llegaríamos en un globo color mediterráneo. Era un enviado del poeta Virgilio, invitándome a presenciar el primer concierto del grupo femenino Las Bucólicas.  

Encantado con la idea, porque también me interesaban muchos los discos de Las Geórgicas, subí a aquel artefacto que salió disparado hacia arriba, impelido por el soplo de Eolo. Llegamos a la Luna en diez segundos, que por cierto estaba llena de poetas, y desde uno de los cráteres, que comunicaba con la Tierra a través de un enorme túnel de fibra óptica, arribé a una ciudad situada a la orilla del mare nostrum. Aquellas calles olían a pescado y uva, a sudor y néctar, repletas de gentes ataviadas con las más extrañas vestimentas, ponchos, taparrabos, sombreros, túnicas… Crucé una amplia avenida, al final de la cual se alzaba una especie de Coliseo, en el que cientos de invitados aguardaban el comienzo del show. Con mi libro en la mano, aferrado a él como un tesoro, accedí al interior de aquel edificio. 

Intelectuales de decenas de países, aguardaban el momento en que las muchachas saldrían a escena, entre ellos Homero que decía en mitad de un corrillo de gente: 

— “¿Sabéis? Puede que las historias de ese descerebrado de Harry Potter se vendan por millones de copias el primer día —eso tampoco lo hace cualquiera—, pero sobrevivir 2000 años de terca historia humana, es mil veces más duro. Yo lo voy a conseguir.” 

La música de fondo no parecía afectar el hieratismo de Dickens, Garibaldi, Oscar Wilde y Moliere, que echaban una partida de dominó santiaguero, mientras Borges con expresión ladina, se echaba un whisky al gaznate farfullando algo así como “Los francos y sajones nunca supieron jugar al dominó”. Aparece de repente por un costado Julio Verne, que me quiere quitar el libro de las manos diciendo:

— “Dámelo, gallego, déjamelo, que esto lo tengo que presentar yo”.

Me dolió en el alma, pero de un suave empellón y una negativa rotunda, seguí mi camino por aquel salón.  

En lo alto de una columna, en plan Simeón el estilita, hablando a gritos con Paul Gauguin, Vicente Van Gogh daba brochazos al aire diciendo que quería inventar la radio en colores, y que ya había pintado dos o tres ondas hertzianas. En ese mismo instante, percibí que el libro que tenía en mi mano desprendía inopinadamente algo así como un extraño olor a gasolina, a feromona, a mate, a ron, a hierba, a pólvora, a bife de chorizo, a selva, a sal, a vino tinto, a tortilla de patata, a tapa de queso extremeño, a aguacate... “Increíble —me dije—, sin darme cuenta acabo de inventar el papel con aroma”.  

En una esquina, un atildado joven anunciaba el invento de la televisión con sabor a fruta tropical. Seguía apretando el libro fuertemente y alucinaba con todo aquello, pellizcándome para salir del sueño. 

En otro gran salón, con decenas de parejas de aire sospechoso, chulos y mujeres de vida disoluta, Carlos Gardel cantaba desde un balcón aquello de “Sus ojos se cerraron…”, arropado por mi admirado Alfredo Zitarrosa, por Nicomedes Santa Cruz, compañero en Radio Nacional de España en Madrid, que había venido desde el Perú con Chabuca Granda, mientras una muchacha, a la que alguien llamó Gaby, entornaba los ojos y de sus párpados surgía la imagen de Daniel Chavarría, con la misma agilidad del genio de la lámpara de Aladino. Mark Twain estaba ensimismado junto a Sancho Panza, que no paraba de hacer proyectos para su ínsula. 

Por allí brindaban con néctar de los dioses, hablando de innumerables proyectos, Sartre, Moravia, Camus, Thomas Mann, Lampedusa, Kierkegaard, Melville, Malraux, Huxley, Malaparte… En una pantalla gigante de aquel inmenso Odeón, proyectaban una película de Abbot y Costello, mientras Voltaire le decía a Cándido: “Un hombre inteligente nunca se preocupa por trascender. Un mediocre, lo intenta siempre en vano”. De repente se abrió el suelo y caímos suavemente en Venecia. Gustav Mahler dirigía la orquesta y Mike Corleone botaba una inmensa nave, en cuya proa rezaba Monte Urbasa, El champagne lo cambiaron por una botella de ron cubano, y se anunció a bombo y platillo el inicio de un crucero por el mundo. “Coño ―me dije―, y yo sin una camisa limpia”. 

En cubierta, tomando el sol en una hamaca, Boccacio, muy chismoso, decía del El Dante que era hombre magro, que comía de manera mesurada y criticaba la gula, asegurando que su infierno está lleno de golosos y a la lujuria de los platos abundantes y refinados. Ni qué decir tiene que salí de allá y me lancé a una de las piscinas, donde una sirena mostraba a Erik el Rojo y a Cristóbal Colón, el camino del nuevo mundo. La miraron de soslayo y se pusieron a dibujar mapas y a diseñar barcos vikingos y carabelas. Y en ese momento, surgiendo de una de las chimeneas, saliste tú, Daniel, pero esta vez de verdad, en toda tu inmensa humanidad, con la cara llena de hollín y una sonrisa de corsario a punto de entrar en combate. Te quedaste mirando a la sirena con ojos de quien dice “¿y en estos casos cómo se hace?”. 

En cubierta, un anciano venerable, aunque con cara de mala leche (como diría Moneda Dura), gritaba:

― “Déjala Daniel, que las féminas son malas consejeras, lo sé porque siempre sueño con alguna y al despertar se ha ido con otro”.

Cerca de nosotros, una hermosa muchacha susurró: “Este Sigmund Freud siempre tan metiche”. Con el disimulo del típico polizón, me mostraste un mapa pidiéndome que fuera a la sala de mandos para averiguar el trayecto exacto del buque, y que una vez supiera todos los puertos que iba a tocar, volviera allí, al borde del mismo hueco de la chimenea. 

A todo esto, Las Bucólicas ya habían ocupado el escenario. En un palco, Velázquez, Murillo, Ribera y Goya, rodeados de cámaras de televisión, ajenos por completo al recital campesino de aquellas damas, se pusieron a discutir, moderados por Julio Romero de Torres, un debate sobre “La pintura por encargo real o papal”. En el salón contiguo había un espacio bellísimo que se llamaba La Alhambra, en el que un guitarrista flamenco no paraba de exhibir su maestría y rapidez, en tanto una gitana de rostro pálido y expresión mística cantaba versos de San Juan de la Cruz. Imaginé a Santa Teresa bailando por bulerías, pero los aplausos entusiastas de una monja trinitaria, que escribía con una pluma estilográfica Parker (qué moderna, me dije), me quitaron la imagen del cerebro. Inopinadamente, entraron varios oficiales de las SS alemanas, cantando con aire de borrachos profesionales, varios himnos nazis. Un espectador eructó de forma explosiva, volvió las nalgas hacia ellos y ¡zas¡ les soltó una ventosidad bastante sonora, en tanto un palmero la emprendía a golpes con uno de ellos, el más flaco, que llevaba un pulóver de Franco bajo la camisa parda. 

Huí del lugar como alma que lleva el diablo, no fuera que se escapara un tiro, cuando el Papa Pío XII cruzó por uno de los pasillos en silla gestatoria, mientras un tipo vestido de gala, con aire de pertenecer a la nobleza ibérica, comenzaba a hablar de las bondades de la dictadura. Saliste de la chimenea y gritaste, ― “¡Asqueroso franquista!―. Con disimulo, hice una señal mostrando el mapa y te pedí que regresaras a tu escondite, pero moviste la cabeza a izquierda y derecha con expresión rotunda, y erguido frente a todos restalló tu vozarrón: “¡De aquí no me baja ni Dios! Animado por tu valentía, agarré una botella para arrojársela al fascista aquel, pero tomaste mi mano, frenaste el impulso y con ademán sereno arrebataste el frasco a punto de volar por los aires, diciendo: 

― “Un buen comunista nunca haría eso, viejo” ―.  

Al fondo de la sala Emiliano Zapata blandía una foto de Paco Ignacio Taibo II, para pedirle un autógrafo. Desde una improvisada caseta, Patricio Lumumba se encaraba con Golda Meier, quien intentaba huir disfrazada de Joseph Mengele. Un tupido grupo de fans de Las Bucólicas, entre los que se encontraban Ruben Darío, Marx, Herman Hesse, Goethe, Victor Hugo, Balzac, Stendhal, Flaubert, Zola, Maupassant, Anatole France y otros personajes, que yo solo conocía por fotografía, sirvieron de muralla involuntaria a la dirigente judía, que aprovechó aquella multitud para escapar hasta los brazos de Ben Gurion, disfrazado a su vez de Coronel del ejército británico. 

Luis XVI y Maria Antonieta bajaban por la escalera central del salón restaurante. La nave seguía su rumbo en tanto un pasajero me decía que la guillotina estaba en la segunda cubierta. Ya te había perdido de vista, pero en eso, sales por la puerta de la cocina, ataviado como tal, con un enorme diccionario de latín, seguido de Julio César, Tito Livio y Calígula. Te detienes en la primera hamaca, te sientas y me dices que si conocía la leyenda de una mujer española que disfrazada de hombre había llegado a ser papa (la Papisa del Monasterio de las Huelgas, que fue descubierta cuando dio a luz en mitad de un cónclave). 

― “Creo que sí, pero ¿a qué viene eso, Daniel? ―te dije sigilosamente―, ten cuidado que andan por ahí algunos tiranos con cara de pocos amigos, amenazando a todos los que llevamos libros o a los que los escriben. Sigue escondido”.

― Dices bien, gallego ―me respondiste―, pero cuando lleguemos a Roma quiero que compruebes si hay una inscripción en la iglesia de San Clemente que reza: “Hic iuxta Coliseum in platea iacet dicitur papa femina”.  

A esas alturas de la noche, el sudor que me empapaba era frío como las noches invernales de La Paz. Apoyado en la baranda, mientras la Nave seguía su rumbo, Casanova lloraba amargamente en una esquina, quejándose de que una rubia despampanante le había abandonado. A su lado, un cónsul uruguayo con un pedal bastante considerable, te tomó del brazo y te invitaba a comer un espléndido churrasco, acompañado por un caldo chileno que olía a gloria. Tus pupilas brillaban como las de un niño tras recibir los regalos de los Reyes Magos. Al fondo de la tasca, una mujer muy linda, con un Chevrolet parqueado justo a su derecha, te mira con displicencia. Me dices con discreción

― “Es una tipa impresentable, ya sabes, de los escuálidos de toda la vida”.

― ¿Y ese fusil, Daniel? ―pregunté.

― Calla, viejo, no me descubras. Me he apuntado a la guerrilla con la bendición un obispo. América no merece lo que le está sucediendo. ¡Viva la Revolución! 

Y saliste zumbando hacia la bodega del navío.  

Te seguí. Alucinando en colores, me veo en la selva amazónica. Estabas herido y una anciana orinaba sobre uno de tus pies. Tu rostro aparecía en todos los diarios de Bolivia, Brasil, Perú, Colombia, buscado vivo o muerto por los milicos de las dictaduras. Te grité, pero no me oíste, y cuando vuelvo la vista, me dan un golpe en la cabeza y sueño sobre mi sueño que te habías ido a Madrid para trabajar de cicerone en el Museo del Prado. 

Sobre tu cabeza revoloteaban imágenes de Bolívar, el Che, Camilo Cienfuegos, Guillén, San Martín, José Martí, de Héctor Villalobos, de Atahualpa Yupanqui, del indio Hatuey y de Beethoven. Y en el instante en el que me lanzaba de nuevo para hablar sobre tu libro, caigo de la cama, esta vez en serio, y me digo: ― “¿Ha sido un sueño?”. 

Queridos amigos: Lo que he narrado es mucho más real que todo lo que se cuenta en estas páginas, mucho más fantásticas, más verídicas, sobre las que brincan la ilusión, el pesimismo, la sorpresa, la confianza, el temor, el heroísmo, la fe, la desilusión, la confianza, el optimismo, la sospecha, el delirio, el patriotismo, el desprecio, la nobleza, el sacrificio, el miedo al padecimiento físico, la sensualidad, la cultura, la curiosidad, el rigor, la duda, es decir, las leyes que conforman al hombre. 

Pero existe una excepción: El juego. Chavarría es un jugador desenfrenado, que juega a todos los juegos sin importarle las consecuencias, juega con la muerte, con el paisaje, con el amor, a encarnar personajes, juega con los idioma y juega con las leyes y el orden… para arribar a un puerto, aunque en este caso fuera un aeropuerto. El de La Habana.  

Y el mundo sigue andando es un road book, un formidable juego de personajes reales como nosotros, pero también un periplo en el que el protagonista acaba encontrando, no el vellocino de oro, sino una Itaca donde descansar tras el agotador viaje.  

El protagonista cruza selvas, ríos, ciudades, aldeas, autopistas; combatió, engañó, se arriesgó mil veces, defendió, espió, enseñó, aprendió, cultivando, en un continente castigado mil veces de norte a sur por tiranías asesinas, el gusto por la solidaridad, por un mundo mejor que él sabia más que posible. Y hoy, décadas después, esa Latinoamérica camina hacia una democracia real. El tablero ha cambiado, porque el verdadero pueblo ya había comenzado a hablar, alto y fuerte, en Cuba. 

Hoy lo hacen también, Venezuela, Argentina. Brasil, Chile, Uruguay, Paraguay, Guatemala, Nicaragua, Ecuador, Bolivia, mostrando orgullosamente a los intelectuales europeos de pensamiento blando, que su primer mundo tiene que aprender mucho que esta América casi liberada.

Qué felicidad, Daniel. El último y maravilloso capítulo (que supongo, como decía al comienzo, nos abre la puerta de un segundo tomo), cierra esta enternecedora y única historia de amor, con un beso sorprendente. Porque ese ha sido el motor del viaje: el amor al género humano, el amor al combate por una existencia digna, el amor al conocimiento.  

Daniel ama tanto la vida, que ante los brazos de la Revolución cayó rendido, que no exhausto. Y quienes amamos a Cuba, no sentimos la menor fatiga, no tenemos el menor pudor en gritar ese cariño, desde lo alto del Everest o desde las profundidades abismales del Pacífico.  

La lucha no ha sido en vano. Gracias, Daniel. Pero, ¡cómo no!, gracias, Fidel.

Palabras de Carlos Tena en la presentación del libro de Daniel Chavarría, …Y el mundo sigue andando.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
IE-Firefox, 800x600