Cuando llega un libro a manos de
un lector ávido, listo para
devorar su contenido como el más
apetitoso de los manjares,
pareciera que las páginas se
hicieron por arte de magia.
Seamos sinceros: ¿cuántos de
nosotros pensamos, libro en
mano, en las horas sin dormir de
quienes colocan sus nombres en
la contrasolapa? ¿En quién
pensamos sino en el autor y en
nosotros mismos, en la mágica
urdimbre de ideas o
preocupaciones que nos conectan?
Quizá, la zona de la creación
menos conocida por los lectores
sea la edición —dígase primera
lectura crítica, corrección,
composición y hasta
distribución. Por eso,
enfrascados en el propósito de
llevar la lectura a su máxima
expresión, editores cubanos y de
otras nacionalidades se reúnen
cada año en la Feria
Internacional del Libro de La
Habana.
El mercado del libro, la
posición de los autores ante sus
cambiantes dinámicas, edición y
descolonización, las relaciones
entre lectura y medios de
comunicación y los desafíos del
mercado del libro en cada uno de
los contextos internacionales en
que la Feria se desarrolla, han
sido algunos de los temas que
han ocupado en los últimos años
a editores, periodistas y
escritores de todo el mundo,
quienes vinculan sus perfiles al
mundo editorial: los cubanos
Alexis Días Pimienta, Pedro Urra
o Rafael Hernández; los
argentinos Vicente Battista; los
españoles Juan Madrid, Belén
Gopegui, Pascual Serrano,
Santiago Alba o Eva Forest; el
italiano Carlo Frabetti…
Para el primer encuentro de la
XVIII Feria, el tema propuesto
no admite las medias tintas:
“Edición, industria editorial y
mercado del libro en América del
Sur”. Los panelistas —las
chilenas Marisol Vera y Maura
Brecha, el argentino Horacio
García, el venezolano Andrés
Mejía y el cubano Pedro Pablo
Rodríguez—, tuvieron en sus
manos la responsabilidad de
brindar, en pocos minutos, un
panorama de la situación actual
del contexto editorial de sus
países y luego, con la
intervención del público,
intercambiar propuestas acerca
de la necesidad y posibilidades
de integración y colaboración
editorial entre nuestros países.
En sus palabras inaugurales,
Pedro Pablo Rodríguez,
periodista, editor e
investigador del Centro de
Estudios Martianos, invitó a los
panelistas y al público presente
a reflexionar sobre lo que
pareció ser preocupación común:
“la necesidad de reivindicar la
profesión del editor como
intelectual y artista, más que
mero corrector de gazapos”.
“No hablo de complacencias
—acotó—, sino de la urgencia de
que nuestra profesión esté a la
altura de sociedades como las
nuestras, donde las expectativas
culturales y el interés por la
lectura se ensanchan a un ritmo
impresionante”.
Finalmente, antes de dar paso a
los panelistas, Pedro Pablo
recordó la figura de José Martí,
“editor de lujo”, quien ya desde
el siglo XIX incorporaba a su
proyecto de integración
latinoamericana la creación de
una editora común a todo el
continente. Guiño lúcido que sus
colegas compartieron.
La industria editorial
argentina. Situación actual y
relaciones con los países
suramericanos
En los más de cien años de
Historia argentina, los periodos
de esplendor y crisis se han
simultaneado propiciando los
cambios bruscos en todos los
sectores, sin dejar de tener
repercusión en la industria
editorial. “Dichas repercusiones
—aclaró el presidente de la
asociación El libro, Horacio
García— han sido verdaderamente
decisivas, aunque siempre
condicionadas por coyunturas
ajenas a la dinámica editorial”.
La crisis económica sufrida por
Argentina en el año 2002, por
ejemplo, condujo a que el número
de novedades publicadas por las
editoriales del país andino
fuera de 9 537, con un total de
33 millones de ejemplares
anuales. Si comparamos dichas
cifras con los indicadores del
año anterior, vemos que la
tirada de ejemplares disminuyó
en un 40%. Para el año 2003, el
número de novedades había
aumentado; pero la cantidad de
ejemplares permanecía
invariable.
“Aquella crisis —explicó el
editor argentino— condujo a la
sucesión de tres presidentes en
quince días y la devaluación de
nuestra moneda ascendió a un
alarmante 300%. Durante el
periodo más cruento de la
crisis, los libros importados
fueron los de mayor presencia,
dada la avidez del público
argentino por mantenerse
informado y porque el tipo de
cambio los hacía más baratos;
sin embargo, con el aumento de
la devaluación, hasta los libros
importados se convirtieron en un
lujo para la población de clase
media alta hacia abajo. El
consumo era mínimo.”
No obstante, una vez iniciada la
recuperación, las cifras fueron
más alentadoras: en el año 2007,
las editoriales argentinas
ponían a disposición de sus
lectores unas 22 mil 445
novedades, 71 millones de
ejemplares y más de 4 mil
reimpresiones.
“Pero, como les dije, las crisis
vienen y van a un ritmo
impresionante —dijo Horacio
García. Para el año 2008, aunque
el mercado editorial argentino
sigue mostrando una
recuperación, los embates de la
crisis financiera global
empezaron a dejarse sentir,
aunque no de forma alarmante.”
“Ante nosotros, y con esto
quiero incluir a todos los
países del continente, tenemos
grandes desafíos: en primer
lugar, como decía Pedro Pablo
Rodríguez, defender nuestro
mercado interno. Hoy, es más
fácil que libros provenientes de
España lleguen a nuestros
lectores, que libros publicados
por nuestras editoriales
circulen entre los propios
países de Latinoamérica. Por
eso, la Cámara Argentina del
Libro les propone hoy su interés
por desarrollar un proyecto de
libre circulación de nuestros
libros en el MERCOSUR,
eliminando las trabas
burocráticas y propiciando el
encuentro entre nuestros
autores”.
La edición en Chile. La
Editorial Cuarto Propio
“La realidad editorial chilena
es atípica en todo
Latinoamérica.”
Así, daba inicio a sus palabras
Marisol Vera, directora de la
editorial chilena Cuarto
Propio. “Durante el periodo de
la dictadura, la Editorial se
sumó a los grandes movimientos
editoriales latinoamericanos en
los que se intentaba pensar,
crear… A diferencia de otras
dictaduras, en Chile no solo se
mató gente, sino que también se
mató a las instituciones:
Pinochet destruyó nuestro mundo
editorial, nuestro sistema de
educación y quemó libros al más
genuino estilo nazi. El mundo de
la cultura quedó completamente
desarticulado y los libros
desaparecieron de nuestras
vidas.”
Contó la editora chilena que al
último esfuerzo del presidente
Salvador Allende, la mítica
Editorial Quimantú, le siguió un
panorama de devastación total
del cual no han podido
recuperarse. “Antes, la gente
leía libros, clásicos y nuevos,
los esfuerzos políticos se
notaban; hoy, producto de la
catástrofe fascista, Chile se
encuentra entre los primeros
diez países menos lectores del
continente y su población cuenta
con uno de los más bajos índices
de comprensión de lectura.”
Como una forma de contrarrestar
esta realidad y la rigurosidad
que imponen los mercados
neoliberales de distribución del
libro, surgió hace 25 años la
Editorial Cuarto Propio. Según
su directora, “su lucha es
demostrar que la cultura es bien
público, imprescindible para
instaurar sociedades
democráticas y pensantes. Por
eso, nuestros títulos son
fundamentalmente investigaciones
históricas, obras de autores
jóvenes, ensayos críticos.”
Por su parte, Maura Brescia,
directora de la Editorial Mare
Nostrum, aportó su visión acerca
de la experiencia chilena de
integración editorial: “Las 40 o
50 editoriales que integran la
Asociación, tienen la voluntad
de no desaparecer en la masa de
los libros que generan
corrientes masivas. Por ello, se
promueve la promoción de la
lectura en lugares donde jamás
ha llegado un libro,”
Finalmente, las panelistas
chilenas exhortaron a la
continuidad de encuentros como
este de editores, en los que
prime la integración y la
confluencia de iniciativas. “Lo
más importante —alertó Brescia—
es consolidar redes de editores,
redes de autores. Es lo único
que nos podrá fortalecer,
hacernos mejores personas y
mejores naciones.”
La experiencia venezolana: 40
años de la Editorial Monte Ávila
Para Andrés Mejías, Gerente de
Promoción Editorial de Monte
Ávila, recorrer las cuatro
décadas de la institución es
también denunciar un vacío
anterior: “En los tiempos de la
colonia —explicó—, Venezuela
tuvo las primeras imprentas del
continente; sin embargo, durante
todo el siglo XIX y principios
del XX careció de políticas que
favorecieran las publicaciones y
el estímulo de nuestros
escritores. Por eso, cuando
surge Monte Ávila, se estaba
enfrentando a un desierto
editorial sin precedentes”.
Durante los años 50, una vez
abolida la dictadura de Marcos
Pérez Jiménez y bajo los aires
del fervor democrático, “existía
la necesidad de decir cosas, de
leer cosas y de aprender cosas.
Paralelamente, las vanguardias
estaban en ascenso y tuvieron
que crear sus propias fórmulas
de publicación.”
No obstante, editoriales como
Monte Ávila vinieron a
contrarrestar aquel panorama:
convidó a los jóvenes escritores
del país a publicar y propició
la reimpresión de los ya
consolidados. “Fue una editorial
alternativa, pero tampoco pudo
sustraerse de ciertos cánones.
Muy pronto, algunos de sus
directivos comenzaron a
estrechar los límites de las
publicaciones y se conformó una
política de la exclusión. Solo
en los últimos treinta años del
siglo XX, la editorial pudo
ejercer las funciones para las
cuales surgió: mantener viva la
voz de los escritores
venezolanos, estuvieran o no en
la lista de los establecidos”.
Junto al recorrido por los 40
años de la editorial, Mejías
abordó brevemente el panorama
actual del libro venezolano. Se
refirió a varios proyectos de
recuperación y fortalecimiento
de la industria editorial en su
país y a las nuevas colecciones
que se han creado para incluir
las voces de las más de 40
comunidades indígenas de
Venezuela y las luchas populares
de la nación.
El Encuentro de Editores de la
XVIII Feria continuará sus
sesiones durante los próximos
dos días. Para mañana, está
prevista una discusión sobre las
experiencias de los editores
cubanos que trabajaron en la
Colección 50 Aniversario de la
Revolución, así como un
reconocimiento a Víctor Malagón
y José Manuel Villa, Premios
Nacionales de Edición y Diseño
2008, respectivamente.
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