Año VII
La Habana

14-20 de FEBRERO
de 2009

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Red de editores, red de autores: la clave de la fortaleza

Marianela González • La Habana

 
Cuando llega un libro a manos de un lector ávido, listo para devorar su contenido como el más apetitoso de los manjares, pareciera que las páginas se hicieron por arte de magia. Seamos sinceros: ¿cuántos de nosotros pensamos, libro en mano, en las horas sin dormir de quienes colocan sus nombres en la contrasolapa? ¿En quién pensamos sino en el autor y en nosotros mismos, en la mágica urdimbre de ideas o preocupaciones que nos conectan?
 

Quizá, la zona de la creación menos conocida por los lectores sea la edición —dígase primera lectura crítica, corrección, composición y hasta distribución. Por eso, enfrascados en el propósito de llevar la lectura a su máxima expresión, editores cubanos y de otras nacionalidades se reúnen cada año en la Feria Internacional del Libro de La Habana.  

El mercado del libro, la posición de los autores ante sus cambiantes dinámicas, edición y descolonización, las relaciones entre lectura y medios de comunicación y los desafíos del mercado del libro en cada uno de los contextos internacionales en que la Feria se desarrolla, han sido algunos de los temas que han ocupado en los últimos años a editores, periodistas y escritores de todo el mundo, quienes vinculan sus perfiles al mundo editorial: los cubanos Alexis Días Pimienta, Pedro Urra o Rafael Hernández; los argentinos Vicente Battista; los españoles Juan Madrid, Belén Gopegui, Pascual Serrano, Santiago Alba o Eva Forest; el italiano Carlo Frabetti…

Para el primer encuentro de la XVIII Feria, el tema propuesto no admite las medias tintas: “Edición, industria editorial y mercado del libro en América del Sur”. Los panelistas —las chilenas Marisol Vera y Maura Brecha, el argentino Horacio García, el venezolano Andrés Mejía y el cubano Pedro Pablo Rodríguez—, tuvieron en sus manos la responsabilidad de brindar, en pocos minutos, un panorama de la situación actual del contexto editorial de sus países y luego, con la intervención del público, intercambiar propuestas acerca de la necesidad y posibilidades de integración y colaboración editorial entre nuestros países.  

En sus palabras inaugurales, Pedro Pablo Rodríguez, periodista, editor  e investigador del Centro de Estudios Martianos, invitó a los panelistas y al público presente a reflexionar sobre lo que pareció ser preocupación común: “la necesidad de reivindicar la profesión del editor como intelectual y artista, más que mero corrector de gazapos”.

“No hablo de complacencias —acotó—, sino de la urgencia de que nuestra profesión esté a la altura de sociedades como las nuestras, donde las expectativas culturales y el interés por la lectura se ensanchan a un ritmo impresionante”.

Finalmente, antes de dar paso a los panelistas, Pedro Pablo recordó la figura de José Martí, “editor de lujo”, quien ya desde el siglo XIX incorporaba a su proyecto de integración latinoamericana la creación de una editora común a todo el continente. Guiño lúcido que sus colegas compartieron. 

La industria editorial argentina. Situación actual y relaciones con los países suramericanos 

En los más de cien años de Historia argentina, los periodos de esplendor y crisis se han simultaneado propiciando los cambios bruscos en todos los sectores, sin dejar de tener repercusión en la industria editorial. “Dichas repercusiones —aclaró el presidente de la asociación El libro, Horacio García— han sido verdaderamente decisivas, aunque siempre condicionadas por coyunturas ajenas a la dinámica editorial”.  

La crisis económica sufrida por Argentina en el año 2002, por ejemplo, condujo a que el número de novedades publicadas por las editoriales del país andino fuera de 9 537, con un total de 33 millones de ejemplares anuales. Si comparamos dichas cifras con los indicadores del año anterior, vemos que la tirada de ejemplares disminuyó en un 40%. Para el año 2003, el número de novedades había aumentado; pero la cantidad de ejemplares permanecía invariable.  

“Aquella crisis —explicó el editor argentino— condujo a la sucesión de tres presidentes en quince días y la devaluación de nuestra moneda ascendió a un alarmante 300%. Durante el periodo más cruento de la crisis, los libros importados fueron los de mayor presencia, dada la avidez del público argentino por mantenerse informado y porque el tipo de cambio los hacía más baratos; sin embargo, con el aumento de la devaluación, hasta los libros importados se convirtieron en un lujo para la población de clase media alta hacia abajo. El consumo era mínimo.” 

No obstante, una vez iniciada la recuperación, las cifras fueron más alentadoras: en el año 2007, las editoriales argentinas ponían a disposición de sus lectores unas 22 mil 445 novedades, 71 millones de ejemplares y más de 4 mil reimpresiones.  

“Pero, como les dije, las crisis vienen y van a un ritmo impresionante —dijo Horacio García. Para el año 2008, aunque el mercado editorial argentino sigue mostrando una recuperación, los embates de la crisis financiera global empezaron a dejarse sentir, aunque no de forma alarmante.” 

“Ante nosotros, y con esto quiero incluir a todos los países del continente, tenemos grandes desafíos: en primer lugar, como decía Pedro Pablo Rodríguez, defender nuestro mercado interno. Hoy, es más fácil que libros provenientes de España lleguen a nuestros lectores, que libros publicados por nuestras editoriales circulen entre los propios países de Latinoamérica. Por eso, la Cámara Argentina del Libro les propone hoy su interés por desarrollar un proyecto de libre circulación de nuestros libros en el MERCOSUR, eliminando las trabas burocráticas y propiciando el encuentro entre nuestros autores”. 

La edición en Chile. La Editorial Cuarto Propio 

“La realidad editorial chilena es atípica en todo Latinoamérica.”  

Así, daba inicio a sus palabras Marisol Vera, directora de la editorial chilena  Cuarto Propio. “Durante el periodo de la dictadura, la Editorial se sumó a los grandes movimientos editoriales latinoamericanos en los que se intentaba pensar, crear… A diferencia de otras dictaduras, en Chile no solo se mató gente, sino que también se mató a las instituciones: Pinochet destruyó nuestro mundo editorial, nuestro sistema de educación y quemó libros al más genuino estilo nazi. El mundo de la cultura quedó completamente desarticulado y los libros desaparecieron de nuestras vidas.” 

Contó la editora chilena que al último esfuerzo del presidente Salvador Allende, la mítica Editorial Quimantú, le siguió un panorama de devastación total del cual no han podido recuperarse. “Antes, la gente leía libros, clásicos y nuevos, los esfuerzos políticos se notaban; hoy, producto de la catástrofe fascista, Chile se encuentra entre los primeros diez países menos lectores del continente y su población cuenta con uno de los más bajos índices de comprensión de lectura.” 

Como una forma de contrarrestar esta realidad y la rigurosidad que imponen los mercados neoliberales de distribución del libro, surgió hace 25 años la Editorial Cuarto Propio. Según su directora, “su lucha es demostrar que la cultura es bien público, imprescindible para instaurar sociedades democráticas y pensantes. Por eso, nuestros títulos son fundamentalmente investigaciones históricas, obras de autores jóvenes, ensayos críticos.” 

Por su parte, Maura Brescia, directora de la Editorial Mare Nostrum, aportó su visión acerca de la experiencia chilena de integración editorial: “Las 40 o 50 editoriales que integran la Asociación, tienen la voluntad de no desaparecer en la masa de los libros que generan corrientes masivas. Por ello, se promueve la promoción de la lectura en lugares donde jamás ha llegado un libro,” 

Finalmente, las panelistas chilenas exhortaron a la continuidad de encuentros como este de editores, en los que prime la integración y la confluencia de iniciativas. “Lo más importante —alertó Brescia— es consolidar redes de editores, redes de autores. Es lo único que nos podrá fortalecer, hacernos mejores  personas y mejores naciones.” 

La experiencia venezolana: 40 años de la Editorial Monte Ávila 

Para Andrés Mejías, Gerente de Promoción Editorial de Monte Ávila, recorrer las cuatro décadas de la institución es también denunciar un vacío anterior: “En los tiempos de la colonia —explicó—, Venezuela tuvo las primeras imprentas del continente; sin embargo, durante todo el siglo XIX y principios del XX careció de políticas que favorecieran las publicaciones y el estímulo de nuestros escritores. Por eso, cuando surge Monte Ávila, se estaba enfrentando a un desierto editorial sin precedentes”.  

Durante los años 50, una vez abolida la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y bajo los aires del fervor democrático, “existía la necesidad de decir cosas, de leer cosas y de aprender cosas. Paralelamente, las vanguardias estaban en ascenso y tuvieron que crear sus propias fórmulas de publicación.” 

No obstante, editoriales como Monte Ávila vinieron a contrarrestar aquel panorama: convidó a los jóvenes escritores del país a publicar y propició la reimpresión de los ya consolidados. “Fue una editorial alternativa, pero tampoco pudo sustraerse de ciertos cánones. Muy pronto, algunos de sus directivos comenzaron a estrechar los límites de las publicaciones y se conformó una política de la exclusión. Solo en los últimos treinta años del siglo XX, la editorial pudo ejercer las funciones para las cuales surgió: mantener viva la voz de los escritores venezolanos, estuvieran o no en la lista de los establecidos”. 

Junto al recorrido por los 40 años de la editorial, Mejías abordó brevemente el panorama actual del libro venezolano. Se refirió a varios proyectos de recuperación y fortalecimiento de la industria editorial en su país y a las nuevas colecciones que se han creado para incluir las voces de las más de 40 comunidades indígenas de Venezuela y las luchas populares de la nación.  

El Encuentro de Editores de la XVIII Feria continuará sus sesiones durante los próximos dos días. Para mañana, está prevista una discusión sobre las experiencias de los editores cubanos que trabajaron en la Colección 50 Aniversario de la Revolución, así como un reconocimiento a Víctor Malagón y José Manuel Villa, Premios Nacionales de Edición y Diseño 2008, respectivamente. 

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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