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Mucho antes de que existiera el
Centro Pablo de la Torriente
Brau y sus conciertos A
guitarra limpia, que
preservan y promueven como nadie
la memoria de la canción
trovadoresca, comencé a
organizar angustiosamente en
1971, como productor musical en
la EGREM, la grabación de los
primeros discos de la Nueva
Trova. Recuerdo las largas
discusiones con los trovadores
para que registraran sus
canciones, ya que por entonces
la mayoría de ellos ni siquiera
las transcribían al pentagrama
(si acaso estaban escritas en
alguna libreta o atrapadas en
pequeñas grabadoras portátiles,
la mayor parte de las veces
prestadas). Como ninguno estaba
interesado en el derecho de
autor ni tenía verdadera
conciencia de lo que
trascenderían aquellas
canciones, tuve que utilizar dos
argumentos más convincentes: el
primero, no comenzaríamos a
grabar el disco hasta que me
trajeran la constancia del
registro; el segundo, apelar a
su conciencia de que no se podía
repetir la historia de los
viejos trovadores, muchas de
cuyas canciones murieron en el
olvido. Por fortuna las
canciones se registraron y se
grabaron los discos, aunque
nunca han sido suficientes. Pero
a pesar de la demostración
indiscutible de la importancia
de ese movimiento en la canción
cubana y de la existencia de por
lo menos algunas constancias
sonoras, ha existido poca
crítica musical y literaria que
profundice lo suficiente o
desentrañe las costuras de la
canción trovadoresca —ni de la
fundacional ni de su heredera
directa. Tampoco la musicología
ha aprovechado a plenitud la
materia prima a su disposición.
Quizá esto se deba en parte a
que la canción, en general, no
es motivo de estudios rigurosos
en nuestros conservatorios ni
sus textos son analizados como
poesía en la enseñanza de la
literatura en cualquier nivel.
Fuera de algunas aproximaciones
como Silvio: que levante la
mano la guitarra, de Luis R.
Nogueras y Víctor Casaus (1984),
y Ensayos voluntarios, de
Guillermo Rodríguez Rivera
(también de 1984) y algunas
decenas de artículos
periodísticos a lo largo de sus
más de 40 años de existencia, la
Nueva Trova no ha sido objeto de
estudios serios.
De ahí la importancia del
Concurso de Ensayo Noel Nicola,
convocado por el Centro Pablo
con la colaboración de los
Estudios Ojalá y el Portal
Trovacub. No hablaré sobre los
propósitos de ese premio, que
Víctor Casaus explica con
claridad en el prólogo de
Silvio Poeta, de Suyín
Morales Alemañy, el libro
ganador de la primera edición de
este concurso. Y el prólogo
también esclarece mucho de la
obra de la autora, por lo que
para no repetir lo dicho por
Casaus y para no privar al
lector de la oportunidad de
disfrutar lo escrito por él, me
limitaré a brindar algunas
impresiones como acicate para
acudir al libro de Suyín.
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Desde la primera lectura los
miembros del jurado quedamos
convencidos de que Silvio
poeta era merecedor del
premio, no solo porque cumplía
cabalmente los propósitos del
concurso al presentar una obra
de riguroso análisis y una tesis
bien fundamentada, sino también
por estar escrita, a partir de
la propia sensibilidad artística
de la autora, en una prosa
tersa, precisa y directa, con
pleno conocimiento de la función
poética de los textos
analizados, y dominio de las
herramientas de la
investigación. La poca
bibliografía publicada, la
ausencia de un centro de
documentación adonde acudir para
consultar la poca discografía,
así como la no existencia de
antologías de la Nueva Trova
hizo que la autora acudiera
además a Internet como fuente de
textos de canciones. Pero la
indiscutible ventaja que
significa tener una biblioteca
universal al alcance del
mouse, le jugó una mala
pasada. La supuesta
democratización de la red
también implica el riesgo de que
informaciones no confirmadas
pasen por ciertas, y así, a
pesar del intento de la autora
por corroborar las fuentes, se
deslizó en el libro un texto que
fue musicalizado por Silvio,
pero del que no fue su autor.
Este desliz, sin embargo, no
resta mérito a la obra, cuyo
balance en mi opinión es
excepcional. A pesar de su rigor
conceptual, el análisis que hace
Suyín Morales de la poética de
Silvio no es solo un examen
formal, no es un hurgar en la
lingüística con pretensiones
doctas, sino que utiliza las
herramientas del investigador
para tratar de desentrañar la
relación del trovador con la
poesía a través de una ética
—llamémosla "silviana"— y a la
que la autora llega, según sus
palabras, "rastreando algunos de
los principios de su labor
creadora a partir de la lectura
de sus versos".
Así, Suyín brinda una guía que
servirá para evidenciar, más
allá de la emoción que comunica
la poesía de Silvio y los hechos
que testimonian las canciones,
lo que ella llama (y cito
nuevamente) "el impulso vital
que moviliza su escritura".
Véase, como ejemplo, el análisis
que hace de “Ojalá”, el más
extenso del libro, en el que
revela la intertextualidad con
otras canciones del trovador.
El balance que queda tras la
lectura, trasciende incluso la
propia poesía de las canciones.
Al explicar significados,
evidenciar connotaciones,
presentar problemáticas y
sugerir intenciones, la autora
revela también, junto con la
extensión de su poesía, la
dimensión de un hombre entregado
a la creación, a su tiempo y a
sus contemporáneos que refleja,
según dice Víctor Casaus en el
prólogo, "la sistemática y fiel
consecuencia de sus dichos y sus
actos".
Quisiera mencionar también,
aunque sea brevemente, otros
elementos de Silvio poeta,
como es el acertado diseño que
realizó Katia Hernández para la
cubierta, con un sugerente uso
de la imagen y un sobrio manejo
de la tipografía, y el cuidadoso
trabajo de todo el equipo
editorial para lograr una obra
digna de esta primera edición
del Premio de Ensayo Noel Nicola.
Las últimas líneas del libro de
Suyín Morales parecen hacerse
eco de los propósitos de este
concurso: "Dejo, pues,
despiertas las ansias de seguir
descubriendo al poeta". Espero
que esas ansias sean sentidas
también por otros y que el año
próximo nos reunamos de nuevo
para aplaudir la publicación de
un nuevo libro que celebre la
memoria de la trova y del
recuerdo de Noel Nicola, quien
inspiró este premio.
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