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Con emoción recibo un premio
que, sin duda, más que
corresponder a mi trabajo
personal, que se opaca y diluye
en la múltiple labor de cuantos
han venido investigando la
cultura cubana, es ante todo un
impulso que subraya una
tradición cubana de indagación
cultural, cuyos primeros frutos
se identifican ya en el siglo
XVIII insular.
Al agradecer la benevolencia el
Instituto Cubano de
Investigación Cultural Juan
Marinello por su valoración más
que generosa de mis años de
esfuerzo concentrado y
silencioso, en ocasiones arduo y
lacerante como toda aventura del
espíritu humano, pienso ante
todo, en la importancia crucial
de la investigación de la
cultura patria, pues para que
exista y perdure una libertad
real, para que la identidad
colectiva de la Isla ratifique
con eficacia el privilegio
esencial de ser cubano, es vital
necesidad y deber no renunciarle
una sostenida investigación de
entraña cultural de la nación,
la cual en su indetenible
desarrollo nos propone cada día
interrogantes nuevas y desafíos
más impresionantes.
La investigación en cualquier
campo del conocimiento, pero en
particular en el de la cultura,
es una profesión tanto de
oficio, como de íntima
convicción y en esta Isla debe
estar signada por una afirmación
martiana: “ser bueno es el único
modo de ser dichoso, ser culto
es el único modo de ser libre”.
Ese juicio del Apóstol subraya
que el eje de la cultura
verdadera, de su estudio
científico, estriba en una
eticidad, una base apológica sin
la cual cualquier indagación,
por sofisticada que sea, no será
más que estéril ademán. Cultura
y bondad, saber y eticidad
entonces deben ser nuestro
sustento teórico profundo, en
unidad intensa. Tratar de
alcanzar la integración ha sido,
por lo menos, la aspiración
—lograda o no— más firme de mi
propio esfuerzo, premiado hoy en
sus muy modestos resultados.
Palabras de Luis Álvarez Álvarez
al aceptar el Premio Anual de
Investigaciones Juan Marinello. |