Los libros volaron por el aire
en la sala Nicolás Guillén. Ya
se ha hecho un rito: el uruguayo
Daniel Chavarría, escritor todo
espectáculo, presentó o mejor
lanzó Y el mundo sigue
andando, memorias.
Como siempre también había un
público fiel y ávido de las
historias de este hombre domador
de las palabras, sean dichas o
escritas.
En esta oportunidad se hizo
acompañar de su editora Mónica
Olivera Guerra y de Carlos Tena
“uno de los seres más simpáticos
que conozco”, comentó Chavarría.
Pero el periodista español,
radicado en Cuba, no estaba allí
solo por ese derroche que hizo
de imaginación, humor y cultura,
sino porque junto al hijo de
Sudamérica comparte un sincero y
apasionado apego por la mayor de
Las Antillas y por América
Latina.
Calificó el libro como un acto
de amor y un gran juego, que
termina en un capitulo que será
el inicial de las segundas
partes de esas memorias.
Incitado por Tena y Mónica, el
Chava, que así se le dice,
conversó de sus memorias
noveladas. Contó anécdotas de
cuando intentó integrar un
frente guerrillero, de comidas
apetitosas que hizo saborear a
los seguidores de sus palabras,
de cuando llegó a Cuba en un
avión secuestrado y de otras
aventuras más que han
enriquecido su vida.
Sin embargo, lo más suculento de
su charla partió de una pregunta
que le hizo una joven, ¿qué
aprendió de su último libro?
Chava, complacido, alabó que se
comprendiera que siempre hay una
enseñanza cuando se escribe un
libro. “Por ejemplo, dijo, con
Joy, que escribí a los 45
años supe que podía escribir una
novela. Lo había intentado desde
joven y nunca lo conseguí. Esa
primera fue un éxito, muy
traducida, y por lo que gustó al
año ya se habían publicado un
millón de ejemplares”.
“Cuando llegó el Período
Especial —dijo— vi trunca mi
carrera. Si no había siquiera
luz eléctrica, ¿cómo iba a haber
papel para ficción? Pero se
convocó un premio por la
Fundación Alejo Carpentier.
Participé con un proyecto y
gané. Ahí nació El ojo
Dyndimenio ambientada en
Grecia. Luego le cambié el
título por El ojo de Cibeles,
que me enseñó que podía
escribir una novela de verdadera
importancia, con rigurosa
investigación. Pasaron unos años
y Paco Ignacio Taibo me pidió
que escribiera una novela corta
para que lo sacara a él de un
compromiso. No podía negarme, él
es un buen amigo. El lío es que
tenía un pie forzado: una
jinetera y erotismo. Nació
Adiós muchachos, supe que
podía escribir novelas de
relajo con cierto decoro. Y fue
muy popular por sus
ingredientes: humor, erotismo e
intriga policíaca”.
“Esos libros me han enseñado
—continuó Chava— que puedo
escribir novelas, alta
literatura, erotismo, y este
último, mis memorias, ha puesto
en duda todo lo que creía sobre
mí mismo. En una historia como
esta tienes que desenterrar
cosas, es como cuando uno
escucha una vieja canción que un
momento te gustó mucho y ahora
te preguntas por qué. Tuve que
reflexionar sobre mi vida, y
ahora no sé nada. Sigo siendo
ateo, materialista, pero vivimos
en un misterio. Realmente me he
quedado confundido”.
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Lo que no despierta confusión
alguna es su defensa de Cuba.
“Lo importante es lo que la
Revolución Cubana y Fidel
representaron para toda mi
generación. Este país se
convirtió en un gran altar para
todos los latinoamericanos. Yo
veía a Fidel como mi padre,
aunque solo me lleve siete u
ocho años. Lo veo como el gran
reinvidicador de América Latina.
Y en esa búsqueda de mi
identidad me hice comunista. De
todo esto hay en el libro aunque
no es político, hay mucha
aventura, suspenso…”, dijo el
autor antes de comenzar a firmar
autógrafos a una larga fila de
interesados.
Y el mundo sigue andando,
memorias
ya se ha difundido en Italia,
se editará también en Grecia y
en todos los países donde
Chavarría publica.
Ahora comienza su camino que
será seguro de éxito como sus
antecesores. Porque además de
popular, Chava es un autor
reconocido por múltiples
premios: Nacional de la Crítica
de Cuba por La sexta isla,
en 1984; el Dashiell Hammett por
Allá ellos, en 1992; el
Premio Planeta-Joaquín Mortiz
por El ojo de Cibeles, en
1993 (novela por la que también
obtuvo el Premio Ennio Flaiano,
en Pescara, Italia, 1998); el
Premio Casa de las Américas a su
novela El rojo en la pluma
del loro, en 2000; el Edgar
Allan Poe, otorgado por la
Asociación Americana de
Escritores de Misterio, a su
novela Adiós muchachos ,
en 2002; y el Premio Ciudad de
Palma de Mallorca, en 2005, por
Priapos.
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Con su risa contagiosa Chava
dijo que sí, que esperen la
segunda parte de sus memorias
“pero sentados para que no se
cansen” y es que para un hombre
que ha confesado “el estar en
contacto con mis fantasías y mis
personajes me ayuda a vivir” no
debe resultar fácil seguir con
esa historia, cuando seguro le
rondan otras que ya están en su
cabeza, en alguna cuartilla
guardada para revisar o lista
para seguir conquistando
seguidores. |