I
No cabe duda de que la
consistencia y la brillantez de
la labor periodística de Luis
Báez es excepcional.
Prácticamente una dedicación tan
cincuentenaria como la
revolución vivida hasta hoy por
nuestro pueblo y bajo el
liderazgo de Fidel. Luis Báez ha
tenido la suerte de conocer muy
de cerca al jefe revolucionario
cubano, de disfrutar de su
estimación y de su respeto como
periodista y de acompañarle en
numerosas misiones
internacionales. Su talento, su
“garra”, como se suele decir, se
destacó desde temprano en los
años 60, y desde sus primeras
experiencias hasta hoy ha sido
una constante, que hace de su
nombre uno de los de mayor
relieve en el periodismo
político cubano de la
Revolución.
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II
Existe un libro dentro del
trayecto de la obra de Luisito
(creo que por Luisito le
conocemos todos) que se
convirtió, a mi juicio, en un
hito particularmente importante
en su producción profesional.
Cuando vio la luz Secretos de
generales en 1996, ya había
publicado cuatro títulos, entre
ellos Los que se fueron y
Los que se quedaron, que
gozaron de una extraordinaria
acogida en el público cubano.
Todavía se me acercan personas
hoy preguntándome como
conseguirlos. Pero Secretos...
tiene el singular encanto de
mostrar la realidad cubana, su
historia reciente y su presente,
a través de unas voces
protagónicas que raramente se
expresan. No recuerdo a quién
escuché decir “los generales no
están para hablar... “, en
ninguna geografía y en ningún
tiempo.
III
Estimo que lo novedoso de este
reportaje radica precisamente
ahí. En que los Secretos...
no contienen secreto, porque
de los generales no se esperaba
que violaran secreto alguno, ni
ellos iban a hacerla, sino por
lo desacostrumbrado de que
aceptaran hacer públicas sus
experiencias, y esto
proporcionaba al lector ese
encuentro verdaderamente
inédito. Considero que se abrió
una etapa de madurez, la cual se
expresa en la maestría
exploratoria lograda en el
periodismo de Luis Báez, al
poner a hablar a los que no
hablan haciendo públicos
secretos que no son secretos. A
partir de aquí se incrementan
las entrevistas in extenso
a figuras relevantes del proceso
revolucionario; creo que los
recuentos de vida, totales y
parciales, tuvieron su primera
expresión en sus
Conversaciones con Juan
Marinello. Desde entonces el
abanico de sus técnicas de
exposición se pule y enriquece
mayormente en el testimonio
humano que en el reportaje de
acontecimientos de dimensiones
épicas o similares, dominante en
sus primeras obras.
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IV
El libro que hoy presentamos no
es el resultado de una
entrevista, sino la recopilación
de 485 testimonios, en forma de
relatos anecdóticos breves, cuya
virtud radica menos en la
experiencia del entrevistado que
en la presencia de Fidel en su
memoria: la conformación de una
visión de Fidel a través de los
recuerdos de otros. Los miembros
de las generaciones vivas que
hemos atravesado estos años de
historia más o menos cerca, o
que hemos podido acercarnos
alguna vez, como para
intercambiar unas palabras o
para escucharle en un plano más
íntimo y no ante una pantalla de
TV.
V
En la casi totalidad de los
casos, testimonios directos,
originales, solicitados por el
entrevistador. La originalidad
testimonial constituye uno de
los méritos singulares de la
obra. Los testimoniantes son
figuras de distinto rango en la
vida política y administrativa
del país, de medios culturales y
académicos, de la prensa, del
deporte. Militares no hay
tantos, tal vez porque ya
contaron sus secretos en otra
obra.
VI
El segundo de los grandes
méritos es el efecto de
diversidad obtenido en los
testimonios y preservado en la
edición. Muchos de ellos narran
algún momento trascendente del
proceso revolucionario, el cual
el testimoniante vivió y del
cual posee un recuerdo latente,
a veces protagónico junto al
líder. A veces recuerda cómo
Fidel lo elogió o criticó, o
cómo se manifestó ante alguna
coyuntura, o cómo arribó a una
decisión. Otros más numerosos
registran momentos en los cuales
se sintieron impactados en la
intimidad por la agudeza del
ingenio, o de la memoria, o la
perspicacia, o la generosidad, o
el sentido humano de Fidel. El
trazado de los rasgos de la
personalidad de Fidel Castro, su
modo de conducir, de ejercer la
autoridad, se nos revela a
través de una especie de
collage, felizmente desordenado
(afortunadamente su orden es
solo el alfabético) que
incentiva la lectura desde las
motivaciones, o las
inclinaciones, de cada lector. Y
digo felizmente porque no le
impone ordenamiento a nuestra
mirada, sino que nos transmite
solo vivencias y facilita una
grata espontaneidad al
acercamiento personal del que lo
lee a la construcción propia de
su imagen.
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VII
Quiero terminar esta
presentación con una opinión,
quizá atrevida, y es que la
historia ha convertido ya a
Fidel Castro en un género
literario en sí mismo. Dio lugar
primero a textos testimoniales hacia los 60,
afines o críticos a su
presencia. A medida en que
se hicieron perceptibles
regularidades y concepciones
detrás de la estricta coyuntura
cobró fuerza la ensayística, lo politológico. La entrevista que
desde los 60 Lee Lockwood, J.
Daniel, B. Walters y otros
subrayaron, cobró bríos después
de Betto, Borges, Mina y Ramonet.
Luisito nos aporta ahora el
recuento testimonial sobre la
figura de cara a su testimonio
directo. Pienso que todas estas
formas de aproximación son
legítimas y están llamadas a
dejar un aporte imperecedero
para el estudio de la figura
política que irradia con mayor
impacto la segunda mitad del
siglo que concluyó.
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