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Como cada año, asistimos hoy al
acto que reconoce la labor de
los que trabajamos en este
oficio de constancia y entrega,
que poco a poco va saliendo del
anonimato y que debemos divulgar
más, principalmente los que
estamos aquí, vinculados de una
u otra forma con el libro y la
edición.
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Desde que se instauró el Premio
Nacional de Edición he asistido
a esta ceremonia del lado desde
donde ustedes me escuchan. Les
confieso que siempre me sentía
muy cómodo y no tenía por qué
preocuparme. Así, disfrutaba de
las intervenciones de los
compañeros que recibían tan
preciado galardón y me alegraba
por el reconocimiento de la
labor de los premiados. También
esperaba, como el resto de los
asistentes, el consabido brindis
y la inseparable croqueta. No se
imaginan cómo los envidio ahora
porque ya me había aficionado al
deporte de caerles atrás a las
croquetas, y sepan que casi
siempre obtuve muy buenos
resultados. Los que me conocen
más de cerca saben del miedo
escénico que me ha acompañado
casi siempre y aún así no se
imaginan lo difícil que resulta
para mí estar parado ante este
micrófono.
El compañero Traviesas ―a quien
agradezco sus palabras, y que
bien pudiera estar ocupando mi
lugar como homenajeado por su
prestigio y sus años de
experiencia en esta profesión―
hizo referencia a los orígenes
del sistema editorial cubano y
su momento fundacional. No veo
ocasión más propicia y más justa
que esta para recordar y
homenajear también a aquellos
que siendo fundadores continúan
prestando sus servicios como
editores o que desde otras
trincheras del trabajo cultural
comparten con nosotros este acto
y reúnen suficientes méritos
para obtener el reconocimiento
que hoy se me concede.
En nuestro país el oficio de
editor aporta al que lo ejerce
la satisfacción de realizar una
labor muy noble, alejada de todo
tipo de mercantilismo y
banalidad, no exenta de
dificultades, encaminada a
difundir, promover, lo mejor del
pensamiento de Cuba y del mundo
en todas las esferas de la vida
social. Como difusor de ideas y
valores éticos, morales,
políticos, etc., el editor
cubano ha adquirido cada vez más
una responsabilidad mayúscula en
el desarrollo cultural de la
nación cubana en tanto está
convencido de las ideas y
valores que ayuda a transmitir.
El premio que hoy se me concede
debe interpretarse más que todo
como un reconocimiento al
trabajo realizado por la
Editorial Arte y Literatura
durante sus casi 43 años de
existencia, y en cuyo catálogo
de mucho más de 2 000 títulos
figuran reconocidos autores
clásicos y contemporáneos de la
literatura y el arte
universales, junto a importantes
autores cubanos publicados en
los primeros años de esta
institución cultural, algunos de
los cuales continúan colaborando
con ella.
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A esta editorial y a
los trabajadores que han formado
y forman parte de su plantilla
en los últimos 32 años,
incluidos los más jóvenes
editores y diseñadores, período
en el que he realizado mi labor,
debo mi agradecimiento más
profundo por lo que me han
aportado en lo profesional y en
el aspecto humano y por lo poco
que haya podido yo retribuirles.
Haber compartido y compartir hoy
con ellos logros y momentos
difíciles es un honor. Recuerdo
los inicios de los años 90
cuando la crítica situación
económica del país no permitía
vislumbrar que la editorial
pudiera superar esa etapa y un
grupo de compañeras y compañeros
apasionados por el trabajo que
realizábamos apostamos por
permanecer en ella. Para ellos
mi reconocimiento por lo que
significó para la continuidad de
nuestra entidad como editorial.
Agradezco a los compañeros del
jurado por su gentileza.
Expreso mi gratitud a los demás
colegas nominados, merecedores
también de esta alta distinción
y que efusivamente me
manifestaron su solidaridad.
A todos mis compañeros de la
Editorial Arte y Literatura, de
la Editorial José Martí y del
Instituto Cubano del Libro, así
como también a autores, amigos,
familiares y otros colegas les
agradezco los saludos y
congratulaciones. |