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“Este libro es un testimonio
histórico y
fuente de primer orden para la historia social republicana”
Jorge Ibarra
Los años 50. En una Cuba que
algunos añoran, otros no quieren
ni recordar y los más desconocen
aparece ahora en su segunda
edición, nuevamente por la
Editorial Arte y Literatura, a
menos
de una década de su primera
edición y como uno de los
títulos de
la
colección que hoy se presenta
identificada como 50
Aniversario del Triunfo de la
Revolución del Instituto
Cubano del Libro.
Y es precisamente a
Jorge Ibarra, homenajeado por
esta, nuestra XVIII Feria
Internacional del Libro de La
Habana, a quien se debió el
proyecto inicial de esta obra de
Oscar Pino Santos,
sin
su inapreciable iniciativa que
además incluyó “las primeras
discusiones sobre cuáles
trabajos seleccionar”, según
escribiera el autor en la
primera página de
Agradecimientos del libro, “este
libro nunca habría visto la luz”
y no podríamos tenerlo quizá en
este perfil dedicado al medio
siglo de nuestro bregar.
Un perfil de colección de alta
eficiencia bibliográfica para
nuestra memoria histórica, según
subrayara Ambrosio Fornet, en la
primigenia presentación general
de los títulos que la integran,
que nos da la posibilidad,
expresó el editor y crítico
literario, del “acceso inmediato
al material o los datos que
necesitamos y que de pronto se
hallan fuera del alcance de
nuestra memoria”, porque, sin
estos 16 volúmenes, se
preguntaba Fornet y nos
preguntaríamos, entre otras
páginas necesarias de consulta:
¿Dónde rayos habremos puesto
aquel recorte del artículo de
Pino Santos sobre el desempleo
en Cuba en los años 50, o
aquella tabla sobre los censos
del siglo pasado?”
La alusión de Fornet apunta
sobre los aportes que con
especificidad señala Ibarra, en
su “Prólogo” al libro de
selección de reportajes y
artículos para la revista
Carteles, de Oscar Pino
Santos: la influencia de sus
escritos en la toma de
conciencia revolucionaria en los
medios universitarios y
revolucionarios en los años 50,
el enfoque marxista destilado,
en un mensaje capaz de alcanzar
a amplios sectores de la
población y sin que la dirección
de la revista lo percibiese en
el contexto de la dictadura,
asimismo resalta cómo sin
emplear las categorías
marxistas, el autor denunció los
males de la República y en
general del dominio imperialista
de nuestra Isla en artículos
que develan la restricción
azucarera, el sistema
arancelario y fiscal, la
deforestación, el latifundismo,
los tratados de Reciprocidad
Comercial firmados con EE.UU., y
por tanto, la exclusión de las
grandes mayorías populares de
los supuestos beneficios y la
crisis económica permanente,
resultado de investigaciones del
entonces periodista, y que
fueron descubiertos mediante
el lenguaje ameno y accesible
que le caracterizó y con el que
Pino Santos escribía sus
reportajes para Carteles
y Bohemia.
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Aquella Cuba de los 50, vista
con nostalgia dorada por algunos
fuera de la Isla, “sin mayores
problemas socioecónómicos
—puntualiza
Oscar Pino Santos, en la
“Introducción” de su libro—,
cada vez más próspera y a la
vanguardia del desarrollo en
América Latina” es negada
contundentemente en el
despliegue de estos, sus mejores
reportajes de Carteles,
cuando era un joven y avezado
reportero, que respaldaba sus
trabajos, según sus propias
palabras, “con una investigación
exhaustiva, una documentación o
despliegue de evidencias
irrebatibles y, muy
singularmente, una exposición
literaria cuidadosa”. Todo ello
para reflejar la realidad de una
isla que evidenciaba su crisis
económica y la disminución del
nivel de vida de las clases
trabajadoras y de la clase
media.
Aún más, si el lector era lo
suficientemente hábil para
entrever en la lectura de las
líneas de los trabajos de Pino
Santos y podía llegar a la
conclusión, según esclarece
Ibarra, del “proceso
catastrófico al que estaba
abocada la República en la
década de 1950”.
Uno de estos reportajes
publicados en Carteles
por Pino Santos, por ejemplo, y
que se hallan en esta selección
fue una contundente acusación
del proyecto de dividir la Isla
en dos, llamado Canal Vía-Cuba y
fue esencial en la movilización
de la opinión pública contra
este hecho que no se consumó,
dadas las protestas contra la
dictadura que prometía realizar
esto de acuerdo con los
intereses norteamericanos.
Pino Santos, en la
“Introducción” a Los años
cincuenta subraya que,
además de reflejar los hechos en
vivo de la realidad del país
“con datos y testimonios tan
abrumadores como
infalsificables”, estos trabajos
suyos ofrecían la verdad de la
“Cuba del capitalismo
dependiente y subdesarrollado
con su secuela de deformaciones
económicas, estructurales,
desigualdad social, desempleo en
gran escala, analfabetismo y
pobreza aquí y allá
apabullantes…”
Mas no solo apunta el autor a la
validez conceptual de sus
propios textos y como respuesta
a una tendencia inconsecuente de
valoración de aquella última
década capitalista en Cuba, sino
también recuerda la calidad
tipográfica y el diseño de
Carteles y las excelentes
fotos de alguien que se iniciaba
en los azares del
fotorreporterismo: su colega de
aventuras periodísticas, el gran
fotógrafo y Premio Nacional de
Artes Plásticas, Raúl Corrales.
Ambos, mochilas al hombro, el
entonces joven periodista Pino
Santos, con su libreta de notas
y el no menos jovial colega con
su vieja Leyka, no podían ni
imaginar, entonces, que aquellos
viajes al pie de la Sierra
Maestra, por montañas, por los
cayos del sur camagüeyano, o los
pantanos de la Ciénaga de
Zapata, entre otras zonas,
dejarían un “testimonio
histórico”, recuerda Ibarra en
el “Prólogo” que es “también un
testimonio de gratitud, pues
nuestra toma de conciencia
revolucionaria estuvo vinculada
en más de un sentido a la
lectura de los escritos de Pino
Santos”.
Corrales, quien fue su colega y
amigo durante toda la vida,
contribuyó a su tarea
periodística de manera
trascendente ―según escribe
Oscar en la introducción al
libro “gracias a su poderoso
instinto capaz de traducir la
tarea de fotorreportero en un
ejercicio de arte”. Y fue
esencialmente también ese
equilibrio, necesario en el
periodismo, entre texto e
imagen, el que hizo posible el
alto impacto de esta sección de
Carteles en su época.
Tanto las contribuciones de Pino
Santos al periodismo de la época
como las de Corrales a la
historia de nuestra fotografía
aún abren caminos a la
investigación del periodismo y
su incidencia en la vanguardia
política de aquellos años, y
según plantea Ibarra en el
libro, están demandando
búsquedas y enfoques
contemporáneos que enriquezcan
estos aportes.
Los años 50,
selección de reportajes de la
revista Carteles
(realizados entre los años
1954-1958) que hoy vuelven a ver
los lectores es, sin duda, una
segunda edición que me aventuro
a asegurar, Oscar Pino Santos
valoraría, principalmente por
ser incluida como parte
integrante de los 16 libros de
la colección que homenajea el
cincuentenario de nuestra
Revolución Cubana: obra cimera a
la que estuvo dedicada el
pensamiento del autor y su
propia vida.
A la Editorial Arte y
Literatura, a su equipo de
editores, a su directora y al
joven diseñador Axel Rodríguez,
debe agradecerse el cuidado de
una edición que ha sido
perfeccionada para el público
lector cubano. |