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Tenemos hoy la grata posibilidad
de presentar una nueva edición
de un poema fundador, con el que
se inicia la literatura cubana:
Espejo de paciencia. Lo
hacemos en este encuentro que
precisamente para celebrar los
400 años de la escritura de esta
obra, ha organizado el Instituto
de Literatura y Lingüística José
Antonio Portuondo Valdor, donde
tuve el honor de trabajar
durante 30 años y escribir un
libro sobre ese nuestro primer
texto fruto de mi labor como
investigador en esta casa. Ahora
no voy a hablarles, desde luego
de las virtudes y los defectos
de este poema épico y de los
seis sonetos laudatorios que lo
acompañan, temas conocidos, sin
duda, por todos ustedes. Me
limitaré a decirles qué hice
para traer a los interesados una
edición diferente, nueva en
alguna medida, aunque en verdad
lo más importante es el poema
mismo, por lo que la presencia
de notas o de aclaraciones
filológicas no es determinante a
la hora de disfrutar de los
valores que la obra nos
transmite. No se trata de un
poema críptico, lleno de
símbolos incomprensibles o de
signos de una cultura
desconocida en cuyo caso las
notas valen tanto como lo dicho
por el poeta, o son al menos tal
necesarias como las palabras que
ellas intentan hacer
inteligibles. Desde la aparición
de la edición facsimilar que
hizo Cintio Vitier y que se
publicó en 1962 por la Comisión
Nacional Cubana de la UNESCO,
las restantes pasaron a un
segundo plano, pues no mostraban
la copia que hizo el novelista y
erudito José Antonio Echeverría,
feliz descubridor en el volumen
de la Historia de la Isla y
catedral de Cuba, de Pedro
Agustín Moren de Santa Cruz de
un manuscrito anterior del poema
de Balboa que había sido
incluido por el historiador como
un documento para dar a conocer
los hechos allí narrados y la
situación de Cuba en aquellos
años de comienzos del siglo XVII.
Poco después desaparece el
manuscrito de la Historia
y con él el de Espejo de
paciencia. No sé si lo que
vio Echeverría fue una
transcripción de Morell o de
alguno de sus ayudantes o el
original escrito por el propio
poeta. Vitier toma el manuscrito
del descubridor y hace una
transcripción de cada uno de sus
versos para darnos la más
cercana versión de la cual
podíamos disponer mientras no
apareciese una copia anterior,
hecho que, hasta donde sabemos,
no ha ocurrido nunca. De ese
trabajo del autor de Lo
cubano en la poesía partí yo
para esta nueva edición que
ahora se incorpora a las
anteriores y que ha sido impresa
por Ediciones Boloña, de la
Oficina del Historiador de la
Ciudad, y ha estado al cuidado
de la editora y ensayista
Vitalina Alfonso, a quien
agradezco públicamente su vasta
experiencia profesional y sus
observaciones acerca de las
notas, del prólogo y de la
versión de los textos de Balboa
y de los sonetistas confrontados
por ella con el manuscrito que
el lector encontrará también en
este volumen.
En lecturas anteriores del
poema, mientras trabajaba en mi
libro Silvestre de Balboa y
la literatura cubana,
detecté algunos errores de
transcripción en la lectura de
Vitier. Ahora aparecieron otros.
Todos fueron enmendados por la
editora o por mí. No es
imposible que se nos haya
escapado alguno que otro, pues a
veces no se lee bien el
manuscrito y puede el lector
confundir un término y escribir
otro, error probable, aunque
esperamos no habernos confundido
ni haber cometido otro u otros
errores que puedan hacer menos
exacta la interpretación del
texto. Acerca de las notas
quiero decirles que no pretendí
hacer un trabajo de gran
erudición, labor filológica y
de comparatística para la cual
no tenía suficiente tiempo y en
algunas ocasiones tampoco
disponía de los recursos
bibliográficos requeridos. Este
año 2008, hace pocos meses, en
una reunión de la Academia
Cubana de la Lengua,
institución que desde hace poco
ha cobrado nueva vida y a la que
me honra pertenecer, surgió la
idea de ir publicando nuestros
clásicos, entre ellos, por
supuesto, Espejo de
paciencia, el 400
aniversario de cuya aparición
celebraríamos en los días
iniciales de noviembre en esta
reunión académica que está
comenzando hoy, ahora, en este
sitio que antes fue sede de la
Sociedad Económica de Amigos del
País. Intenté entregar a los
lectores y estudiosos unas notas
que les permitiesen hacer una
lectura más provechosa y les
esclarecieran algunas dudas que
pudieran surgirles en el camino,
mientras se adentraban en los
versos y en la historia que
contaban o en las alabanzas con
las que los sonetistas
pretendían engrandecer al mayor
de estos poetas. Mientras
realizaba la labor de búsqueda
de fuentes literarias o de
personajes míticos, venía a mi
mente la idea de que quizá
estábamos leyendo una invención
de Domingo del Monte o de uno o
más de uno de los miembros del
grupo de escritores que se movía
en torno a ese maestro de las
letras cubanas. La sospecha la
introdujo, como sabemos,
Carolina Poncet en su libro
El romance en Cuba (1914).
Como ha dicho Cintio Vitier de
ella al recordar sus dudas, es
uno de los más finos espíritus
que hemos tenido en la historia
de la investigación literaria
cubana, por lo que no podemos
pasar por alto tranquilamente su
cuestionamiento. Tanto en mi
libro publicado en 1982, como
durante este trabajo con las
notas para esta edición, me
preguntaba si no estaríamos
perdiendo el tiempo tratando de
esclarecer un texto que creíamos
de 1608 cuando en verdad era de
la primera mitad del siglo XIX.
Nada hemos encontrado y al
parecer tampoco los restantes
investigadores que se han
ocupado del poema, entre los
cuales hay algunos de justa
nombradía internacional ―que nos
hagan pensar que estamos ante
una obra falsa. Por el
contrario, creo que hay algunas
razones importantes para que
confirmemos su autenticidad.
Acaso la de más peso la
encontramos en sus fuentes
literarias, como por ejemplo el
poema “Las lágrimas de
Angélica”, de Luis Barahona de
Soto, quizá no tan cercano a los
delmontinos como para que nos
hiciesen creer que Balboa bebió
en sus estrofas. De otras
fuentes puede pensarse también
que no estaban en el ámbito de
los conocimientos de los
delmontinos, aunque supiesen del
autor y lo hubiesen leído, pues
era necesario además, para hacer
una superchería, tener muy cerca
las obras de esos autores, para
así tenerlos presente a la hora
de hacerlos pasar por lecturas
de Balboa. Argumento más sólido
resulta, Cleo la evidente
impronta del poeta canario
Bartolomé Cairasco de Figueroa,
autor a quien Balboa ha de haber
conocido en Canarias en su
juventud, pues abrió en su casa
una tertulia literaria que ganó
fama en la época, a la que quizá
nuestro poeta haya asistido
impulsado por su afición a las
letras y quién sabe si hasta por
deseo de escribir, de lo cual no
es improbable que haya habido
algún fruto en tan temprana edad
de su vida. ¿Conocían los
delmontinos las obras de
Cairasco de Figueroa como para
escribir versos que se
pareciesen a los suyos e
inducirnos a creer lo que estoy
diciendo ahora acerca de esa
influencia en Balboa? Me parece
que esa impronta, en la que han
insistido recientemente algunos
investigadores, es un dato que
habla con mucha fuerza a favor
de la autenticidad de Espejo
de paciencia y, con él de
los sonetos acompañantes. En
fin, se trata solo de un
argumento que no es probatorio,
pero que puede acercarnos a una
convicción mejor fundada, si
bien sabemos que todo es posible
cuando tenemos conciencia de que
nuestros autores del siglo XIX
tenían una sólida formación
literaria, mucho más rica de lo
que nos permiten pensar la
distancia de Europa y el atraso
en las comunicaciones de
entonces. Nada en verdad
demuestra que esos versos sean
auténticos ni que sean falsos,
al menos hasta donde tengo
información. Mientras no se
demuestre lo contrario Espejo
de paciencia es nuestro
primer texto literario conocido,
privilegio que se funda no solo
en su incipiente cubana, sino
además en el hecho de que su
autor se había radicado en Cuba
hacía algo más de una década y
se había integrado a la vida
insular como un criollo,
diferencia que le otorga la
primacía a su obra por encima
del poema "La Florida", anterior
en el tiempo, pero escrito por
un viajero que estuvo en Cuba
solo de paso, como también
sucedió nada menos que con
Colón, quien habló de la isla y
de su belleza. Ahí está
Silvestre de Balboa con sus
estrofas ingenuas y con un
relato que sentimos como propio―
expresión de nuestra manera de
ser todos entremezclados, como
decía Guillén, en defensa de la
sobrevivencia y en contra de una
legalidad injusta e
insoportable. Ahí está, en un
estado muy primario, la imagen
de una nación que luego irá
adentrándose en sí misma hasta
llegar a su poeta mayor. José
Martí en quien se fusionan el
pasado la tradición universal e
hispánica ―y el porvenir,
integrados en su vida y en su
obra en la magnífica simbiosis,
en un cuerpo único, suficiente,
de Historia y Poesía, dos
elementos capitales de nuestra
identidad que nutren asimismo
Espejo de paciencia. Con
esta edición que ahora traemos
ante ustedes rendimos homenaje a
estos poetas y a los primeros
400 años de vida literaria de
este país que ha dado creadores
de la talla de Heredia,
Villaverde, Avellaneda, Casal,
Martí, Ramos, Carpentier, Lezama,
Piñera, Diego, Guillén y tantos
y tantos todos precedidos en el
tiempo y en los temas (en una u
otra medida), por Silvestre de
Balboa.
Palabras en la
presentación de Espejo de
paciencia, Editorial Boloña.
La Habana, 2008. |