Año VII
La Habana

14-20 de FEBRERO
de 2009

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Discurso de agradecimiento por el
Premio Nacional de Historia

Francisca López Civera • La Habana

Fotos: Equipo de La Jiribilla


Se me ha  encomendado hablar en nombre de los que esta tarde recibimos el honor que nos confiere la Unión de Historiadores, aunque la razón para ello no radica en que sea mi voz la de mayores méritos entre los hoy premiados .

Me acompañan dos Premios Nacionales de Ciencias Sociales y un Premio Nacional de Edición, quienes por cortesía hacia la compañera, también galardonada hoy, se encuentran representadas en estas palabras de agradecimiento. Por demás, compartimos todos la Feria en que se rinde homenaje particular  a uno de los laureados en este acto.

No es necesario que yo destaque los méritos de mis compañeros, ya se ha leído aquí una síntesis ilustrativa; pero, sobre todo, su obra habla de manera suficiente.

Honor superior para los que en este momento recibimos el Premio Nacional de Historia, es el de compartir el momento en que la Unión Nacional de Historiadores de Cuba rinde homenaje al mayor de todos nosotros, al de más estatura, a quien es promotor, analista y hacedor de historia con letras mayúsculas, al Comandante en jefe de la Revolución Cubana, al compañero Fidel.

Estamos ante uno de esos momentos en que se mira hacia atrás, en que se repasa la labor de la vida en esta hermosa, compleja  y no pocas veces difícil tarea de ser historiador.

Se hace balance de la obra realizada, de las investigaciones y sus resultados, que con el transcurso del tiempo no siempre nos dejan totalmente satisfechos; de la docencia impartida a lo largo de años a generaciones de estudiantes, de la divulgación, de  hacer que la obra del pueblo llegue a través de la construcción   del conocimiento histórico y su promoción, a ese mismo pueblo. No se trata de vanagloriarnos, sino de pensar si hemos obrado bien, si hemos hecho todo lo que está en nuestras posibilidades profesionales y humanas.
 

También es momento de pensar en quienes nos han acompañado a lo largo de la vida ―que ya va siendo algo larga, pues los años van de la mano de los homenajes― en nuestros colegas, en nuestros compañeros y amigos que de alguna manera más cercana o lejana nos han aportado en el crecimiento personal e intelectual; en los profesores que sembraron en nosotros valores, conocimientos, habilidades y también emociones.

Es momento de pensar en nuestras familias, las que recibimos y las que hemos formado, nuestros seres más cercanos y queridos que nos han acompañado  en los años de combate y trabajo, cuando muchas veces nos concentramos en la obra que estamos elaborando, cuando muchas veces son los primeros en escuchar nuestros proyectos, esos que nos dan consejos y apoyo en todos los momentos, los buenos y los malos: para ellos es también este premio.
 


Ciertamente, cuando recibimos un reconocimiento como el de hoy, son muchas las cosas que pensamos, recordamos y agradecemos, como la feliz y extraordinaria circunstancia de habernos iniciado en este campo en medio de una Revolución triunfante, que abrió las puertas a todos para formarnos y desarrollarnos. En mi caso particular, fue el hecho esencial que me posibilitó llegar a las aulas universitarias como estudiante, graduarme y volver a esas aulas como profesora. Ese acontecimiento trascendental de nuestra historia ha sido motor impulsor, de nuestra propia obra, pues hurgar en el acontecer que nos precedió nos permite comprender el presente de nuestras vidas. 
 

No quiere esto decir que hemos vivido sin contratiempos y sinsabores, que hemos trabajado siempre sobre un lecho de rosas, sin momentos amargos  que acompañan la trayectoria vital de todo ser humano; pero no vale la pena hacer ese recuento en un momento de júbilo como el presente. 

Sin embargo, no se trata solo de mirar el pasado para pasar revista y analizar lo hecho, para recordar y reconocer a quienes debemos mucho de nuestra obra y vida; se trata también en este momento de mirar hacia el futuro, ya que este honor nos debe servir, como diría Martí, de “estímulo al cumplimiento del deber”. Sí, mirar hacia adelante, hacia lo que nos falta por hacer  para merecer el honor que hoy se nos hace. 

Los reconocimientos comprometen, pues obligan a servir más y mejor. La vida de un ser humano no alcanza para abarcar todo lo que la profesión requiere, para estudiar y aprender todo lo que necesita, para producir toda la obra que se quisiera y sabemos que sería útil; pero si se la dedica en bien, en la contribución al mejoramiento humano, siempre será provechosa. 

Los historiadores estudiamos la sociedad humana en su decurso, vamos al pasado desde nuestro presente para buscar las claves de nuestra contemporaneidad, con más alejado en el tiempo que parezca el proceso que investigamos. La investigación, la docencia, la preservación del patrimonio, la divulgación de lo mejor de la producción historiográfica propia y de otros, nos acompaña con diversos grados de intensidad en la dedicación a cada una de estas actividades. Somos herederos de quienes nos precedieron, de quienes fueron forjando la obra que nosotros continuamos desde la perspectiva de nuestro tiempo, y que otros seguirán construyendo como proceso continuo del saber. Por eso quisiera recordar a quienes recibieron por vez primera este premio: a los doctores Hortensia Pichardo y Julio Le Riverend, dos nombres que prestigian e iluminan desde su condición pionera el premio que se nos concede: y también comprometen. 

Con la gratitud emocionada por el reconocimiento que se nos hace hoy, con el agradecimiento a todos los que nos han acompañado en la vida y los que nos acompañan en esta tarde, con la mirada puesta en el quehacer futuro, en alentar el desarrollo de nuestra Historiografía como contribución personal y colectiva a la cultura cubana desde nuestra profesión, con la voluntad de aportar nuestro esfuerzo a la formación de las jóvenes generaciones, con el compromiso irrenunciable de seguir sirviendo a nuestro pueblo, asumimos la máxima martiana de que “servir es nuestra gloria y no servirnos”. 

Muchas gracias a todos.

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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