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Se me ha encomendado hablar en
nombre de los que esta tarde
recibimos el honor que nos
confiere la Unión de
Historiadores, aunque la razón
para ello no radica en que sea
mi voz la de mayores méritos
entre los hoy premiados .
Me acompañan dos Premios
Nacionales de Ciencias Sociales
y un Premio Nacional de Edición,
quienes por cortesía hacia la
compañera, también galardonada
hoy, se encuentran representadas
en estas palabras de
agradecimiento. Por demás,
compartimos todos la Feria en
que se rinde homenaje particular
a uno de los laureados en este
acto.
No es necesario que yo destaque
los méritos de mis compañeros,
ya se ha leído aquí una síntesis
ilustrativa; pero, sobre todo,
su obra habla de manera
suficiente.
Honor superior para los que en
este momento recibimos el Premio
Nacional de Historia, es el de
compartir el momento en que la
Unión Nacional de Historiadores
de Cuba rinde homenaje al mayor
de todos nosotros, al de más
estatura, a quien es promotor,
analista y hacedor de historia
con letras mayúsculas, al
Comandante en jefe de la
Revolución Cubana, al compañero
Fidel.
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Estamos ante uno de esos
momentos en que se mira hacia
atrás, en que se repasa la labor
de la vida en esta hermosa,
compleja y no pocas veces
difícil tarea de ser
historiador.
Se hace balance de la obra
realizada, de las
investigaciones y sus
resultados, que con el
transcurso del tiempo no siempre
nos dejan totalmente
satisfechos; de la docencia
impartida a lo largo de años a
generaciones de estudiantes, de
la divulgación, de hacer que la
obra del pueblo llegue a través
de la construcción del
conocimiento histórico y su
promoción, a ese mismo pueblo.
No se trata de vanagloriarnos,
sino de pensar si hemos obrado
bien, si hemos hecho todo lo que
está en nuestras posibilidades
profesionales y humanas.
También es momento de pensar en
quienes nos han acompañado a lo
largo de la vida ―que ya va
siendo algo larga, pues los años
van de la mano de los homenajes―
en nuestros colegas, en nuestros
compañeros y amigos que de
alguna manera más cercana o
lejana nos han aportado en el
crecimiento personal e
intelectual; en los profesores
que sembraron en nosotros
valores, conocimientos,
habilidades y también emociones.
Es momento de pensar en nuestras
familias, las que recibimos y
las que hemos formado, nuestros
seres más cercanos y queridos
que nos han acompañado en los
años de combate y trabajo,
cuando muchas veces nos
concentramos en la obra que
estamos elaborando, cuando
muchas veces son los primeros en
escuchar nuestros proyectos,
esos que nos dan consejos y
apoyo en todos los momentos, los
buenos y los malos: para ellos
es también este premio.
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Ciertamente, cuando recibimos un
reconocimiento como el de hoy,
son muchas las cosas que
pensamos, recordamos y
agradecemos, como la feliz y
extraordinaria circunstancia de
habernos iniciado en este campo
en medio de una Revolución
triunfante, que abrió las
puertas a todos para formarnos y
desarrollarnos. En mi caso
particular, fue el hecho
esencial que me posibilitó
llegar a las aulas
universitarias como estudiante,
graduarme y volver a esas aulas
como profesora. Ese
acontecimiento trascendental de
nuestra historia ha sido motor
impulsor, de nuestra propia
obra, pues hurgar en el
acontecer que nos precedió nos
permite comprender el presente
de nuestras vidas.
No quiere esto decir que hemos
vivido sin contratiempos y
sinsabores, que hemos trabajado
siempre sobre un lecho de rosas,
sin momentos amargos que
acompañan la trayectoria vital
de todo ser humano; pero no vale
la pena hacer ese recuento en un
momento de júbilo como el
presente.
Sin embargo, no se trata solo de
mirar el pasado para pasar
revista y analizar lo hecho,
para recordar y reconocer a
quienes debemos mucho de nuestra
obra y vida; se trata también en
este momento de mirar hacia el
futuro, ya que este honor nos
debe servir, como diría Martí,
de “estímulo al cumplimiento del
deber”. Sí, mirar hacia
adelante, hacia lo que nos falta
por hacer para merecer el honor
que hoy se nos hace.
Los reconocimientos comprometen,
pues obligan a servir más y
mejor. La vida de un ser humano
no alcanza para abarcar todo lo
que la profesión requiere, para
estudiar y aprender todo lo que
necesita, para producir toda la
obra que se quisiera y sabemos
que sería útil; pero si se la
dedica en bien, en la
contribución al mejoramiento
humano, siempre será
provechosa.
Los historiadores estudiamos la
sociedad humana en su decurso,
vamos al pasado desde nuestro
presente para buscar las claves
de nuestra contemporaneidad, con
más alejado en el tiempo que
parezca el proceso que
investigamos. La investigación,
la docencia, la preservación del
patrimonio, la divulgación de lo
mejor de la producción
historiográfica propia y de
otros, nos acompaña con diversos
grados de intensidad en la
dedicación a cada una de estas
actividades. Somos herederos de
quienes nos precedieron, de
quienes fueron forjando la obra
que nosotros continuamos desde
la perspectiva de nuestro
tiempo, y que otros seguirán
construyendo como proceso
continuo del saber. Por eso
quisiera recordar a quienes
recibieron por vez primera este
premio: a los doctores Hortensia
Pichardo y Julio Le Riverend,
dos nombres que prestigian e
iluminan desde su condición
pionera el premio que se nos
concede: y también comprometen.
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Con la gratitud emocionada por
el reconocimiento que se nos
hace hoy, con el agradecimiento
a todos los que nos han
acompañado en la vida y los que
nos acompañan en esta tarde, con
la mirada puesta en el quehacer
futuro, en alentar el desarrollo
de nuestra Historiografía como
contribución personal y
colectiva a la cultura cubana
desde nuestra profesión, con la
voluntad de aportar nuestro
esfuerzo a la formación de las
jóvenes generaciones, con el
compromiso irrenunciable de
seguir sirviendo a nuestro
pueblo, asumimos la máxima
martiana de que “servir es
nuestra gloria y no servirnos”.
Muchas gracias a todos. |