Año VII
La Habana

14-20 de FEBRERO
de 2009

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Abel en la sobrevida

Pedro de la Hoz • La Habana

 
Este libro recoge una historia sencillamente conmovedora. Un joven con todos los atributos de su edad —enamorado, tierno, divertido, familiar y solidario— se sacrifica para que otros, muchos, continúen la obra que él contribuyó a fundar. No es un gesto romántico. Tiene plena conciencia de sus actos. No se entrega a morir, pero sabe que no le perdonarán su rebeldía. Y en las últimas horas no le abandona una idea: el que debe vivir es el líder. Muere, o mejor dicho, lo asesinan, pero en la sangre que vierte y en la memoria que estalla intuye una verdad para nada metafísica, sino muy real: vivirá en aquel que ha preservado, en aquellos que seguirán sus pasos, en los muchísimos otros que vendrán. Esta es la historia de Abel Santamaría, el segundo jefe de la gesta del Moncada, y de sus compañeros de lucha.
 

Solo una escritora como Marta Rojas podía haber escrito El que debe vivir. Marta era en 1953 una joven reportera que se iniciaba en los afanes periodísticos. Ciertamente, el 26 de Julio estaba en el lugar indicado en la hora señalada. Mas el azar fue lo de menos. Otros periodistas se hallaban en Santiago en el amanecer de carnaval y otros más recibirían el mandato de sus redacciones para dar cobertura al juicio a que fueron sometidos los protagonistas de la página inicial de la etapa definitoria de nuestra emancipación ciudadana. Marta apostó a fondo. Siguió cada episodio de la trama con tenaz vocación y, sobre todo, a partir de un compromiso ético con la verdad y la justicia. Solo en 1959, tras la victoria revolucionaria de Enero, pudo sacar a la luz las notas de aquellas jornadas y dar a conocer su aleccionador testimonio El juicio del Moncada.
 

Muchas aristas, sin embargo, quedaron en el tintero, tratándose de un acontecimiento tan rico en matices y tan intenso en entrega humana. Durante los meses posteriores al Moncada, Marta cultivó dos entrañables amistades: la de Melba Hernández y Haydée Santamaría. Tan cercano trato con ambas heroínas implicaron un compromiso moral. Le debía un libro a Abel y, por supuesto, a Yeyé. Esa obra resultó El que debe vivir, premiado por la Casa de las Américas en 1978 justo cuando Cuba se preparaba para acoger a las juventudes del mundo en un festival que sería histórico.

Una nueva lectura de este testimonio se hace necesaria a estas alturas, cuando la Revolución acaba de rebasar su primer medio siglo en el poder y su liderazgo histórico prepara su relevo. Para asumir sus inminentes responsabilidades, los jóvenes de hoy cuentan con referentes ineludibles. Uno de ellos es la juventud de la Generación del Centenario. Uno es Abel.

Con sagacidad narrativa y una impecable estructura literaria, que nos remite a paradigmas de la escritura testimonial como el argentino Rodolfo Walsh y, antes aún, a Pablo de la Torriente Brau, Marta retrata al personaje, hurga en sus motivaciones, lo sitúa en plena acción, restituye sus palabras, y lo lanza nuevamente al combate. La sonrisa de Abel nos acompaña a lo largo del relato, en las horas más tensas, cuando la retirada del Hospital y su captura son inminentes. Abel combate y sonríe, piensa y sonríe, decide y sonríe. Los ojos que le arrancaron no pudieron borrarle la sonrisa.

Martí es otra presencia tutelar. El testimonio de José Villa Romero, apresado por los esbirros aun cuando no estaba vinculado a la acción, nos ilustra en ese aspecto. Abel mira un retrato de Martí y lo invoca. Martí es altamente subversivo, tan peligroso que bastó el homenaje de Abel para que de manera cobarde los sicarios le encajaran un bayonetazo en la mirada.

La Editora Abril, obviamente, dedica esta reedición a los jóvenes de esta hora y de las que se aproximan. El que debe vivir vive y nos da lecciones de sabiduría y consagración luminosas. En cada una de sus reflexiones nos deja una rica cosecha de ideas. El que murió, o mejor dicho, fue asesinado en el Moncada, respira en estas páginas y en la vida misma.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2009.
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