Este libro recoge una historia
sencillamente conmovedora. Un
joven con todos los atributos de
su edad —enamorado, tierno,
divertido, familiar y solidario—
se sacrifica para que otros,
muchos, continúen la obra que él
contribuyó a fundar. No es un
gesto romántico. Tiene plena
conciencia de sus actos. No se
entrega a morir, pero sabe que
no le perdonarán su rebeldía. Y
en las últimas horas no le
abandona una idea: el que debe
vivir es el líder. Muere, o
mejor dicho, lo asesinan, pero
en la sangre que vierte y en la
memoria que estalla intuye una
verdad para nada metafísica,
sino muy real: vivirá en aquel
que ha preservado, en aquellos
que seguirán sus pasos, en los
muchísimos otros que vendrán.
Esta es la historia de Abel
Santamaría, el segundo jefe de
la gesta del Moncada, y de sus
compañeros de lucha.
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Solo una escritora como Marta
Rojas podía haber escrito El
que debe vivir. Marta era en
1953 una joven reportera que se
iniciaba en los afanes
periodísticos. Ciertamente, el
26 de Julio estaba en el lugar
indicado en la hora señalada.
Mas el azar fue lo de menos.
Otros periodistas se hallaban en
Santiago en el amanecer de
carnaval y otros más recibirían
el mandato de sus redacciones
para dar cobertura al juicio a
que fueron sometidos los
protagonistas de la página
inicial de la etapa definitoria
de nuestra emancipación
ciudadana. Marta apostó a fondo.
Siguió cada episodio de la trama
con tenaz vocación y, sobre
todo, a partir de un compromiso
ético con la verdad y la
justicia. Solo en 1959, tras la
victoria revolucionaria de
Enero, pudo sacar a la luz las
notas de aquellas jornadas y dar
a conocer su aleccionador
testimonio El juicio del
Moncada.
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Muchas aristas, sin embargo,
quedaron en el tintero,
tratándose de un acontecimiento
tan rico en matices y tan
intenso en entrega humana.
Durante los meses posteriores al
Moncada, Marta cultivó dos
entrañables amistades: la de
Melba Hernández y Haydée
Santamaría. Tan cercano trato
con ambas heroínas implicaron un
compromiso moral. Le debía un
libro a Abel y, por supuesto, a
Yeyé. Esa obra resultó El que
debe vivir, premiado por la
Casa de las Américas en 1978
justo cuando Cuba se preparaba
para acoger a las juventudes del
mundo en un festival que sería
histórico.
Una nueva lectura de este
testimonio se hace necesaria a
estas alturas, cuando la
Revolución acaba de rebasar su
primer medio siglo en el poder y
su liderazgo histórico prepara
su relevo. Para asumir sus
inminentes responsabilidades,
los jóvenes de hoy cuentan con
referentes ineludibles. Uno de
ellos es la juventud de la
Generación del Centenario. Uno
es Abel.
Con sagacidad narrativa y una
impecable estructura literaria,
que nos remite a paradigmas de
la escritura testimonial como el
argentino Rodolfo Walsh y, antes
aún, a Pablo de la Torriente
Brau, Marta retrata al
personaje, hurga en sus
motivaciones, lo sitúa en plena
acción, restituye sus palabras,
y lo lanza nuevamente al
combate. La sonrisa de Abel nos
acompaña a lo largo del relato,
en las horas más tensas, cuando
la retirada del Hospital y su
captura son inminentes. Abel
combate y sonríe, piensa y
sonríe, decide y sonríe. Los
ojos que le arrancaron no
pudieron borrarle la sonrisa.
Martí es otra presencia tutelar.
El testimonio de José Villa
Romero, apresado por los
esbirros aun cuando no estaba
vinculado a la acción, nos
ilustra en ese aspecto. Abel
mira un retrato de Martí y lo
invoca. Martí es altamente
subversivo, tan peligroso que
bastó el homenaje de Abel para
que de manera cobarde los
sicarios le encajaran un
bayonetazo en la mirada.
La Editora Abril, obviamente,
dedica esta reedición a los
jóvenes de esta hora y de las
que se aproximan. El que debe
vivir vive y nos da
lecciones de sabiduría y
consagración luminosas. En cada
una de sus reflexiones nos deja
una rica cosecha de ideas. El
que murió, o mejor dicho, fue
asesinado en el Moncada, respira
en estas páginas y en la vida
misma. |