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Presentación de Encrucijadas de la guerra prolongada,
de Jorge Ibarra |
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La historia más seria y documentada
del fin de la guerra grande |
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Rodolfo Sarracino
• La Habana |
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Fotos: Equipo de La Jiribilla |
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La presentación de un nuevo
libro de Jorge Ibarra es siempre
una buena nueva para quienes
apreciamos su labor
historiográfica. Para el
presentador la tarea no es
fácil. No se trata simplemente
de hablar del profesional y su
obra. No puede olvidarse al
hombre que modestamente se jugó
la vida, junto a héroes como
Frank País, Pepito Tey, José
Antonio Echeverría y Jesús
Suárez Gayol, no una sino tantas
veces empeñado en la liberación
de la patria de un tirano
impuesto por una poderosa
vecindad y devolver al pueblo su
dignidad negada. La impresión
que se deriva de la lectura de
sus obras es que la coexistencia
de su vocación por la historia
con su protagonismo
histórico, acompañada de una
técnica y metodología
impecable, pueden haber
contribuido a crear en él una
sensibilidad especial para
penetrar hondo en los procesos
históricos de liberación de
nuestro país y en particular en
el misterio de las ideas, las
motivaciones y sobre todo las
acciones de los héroes y líderes
cubanos, en este caso de la
guerra de los diez años.
Para quienes no lo conocen,
Jorge Ramón Ibarra Cuesta se
graduó de abogado en 1956 y
obtuvo su doctorado en Ciencias
Históricas en 1997. Fue miembro
de la Dirección Política de las
Fuerzas Armadas Revolucionarias
(FAR) donde trabajó entre 1959 y
1963. Laboró después en el
Instituto de Historia y Ciencias
Sociales de la Academia de
Ciencias de Cuba y allí alcanzó
la categoría de Investigador
Titular.
Su vocación profesional se
reflejó rápidamente en el número
y la calidad de sus
investigaciones. Entre las más
notables, recordamos su José
Martí, dirigente político e
ideólogo revolucionario;
Historia de Cuba, un análisis
psicosocial del cubano:
1898-1925; Nación y
cultura Nacional, y Cuba:
1898-1958, estructuras y
procesos sociales. Ha
recibido numerosos premios
nacionales, ha escrito más de
una docena de libros y un
crecido número de artículos para
prestigiosas revistas
especializadas de Cuba y el
extranjero. Recibió el
Reconocimiento por la Cultura
Nacional y la Medalla Alejo
Carpentier. Ha sido profesor en
universidades extranjeras, y
participado en diversos
congresos, conferencias
académicas en Cuba y el
extranjero. Le fue otorgado el
Premio Nacional de la Crítica a
sus obras Ideología Mambisa
(1969), Cuba: 1898-1921,
Partidos políticos y clases
sociales (1993), y Cuba:
1898-1958: estructuras y
procesos sociales (1996).
Recibió el Premio Nacional de la
Crítica otorgado por el
Instituto Cubano del Libro en
1970, 1994, 1995 y 2001. En 1981
recibió la Orden por la Cultura
Nacional otorgada por el
Ministerio de Cultura de Cuba,
la Medalla Alejo Carpentier, que
le fuera entregada en 1995 por
el Ministerio de Cultura de
Cuba, y el Premio Nacional de
Ciencias Sociales de la Academia
de Ciencias y el Ministerio de
Cultura de Cuba en 1996.
En cuanto a la obra que nos
ocupa, debo decirles que
Encrucijadas de la Guerra
Prolongada, alcanza 356
páginas distribuidas en cinco
capítulos, cada uno de ellos con
varias secciones y una
enjundiosa introducción, todo
ello bajo el esmerado cuidado de
la Editorial Oriente.
Puedo manifestar de inmediato
que este libro de Ibarra que hoy
presentamos constituye un
paradigma investigativo que
ningún historiador cubano, sobre
todo los jóvenes, debe dejar de
leer y releer. El objeto de su
indagación fue
“el
estudio de la coyuntura
histórica que representó el fin
de la guerra de los diez años”,
así como de
“los
hechos que condujeron al Pacto
del Zanjón y a la Protesta de
Baraguá”.
Estamos ante un tema desgarrador
pero de vigencia permanente,
cuya elucidación ayudará a
mantener vivo en la memoria
histórica del pueblo el alto
precio que debe pagarse por la
claudicación.
Se trata de una de las
aproximaciones más
significativas en Cuba hacia la
realidad de una derrota con
escaso paralelo en la historia
de la Isla. La riqueza
documental con la que Ibarra
sustenta su hipótesis impresiona
como irrefutable. No se trata de
los conocidos simulacros de
fuentes secundarias, sino el
hallazgo de nuevas fuentes
primarias sometidas al
escrutinio sistemático de una
inteligencia que penetra en lo
profundo de las motivaciones de
los actores del drama bélico.
¿Cómo puede explicarse, se
pregunta, cuando a fines de 1877
ya se había derrotado la
contraofensiva española en Las
Villas y las fuerzas cubanas se
habían reorganizado, el
deterioro de las armas cubanas y
la desmoralización que
culminaría en la paz del Zanjón?
Uno por uno los argumentos que
hoy constituyen un lugar común
de nuestra historia tradicional
—la falta de parque y otros
pertrechos, el hambre, el
descenso del número de
expediciones, la baja moral de
lucha de los combatientes y
consiguiente aumento del número
de presentaciones, la ofensiva
del ejército español y el
regionalismo de Vicente García—
los disecciona Ibarra y los
reduce a su verdadera dimensión
con ayuda de centenares de
documentos —las cartas
personales y oficiales de los
jefes de las dos fuerzas
combatientes, los diarios de
campaña, informes y partes
militares, actas de sesiones de
la cámara, estadísticas
oficiales, económicas, sociales
y militares, alocuciones, los
artículos de prensa—, todo
documento, en fin, que,
debidamente evaluado,
contribuyera a una
reconstrucción objetiva del
contexto histórico.
Dicho en otros términos, a
diferencia de otros
historiadores, Ibarra no se
limita a señalar los hechos,
sino que se detiene a analizar
cómo llegaron a serlo, mediante
convincentes hipótesis calzadas
con documentos primarios. En sus
métodos investigativos, por otra
parte, observamos con
satisfacción que nuestro autor
concede mayor trascendencia a
las acciones de nuestros
personajes históricos, que a sus
versiones, acusatorias o
apologéticas, frecuentemente
justificativas, que a menudo
aparecen en los incontables
documentos personales de las más
importantes figuras de la Guerra
de los Diez Años. En el
desempeño de su notable
investigación Ibarra comprobó
las diferencias entre las notas
y documentos similares en los
días en que ocurrieron los
hechos y lo que sus
protagonistas escribieron sobre
estos en artículos, libros y
cartas posteriores, razón
adicional para insistir en una
revisión de toda la
documentación disponible. Pero
Ibarra comprende que la verdad
puede hallarse también en las
cándidas opiniones escritas en
la correspondencia personal e
íntima de los más modestos
testigos de la grave coyuntura
histórica. En un investigador
como él, discernir entre el
elemento subjetivo y el objetivo
en los textos no es un generoso
don natural, sino la realidad de
su excelencia en la técnica
investigativa y su conocimiento
del contexto histórico.
No quiero correr el riesgo de
violar la tradición de no
adelantar demasiados elementos
del contenido del libro que el
lector debe hallar en su diálogo
silencioso con el autor de la
obra, pero debo decir que
coincido con tal vez una de la
más importante de sus
conclusiones sobre las razones
del descalabro independentista:
“El
sistema de relaciones sobre el
que estaban normadas las
relaciones entre los jefes
regionales, la Cámara y los
jefes partidarios de un mando
único, entró en crisis por ser
orgánicamente incapaz de
mantener la unidad del campo
revolucionario”.
Fue por cierto para eliminar
esta disfunción, nos dice
Ibarra, que la próxima
generación de revolucionarios,
en primer lugar José Martí,
resolviera eliminar la Cámara y
dar lugar a un equilibrio mayor
en las relaciones del gobierno y
los jefes del Ejército
Libertador, la primera
consagrada a las relaciones
internacionales de la revolución
y los suministros bélicos y los
segundos responsabilizados con
la conducción de la guerra sin
la interferencia perturbadora y
divisionista que frecuentemente
ejerció la Cámara durante la
Guerra Grande. Martí y los
líderes de la Revolución del 95
intentaron iniciar las
hostilidades simultáneamente en
varios puntos entre el oriente y
occidente de la Isla y como esto
resultara inviable,
inmediatamente se dieron a la
tarea de organizar una columna
invasora del occidente del país.
Políticamente se declaró una
guerra enérgica contra el
autonomismo y la anexión.
Por otra parte, lo que el autor
llama
“civilismo
a ultranza”
en la Guerra de los Diez Años es
un acabado examen del problema
capital de la lucha estéril de
la Cámara y los
“civilistas”
atrincherados en ella, contra
los oficiales del Ejército
Libertador empeñados en el
principio del mando militar
único. No hay espacio para las
dudas cuando Ibarra nos
demuestra que estamos ante una
causa relevante de la derrota
del empeño revolucionario. Y
probablemente la más
significativa: cómo la
incapacidad para dirigir la
guerra se evidenció en la
tendencia de los
“civilistas”
a dejar hacer a los militares en
sus regiones, fortaleciendo el
regionalismo estéril frente a
los intereses de la
“patria
grande”.
Pero lo expuesto no es sino un
atisbo de la riqueza de las
observaciones de Ibarra sobre el
micro universo de los diez
primeros años de una guerra que
continuó con la Guerra Chiquita,
la Guerra del 95, y el triunfo
del pueblo cubano en 1959 y que
hoy asume la forma de una lucha
por la continuada unidad de
nuestro pueblo y la salvaguarda
de nuestra libertad e
independencia. Muchas son las
aristas negativas del proceso
bélico que la aguda penetración
de Ibarra nos propone.
Pongamos, por ejemplo, el efecto
adverso de lo que Ibarra llama
“El
resurgimiento del anexionismo”,
con la visita del Obispo
norteamericano William S. Pope a
Cuba en 1876, promovida por
Miguel Aldama y José Antonio
Echeverría desde la Junta
Revolucionaria de Nueva York.
Era una trampa que ya perfilaba
la continuada e intensificada
ingerencia estadounidense en
Cuba de años posteriores, con
su plan de mediación financiera
animada del sueño imposible de
asegurar la independencia a Cuba
con 150 millones de dólares, que
después de la hipotética
independencia se convertiría en
préstamo a la nueva república.
Si algo garantizaba esta patraña
era el nacimiento de una
república lastrada por la
dependencia de una deuda
entonces colosal a un país
debilitado por ocho años de
guerra. Y Pope no se limitó a
ese objetivo, sino que, advierte
Ibarra, difundió profusamente el
rumor bajo tutela norteamericana
del fin de la guerra en tres
meses. Conviene subrayar que
todo ello se realizaba con el
activo beneplácito del ciudadano
Estrada Palma, admirador de
EE.UU.
También interesa la amplia
información y análisis de Ibarra
sobre el efecto de la
agudización de las tensiones
raciales en el seno del pueblo
combatiente: el engendro de que
negros y mulatos se apropiaban
de las posiciones cimeras de la
revolución y la lógica reacción
de estos ante la infamia, lo
cual suscitó la división
profunda del pueblo combatiente
cubano. Era evidente, aclara
Ibarra, que el racismo ejercía
durante la guerra un peso
sensible en la conciencia de
ambos grupos raciales, en
detrimento del esfuerzo bélico,
y lo demuestra con abundantes
ejemplos siempre bien
documentados.
Siguiendo lo que llama
“la
lógica de los hechos”
y el criterio de la
verosimilitud, Ibarra llega a
conclusiones aclaratorias en
relación con Vicente García que
de cierto modo aligeran el peso
crítico de la historia
tradicional sobre el
controvertido jefe militar de
las Tunas; nos habla de la
patética reunión final de Máximo
Gómez con el propio Maceo; la
protesta de Baraguá y el viaje
de Maceo a Jamaica, que desató
una ola incontenible de
deserciones en las fuerzas
cubanas aún sobre las armas en
Oriente y puso punto final a la
guerra.
Pudiera argumentarse que esta
investigación no es definitiva,
que pudieran faltar documentos.
Es posible. Pero ciertamente nos
acerca a la verdad como ninguna
de las investigaciones
anteriores de mi conocimiento.
No creo equivocarme, en
conclusión, al afirmar que la
obra de Jorge Ibarra que hoy
presentamos es probablemente la
historia más seria y documentada
del fin de la guerra grande y la
Protesta de Baraguá hasta hoy
escrita en Cuba. Quien desee
confirmar mis aseveraciones,
adquiera el libro. |
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