Año VII
La Habana

14-20 de FEBRERO
de 2009

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Presentación de Encrucijadas de la guerra prolongada, de Jorge Ibarra

La historia más seria y documentada
del fin de la guerra grande

Rodolfo Sarracino • La Habana

Fotos: Equipo de La Jiribilla



La presentación de un nuevo libro de Jorge Ibarra es siempre una buena nueva para quienes apreciamos su labor historiográfica. Para el presentador la tarea no es fácil. No se trata simplemente de hablar del profesional y su obra. No puede olvidarse al hombre que modestamente se jugó la vida, junto a héroes como Frank País, Pepito Tey, José Antonio Echeverría y Jesús Suárez Gayol, no una sino tantas veces empeñado en la liberación de la patria de un tirano impuesto por una poderosa vecindad y devolver al pueblo su dignidad negada. La impresión que se deriva de la lectura de sus obras es que la coexistencia de su vocación por la historia con su protagonismo histórico, acompañada de una técnica y metodología impecable, pueden haber contribuido a crear en él una sensibilidad especial para penetrar hondo en los procesos históricos de liberación de nuestro país y en particular en el misterio de las ideas, las motivaciones y sobre todo las acciones de los héroes y líderes cubanos, en este caso de la guerra de los diez años.
 
Para quienes no lo conocen, Jorge Ramón Ibarra Cuesta se graduó de abogado en 1956 y obtuvo su doctorado en Ciencias Históricas en 1997. Fue miembro de la Dirección Política de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) donde trabajó entre 1959 y 1963. Laboró después en el Instituto de Historia y Ciencias Sociales de la Academia de Ciencias de Cuba y allí alcanzó la categoría de Investigador Titular.
 
Su vocación profesional se reflejó rápidamente en el número y la calidad de sus investigaciones. Entre las más notables, recordamos su José Martí, dirigente político e ideólogo revolucionario; Historia de Cuba, un análisis psicosocial del cubano: 1898-1925; Nación y cultura Nacional, y Cuba: 1898-1958, estructuras y procesos sociales. Ha recibido numerosos premios nacionales, ha escrito más de una docena de libros y un crecido número de artículos para prestigiosas revistas especializadas de Cuba y el extranjero. Recibió el Reconocimiento por la Cultura Nacional y la Medalla Alejo Carpentier. Ha sido profesor en universidades extranjeras, y participado en diversos congresos, conferencias académicas en Cuba y el extranjero. Le fue otorgado el Premio Nacional de la Crítica a sus obras Ideología Mambisa (1969), Cuba: 1898-1921, Partidos políticos y clases sociales (1993), y Cuba: 1898-1958: estructuras y procesos sociales (1996). 
Recibió el Premio Nacional de la Crítica otorgado por el Instituto Cubano del Libro en 1970, 1994, 1995 y 2001. En 1981 recibió la Orden por la Cultura Nacional otorgada por el Ministerio de Cultura de Cuba, la Medalla Alejo Carpentier, que le fuera entregada en 1995 por el Ministerio de Cultura de Cuba, y el Premio Nacional de Ciencias Sociales de la Academia de Ciencias y el Ministerio de Cultura de Cuba en 1996.
En cuanto a la obra que nos ocupa, debo decirles que Encrucijadas de la Guerra Prolongada, alcanza 356 páginas distribuidas en cinco capítulos, cada uno de ellos con varias secciones y una enjundiosa introducción, todo ello bajo el esmerado cuidado de la Editorial Oriente.
Puedo manifestar de inmediato que este libro de Ibarra que hoy presentamos constituye un paradigma investigativo que ningún historiador cubano, sobre todo los jóvenes, debe dejar de leer y releer. El objeto de su indagación fue
el estudio de la coyuntura histórica que representó el fin de la guerra de los diez años, así como de los hechos que condujeron al Pacto del Zanjón y a la Protesta de Baraguá. Estamos ante un tema desgarrador pero de vigencia permanente, cuya elucidación ayudará a mantener vivo en la memoria histórica del pueblo el alto precio que debe pagarse por la claudicación.
Se trata de una de las aproximaciones más significativas en Cuba hacia la realidad de una derrota con escaso paralelo en la historia de la Isla. La riqueza documental con la que Ibarra sustenta su hipótesis impresiona como irrefutable. No se trata de los conocidos simulacros de fuentes secundarias, sino el hallazgo de nuevas fuentes primarias sometidas al escrutinio sistemático de una inteligencia que penetra en lo profundo de las motivaciones de los actores del drama bélico. ¿Cómo puede explicarse, se pregunta, cuando a fines de 1877 ya se había derrotado la contraofensiva española en Las Villas y las fuerzas cubanas se habían reorganizado, el deterioro de las armas cubanas y la desmoralización que culminaría en la paz del Zanjón? Uno por uno los argumentos que hoy constituyen un lugar común de nuestra historia tradicional —la falta de parque y otros pertrechos, el hambre, el descenso del número de expediciones, la baja moral de lucha de los combatientes y consiguiente aumento del número de presentaciones, la ofensiva del ejército español y el regionalismo de Vicente García— los disecciona Ibarra y los reduce a su verdadera dimensión con ayuda de centenares de documentos —las cartas personales y oficiales de los jefes de las dos fuerzas combatientes, los diarios de campaña, informes y partes militares, actas de sesiones de la cámara, estadísticas oficiales, económicas, sociales y militares, alocuciones, los artículos de prensa—, todo documento, en fin, que, debidamente evaluado, contribuyera a una reconstrucción objetiva del contexto histórico.
Dicho en otros términos, a diferencia de otros historiadores, Ibarra no se limita a señalar los hechos, sino que se detiene a analizar cómo llegaron a serlo, mediante convincentes hipótesis calzadas con documentos primarios. En sus métodos investigativos, por otra parte, observamos con satisfacción que nuestro autor concede mayor trascendencia a las acciones de nuestros personajes históricos, que a sus versiones, acusatorias o apologéticas, frecuentemente justificativas, que a menudo aparecen en los incontables documentos personales de las más importantes figuras de la Guerra de los Diez Años. En el desempeño de su notable investigación Ibarra comprobó las diferencias entre las notas y documentos similares en los días en que ocurrieron los hechos y lo que sus protagonistas escribieron sobre estos en artículos, libros y cartas posteriores, razón adicional para insistir en una revisión de toda la documentación disponible. Pero Ibarra comprende que la verdad puede hallarse también en las cándidas opiniones escritas en la correspondencia personal e íntima de los más modestos testigos de la grave coyuntura histórica.  En un investigador como él, discernir entre el elemento subjetivo y el objetivo en los textos no es un generoso don natural, sino la realidad de su excelencia en la técnica investigativa y su conocimiento del contexto histórico.
No quiero correr el riesgo de violar la tradición de no adelantar demasiados elementos del contenido del libro que el lector debe hallar en su diálogo silencioso con el autor de la obra, pero debo decir que coincido con tal vez una de la más importante de sus conclusiones sobre las razones del descalabro independentista:
El sistema de relaciones sobre el que estaban normadas las relaciones entre los jefes regionales, la Cámara y los jefes partidarios de un mando único, entró en crisis por ser orgánicamente incapaz de mantener la unidad del campo revolucionario. Fue por cierto para eliminar esta disfunción, nos dice Ibarra, que la próxima generación de revolucionarios, en primer lugar José Martí, resolviera eliminar la Cámara y dar lugar a un equilibrio mayor en las relaciones del gobierno y los jefes del Ejército Libertador, la primera consagrada a las relaciones internacionales de la revolución y los suministros bélicos y los segundos responsabilizados con la conducción de la guerra sin la interferencia perturbadora y divisionista que frecuentemente ejerció la Cámara durante la Guerra Grande. Martí y los líderes de la Revolución del 95 intentaron iniciar las hostilidades simultáneamente en varios puntos entre el oriente y occidente de la Isla y como esto resultara inviable, inmediatamente se dieron a la tarea de organizar una columna invasora del occidente del país. Políticamente se declaró una guerra enérgica contra el autonomismo y la anexión.   
Por otra parte, lo que el autor llama
civilismo a ultranza en la Guerra de los Diez Años es un acabado examen del problema capital de la lucha estéril de la Cámara y los civilistas atrincherados en ella, contra los oficiales del Ejército Libertador empeñados en el principio del mando militar único. No hay espacio para las dudas cuando Ibarra nos demuestra que estamos ante una causa relevante de la derrota del empeño revolucionario. Y probablemente la más significativa: cómo la incapacidad para dirigir la guerra se evidenció en la tendencia de los civilistas a dejar hacer a los militares en sus regiones, fortaleciendo el regionalismo estéril frente a los intereses de la patria grande.
Pero lo expuesto no es sino un atisbo de la riqueza de las observaciones de Ibarra sobre el micro universo de los diez primeros años de una guerra que continuó con la Guerra Chiquita, la Guerra del 95, y el triunfo del pueblo cubano en 1959 y que hoy asume la forma de una lucha por la continuada unidad de nuestro pueblo y la salvaguarda de nuestra libertad e independencia. Muchas son las aristas negativas del proceso bélico que la aguda penetración de Ibarra nos propone.
Pongamos, por ejemplo, el efecto adverso de lo que Ibarra llama
El resurgimiento del anexionismo, con la visita del Obispo norteamericano William S. Pope a Cuba en 1876, promovida por Miguel Aldama y José Antonio Echeverría desde la Junta Revolucionaria de Nueva York. Era una trampa que ya perfilaba la continuada e intensificada ingerencia estadounidense en Cuba de años posteriores,  con su plan de mediación financiera animada del sueño imposible de asegurar la independencia a Cuba con 150 millones de dólares, que después de la hipotética independencia se convertiría en préstamo a la nueva república. Si algo garantizaba esta patraña era el nacimiento de una república lastrada por la dependencia de una deuda entonces colosal a un país debilitado por ocho años de guerra. Y Pope no se limitó a ese objetivo, sino que, advierte Ibarra, difundió profusamente el rumor bajo tutela norteamericana del fin de la guerra en tres meses. Conviene subrayar que todo ello se realizaba con el activo beneplácito del ciudadano Estrada Palma, admirador de EE.UU.
También interesa la amplia información y análisis de Ibarra sobre el efecto de la agudización de las tensiones raciales en el seno del pueblo combatiente: el engendro de que negros y mulatos se apropiaban de las posiciones cimeras de la revolución y la lógica reacción de estos ante la infamia, lo cual suscitó la división profunda del pueblo combatiente cubano. Era evidente, aclara Ibarra, que el racismo ejercía durante la guerra un peso sensible en la conciencia de ambos grupos raciales, en detrimento del esfuerzo bélico, y lo demuestra con abundantes ejemplos siempre bien documentados.
Siguiendo lo que llama
la lógica de los hechos y el criterio de la verosimilitud,  Ibarra llega a conclusiones aclaratorias en relación con Vicente García que de cierto modo aligeran el peso crítico de la historia tradicional sobre el controvertido jefe militar de las Tunas; nos habla de la patética reunión final de Máximo Gómez con el propio Maceo; la protesta de Baraguá y el viaje de Maceo a Jamaica, que desató una ola incontenible de deserciones en las fuerzas cubanas aún sobre las armas en Oriente y puso punto final a la guerra.
Pudiera argumentarse que esta investigación no es definitiva, que pudieran faltar documentos. Es posible. Pero ciertamente nos acerca a la verdad como ninguna de las investigaciones anteriores de mi conocimiento. No creo equivocarme, en conclusión, al afirmar que la obra de Jorge Ibarra que hoy presentamos es probablemente la historia más seria y documentada del fin de la guerra grande y la Protesta de Baraguá hasta hoy escrita en Cuba. Quien desee confirmar mis aseveraciones, adquiera el libro.
 

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La Habana, Cuba. 2009.
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