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Justo ahora que el Instituto Cubano del
Arte e Industria Cinematográficos
(ICAIC) celebra sus primeros 50 años,
entre algunos cinéfilos asoma la
pregunta sobre cuál es la imagen
femenina por excelencia de nuestro
séptimo arte, como si ello fuera posible
de enmarcar en una sola actriz por
sobresaliente que fuera su desempeño.
No obstante, unos afirman que es Daisy
Granados; otros eligen a Eslinda Núñez,
mientras hay quienes reflexionan que tal
condición le pertenece a Mirta Ibarra.
Tal asunto yo se lo dejo a los
especialistas.
Pero si se trata de escoger por la rama
masculina, considero, en mi modesta
opinión, que el ya desaparecido actor
Adolfo Llauradó sería uno de los que por
derecho propio debiera figurar, sin duda
alguna, entre los candidatos a tal
merecimiento.
En fin, confieso que, desde mis días
juveniles, Llauradó es uno de mis
intérpretes preferidos, y no vacilo hoy
en asumir como propias las palabras del
crítico uruguayo Jorge Rufinelli:
“¿Quién no lo recuerda en el tercer
episodio de Lucía, rodado por
Humberto Solás, en 1968, celando a la
iletrada guajira, su mujer, mientras el
alfabetizador se empeña en enseñarle a
la muchacha las primeras letras; o en la
memorable Retrato de Teresa, de
Pastor Vega, de 1979, como Ramón, el
marido tan infiel y machista como
vulnerable? (…) Más que los capangas
crueles y cazadores de esclavos que
alguna vez encarnó en la pantalla,
Adolfo Llauradó forjó la imagen de un
hombre apasionado, celoso y dominador,
con rasgos humanos y no de cliché,
imagen que para algunos resultaba un
vestigio del período prerrevolucionario,
y para otros era un elemento permanente
de la idiosincrasia del Caribe.”
El macho de la película
Desde muy niño Adolfo Llauradó comenzó a
actuar en la radio en su natal Santiago
de Cuba. Y desde entonces empezó a
descubrir algo prodigioso en el asunto.
Ya de joven, vino a La Habana, donde le
hicieron una prueba e ingresó en la
televisión. También hizo entonces
pequeños personajes en teatro y en
películas que se rodaban en el país. Y
cuando se creó el ICAIC, hizo un corto
con Humberto Solás y Héctor Veitía
llamado Variaciones, y participó
en el cuento "Año Nuevo", de
Cuba 58, dirigido por Jorge Fraga.
En 1966 fue pareja de Adela Legrá en el
mediometraje Manuela, de Solás.
De ahí en adelante vinieron las más de
25 películas en las que actuó y que lo
convirtieron en uno de los rostros más
emblemáticos del cine cubano.
Fue el personaje machista por
antonomasia, incluso las mujeres en la
calle se lo decían: “el macho de la
película”, en especial por sus
actuaciones, junto a Daisy Granados, en
Lucía y en Retrato de Teresa.
Mucho dio que hablar su trabajo en
Lucía, filmada en 1968. Entonces
algunos llegaban a afirmar que el
temperamento celoso y violento de su
personaje se ajustaba al carácter
histórico del cubano. El asunto se hizo
polémico. Años después el propio actor
definía:
“Yo tuve que entender al personaje.
Quizá en aquella época lo entendí porque
yo era extremadamente celoso. Con el
tiempo, con los años, me he ido
suavizando, pero yo he sido un hombre
muy celoso. No solo del amor de la mujer
de uno, sino celoso de mis amigos, de
las cosas más simples.
“Fue un momento en que pude descargar en
mi trabajo todo lo que llevaba por
dentro. Yo era muy joven, tenía 24 años,
y a esa edad uno está comenzando a
vivir.”
Esas cosas mágicas
También interpretó personajes malvados
como en El rancheador, en El hombre
de Maisinicú y en El otro
Francisco, tanto que, cuando en el
84 se le invitó a rodar otra cinta, sin
pensarlo dos veces dijo: “Estoy
dispuesto a hacer una película si no es
un personaje malo. Si es bueno, lo
hago”.
No —le contestaron—, era el personaje
bueno, el más humano, con problemas
personales muy grandes con la esposa,
pero muy humano. Fue Polvo Rojo.
Y le gustó mucho:
“Son esas cosas mágicas que suceden en
el cine. Uno no sabe por qué está
haciendo un personaje y de pronto el
personaje ya lo envolvió a uno.”
Las tablas y la cámara de cine eran de
igual forma mágicas para él. No tenía
preferencia entre una y otra. Así lo
reconocía. La presencia del público lo
emocionaba. Y cuando filmaba no pensaba
que había una cámara.
Le interesaba hacer teatro, pero solo
cuando una obra era buena. Si hacía una
que no le acababa de gustar, al otro día
del estreno ya no tenía deseos de
representarla otra vez. Y una obra que
disfrutaba, sin embargo, se la pasaba un
añoo un año y pico haciéndola, sin
ningún inconveniente.
Así le sucedió con su papel en la obra
de teatro El parque, de André
Guelman. Un año duró la puesta, pero a
su personaje no lo pudo dejar en el set,
ni en el escenario, ni en el patio. Se
le aparecía de vez en cuando.
En sus últimos tiempos actuó en diversos
cortometrajes producidos por alumnos de
la Escuela Internacional de Cine de San
Antonio de los Baños, y dirigió tres
documentales: Carilda, desaparece el
polvo; Divas, y
Esmeralda.
Falleció en noviembre de 2001.
En una ocasión confesó que para él
actuar no había sido un medio de vida.
Cada película le cambió muchas cosas: su
forma de ser, de pensar, de comprender
mejor a las personas.
En el cine, en la televisión, en el
teatro, hizo personajes realistas,
también absurdos o noveleros. Celosos,
machistas, malditos… pero la gente
estimaba su labor. Le pedían autógrafos
y le preguntaban con admiración qué
estaba haciendo. Eso le daba alegría, le
hacía sentir que su trabajo no había
sido inútil.
“Lo que sucede es que no sé hacer otra
cosa, y eso es lo malo. Si voy a poner
un clavo me doy un golpe en el dedo; no
sé hacer nada, lo hago mal. Y no es
porque no quiera, pero no me fijo bien
en eso, lo único en que me fijo es en
actuar, y es lo único que he hecho en mi
vida.”
En marzo de 2003 fue inaugurada en La
Habana la Sala Teatro Adolfo Llauradó. |