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Había un libro en mi infancia, Flor
de leyendas, que recogía algunas de
las sagas más importantes de diferentes
culturas del mundo. En la memoria tengo
Tristán e Iseo, que más tarde ―y
provocándome un fuerte desasosiego― se
fue convirtiendo, en otras lecturas, en
Isolda (aún prefiero la primera
versión). También había historias de la
Grecia clásica, según creo, y, con
seguridad, historias tradicionales de la
India. Uno de los cuentos era “Nala”
y “Damayanti”. De ese cuento
conservo algunas imágenes, Nala rasgando
en dos mitades la tela única en la que
estaba envuelto junto a Damayanti,
Damayanti hablando con un cisne
mensajero, Nala atravesando el espacio
en un carro de caballos sin domesticar,
Damayanti, bellísima, implorando a los
dioses. Además creo que estaba El
anillo de Shakuntala, pero de esa
historia casi no tengo ninguna memoria,
lo único que me parece recordar es la
historia de un anillo dentro de un pez,
aunque a lo mejor lo leí o me enteré en
otra parte.
Shakuntala
es el nombre del espectáculo realizado
por Alexis Díaz de Villegas y Shanti
Pillai ―antes insistía, quizá por la
perturbadora presencia de una cantante
pop norteamericana en decirle Ashanti―,
en el Teatro Nacional de Guiñol con una
muy corta temporada de seis funciones a
principios de enero, no hacían falta
muchas más.
Este es un espectáculo de
entrecruzamientos. Se produce a partir
de fuentes, sumergidas, muy personales,
evidentes, que conforman una imagen
sincrética. A partir de un texto de
Kalidasa, los actores encuentran el
motivo para acercarse. Se acercan
rondándolo, giran con su biografía
alrededor de la historia tradicional,
incluyen los más diversos medios para
hacer “reales” los pasos de la
narración. Acuden a sus historias
personales y artísticas, a los caminos y
a las huellas que esos caminos dejan.
Casualidad y destino se mezclan en las
variadísimas formas de este show,
pero no ocurre la sobredosis. Se trata
de mirar con una lupa hasta los más
pequeños detalles, una muestra de
virtuosismo de composición teatral. Y,
en el fondo, no hay más que una historia
de amor. Se regresa a la inocencia de
ese motivo para observarlo de cerca. El
miedo a los grandes temas se pierde por
una idea simple: estos se hacen
verdaderos, humanos, si son explorados
desde una experiencia visceral anclada
en una vivencia clara.
Es posible ver, en el trabajo de lo
actores, muchas de las líneas estéticas
de las que son hijos. La obra, de hecho,
tematiza esas relaciones a veces
conflictivas, esos aprendizajes
diversos. Un puro estudio técnico, que
no puede realizar cualquier actor, se
introduce en esta obra con un nivel de
coherencia impresionante. Aquí el
virtuosismo técnico no es fin, sino
medio que tributa a un concepto general
de la puesta en escena. En alguna medida
este espectáculo trata también de las
tensiones personales en relación con una
técnica, en el intento del ser humano
que es un actor de encontrar, de acceder
a un modo de decir a través del trabajo
con su propio cuerpo. Y aquí salta otro
de los puntos que más me interesan de
esta obra: la relación con la verdad. No
solo por la recurrencia evidente de los
actores al material de una biografía
compartida, no solo por esa vuelta a
situaciones reales, por la ilusión de un
ensayo, por los momentos de
improvisación, esta obra conecta con la
realidad personal del intérprete. A un
nivel más profundo es claro cómo los
actores confiesan una preocupación
latente, la manera de resolver una
unidad en una experiencia diversa.
Unidad y fractura, felicidad y deseo
inalcanzado, son algunos de los pares
entre los que se debate el espectáculo
desde el tema de la narración hasta la
forma de conflicto personal, real.
La obra crea un ambiente de sincretismo,
esa provocación al estilo, que late
también en la construcción de la
visualidad. A un muy riguroso estudio de
los vestuarios de inspiración india
―concebido y realizado por Roberto
Ramos, quien además “hace” el Vestidor―
se oponen otros elementos que enrarecen
la unidad de estilo, lo que, en este
caso es absolutamente efectivo por la
coherencia de este recurso y el control
sobre esos elementos “contrarios”. Esos
desbalances, esas fracturas que buscan
unión se vuelven hilo conductor del
espectáculo una vez más. La música es
otro de esos espacios múltiples. Se
utilizan temas, casi todos en vivo, que
van desde tradicionales canciones indias
hasta una pieza del mismo Alexis,
pasando por clásicos occidentales o
música cubana. La descripción total del
espectáculo, la definición exacta de un
estilo determinado, es imposible. La
estructura se construye a partir de ese
juego de encuentros, de la reaparición
constante de culturas o actitudes
mezcladas, de métodos y objetos usados
de manera sorprendente, pero correctos,
por cuanto revelan un nuevo rizo.
Otro espacio que me interesa en el
espectáculo tiene que ver con un rasgo
casi moral. Creo ver en el performance
de Alexis y Shanti una gran sinceridad.
Muchas veces se oye, para hablar bien de
un espectáculo, que no es un espectáculo
ambicioso. Pero, ¿en realidad es posible
aceptar sin angustias un espectáculo que
no es, en principio, más que una
exploración personalísima de dos
personas? ¿Dónde está la trascendencia,
lo universal? Esa fórmula también
repetida de que uno es más universal
mientras más personal sea, o algo así,
cuando lo vemos en realidad, ¿no
esperamos algo más?, ¿la Obra de Teatro?
Este espectáculo, altamente performático
en todo sentido, me parece una confesión
pensada, una manera de practicar la
autofagia. Los performers toman
una serie de materiales, propios y
ajenos, y construyen un show
donde todo pasa siempre por ellos, por
sus cuerpos marcados por una experiencia
y también fruto de ella. Experiencia que
se asume, se trata de evadir, se trata
de alcanzar, en fin, experiencia que se
recorre, se mezcla, se muestra. En mi
opinión la tensión más profunda que
puedo ver se manifiesta entre la
posibilidad o el obstáculo de asumir
sinceramente los materiales que se usan.
El material de este espectáculo es sobre
todo el camino de dos personas,
artistas, que intentan acceder a otros
espacios, tan sencillo y tan general
como eso. La forma concreta de hacerlo
es el resultado que vemos en escena.
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