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Año 1910. Alberto Manuel Francisco Yarini y Ponce de León, el gigoló más distinguido de La Habana fue asesinado a balazos como resultado de una vendetta. A su funeral asistieron unas diez mil personas. Era propietario de un burdel en el barrio de San Isidro. Se cuenta que fue bien querido por sus mujeres. Exigía pleitesía y respeto. Andaba sin guardaespaldas y presumía de no necesitarles. En su recorrido habitual bajando por la calle de Paula hasta Picota y sus alrededores regalaba dinero a los chicos. Mucho de verdad o mito sobrevivió a este legendario personaje al que aun hoy se le rinde ofrendas en una antigua ceiba muy cerca del lugar donde se dice que fue ultimado.1  

 

Año 2009. Un siglo después, Los dioses rotos, un filme de Ernesto Daranas (La Habana, 1961),  invita a los cubanos reflexionar sobre valores que convergen y se enfrentan. Propone una incisión en un segmento de la realidad social y se adentra en un submundo donde cohabitan la violencia, la corrupción, el proxenetismo, la prostitución, el machismo; pero también, la pasión y el amor. La dureza de algunas de sus escenas conmociona al público, a la vez que le desafía, le convida a pensar. Esta película establece un paralelismo con la historia del chulo habanero que por más de cien años ha seducido por su apariencia romántica.

 

Ernesto Daranas, con una vasta obra de más de 25 años en la radio, fue también guionista y codirector junto con Natasha Vázquez, del documental Los últimos gaiteros de La Habana (2004), Premio Internacional de Periodismo Rey de España y del Festival de Documentales Santiago Álvarez in Memoriam. En el 2004 dirigió para la televisión ¿La vida en rosa?, Gran Premio del I Festival Nacional de la Televisión Cubana. Los dioses rotos, su ópera prima para el cine, será estrenada en todo el país el 19 de febrero. Fue reconocida por la prensa especializada en la más reciente edición del Festival Internacional de Cine Latinoamericano y seleccionada para el Premio al Mejor Proyecto de Ficción en el 6to. Festival de Cine Pobre de Gibara. Muy cerca del estreno en todo el país de Los dioses… el 19 de febrero próximo, Ernesto Daranas conversa sobre motivaciones, retos y expectativas de un proyecto que le llevara más de cinco años de investigación y estudio.

La historia de Los dioses rotos nos trae a Yarini, conocido proxeneta de la historia habanera, y asuntos que preocupan y subyacen en la sociedad cubana. ¿Cuánto de la Cuba de hoy pretendes revelar en este filme?

Sabemos que más allá del proxenetismo hay otras mil formas de prostituirse y que cada uno de nosotros está, de algún modo, expuesto a ellas. Los dioses rotos no lo pasa por alto, aunque lo cierto es que la sociedad, la política y la Historia no están nunca en el centro de mis motivaciones porque creo que la verdadera expresión de todo eso está en la vida real; en la manera en la que vive, actúa, piensa, sueña y siente la gente. Son esos hombres y mujeres quienes realmente me interesan, lo mismo como protagonistas que como destinatarios. Si te ocupas de ellos te estarás ocupando también de otras muchas cosas.  

¿De qué manera inciden el sitio donde vives ―muy cerca de la Plaza de San Francisco―, la historia personal, las vivencias, los mitos y leyendas de estas calles que un día, según se cuenta fueron ―o son― recorridas también por el/o los personajes de tu historia? ¿Cuánto aporta y determina esta ciudad en tu labor como creador?

De un modo inevitable, el espacio que habitamos nos explica. Desde Monserrate hasta la Avenida del Puerto, del callejón de Peña Pobre a la calle San Isidro se extiende, al menos para mí, una Pompeya entrañable. Es más fácil salvar un muro apuntalado que a alguien que ya no sabe a lo que asirse. Y lo que es una ciudad forma parte inevitable del destino de su gente. Tal vez no me debió haber sorprendido tanto entonces cuando, hace varios años, escuché en la Iglesia de la Merced que alguien dedicaba una misa a “don Alberto Yarini y Ponce de León”. A partir de ese instante fui descubriendo toda una liturgia entre los que hoy se mueven en aquel mismo mundo del que Yarini fuera un rey. Si en su tumba hay flores, si su nombre se invoca en varias casas de culto de La Habana, si se le hacen ofrendas en la ceiba que creció en la esquina donde lo balearon, si empiezas a dar incluso con otras historias de estos últimos años demasiado parecidas a aquella de 1910, entonces el mito y la leyenda son parte de una realidad concreta.    

¿Qué retos enfrentaste entonces al abordar este personaje del imaginario habanero?

Yarini es solo el pretexto de una historia desarrollada en La Habana de hoy, justo entre lugares por los que, como bien mencionas, se paseó el más famoso de nuestros proxenetas. Su vida es una tragedia con todas las de la ley que, con sus lógicas variables, se ha reeditado más de una vez en el presente de estas mismas calles. El gran reto ha sido entonces asumir narrativamente esa tragedia, regresar a nuestros lugares comunes y a nuestras obsesiones de siempre con la capacidad de atrapar, de sorprender, de emocionar. Y esto, sin subestimar la inteligencia de nuestro público y su demostrada capacidad de enriquecer cada historia con toda clase de entrelíneas, extrapolaciones y subtextos.

¿Qué recursos te sirvieron para lograrlo?

La verdad es que no hemos tenido rubor en echar mano a todo. El cine de hoy, incluso el de los grandes estudios, es una breve temporada en la pantalla grande (cada vez más chica en esta era de las multisalas) y una larga vida en los formatos domésticos (cada día más sofisticados). Esto, junto a las nuevas tecnologías, va determinado cambios inevitables en el lenguaje que decidimos tener en cuenta, sobre todo a partir de que nos quedó claro que tendríamos que filmar en digital no profesional, sin disponer siquiera de la óptica indispensable. El desafío era revertir esa carencia tecnológica en un concepto formal y narrativo que nos compensara en lo artístico. En función de esto no vacilamos en aprovechar ese variopinto referente audiovisual con el que un espectador de hoy se enfrenta a una película y, desde todo eso, articular una propuesta coherente con la historia que abordamos.   

Llegas al cine con una obra en la radio y luego en el audiovisual televisivo. Si tuvieras que autodefinirte; ¿te considerarías un hombre/artista de los medios, o alguien más próximo al cine, a la radio o a la televisión?

Llevo más de 25 años en la radio. Mantengo un programa diario en Radio Taíno (S.O.S. Planeta) y otro semanal en Habana Radio (De La Habana, habaneras). Está claro entonces lo que respeto a ese medio. Para la ficción televisiva he trabajado mucho menos y lo he hecho básicamente como guionista, pues como director lo único que he filmado es ¿La vida en rosa? El resto de mi trabajo audiovisual ha sido como independiente y centrado básicamente en el documental. Pero más allá de eso, la verdad es que siempre me he sentido un narrador sin importar el medio en que me encuentre. Tal vez por eso en ninguno he sido muy ortodoxo que digamos, y me temo que ahora en el cine tampoco me interesa serlo.

La tecnología ha propiciado, entre otros aciertos, que los medios comulguen y hay quienes sostienen que llegará el día en que solo hablemos de un “lenguaje audiovisual”. ¿Es ese el prisma desde el que asumes el cine?

El lenguaje del cine fue perfilándose en una expresión propia a partir de la suma de muchas artes y a partir de lo que el propio desarrollo tecnológico le fue posibilitando en cada estadio. Jamás hubo esa “pureza de sangre” a la que algunos se aferran. Simplemente, unos cineastas son más clásicos y otros más abiertos a lo que ocurre dentro de su tiempo. Lo esencial en cualquier caso es la capacidad de concretar una obra capaz de convencer lo mismo a un lunetario que a todos esos que ven hoy el cine por la tele, desde su reproductor de video o en su iPod. En Los dioses… no tuvimos el menor prejuicio en conformar una narración cinematográfica abierta a lo que nos resultara útil de entre todo ese background de referencias conque el espectador de hoy llega a una película, y esto incluye, desde luego, al propio cine, cuyo lenguaje es tan diverso como el número de sus creadores. Lo otro es que, de manera inevitable, las posibilidades expresivas y objetivas de las herramientas con las que filmas van a determinar, en no poca medida, la manera en la que formalmente puedes y debes narrar una historia. Justamente por eso el digital, en sus diferentes variantes y facetas, ha introducido cambios en el lenguaje cinematográfico y del audiovisual en general. Lo apasionante para nosotros ha sido articular un todo armónico con eso; conformar una narración que, sin la pretensión de ser novedosa ni mucho menos perfecta, sí nos resulte propia, específica de la obra y consecuente con la naturaleza de su historia. La razón de ser de cualquier lenguaje es hacerte entender, si logras transmitir lo que sientes en la sala de un cine o en la de una casa, entonces ese lenguaje funciona.

Siempre has tratado en tu obra, de una  u otra formas, los conflictos de la sociedad habanera, cubana en general, y has afirmado que te identificas sobre todo con “la verdad que percibes”. ¿Cuánta de esa verdad asiste a Los dioses rotos?

Picasso decía: “Si hubiera una sola verdad, no se podrían pintar mil lienzos sobre un mismo tema”, y ya sabemos que esa es solo una parte de la verdad de la Verdad. Lo otro es que verdad y realidad no son la misma cosa. Algo de la verdad sobre cualquier tema puede estar contenido, incluso, dentro de la más desmesurada fantasía. En el propio cine cubano hay ejemplos notables de eso. En mi caso, aunque parta siempre de mi percepción de la realidad,  no me ha interesado nunca el realismo en el tratamiento de una historia. Expresar lo que sientes es mucho más complejo que reflejar lo que ves, o incluso lo que piensas. Esa es la naturaleza de la verdad que hay en Los dioses…  

¿Es y será tu cine (sin exclusión de poder incluir todos estos aspectos) un reflejo fiel de nosotros mismos, un acto creativo surrealista, o un imaginario metafórico de verdades sugestionadas?

No soy dado a la “metatranca”. Creo que con una película tienes derecho a todo menos a aburrir a la gente. Eso no quiere decir que no me arriesgue todo el tiempo. En Los dioses… no venimos a mostrarte, por ejemplo, la imagen realista de una ciudad en ruinas; eso ya lo ves todos los días. Sin eludir una sola de sus llagas, preferimos compartir la manera en la que el dolor de su declive determina lo que somos; y lo hacemos desde la certeza de que al buscar entre su agónica belleza se está encarando el verdadero valor de todo lo que se pierde dentro y fuera de nosotros. Eso nos parece mucho más indagador, más inquietante. Asimismo, y aunque tocando temas tan duros de nuestro presente, y a pesar de recurrir formalmente a mucho de lo que el audiovisual de hoy nos sugiere, hay un halo de intemporalidad sobre toda la película. La Dirección de Fotografía, de Rigoberto Senarega; el montaje, de Pedro Suárez; la Dirección de Arte, de Erick Grass; el vestuario, de Vladimir Cuenca; la banda sonora, de Osmany Olivare; la corrección de imagen, de Rudel Reyes; el ajuste de color, de Miguel Leal y la música, de Juan Antonio Leyva y Magda Rosa Galbán dialogan constantemente entre el presente y todo eso que nuestra memoria afectiva contiene. Y es que, para hablar de lo que hoy somos, nos pareció crucial que latiera en el fondo eso que fuimos, interesados en trascender lo anecdótico de una coyuntura concreta. Mucho más que en lo externo o lo inmediato, el mejor reflejo de nosotros mismos reside en nuestras esencias; en eso que el tiempo, la cultura, la espiritualidad  y la historia han asentado en lo que somos. Recuerda que reímos para no llorar, y lo repetimos todo el tiempo. Así es que entre esa risa y la lágrima hay un vasto espacio en el que hurgar. En ese sentido, el realismo chato no me basta para comprendernos.

¿A qué atribuyes el interés de creadores (de cine, teatro, literatura, televisión) por rescatar estas historias de La Habana escondida y marginal de los años de la República?

No es una exclusividad nuestra. En todas las partes y épocas el Arte se ha ocupado de los temas marginales y candentes. En la película hay un diálogo constante con todo ese imaginario que esos creadores que mencionas han conformado y puedes encontrar algo de Cecilia, de Canción de Rachel, de varias obras y personajes del teatro cubano, de las inolvidables crónicas sobre Yarini de Padura, del excelente libro de Dulcila Cañizares y de obras testimoniales y periodísticas que conforman todo un conjunto de referentes que la gente enriquece desde su  propia relación de vida con los tópicos de la película.          

¿Cómo resultó el proceso de creación de los personajes que propones?  ¿Cómo lograr  que contrasten actitudes positivas y negativas, en los que convergen el ser humano que es, lleno de contradicciones y conflictos, y que a su vez puedan revelar sentimientos y valores? El personaje de Sandra, por ejemplo, una joven que se sumerge en el mundo del proxenetismo, es quizá uno de los puntales de la historia...

Laura (Silvia Águila) encarna a la razón, al intelecto, a la mirada social más o menos erudita y comprometida. Pero Sandra (Annia Bú) es la pasión y el sentimiento, el alma popular reside en ella. Las dos tienen luces y sombras, y son los verdaderos motores de la acción en una historia que, solo en apariencia, es de portañuelas. Jamás cuestiono a mis personajes, pero mi afán por comprenderlos tampoco debe llevarme al extremo de justificarlos. Crear un personaje es descubrirlo en el intento; es una de las cosas más misteriosas de la escritura y de la dirección de actores. El actor se encarga luego de darle una presencia concreta en un proceso no menos rico y complejo. Lo que llega a la pantalla es la suma de varias energías, de varias etapas. Al final, el espectador vuelve a poner el resto, es él quien decide cuál personaje es de cartón y cuál de carne y hueso.

Tuvimos la suerte de disponer de un casting excelente; Silvia Águila, Héctor Noas, Eman Xor Oña, Amarilis Núñez, Mario Limonta, Isabel Santos, Patricio Wood, Yackie de la Nuez y Pedro Fernández conforman un valioso y experimentado elenco que supo apoyar el trabajo de Carlos Ever Fonseca y Annia Bú Maure, dos jóvenes intérpretes que se echaron encima buena parte del peso de la película. Pero igual sobresalen otras jóvenes figuras como Kiriam, Idalmis García, Claudia Muñiz, Claudia Valdés, Yoel Infante, Alexis Martí, Ariam Molina y Loliet Valdés. Los dioses… tiene la particularidad de contar con muchos personajes breves (no se podría decir que pequeños) pero cruciales por la intensidad con la que entran y salen de la historia, y a buena parte de estos actores les tocó asumir el complejo ejercicio de darles vida y verdad en un lapso dramático muy breve. Debo agradecer a cada uno de ellos la disposición de comprarse esa bronca del modo en que supieron hacerlo.

Muchos realizadores afirman que el transcurso de una filmación constituye uno de los momentos más emotivos en el acto creativo, incluso más que el hecho mismo de ver la obra terminada. Según tus propias palabras, Los dioses... ha sido un gran reto y ha implicado un inmenso sacrificio. Podrías describir estas etapas en tu percepción de realizador y guionista junto a todos los que te acompañaron, ¿satisfacciones, ingratitudes, huellas?

Ya estás viendo que tuve la suerte de contar con excelentes profesionales, con mucha gente valiosa. Ese fue el único lujo que esta película pudo darse. Una película es un pedazo de la vida de un grupo de personas y es importante que, pese a lo mal que nos pagan, todos sientan que ganaron algo con eso. Visto así, ha sido una experiencia altamente gratificante en la que he aprendido muchísimo de todos ellos. Pero a la vez, Los dioses… tuvo que ganarse en cada paso el derecho a dar el siguiente y, en esa carrera de obstáculos, fue haciéndose a ella misma como película. Nos tomó tres años lo que pudimos lograr en menos de uno. Empezamos con un presupuesto compartido entre el Ministerio de Cultura y el ICAIC que nos daba para asumir el rodaje, pero el resto del camino para llegar hasta 35mm era sumamente incierto, agravado por el mencionado hecho de haber tenido que filmar en digital con una técnica no profesional, un aspecto que tienen muy en cuenta quienes invierten en esto. Afortunadamente, el primer corte motivó a la Productora Internacional del ICAIC a buscar coproductores que no tardaron en aparecer. Pero ese fue solo el comienzo de una nueva etapa, porque entonces hubo que trabajar el doble para sacar el máximo posible a nuestro modesto punto de partida tecnológico y conseguir que el resultado en 35 mm fuera el que tenemos.   

¿Te limitó desde el punto de vista fotográfico y de creación la tecnología digital en la filmación y su paso posterior a 35 mm?

El digital barato es el camino más corto para filmar, pero el más largo para concretar una película con parámetros que los difusores puedan tomarse en serio. A pesar de tantos cambios, el verdadero acceso al mercado del Cine lo sigue propiciando el 35 mm. Y no es solo una cuestión de festivales y de premios. Sucede que, incluso a la hora de difundirse una película en los formatos domésticos, es crucial haber pasado por 35mm, pues sigue siendo ese el soporte de entrada a los grandes mercados y distribuidores, y el que les garantiza un estándar a la altura de esta era del digital HD con sonido 5.1. Por otro lado, la tecnología digital cubre una amplia gama que va desde las cámaras y ópticas más sofisticadas, hasta los soportes como el nuestro. Por supuesto que todo esto dialoga con lo artístico, y está claro que no habríamos filmado igual en 35mm, que en un digital de alta gama, o con el digital que tuvimos que hacerlo. Pero la realidad es que jamás nos lamentamos; las carencias tecnológicas nos obligaron a potenciar el lenguaje y lo hicimos todo desde la certeza de que al espectador lo único que tiene que importarle es la película que tenga delante. Trabajamos como mulos, pero estamos muy contentos con todo lo que se le pudo sacar a esa imagen.

¿Tiene Daranas también dioses que se derrumban y rompen, altares sagrados desmoronados? 

Creo en los dioses de mis padres y espero saber legarlos a mis hijos sin imponérselos. Son dioses sencillos y mi fe en ellos también. Creo en nuestra gente, creo en lo que somos y en todo lo que podemos crecer. El arte, como le ocurre a la ideología, la religión y a la política, se destruye cuando deja de mirar a los ojos y de tocar con las manos a esa gente a la que se debe. Cuando veas un altar desmoronarse, algo de eso está ocurriendo.  

Ya hubo una experiencia primaria, preestreno digamos, en la más reciente edición del Festival de Cine, ¿qué expectativas tienes…, qué esperas encontrar en los rostros de los cubanos cuando asistan al cine a ver tu película el próximo 19 de febrero, cuando estará a disposición de todos en el circuito de salas del país?

Que Los dioses… siga propiciando este hermoso debate sobre el cine y sobre nosotros; que la película permanezca viva, abierta a todo y a todos.   

¿Cuáles son los próximos pasos en el cine? ¿Retomarás antiguos proyectos o existen otros nuevos que anunciar?

Tengo la fortuna de sentirme a gusto en cualquier medio donde pueda hablar de lo que me interesa, así es que lo próximo que haga no tendrá que ser necesariamente en el cine. De hecho, la verdad es que nunca antes de Los dioses… me había propuesto hacer una película. Pero tengo que reconocer que ha sido una gran experiencia que compartí con artistas con los que quisiera repetir; si es que ellos están dispuestos a soportarme nuevamente, desde luego. Tengo varios guiones escritos, pero lo más posible es que los filmen otros, porque ahora no estoy tan seguro de que me interese hablar sobre esas cosas. Como has visto, una película de las nuestras puede consumirte demasiado tiempo y esfuerzo, así es que, antes de involucrarte, más te vale estar seguro de que estás contando la historia que realmente te interesa. Los dioses rotos no nos agobió nunca porque todo el tiempo creímos en ella y esa fe en la película nos sostuvo durante un camino de tres años. Ha sido como haber estado lejos y ahora, de regreso, descubrimos cosas nuevas que tal vez interesen más a todo este equipo de trabajo. Así es que, por el momento, prefiero estar atento a eso, en lo que le dedico un tiempo a la casa, a la familia y a mí mismo.

1. San Isidro, 1910. Alberto Yarini y su época, de Dulcila Cañizares, Editorial Letras Cubanas, 2000.

 

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