Justo cuando el Instituto Cubano
del Arte e Industria
Cinematográficos celebra su
medio siglo de existencia, y
aparecen filmes que confirman la
tradición de calidad y alcance
cultural y social, se estrena
el 19 de febrero Los
dioses rotos, del debutante
Ernesto Daranas, luego de que
ganara el Premio al Mejor
Proyecto en el Festival
Internacional de Cine Pobre de
Gibara; de que más tarde, ya en
celuloide, se convirtiera en uno
de los títulos más perseguidos
del XXX Festival Internacional
del Nuevo Cine Latinoamericano,
en La Habana, y en diciembre
reciente, la prensa
especializada cubana la
seleccionara entre las mejores
propuestas audiovisuales de
2008.
Aunque debuta en el cine,
Daranas posee vigorosas
experiencias en la radio y la
televisión. En 2004 elaboró el
guión y codirigió junto a
Natasha Vázquez el documental
Los últimos gaiteiros de La
Habana, ganador del Premio
Internacional de Periodismo Rey
de España, uno de los más
importantes del mundo hispano, y
del Festival Internacional de
Documentales Santiago Álvarez in
Memoriam. Ese mismo año, Daranas
escribió y dirigió el telefilme
¿La vida en rosa?, que
obtuvo el Gran Premio del I
Festival Nacional de Televisión
de Cuba, más otros seis,
incluidos los galardones a la
Mejor Dirección y Guión
Original. Los dioses rotos
fue primero un guión aprobado
para ser producido en conjunto
por el ICAIC y el Ministerio de
Cultura, luego se convirtió en
un filme realizado en digital, y
más tarde, luego de ganar el
premio en Gibara, se hinchó en
celuloide.
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Ya la película dejó de
pertenecerles a Daranas y a sus
colaboradores. Está en manos del
público que la reinventará a su
manera. Cada quien usándola como
espejo que contraste sus propias
experiencias. Pero cuando
todavía se sabía muy poco sobre
tan peculiar proyecto, y
estábamos ávidos por escuchar de
qué iba el filme, de acuerdo con
la opinión de su principal
creador, en tanto guionista y
director, Daranas la definía
asegurando (en una entrevista
para Cubasí) que su
película partía de la reflexión
sobre “una
figura emblemática y mitológica
de la cultura popular: Yarini.
De alguna manera el mito vive y
se mantiene en este mundo, el
proxenetismo y todo lo que está
asociado a ello. Es la
posibilidad de dialogar con
nuestras raíces, con nuestro
pasado y es, además, una
problemática presente que
debemos hablar y abordar. (…)
Diálogo con el pasado y con el
presente, con lo que somos.
Aunque es una mirada
esencialmente espiritual y
humana hacia los personajes. (…)
Es la búsqueda de lo identitario,
de lo nacional y al mismo tiempo
es una crítica tanto a los
valores, como a los antivalores
que se han desplegado en la
sociedad actual. No obstante, no
tiene una pretensión filosófica
o sociológica, lo que me
interesa es el aspecto humano
con la mirada universal”.
En aquel momento de su primera
proyección pública, dentro del
Festival de diciembre, con el
cine La Rampa colmado hasta los
pasillos, y una multitud que no
pudo acceder a la sala, ya se
sabía que estábamos ante una
gran película, en la cual
sorprendía sobre todo la
habilidad narrativa (con el
notable manejo de un tempo
fluido y el correspondiente
suspense), el apasionante diseño
de los personajes (siempre al
borde, siempre marcados por el
destino trágico), y el grandioso
tratamiento visual. Al siguiente
día del estreno, comentó Rolando
Pérez Betancourt, en el
periódico Granma: “A
la manera de una bien llevada
tragedia griega, sin dejar a un
lado uno solo de sus
componentes, arrastrando en su
transcurrir narrativo la certeza
por parte del espectador de que
la muerte violenta será el sello
purificador de tanta
malaventura, Los dioses rotos
corona con muy buenos resultados
la llegada de Ernesto Daranas a
los dominios del largometraje y
con él, el equipo que lo
acompañó, incluyendo los
actores”.
Tampoco escapó al ojo de varios
críticos la apelación del filme
a un espacio dramático y sicológico, que combina pasado y
presente, en una suerte de
referencia compleja a cierta
metafísica insular, traducible
en el aforismo de que en Cuba
nada cambia, y la
contemporaneidad no hace otra
cosa que replicar ciertos
momentos del pretérito. En la
crítica antes aludida, se apunta
que “aunque se trata de una
historia contemporánea, la
dirección de arte, la
escenografía y el excelente
trabajo de cámara y montaje se
las arreglan para tejer una
atmósfera prácticamente sin
tiempo. De ahí que casi todos
los vehículos que aparecen sean
de los años 50 y las calles y
vetustas edificaciones del
legendario San Isidro den la
impresión de guardar todavía la
elegante pisada de Alberto
Yarini, allá a comienzos del
1900. Como todo melodrama que se
respete, hay puntos previsibles
y algún que otro tono
altisonante, pero todo dentro de
una coherencia narrativa que se
apoya en las actuaciones (muy
bien también Héctor Noas como el
gigoló con mucho oficio y
respetado en el ambiente, y esa
bella revelación que ya es Annia
Bú Maure, en el papel de la
prostituta apasionada y
sentimental que da pie a la
tragedia)”.
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A partir de ese punto de
ambigüedad entre pasado y
presente, y a la preeminencia
hoy mismo de similares motines
de portañuelas, y la
supervivencia de idéntica moral
prostibularia, delincuencial y
proxenetista a la que nos
habitaba hace un siglo, se
refirió Rufo Caballero en la
crítica que salió publicada en
Juventud Rebelde: “Los
oponentes de la tesis de Laura
(Silvia Águila), en la película
cubana Los dioses rotos
consideran que la aspirante toma
por pretexto el mito de Alberto
Yarini para hurgar en La Habana
del presente. Lo mismo podría
sospecharse de la película toda.
Y así es, nadie lo oculta,
Daranas menos que nadie: la
investigación de Laura se
comporta como el resorte que
ayuda a entender, más que las
circunstancias de la muerte de
Yarini, ciertos hilos
invisibles, o visibles, que
mueven el tejido social cubano
de ahora mismo. Uno de los
grandes valores de la película
está en continuar la indagación
antropológica y sociológica que
ha distinguido, de siempre, al
cine cubano, pero lo hace, y
aquí sí que hay no pocos
indicios de 'nuevo cine', sin la
menor retórica, sin tener que
pronunciar palabras políticas,
con la agudeza de entrever, en
cada sentimiento o en cada
actitud, su eco o su causa
social. En Los dioses rotos
la propia naturaleza de la
historia es social, pero no
necesariamente a nivel del
discurso textual, verbal, y eso
protege al filme de ese otro
tipo de ambición total que
aspira a definir el país en cada
bocadillo”.
Respecto a sus principales
intérpretes, debe aclararse que
Los dioses rotos es un
filme que alcanza tamaña
intensidad gracias, también, al
majestuoso desempeño histriónico
y a la experiencia de su
formidable elenco. Silvia Águila
fue la protagonista de dos
filmes de Arturo Sotto (Amor
vertical y La noche de
los inocentes) y trabajó
antes con Daranas en los
telefilmes El hombre de Venus
y ¿La vida en rosa?, en
los cuales también actuaba
Héctor Noas, quien actuó en
filmes como La bella del
Alambra y Kleines
Tropicana. Carlos Ever
Fonseca ha sobresalido en
numerosas telenovelas y en los
filmes recientes El Benny
y Camino al Edén. Un
papel muy especial desempeña
Isabel Santos, la recordada
protagonista de Se permuta,
Lejanía, Clandestinos,
La vida es silbar,
Miel para Oshún y Barrio
Cuba.
Antes, mucho antes de que
saliera en pantalla, y fuera
aplaudida a rabiar por la
crítica y el público, el crítico
y escritor Alex Fleites
entrevistó al director para la
revista Cine Cubano.
Habida cuenta de los cauces
genéricos por los que prefiere
incursionar nuestra filmografía
más reciente, se intentaba
precisar cuáles eran las
coordenadas de Los dioses
rotos, una película
proveniente de la colaboración
entre creadores de cine y
televisión, un empeño raro,
afortunado y valiosísimo que
demuestra la voluntad progresiva
del ICAIC por superar antiguos
prejuicios sectarios, y abrir
sus puertas a la colaboración
con otras instituciones
culturales ávidas de participar
en el desempeño audiovisual.
Aclaró Daranas que “Los
dioses rotos es una película
cubana sin chistes. Así es que
creo que de lo único que no
tiene, al menos expresamente, es
de comedia. Por lo demás, la
película le debe al thriller, al
melodrama, al suspense, al drama
social, etcétera. Pero sobre
todo, y desde el primer plano,
existe la clara premonición de
una tragedia explícitamente
inspirada en la historia de
Alberto Yarini y Ponce de León.
El desafío entonces radica en
cómo narrarla, en cómo regresar
a nuestros lugares comunes, a
nuestras obsesiones de siempre
con la capacidad de atrapar, de
sorprender, de emocionar”.
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En esa misma entrevista,
confesaba Daranas sus distancias
y paralelismos respecto a la
tradición del cine cubano
respecto al tratamiento del tema
femenino, del machismo y la
marginalidad: “en Los dioses
rotos dos miradas de mujer
son confrontadas: la de Laura
(Silvia Águila), que es una
socióloga que estudia el mundo
del proxenetismo habanero, y la
de Sandra (Annia Bú), una joven
marginal inmersa en esa zona de
nuestra realidad. (…) Casi todo
lo que he escrito y filmado
acontece en mi universo
inmediato, en mi entorno
cotidiano de La Habana Vieja.
(…) La verdad que nos interesa
es el resultado de una pesquisa
compartida por todo el equipo de
trabajo, de una interpretación
y, sobre todo, de los
sentimientos que todo eso nos
genera. El realismo es otra cosa
y a menudo carece de belleza. No
importa lo duras que sean las
cosas que traten estas
historias, igual esa belleza nos
obsesiona. Desde el primer paso,
coincidimos en que esta no era
una película de chulos y
jineteras, aunque todo eso
estuviera presente en buena
parte de la historia”.
Hablando de la belleza innegable
de la película, algunos críticos
y espectadores le imputan algo
así como un exceso de glamour,
una belleza en la fotografía y
los efectos visuales que tiende
a “estetizar” la marginalidad y
la delincuencia, y convertirlas
en algo hermoso, seductor e
incluso turístico. Daranas
explica esa voluntad
hermoseadora en una película que
todos esperábamos descarnada,
naturalista, cruda: “Durante
años, he tenido la suerte de
contar con Rigoberto Senarega
como fotógrafo. Pero no puede
hablarse de la imagen de Los
dioses… sin subrayar la
pericia narrativa de Erick Grass.
Su Dirección de Arte no se
contenta con proponer y componer
entornos visuales siempre
sugestivos, él sabe muy bien
cómo enriquecer a un personaje
desde la propia naturaleza de
ese espacio. Vladimir Cuenca, en
el vestuario, fue otro gran
colaborador en ese sentido.
Ahora, ya en las postrimerías,
el talento de Rudel Reyes en la
posproducción digital le da el
acabado a la imagen otorgándole
el carácter que realmente nos
interesa. No importa que los
personajes se muevan entre
ruinas, ni la aspereza de su
entorno. Está muy claro que nada
de eso puede ser ‘lindo’, pero
también lo está que la belleza
de la que hablábamos es otra
cosa mucho más efectiva, emotiva
y compleja. Ese es el gran
desafío de la imagen de una obra
como esta”. |