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No tenía opción cuando
Graciella Pogolotti me
pidió hacer lo que ahora
intentaré. Hablar de un
ser excepcional a quien
mucho debe el pueblo
cubano y su cultura, a
los que entregó una vida
auténticamente heroica
de modestia
incomparable, de una
modestia que va con ella
más allá de la muerte.
Rendir tributo a
Vicentina Antuña es
proponerse un imposible.
Las palabras serán
siempre inútiles.
Cumplo, sin embargo,
este deber porque a ella
la necesitan los jóvenes
de hoy y de mañana mucho
más que quienes jamás
nos acostumbraremos a su
ausencia.
Muchas veces fui testigo
del enorme cariño que
Magistra sentía por
Graciella y otras
alumnas suyas a quienes
no dejaba de identificar
como a las hijas que no
pudo tener.
Ese era probablemente
uno de los dolores más
profundos que guardaba
en su intimidad siempre
protegida. Y como todos
los que debió afrontar,
lo asumió a su manera
bondadosa e íntegra. La
vida le negó el don de
la maternidad, pero
pocas mujeres dieron
tanto y tan puro amor de
madre como Vicentina.
Esa capacidad de amar
que el Che definió como
sustancia del verdadero
revolucionario y
Vicentina multiplicó
generosamente, es la
explicación del culto
que a ella no dejaremos
de profesar quienes
tuvimos el privilegio de
conocerla.
En la primavera de 1980,
hacia el filo de la
medianoche, en una de
las inolvidables
sesiones de trabajo en
la dirección del
periódico Granma,
asistí a una animada
discusión semántica que
tenía como eje al Jefe
de la Revolución Cubana.
Frente al generalizado
criterio de los demás,
Fidel insistía en
atribuir cierto
significado a un
vocablo. Cuando parecía
imposible resolver la
disputa proclamó que
solo aceptaría el
veredicto de Vicentina y
me pidió que le
consultase sin decirle
quiénes participábamos
en la discusión ni las
posiciones que
sosteníamos.
La llamé sabiendo que a
esas horas Magistra
estaría, como siempre,
leyendo en su biblioteca
cerca del teléfono. Me
tomó unos segundos
exponerle la esencia del
asunto sin entrar en
detalles. Su respuesta
fue instantánea:
“Ricardo, como siempre,
él es quien tiene la
razón”.
La anécdota sintetiza la
profunda relación de
respeto y admiración que
los unió y que
seguramente ella
calificaría de cordial,
o sea, nacida del
corazón. Así lo
explicaría Marta Arjona:
“Ese vínculo de ella con
Fidel fue muy estrecho,
y además muy amoroso,
muy cariñoso. Yo pienso
que Vicentina siempre
supo interpretar a
Fidel, toda la vida,
porque ella sentía una
especie de sacerdocio,
ella ejercía un
sacerdocio cuando
hablaba de Fidel, y
cuando le transmitía a
la gente lo que ella
creía de Fidel, porque
además lo conocía desde
muy joven y lo quería
mucho”.
Vicentina Antuña fue,
sobre todo, maestra
insuperable. Alcanzar
esa condición significó
para ella vencer
obstáculos que parecían
insuperables en una
sociedad que relegaba a
la mujer, le negaba sus
derechos civiles y
políticos, y en un país
hundido en el atraso y
la pobreza, administrado
por gobernantes
corruptos, mediocres y
serviles.
Nacida en hogar humilde,
en Güines, conoció
temprano el trabajo duro
de la gente del campo.
Allí asistió a la
escuela pública y
cosechó tomate y
despalilló tabaco. De
niña adquirió las
virtudes de quienes se
labran la vida por sí
mismos y forjó la
entereza de su carácter.
Tenía 14 años cuando se
incorporó a las luchas
estudiantiles en el
Instituto de Segunda
Enseñanza de La Habana.
Desde su ingreso a esta
Universidad en 1926
militó en la Federación
de Estudiantes
Universitarios y en el
combate contra la
tiranía machadista.
Culminó en 1930 con
méritos académicos dos
carreras universitarias,
Filosofía y Letras y
Pedagogía. Volvió a
Güines con su familia
agobiada por la crisis
económica. Consiguió
algunos empleos como
maestra primaria y fundó
con su hermana Estéfana
una pequeña escuela de
dos aulas.
En 1933 regresó a La
Habana para ser
Instructora Honoraria de
la Escuela Anexa a la
Facultad de Pedagogía.
Al año siguiente ingresó
por oposición al
Claustro de la Facultad
de Filosofía y Letras
como profesora de Lengua
y Literatura Latina que
desempeñaría hasta el
día de su muerte,
siempre con la frescura
y el espíritu renovador
de su perenne juventud.
Fue inestimable su
contribución a la
Universidad de La Habana
en aquellos tiempos
lejanos “en que ―como
dijo Carlos Rafael
Rodríguez― en su
profesorado era una de
las pocas excepciones en
la mediocridad, el
verbalismo y la
anacrónica repetición de
cosas dichas”.
Sus dotes
extraordinarias para el
magisterio, esas que
llegaban a sus alumnos
por la vía de los
sentimientos, de modo
natural, casi
inadvertido, pueden
resumirse en que pese a
su muy elevada autoridad
moral y su absoluto
dominio de la materia
que enseñaba, la
sentíamos cercana,
compañera. Nunca dejó de
estudiar, leyó
incansablemente, estaba
al día en todo lo que se
publicaba y no solo
sobre Roma y su cultura.
Compartía generosamente
su sabiduría sin
ostentar superioridad.
Le gustaba preguntar y
escuchaba atentamente.
Sentíamos confianza al
acudir a ella y
consultarle incluso
nuestros problemas
personales.
Cuando se acercaba al
final de su carrera ella
nos dejó las claves
fundamentales que pueden
ser guía para los que
hoy y mañana ejerzan el
magisterio: “la función
del maestro es ayudar a
los alumnos a pensar,
incitarlos, procurar que
desarrollen la facultad
de pensar, enseñarlos a
aprender, incitar su
amor al saber, excitar
el interés por la
cultura… debe preparar a
la persona para que por
sí misma haga la
búsqueda, seleccione la
información, en fin,
poner a los alumnos en
condición de que sean
ellos mismos los que se
formen”. Para Vicentina
el maestro debe ser a la
vez exigente y muy
comprensivo y sobre todo
“tiene que crear una
atmósfera de afecto” que
ella definía con estas
palabras: “si él se
interesa por el alumno,
si antes del interés
incluso por la ciencia
que enseña está el
interés humano, esa
atmósfera afectiva se
genera, y yo no creo que
pueda existir una
verdadera educación, que
pueda realizarse
plenamente la educación
sin que exista esa
relación afectiva entre
profesor y alumno, yo
creo como Bécquer cuando
decía que: 'No
aprendemos más que lo
que amamos, de aquel a
quien amamos'”.
La muchacha de Güines,
devenida profesora
excepcional, no dejó de
ser una combatiente
revolucionaria como lo
demostró su activa
presencia en la huelga
de marzo de 1935. La
Revolución que abrazó
desde niña vivió siempre
en ella. Vicentina no
“se fue a bolina”.
Mientras en la Colina
iniciaba a los jóvenes
en el mundo clásico,
desempeñaba entre 1937 y
1939 la dirección
técnica y daba varios
cursos en la Universidad
Popular José Martí, en
el Sindicato de la
Madera, donde el
espíritu de Mella se
negaba a desaparecer.
Estuvo entre los
profesores que supieron
arrostrar con valor y
dignidad los desmanes y
la violencia del llamado
“bonche” universitario.
Promovió activamente la
educación popular y la
de la mujer, cuyos
derechos a la plena
igualdad defendió en el III Congreso Nacional
Femenino en 1939 y a lo
largo de toda su vida.
Luchó ardorosamente
contra el fascismo y en
defensa de la República
española. Ingresó por
primera vez en un
partido político, el
Partido del Pueblo
Cubano (Ortodoxo),
integró su Consejo
Director y presidió su
Comisión encargada de
los problemas de la
mujer y el niño. Fundó y
fue Secretaria del
Movimiento por la Paz en
Cuba y miembro del
Consejo Mundial de la
Paz desafiando los
prejuicios y las
persecuciones de la
Guerra Fría y el macartismo.
En aquellos tiempos que
cumplía tan importantes
responsabilidades
políticas, sin abandonar
nunca la docencia y el
magisterio, fue también
tenaz promotora de la
educación y la cultura.
Fue ella especialmente
quien impulsó la
conversión de la
Sociedad Lyceum en un
centro animador de las
artes y el pensamiento y
le imprimió su visión
incluyente, abierta
siempre a todo mérito
verdadero. En una
sociedad que, según sus
palabras, “no puede ser
hoy día más corrosiva
para el logro de fines
elevados de educación”,
en tiempos regidos por
“el más brutal de los
cinismos”, Vicentina
Antuña abogó por dar a
la educación “su sentido
más trascendente, su fin
primordial, la formación
del carácter, el
crecimiento interior del
individuo con el
desarrollo de sus
capacidades
espirituales” y proclamó
“la urgencia de
restablecer el ideal de
la persona humana, la
necesidad de rescatar la
plena dignidad del
hombre promoviendo un
nuevo humanismo”. Para
lograrlo “la educación
que corresponde al nuevo
ideal humanista ha de
cultivar no solo una
parte del hombre, sino
todo el hombre; ha de
formar el hombre
integral”, pues “para el
nuevo humanismo no puede
haber formación humana
plena, realización total
de la persona, si no
está asegurada la vida
en sus tres dimensiones,
profundidad, amplitud y
altura, es decir, la
propia intimidad, la
vida en comunidad y la
vida en trascendencia”.
Estas ideas las expresó
Vicentina en junio de
1949 cuando nadie podía
imaginar la bancarrota
del régimen republicano
y los nuevos y aun más
graves desafíos que
habría que afrontar.
Al producirse el golpe
de Estado del 10 de
marzo de 1952 Vicentina
ocupó un lugar en la
primera fila entre
aquellos ortodoxos que
sostenían dentro de su
partido una posición
firme y resuelta frente
a la tiranía. Estuvo
junto a su esposo, el
profesor Francisco
Carone, a la vanguardia
de la lucha contra el
infame Canal Vía Cuba
con el que Batista,
siguiendo las órdenes
del imperio, pretendía
partir la Isla en dos
pedazos. La FEU y la
Generación del
Centenario tuvieron en
ella siempre una amiga y
compañera. Lo fue de
José Antonio y el
Directorio en su lucha
por eliminar los
residuos del “bonchismo”
y colocar a la
Universidad en la
delantera del combate
contra la dictadura. Lo
fue en la clandestinidad
apoyando activamente al
Movimiento 26 de Julio
como responsable de la
célula S de la
Resistencia Cívica,
cumpliendo tareas que en
aquellos tiempos se
castigaban con la
tortura y la muerte.
Finalmente la Revolución
vino a su encuentro el
primer día del año 1959
cuando ya ella estaba en
plena, espléndida,
madurez. Vicentina no se
incorporó a la
Revolución. No podía
hacerlo. Nadie se agrega
a sí mismo. La
Revolución era ella
misma. La bella dama con
la que soñaba desde la
infancia, por la que
había luchado tanto, con
la que había crecido y
sufrido, la que había
buscado día y noche. Al
cabo del largo, duro
camino llegaba a ella y
se abrazaban.
“Ad astra per aspera”
solía decir en aquellos
días luminosos de enero
para callar después y
dar paso a su sonrisa
leve y su mirada tierna
vueltas quizá a los días
lejanos de Güines, a la
empinada cuesta
recorrida y al infinito
que se abría hacia
delante.
Al triunfo de la
Revolución fue designada
al frente de la
Dirección de Cultura del
Ministerio de Educación
y al reanudarse las
actividades
universitarias fue
decisiva en el proceso
de reforma para crear
una Universidad renovada
que será siempre deudora
a las ideas, los métodos
y el ejemplo de
Vicentina Antuña.
Como Directora de
Cultura cumplió una
misión de singular
mérito sin la que no se
puede explicar las
profundas
trasformaciones y lo
mucho que ha avanzado
Cuba en ese campo.
Precisa recordar algunas
cosas. En Cuba, el
estado nunca se ocupó ni
preocupó por la
promoción de la cultura,
no hizo nada por apoyar
y estimular a los
intelectuales y
artistas, salvo en el
breve período en que,
con recursos limitados y
en un ambiente social
muy desfavorable, trató
de hacerlo el gobierno
depuesto por el golpe de
Estado de 1952.
La tiranía batistiana
que tanto daño hizo al
conjunto de la sociedad
cubana se ensañó
especialmente con su
educación y su cultura.
Clausuró centros de
enseñanza, asesinó a
estudiantes y
profesores, persiguió a
intelectuales y artistas
y reprimió las
actividades de algunos
grupos de creadores
independientes.
En aquellos años,
verdaderamente sombríos,
fue la Colina
universitaria baluarte y
refugio de nuestra
cultura. Aquí bailó para
el pueblo y recibió su
homenaje Alicia Alonso y
nuestro Ballet despojado
de su magro subsidio y
acosado por la camarilla
gubernamental. Aquí
expusieron sus obras los
pintores del grupo los
Once y otros jóvenes
creadores que no tenían
lugar allende la
Escalinata y celebramos
la gran exposición
frente a la Bienal
franquista-batistiana.
Aquí se mantuvo vivo el
teatro y el cine y la
música sinfónica y coral
y las actividades de
extensión universitaria
que mucho alumbraron en
aquellas tinieblas. Esa
es parte de la historia
de la FEU de José
Antonio y de Fructuoso,
pero ellos no pudieron
hacerla sin el aliento y
la ayuda de Vicentina,
de Roa, de Entralgo y
otros maestros
inolvidables.
El asalto de la tiranía
batistiana contra la
cultura fue mucho más
allá. Financió
instituciones
pseudoculturales, incluso
fraudulentas
“universidades”, que
pretendieron suplantar a
las tres universidades
cubanas de entonces,
especialmente durante
los dos años que
permanecieron cerradas.
Estableció además un
llamado Instituto de
Cultura, engendro goebeliano, dotado con
cuantiosos recursos
destinados al soborno y
a fomentar la lisonja a
un régimen de oprobio y
muerte.
La mayoría de nuestros
escritores y artistas
mantuvieron en alto su
decoro. Algunos se
marcharon en busca de
otros horizontes. Otros
se dedicaban a labores
ajenas a su vocación o
publicaban con sus
propios recursos en
ediciones más bien
simbólicas. La cultura
cubana quedó reducida a
pequeños cenáculos y
tertulias de jóvenes
meritorios, pero
impotentes frente a la
mediocridad que los
circundaba. Como suele
suceder de grupos
cerrados y aislados
surgieron tendencias a
la exclusión del otro.
La vida, después de
todo, se reducía a la
secta escogida.
El triunfo
revolucionario llegó
para todos como un rayo
inesperado con su luz
desconcertante.
Para realizar su misión
en la Dirección de
Cultura, Vicentina buscó
el concurso de los
mejores valores de la
literatura, la música y
las artes plásticas, sin
importar la edad ni la
filiación política o las
tendencias culturales
que manifestaran. A
nadie cerró las páginas
de la Nueva Revista
Cubana ni las puertas de
su despacho. Se afanó
por sumar y abrir
espacio a todos sin
sombra de favoritismo.
Fue la rectora sabia y
consecuente de la
política de un gobierno
que hacía una profunda
Revolución cultural que
erradicaba el
analfabetismo,
incorporaba a las aulas
a miles de jóvenes de
familias pobres y
publicaba millones de
ejemplares de textos de
autores clásicos y
modernos de la mayor
diversidad ideológica o
filosófica.
Igual fue su línea de
conducta desde la
presidencia del Consejo
Nacional de Cultura que
reemplazaría a la
antigua Dirección. En
ambos realizó una labor
tesonera de incesante
creación, de decisiva
trascendencia para la
Patria y para las
generaciones que
vendrían después. De los
grandes cargos que ocupó
no obtuvo beneficio
material alguno. Vivió
siempre en la misma
casa, con los mismos
muebles, en un entorno
que solo cambiaba por la
aparición de nuevos
libros y publicaciones,
su único lujo.
Luchó callada, como
heroína verdadera,
sufriendo penas que
pocos pueden encarar y
sorteando al mismo
tiempo mezquindades y
zancadillas sectarias.
Ante unas y otras
respondía con un suspiro: “En fin”, y se
arropaba en el silencio.
“Ad astra per aspera”.
Liberada finalmente del
fardo administrativo
asumió la dirección de
la Escuela de Letras y
la presidencia de la
Comisión cubana de la
UNESCO. En ambas
instituciones queda la
estela de su sabiduría,
su devoción al trabajo,
su ejemplo de virtud y
amor.
Nunca dejó de ejercer el
magisterio. No abandonó
el aula ni a sus
alumnos. Hasta el último
instante vivió para los
demás.
Ya lo había advertido su
amado Virgilio, dos
milenios antes: quienes
son capaces de
ennoblecer la vida se
ganan el recuerdo de los
hombres. Y el amor y la
gratitud.
No te olvidaremos,
Magistra.
Hasta siempre maestra,
madre, compañera.
Palabras
de Ricardo Alarcón de
Quesada, presidente de
la Asamblea Nacional del
Poder Popular,
pronunciadas en el Aula
Magna de la Universidad
de La Habana, el 27 de
enero de 2009, en
conmemoración del
Centenario de Vicentina
Antuña. |