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Silvia Águila llegó al cine en 1996 de la mano de Arturo Sotto con el rol protagónico de Amor vertical. En Los dioses rotos, ópera prima de Ernesto Daranas, hace su más reciente incursión en la pantalla grande para encarnar a Laura, una investigadora que, siguiendo con un prisma intelectual la vigencia del mito de Yarini —el chulo más famoso de Cuba— termina imbuida en una historia de transformaciones personales bajo el influjo de una Habana frecuentemente desapercibida y dura, pero real.

A la televisión había entrado desde mucho antes, en 1975, apenas con 4 años de edad, el público cubano la reconoce por sus actuaciones en aventuras como Los papaloteros y novelas como Pasión y prejuicio y Las huérfanas de la Obrapía. La palestra internacional le abrió sus puertas también por sus papeles en los filmes Malahabana y La noche de los inocentes.

En su haber posee, entre otros, el Premio Catalina de Oro a la mejor actuación femenina en el XXXVIII Festival de Cartagena, Colombia, en 1998; y los Premios Caricato a la Mejor Actriz por la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba en 2004 y 2005 por sus interpretaciones en ¿La vida en rosa?, de Ernesto Daranas y Puertas, de Magda González Grau. Los retos y las satisfacciones de interpretar un personaje como Laura para una actriz como Silvia Águila, fueron los primeros pretextos para esta entrevista.

Siempre has defendido la búsqueda de un buen personaje para escoger tus papeles, ¿qué elementos te hicieron considerar la interpretación del rol de Laura en Los dioses rotos?

He dicho eso en algún momento, es cierto. Pero debo incluir, como determinante  esencial  para  la  calidad  de  un  personaje,  al  guión. La historia debe ser buena para que los personajes, quienes la cuentan, sean creíbles. Lo que hace que una caracterización no se traicione a sí misma o al espectador, viene trazado desde el guión, por ello a mi juicio es imposible defender un personaje si no tiene claros sus objetivos, su historia; matices que el espectador irá descubriendo a través de la película y aceptando con total credibilidad si el guión es coherente.

En este caso partíamos de una buena historia, una propuesta interesante para todos los que nos enrolamos en el proyecto. En el caso particular de Laura, personaje difícil en tanto cambia drásticamente con el transcurso de la historia (esto lo hace más interesante, más complejo) comienza siendo esta mujer cerebral, comprometida con su trabajo y su realidad; una mujer cuestionadora y con principios éticos muy claros para luego, en la medida en que se va involucrando con los personajes de este otro mundo, donde son las pasiones las que gobiernan, ir perdiendo el control de sí misma. Comienza a aparecer para sorpresa de la propia Laura otra mujer, quien actúa conducida ya por sus propios demonios y no por la razón.

Este dramático tránsito hace al personaje más real, más cerca de lo humano. Y me pareció un gran reto para una actriz, que el propio personaje no pudiera entender lo que le estaba sucediendo. Pensé en las miles de posibilidades de construir un personaje que se transforma y actúa sin poder discernir ya sus propias motivaciones.  

Estudias Psicología en la universidad, ¿cuánto ayudó la Silvia psicóloga a la Laura investigadora?

A la Laura investigadora la ayudó sobre todo la actriz. La actuación exige un nivel de compromiso total con el personaje. Es para mí un acto de fe en el cual me va la vida. Leí todo lo que pude sobre Alberto Yarini y la época en la cual este vivió. Me apoyé mucho en el libro San Isidro, 1910. Alberto Yarini y su época, de la gran estudiosa e investigadora del tema, Dulcila Cañizares. Estuve luego en el barrio de San Isidro, recorrí los lugares donde vivió y murió este personaje tan controvertido de la historia popular.

Tener los conocimientos necesarios y hacer mis propias reflexiones sobre el tema me permitieron apropiarme de esta parte del personaje que tiene un sentido de pertenencia con el objetivo de su investigación. Llegué a sentir un profundo interés sobre el tema y esto me llenó de una pasión, creo yo, muy cercana a la que debe sentir la persona que decide estudiar, investigar un tema. La Laura investigadora es una mujer con la constancia suficiente como para no detenerse hasta demostrar la tesis de su investigación: la vigencia de un mito.

¿Qué resultó más difícil al encarnar este personaje y qué lo hizo más cercano, cómo asumiste su construcción?

Lo más difícil fue, como dije, interpretar esta otra cara de Laura, el momento en que deja de ser la investigadora objetiva e imparcial para convertirse en la mujer dominada por las pasiones. Sobre todo, el hecho de que la propia Laura no sabe lo que le está pasando. Esto me obligó a violentarme mucho para poder darle credibilidad al caos emocional en el que se encuentra esta mujer. Meterme de lleno y sin pensar en las consecuencias que esto podría traerle a mi propia estabilidad emocional. Viví intensamente su tragedia como si fuera la mía.

Y me costó luego mucho tiempo, lo reconozco, recuperarme. Creo que los personajes, cuando los vives de esta manera, dejan siempre una huella en el actor. Cuando al final logras recuperarte de la parte dolorosa, queda la experiencia de una vida incorporada a la tuya, siempre para bien.  

Como investigadora Laura hurga en un lado poco divulgado de la realidad habanera actual. Desde su perspectiva, ¿qué resaltarías en la historia de Los dioses rotos?

Los dioses rotos se comunica con el espectador a través de las emociones. Y a través de ellas logra nuestra reflexión sobre este mundo marginal existente en la realidad habanera. Lo que convierte a Los dioses rotos en una película valiosa, auténtica, es su intención de alejarse de los estereotipos, de lo pintoresco. Los personajes todos son seres humanos y cada cual piensa y actúa de acuerdo al mundo en el cual le ha tocado vivir. Sandra y Alberto se aman, pero no pueden convertirse de la noche a la mañana en lo que no son.

Están encerrados en un destino trágico, como mismo lo estuvo el propio Alberto Yarini, en su época. Laura pertenece a otra realidad y, sin embargo, tampoco queda ajena a este otro mundo que, aunque no es el suyo, termina involucrándola hasta los tuétanos. Los dioses rotos no cuenta una historia donde los personajes terminan exentos de culpa. Todo lo contrario. Como dice Sandra: “Aquí nadie tiene las manos limpias”.
 

Ya habías trabajado anteriormente con Ernesto Daranas en ¿La vida en rosa?, ¿cómo ha sido filmar con él?

Ernesto Daranas es un director con el que siempre quiero trabajar. Nos une a ambos un respeto, un compromiso con el arte y tenemos una manera de trabajar muy parecida. ¡Podría decir que somos bastante obsesivos con el trabajo!

La comunicación entre nosotros es excelente, con solo echarme un vistazo sabe cuándo está hablando con la actriz y cuándo con el personaje; esto es la pura verdad.

Es un ser humano de una sensibilidad muy especial, cualidad indispensable, estimo yo, en un artista.

Dedica mucho tiempo al trabajo con los actores y nos da un amplio margen para la creatividad. Creo que el éxito, la suerte que ha tenido la película es indiscutiblemente y, por encima de todo, su mérito.
 

Muchos recordamos tu debut en el cine en 1997 con el protagónico de Amor vertical, más de una década después, ¿cómo ha cambiado el modo en que Silvia Águila se enfrenta a la gran pantalla?

Amor vertical, escrita y dirigida por Arturo Sotto, me dio la oportunidad de salir de los personajes de la damita buena, en los cuales me tenían bastante encasillada. Arturo vio en mí potencialidades y me dio la posibilidad de hacer uno de los personajes más entrañables de mi carrera: el protagónico en una película que vuelvo a ver con el paso del tiempo y para mí no envejece, por el contrario, sigue siendo una gran película. Te voy a contar una anécdota que me marcó y también me dejó una enseñanza a la hora de trabajar con actores que comienzan en esta carrera.

Estábamos en los trabajos de mesa y algunas personas pensaban que yo, con tan poca experiencia, no podría desempeñar dignamente mi personaje. Un día se me acercó Iliana Wilson, actriz a quien admiro y quiero mucho, y me dijo: “Olvídate de lo que dice la gente y tírate contra la pared”. Desde entonces no he dejado de hacerlo. Ahora, con el paso del tiempo, tengo mis propios recursos, una mayor cantidad de vivencias que ayudan a un actor a alcanzar más madurez en su trabajo. Pero, más de una década después, me sigo lanzando contra la pared, aunque esta duela.   
 

 

 

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La Habana, Cuba. 2009.
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