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En su tiempo fue considerado el mejor
tenor de América Latina y su imagen de
latin lover a lo Rodolfo
Valentino desde las pantallas
cinematográficas, encendía los
corazones de sus miles y miles de
admiradoras en muchas partes del mundo.
Así, pues, cuando se corrió la noticia
de que José Mojica actuaría en la
capital cubana, se suscitó un entusiasmo
frenético, como pocas veces se había
visto en la Isla.
La Habana toda soñó con aplaudir al
astro mexicano.
Fue precisamente nuestro genial músico
Ernesto Lecuona quien se apuntó el
triunfo de su presentación en Cuba, por
la que se le pagó al artista visitante
mil dólares por función, suma que acaso
pueda parecer ridícula si se le compara
con lo que hoy perciben los grandes
tenores, pero que, con todo, era una
cantidad astronómica para la fecha.
Dicen que la noche de su debut, el 14 de
diciembre de 1931, en el llamado
entonces teatro Nacional, —hoy Gran
Teatro de La Habana— era verdaderamente
imposible transitar por las calles de
Prado y San Rafael, totalmente inundadas
de público, féminas, en su mayoría,
empeñadas en contemplar en vivo y en
directo al galán azteca, que tanta fama
había alcanzado con sus películas, entre
ellas El precio de un beso, que
respondían , ni más ni menos, a los
cánones melodramáticos de la época, y
hoy, no obstante, pueden ser catalogadas
de cursis por los críticos incluso más
benévolos .
No por gusto desde ese tiempo hasta
nuestros días han transcurrido más de
siete largas décadas, pero nadie puede
negar, sin embargo, que lo de Mojica en
La Habana fue todo un suceso artístico,
que aún se comenta en nuestros días.
Fue tanto el esplendor suscitado por su
visita, que hizo perder hasta el miedo
de las presagiadas demostraciones contra
el régimen machadista, que podían forzar
al público a abandonar el teatro a la
estampida, como sucediera en 1920 al
estallar una bomba, —que causó más ruido
que nueces—, en el mismo escenario
cuando cantó el mundialmente conocido
Enrico Caruso.
“Desde mi arribo advertí —cuenta Mojica
en su autobiografía— que tenía que
enfrentarme a un público amigo al que
debía tratar de manera especial.”
“La recepción que me preparó Lecuona fue
sensacional.”
“Tenía que entregarme, sin reservas, a
un público entusiasta.”
“La seriedad y compostura no encajan con
los cubanos, que aman la confianza, la
franqueza, y se interesan por la
persona.”
“Me lo había advertido Esperanza Iris
cuando me refería el trato familiar y
cálido que le daban en toda la Isla.”
A las nueve de la noche de aquel 14 de
diciembre, como estaba previsto, en
compañía de su pianista Troy Sanders,
salía al escenario por primera vez en La
Habana el divo mexicano, quien fue
recibido con un verdadero torbellino de
aplausos, que duró varios minutos.
La primera parte del concierto —con
obras de Cavalli y Gounod, entre otros—
tuvo una aceptación excelente.
Pero, hubo un momento en el programa en
que el público de las lunetas —al decir
del tenor en su autobiografía— “se
levantaba y salía apresuradamente
cubriéndose la nariz con pañuelos,
tosiendo y gesticulando (…) Todo el
recinto era ya un bullicio y desorden.
Hasta mí llegaba el picante olor de las
bombas lacrimógenas”.
Es bueno aclarar, en honor a la verdad,
que aquellas no eran precisamente bombas
lacrimógenas, según las calificó el
artista, sino “bombitas de peste
confeccionadas a base de la llamada
‘flor de pedo’ y cuyo hedor torna
insoportable la presencia de un local
cerrado”, como afirma el colega Ciro
Bianchi Ross.
Rocambolesco asunto como para no
olvidar.
Por 15 minutos se suspendió el
concierto, Mojica se retiró de la escena
para regresar como si no hubiera
ocurrido nada 15 después y comenzarla de
nuevo con su canto pese a lo viciado de
la atmósfera.
Fue entonces, sin embargo, cuando el
artista vivió uno de sus momentos más
venturosos en la capital cubana.
Él lo confiesa en sus memorias:
“Nunca antes había sido cantada por una
voz masculina — la habían dado a
conocer solamente las sopranos— la
canción de Lecuona ‘María la O’. La
canté en un arreglo especial hecho por
mí, con recitados y declamaciones que la
hacían propia para voz varonil.”
“Por ello recibí una de las más grandes
ovaciones de mi vida, y esa noche ‘María
la O’ —que vocalmente ofrece
dificultades y agudos iguales a la más
escabrosa aria de ópera— quedó para
siempre en el gusto del público cubano;
digo por siempre porque hace un cuarto
de siglo que la canté y todavía se
escucha diariamente.”
Los otros conciertos del astro mejicano
tuvieron lugar en el mismo escenario,
los días 16, 20, 25, 26 y 28 de
diciembre de 1931.
El 30 se le dio un homenaje de
despedida.
Mojica, ya se sabe, no las tenía todas
consigo aquí. Algunos periodistas le
hicieron prácticamente imposible su
estancia habanera.
Su carrera lo hizo millonario. Pero en
marzo de 1943 se ordenó sacerdote e hizo
voto de pobreza.
Fray José Francisco de Guadalupe
falleció en Perú, el 20 de septiembre de
1974, a los 79 años de edad. |