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El estreno de la más reciente
comedia del cine cubano nos sorprendió
en Murcia. Miré con ansiedad la
cartelera y encontré El cuerno de
la abundancia, que así se titula la
película dirigida por Juan Carlos Tabío.
Llamé a Tania y enseguida nos pusimos de
acuerdo para verla lo antes posible.
Hace poco presentaron en Madrid,
Barrio Cuba―del
inolvidable Solás, protagonizado por
nuestro amigo Felito Lahera―
pero no llegó a las provincias. Esta vez
sí que podíamos disfrutar de nuestras
bromas, nuestros dolores y paisajes,
recomendarla a los amigos españoles,
estar más cerca de Cuba por un par de
horas.
Compramos palomitas (rositas de maíz,
sabrosas pero caras con un nombre u
otro) y esperamos unos minutos hasta que
la magia inundara la pantalla. Poca
gente. Nosotros dos, otra pareja y un
hombre en solitario. Seguramente después
se llenaría la pequeña sala, pero los
miércoles a las ocho y media de la noche
los murcianos están cenando y al día
siguiente el despertador manda. Además
la promoción suele ser insuficiente
hasta para el cine español. A veces
aguantábamos un poco la risa o los
comentarios. ¡Qué ganas de volverla a
ver en un cine Yara enorme, cómplice y
repleto hasta la última fila!
Ni este es el lugar ni en ningún otro
pretendería escribir un análisis de la
película. Aunque sí puedo decir que la
recomiendo por auténtica, hermosa, sabia
en obtener el punto agridulce. ¡Y las
palmas reales qué lindas cuando llevas
unos meses fuera! Esta vez no hay
concesiones a un tonito o giros
pretendidamente internacionales. Aunque
filmado en coproducción, el filme es una
obra rabiosamente cubana.
Lo demás emoción y hasta una buena dosis
de nostalgia. Nos dieron ganas de
aplaudir cuando aparece Héctor Quintero
―uno
de nuestros más grandes dramaturgos―
con la cabeza rapada y desplegando una
excelente interpretación.
Especialmente entrañable resulta el
pedaleo de Jorge Perogurría (Pichi para
cientos de cubanos) recorriendo las
calles de su pequeño pueblo, o
dejándonos gozar el paisaje de la
campiña mientras se dirige al trabajo.
Pichi, que sigue siendo un legítimo
hombre de pueblo, maneja la bicicleta
con formidable naturalidad. Su forma de
ir de un lugar a otro con su vieja bici
me recuerda el pedalear de primos,
vecinos, amigos que no se dejan vencer
por las contradicciones eternas de la
vida o las particulares y ásperas de
nuestro país.
Pichi en bicicleta es Perogurría
juntando pintores para ayudar a las
víctimas de la pareja de ciclones que
nos golpeó hace poco; Pichi dándoles a
los pedales sin retórica, sin
puritanismo, enamorado de su espléndida
mujer, dialogando con fervor y
discrepando, respetuoso pero firme, con
el padre; solidario con la hermana
carente de tantas cosas pero que
conserva una sonrisa de cubana bella y
sensual entre sus dientes marchitos. |