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Totalmente hartos del mismo tipo de
películas en pantallas grandes y
pequeñas, cansados de un cine igual,
parecido, sin ambiciones, convencional,
hablado todo en el mismo idioma,
formulista y predecible, hecho de
acuerdo con recetas establecidas por el
teatro y la literatura hace cien o
doscientos años, el espectador fatigado
tuvo la oportunidad de montarse en una
suerte de expreso que lo llevó de paseo
por muy distintos paisajes. En octubre,
la Cinemateca
nos invitó a recorrer la actualidad de
las cinematografías holandesa y húngara,
junto con la celebración retrospectiva
de Alexander Kluge, el más arriesgado y
personal entre los autores alemanes de
la segunda mitad del siglo XX.
La segunda semana de cine holandés que
se celebró en Cuba contó con seis filmes
de ficción, dos documentales de
largometraje y siete cortos y animados.
La semana estuvo presidida por Shouf
Shouf Habibi!, una de las muchas
comedias más o menos divertidas,
realizadas dentro y fuera de Europa,
sobre diferencias culturales entre
nativos e inmigrantes. En 2004, alcanzó
el Premio de Oro, que se concede a los
filmes nacionales que vendan cien mil
entradas, pero también fue distinguida
con el
premio de la crítica al director Albert
Ter Heerdt, y al actor Mimoun Oaïssa
en el Festival de Cine holandés. El
mismo Premio de Oro, una suerte de
reconocimiento a la popularidad, fue
ganado por los filmes de ficción
Anaranjado (Joram Lürsen, 2004),
Camarero (Alex van Warmerdam, 2006)
y Una familia feliz (Martin
Koolhoven, 2006), mientras que Hotel
Paraíso (2002) fue aclamada, dentro
y fuera de Holanda, pues llegó a ser
nominada al Oscar, como antes lo habían
logrado varios filmes holandeses de
altísima calidad: Carácter,
Antonia y El asalto, entre
otros.
A destacar también, en la semana
holandesa, el corto animado Padre e
hija (con los máximos premios
mundiales a que puede aspirarse en este
género: BAFTA y Oscar, Gran Premio en
Annecy…); el documental Los niños
perdidos de Buda, sobre un
legendario monje, ex boxeador de Tai,
que vive en la frontera norte de
Tailandia, y se ha dedicado a cuidar
niños huérfanos; Eternidad,
original propuesta que se desarrolla en
el parisino cementerio de Père-Lachaise,
y expone la sentimental relación de
algunos visitantes con las tumbas de
Chopin, Morrison, Wilde, Proust,
Apollinaire, Ingres… Debemos anotar,
como de paso, que el cine holandés se
hizo célebre internacionalmente, en el
periodo de entreguerras, mediante los
documentales de Joris Ivens y Bert
Haanstra. En los años 70, sobrevino la
celebridad mundial de Paul Verhoeven (Soldados
naranja, Delicias turcas)
quien muy pronto se asentó en Hollywood
(Instinto básico, El hombre
invisible) hasta que hace un par de
años regresó a su país para realizar
El libro negro, vista recientemente
en nuestras pantallas. De modo que hasta
grandes y provocativos autores ha tenido
el cine holandés.
Hablando de autores, octubre también fue
el espacio donde se exhibieron ocho
piezas de Alexander Kluge, uno de los
ideólogos fundamentales del Manifiesto
de Oberhausen y líder de la primera
generación de nuevos cineastas alemanes,
allá por los años 60, cuando se
proclamaba a los cuatro vientos la
inconformidad, el anhelo de que la
imaginación gobernara nuestros destinos.
El Nuevo Cine Alemán comenzó en 1966,
con el estreno de un buen número de
películas importantes, entre las que se
incluyen el primer largometraje de Kluge,
Una mujer sin historia, que
advirtió internacionalmente que estaba
sucediendo algo interesante en Alemania,
y que ocasionó una euforia en la crítica
europea comparable al impacto que causó,
en Francia, el premio en Cannes para
Los cuatrocientos golpes de Truffaut.
El resto ya es leyenda: en 1971, Kluge,
junto a Wim Wenders y otros 11
directores, formaron la Filmverlag
der Autoren, una compañía de
distribución independiente que agrupaba
a los mejores realizadores alemanes,
entre los cuales muy pronto se
encontraría Rainer Werner Fassbinder.
Así, Kluge ha sido paladín del cine
alemán de vanguardia durante al menos 30
años. En sus filmes, intentaba rescatar
los recursos brechtianos apelando más al
raciocinio que a las emociones o a la
identificación; asimiló la poderosa
influencia de Godard en cuanto a la
discontinuidad de la narración y el
desorden aparente de un mosaico de
imágenes, o acciones, carentes de
relación causal notoria; intercaló
escenas documentales con otras de
ficción pura, y dejó traslucir en su
puesta en escena que el espectador
estaba asistiendo a un juego irreal,
extraño y seductor.
En la retrospectiva Kluge no faltó un
puñado de estrenos en Cuba, pues en su
momento los cinéfilos cubanos solo
conocíamos de nombre estas películas,
las mismas que arrasaban en los
festivales y estimulaban los elogios de
los críticos. Así ocurría en una época
cuando una buena película tenía que ser
algo más que entretenimiento adormecedor
y desconectante. Como creo a pie
juntillas que más vale tarde que nunca,
fue útil este banquetazo de Kluge. Entre
sus títulos altamente recomendables
—para espectadores en busca de películas
que representen un pródigo esfuerzo
intelectual— clasificaron Artistas de
la carpa de circo: perplejos (1968),
En tiempos de peligro y gran penuria
el camino del medio significa la muerte
(1974), el collage que pasa revista a la
historia alemana titulado La patriota
(1979), y el filme de episodios El
ataque del presente al resto de los
tiempos (1985) que se despide por
completo del cine clásico en una extraña
reflexión sobre el destino de la
humanidad.
Aunque el cine húngaro, al igual que el
alemán, aportó numerosos talentos a
Hollywood en la primera mitad del siglo
XX (Michael Curtiz, George Pal, Charles
Vidor), fueron los años 70 y 80 los de
su máximo esplendor, con todas aquellas
irrepetibles reconstrucciones históricas
a cargo de István Szabo (Confianza,
Mephisto, Coronel Redl),
Miklós Jancsó (Salmo rojo,
Rapsodia húngara), Marta Meszaros (Las
herederas, Diario de mis hijos),
Zoltan Fabri o Bela Tarr. En el presente
ciclo de cine húngaro producido entre
2000 y 2007, no hay ni un solo título
firmado por alguno de los respetados
autores antes mencionados, pero en
cambio se ofrece la oportunidad de
acceder a lo más contemporáneo y menos
conocido en Cuba, como Glamour (Frigyes
Gödrös, 2000), la
multipremiada historia de amor entre el
judío Imre y la alemana Gerda, a lo
largo de 40 años de historia húngara.
Glamour
fue prolijamente premiado
internacionalmente
y fue elegido como el mejor del año en
aquel país, escaños de validación adonde
también arribaron la ópera prima Aire
fresco (Agnes Kocsis, 2006) y la muy
significativa Hipo (György Pálfi,
2002), un trabajo a medias entre la
ficción, el documental y la
experimentación, que prescinde de
diálogos y le valió al director ser
considerado descubrimiento europeo del
año. La victoria del amor y En
tanto América nos alertan respecto a
las capacidades magiares para hacer
comedias.
No sé si el lector lo satisfizo tanto
como a mí, pero hacía meses, tal vez
años, que no teníamos la oportunidad de
llenarnos los ojos con centroeuropeos
paisajes, y los oídos con los sonidos
del alemán, el holandés o el húngaro. Y
a mí me siguen apasionando semejantes
itinerarios y melodías. Seguro que a mi
lector también lo entusiasman. |