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Cundo Bermúdez, el último de los
grandes maestros de La Escuela
de La Habana, dejó de existir
ayer a los 94 años de edad en la
ciudad de Miami. Con él concluye
un ciclo de oro de la pintura
cubana, aquella que deslumbró a
espectadores y críticos desde su
aparición en los años 40, cuando
un grupo de jóvenes pintores y
escultores consagró la
existencia de un sólido
movimiento innovador
caracterizado por la calidad y
originalidad de sus propuestas
artísticas.
En su primera época la pintura
de Cundo Bermúdez oscila entre
el clasicismo renacentista y la
fascinación por el arte popular.
De su amor por lo clásico dan fe
los extraordinarios Retrato
de Luisita Caballero (1938)
y el Retrato de Fina y Bella
García Marruz (1940). Sin
embargo, la consagración
definitiva de su obra está
vinculada con su amor a la vida
urbana y a las costumbres
tradicionales del hombre común.
Así aparece la primera de sus
obras consagratorias en la cual
queda asentado su estilo, El
balcón (1941), glorificación
amorosa a la ciudad de La Habana
y a sus personajes entrañables.
Cundo descubre la esencia de su
arte en el esplendor de lo
cotidiano. En la recreación
contemporánea de escenas
populares como La barbería,
El billar, El
limpiabotas o Las
comadres el artista
encuentra los motivos medulares
de su pintura, elevados a la
categoría de arquetipos
cubanos.
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Precisamente es en la década del
40 en la que la pintura de Cundo
Bermúdez adquiere su perfil
definitivo, alrededor del cual
se moverá, a partir de los años
50, en variaciones de acentos y
formas, entre el plano y el
volumen, entre la representación
y la abstracción. Paisajista
ocasional, pintor de naturalezas
muertas o retratos, de músicos o
saltimbanquis, lo que define su
mejor pintura son sus escenas
extraídas del ambiente cubano y
los interiores domésticos que
fueron refinándose en el
transcurso de los años hasta
convertirse en espacios
míticos.
Cundo Bermúdez, artista de
extraordinaria fecundidad
creativa, mantuvo en alto su
quehacer pictórico hasta sus
últimos días. Las enfermedades
no pudieron vencer su
inquebrantable voluntad ni
obligarlo a abandonar sus
pinceles y colores. Como el
propio Cundo expresó en frase
definitiva: “Pintar es el bastón
de mi vida, vivo para pintar”.
La Habana, 31 de
octubre de 2008
Roberto
Cobas es curador del Museo
Nacional de
Bellas Artes. |