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Dentro de la generación de
artistas plásticos que irrumpió
a la vida cultural en los años
70, Nelson Domínguez es uno de
los más reconocidos. No se trata
únicamente de haber cosechado
una veintena de premios en
salones nacionales e
internacionales, ni de exhibir
en su currículo más de un
centenar de exposiciones
personales y participaciones en
muestras colectivas dentro y
fuera de Cuba, ni de figurar en
colecciones públicas y privadas
en Japón, EE.UU., México,
Nicaragua, España. Italia,
Alemania, Gran Bretaña, Rusia,
Canadá, Argentina, Chile,
Brasil, Panamá, Holanda, Suecia
y en varias instituciones
cubanas.
Lo importante en su caso radica
en la convicción poética que
irradian sus piezas y la
autenticidad con que asume el
acto creador, rasgos estos
sumamente valorados por la
crítica y el público.
La ficha biográfica que Nelson
suele incluir en los catálogos
es demasiado escueta: la fecha
de nacimiento (Baire, antigua
provincia de Oriente, 23 de
septiembre de 1947), unas
cuantas líneas para resumir sus
estudios, y su pertenencia a la
Unión de Escritores y Artistas
de Cuba y a la Asociación
Internacional de Artistas
Plásticos.
Mucho más intensa y rica
resulta, sin embargo, su
trayectoria vital. Esa es la que
intentamos registrar en este
diálogo sostenido en los altos
de la Galería Los Oficios, en la
Habana Vieja, donde el artista
exhibe y promueve su obra.
¿Cuáles son tus orígenes? ¿Qué
recuerdos tienes de la infancia?
Yo crecí en la Sierra Maestra.
Mi padre trabajaba una finca
donde tuve un contacto muy
directo con la naturaleza.
Recuerdo que había un río y unas
pozas donde nos bañábamos e
íbamos a pescar biajacas, que
freíamos para comer. También
recuerdo unas grutas que me
parecían enormes, allí
escondíamos cosas, sobre todos
mis hermanos mayores. Eran
productos de los que mi padre
compraba para la refacción de
los braceros haitianos que
trabajaban en la recogida del
café. Eso fue hasta los siete
años en que nos mudamos a otro
paraje del monte, a la finca
Aguacate, por la vuelta de La
Sierrita, en la ladera de
Providencia, como quien va para
Santo Domingo, donde se daría
después una de las batallas más
tremendas del Ejército Rebelde
contra las fuerzas de la tiranía
a fines de mayo de 1958. Allí lo
principal era el ganado. Papá
taló el monte, hizo conucos para
sembrar viandas, pero lo suyo
eran las vacas. La finca tenía
dos casas; en una, papá trajo a
vivir a unos amigos que después
se fueron. Esa sirvió después de
campamento de tránsito para el
Ejército Rebelde. Los rebeldes
confiaban a papá reses para que
las cuidara. Cuando pasaba la
tropa, las sacrificaban. Yo, que
nunca levanté más de dos cuartas
del suelo, saqué mucha yuca y
boniato y las cargué para darle
de comer a la tropa.
¿Viste alguna vez a Fidel?
Allí conocí a Fidel. Un día se
lo conté y él me dijo: ¿tú te
acuerdas de eso? Lo vi por
primera vez mientras intentaba
comunicarse por radio con
alguien y el equipo estaba malo
y Fidel echaba un montón de
malas palabras. Le pregunté a
papá por qué ese hombre decía
esas cosas, y me respondió: “No
se da cuenta, mijo, que ese
hombre está molesto”. También
recuerdo al Padre Sardiñas. A
Raúl, no. Creo que nunca pasó
por ahí. Al que sí conocí fue a
Camilo, que pasó por mi casa
antes de marchar hacia la
Invasión a Occidente.
¿Cómo era el comandante Camilo
Cienfuegos?
Montaba una acémila y nunca se
bajó del animal mientras hablaba
con papá. Detrás había un mulo
cargado de armas. Camilo tomó un
jarro de café con leche. Papá se
interesó por su edad y Camilo,
que era muy guasón, le preguntó:
“¿Qué edad usted me echa?” “24,
25, a lo sumo 26”. Camilo
sonrió: “Tengo 28”. Yo acompañé
a sus hombres a lo largo de la
finca, hasta que llegaran al
alto. En medio de la caminata
aparecieron avionetas de
reconocimiento del enemigo. Al
verlas, alguien gritaba:
“¡Avión!” Y la gente se hundía
en la tierra, debajo de la yerba
brasileña que sembraba mi padre
para el ganado y era gigantesca.
Entre los hombres de Camilo,
estaba William Gálvez, quien le
dijo a una de mis hermanas
menores: “Cuando triunfemos, te
voy a mandar a buscar a La
Habana para que estudies”.
William cumplió. Mi hermana
estudió en las escuelas Ana
Betancourt. Qué suerte aquella
de conocer a Camilo. Entre los
que habitábamos en la Sierra, y
entre los propios rebeldes que
pasaban por casa, Camilo era una
especie de Dios, tan fuerte era
ya la leyenda del héroe. Andaba
con su sombrero y su barba.
Cuando después estudié Arte,
supe que Camilo parecía un
centauro.
¿Tenías conciencia de que eras
testigo de acontecimientos
históricos excepcionales?
Pese a mi escasa edad, me fui
dando cuenta de lo que estaba
pasando a lo largo de aquel año
tan agitado de 1958. Un día mi
hermano mayor desaparece y mi
padre comenzó a buscarlo de uno
a otro lado en la Sierra. Al
final se enteró de que estaba
con la tropa del comandante
Víctor Mora. Fue a buscarlo y lo
encontró fumando. Mi padre era
muy drástico y le soltó un
gaznatón. Bueno, el caso fue que
mi hermano se incorporó al
Ejército Rebelde y eso se
comentó en casa, donde se
hablaba de la lucha de los
rebeldes como algo muy bueno.
¿Cuándo advertiste que estaba en
marcha un proceso de
transformación social?
El primer cambio que noté poco
después de que triunfara la
Revolución fue la apertura de
una escuelita en Aguacate, y la
noticia de que se estaba
construyendo la Ciudad Escolar
que llevaría el nombre de Camilo
Cienfuegos. Hoy veo esos
acontecimientos como si fuera mi
Primero de Enero particular. En
un inicio escogieron a un niño
de cada familia para ir a la
Ciudad Escolar, en Las Mercedes,
y me tocó a mí. Mi padre, hasta
ese momento, nos había puesto
maestros particulares, porque
aún en medio de la Sierra él
decía que los niños debían
estudiar. Que si él no había
podido hacerlo, nosotros sí.
¿Pudieras evocar tu estancia en
la Ciudad Escolar?
Fui de los primeros en la Ciudad
Escolar. Cuando llegué, estaban
los combatientes del Ejército
Rebelde levantando todo aquello,
estaba el comandante Armando
Acosta y las mujeres del pelotón
Mariana Grajales, con su
capitana Isabel Rielo, que
después sería nuestra directora.
También estuvo al frente en un
momento el comandante Piti
Fajardo. Conocí a su mamá
Panchita, la médica, un
verdadero ángel, con la que más
tarde en La Habana tuve una
linda amistad. Al que recuerdo
muy bien es al capitán Sidroc
Ramos, cuando fue director, al
igual que a Nieves Alemañy,
luego muy destacada en tareas de
la Federación de Mujeres Cubanas
junto a Vilma Espín, y a Lecsy
Tejeda, bien recordada por su
labor en el Ministerio de
Cultura. Las dos me dieron
clases. Ya a punto de terminar
la Secundaria Básica, en
realidad octavo grado puesto que
el noveno no se cursaba allí, se
me presentó un conflicto
personal. Yo jugaba fútbol, y
créeme, era bueno. Me lo decía
un entrenador ecuatoriano que
había venido a Cuba a apoyar la
Revolución, Ángel Maldonado. El
hombre me había embullado para
que siguiera en el fútbol
―decía
que yo había hecho buen papel en
partidos contra Manzanillo,
Santiago y Bayamo―
y una de las maneras de seguir
vinculado a este era optar por
una de las becas que ofrecían
para formarnos como técnico en
Medicina Deportiva en la
República Democrática Alemana.
Pero viene el ciclón Flora y un
desprendimiento de la montaña
sepultó a la familia de un
condiscípulo mío que se llamaba
Mateo. Sidroc habló conmigo para
solicitarme que lo mejor para
ese muchachito era estudiar en
Alemania, y pedirme que por un
curso ayudara como maestro en
una de las aulas de sexto grado.
“Cuando termines
―me
dijo Sidroc―
yo te voy a mandar a La Habana a
estudiar Arte”.
¿Arte o deporte? ¿Cómo y por qué
fue la elección?
Él se había dado cuenta de que
yo poseía vocación artística.
Había llegado hasta nosotros,
también en su condición de
internacionalista, un profesor
chileno, Hugo Jaramillo,
graduado de una escuela de Arte
en su país. Y entre nosotros se
hallaba uno de los grandes
pedagogos cubanos, Herminio
Almendros. Este trajo una caja
tipográfica sencilla con sus
tipos móviles, con lo que
aprendimos a armar textos para
acompañar ilustraciones. Y en el
aula con Jaramillo nos enseñaban
a dibujar, modelar en un
ambiente muy bueno. Organizaba
concursos y yo era de los que
ganaba premios, junto a
amiguitos míos que estaban
entusiasmados con aquello.
Participábamos en todo, hasta en
un taller de música donde no
avancé más porque tenía
dificultades con el solfeo, algo
tan complicado para mí como las
matemáticas. Yo estudiaba
acordeón y recuerdo que le
escribí una carta a Ciro
Benemelis, que por entonces
dirigía algún asunto relacionado
con los primeros instructores de
arte
―hoy
es el presidente y fundador de
la Feria Internacional Cubadisco―
para que me ayudara a entender
mejor el instrumento; y me mandó
un método de acordeón con una
dedicatoria. En fin, si había
que montar una danza,
bailábamos; y si una obra de
teatro, actuábamos. Y a todas
estas, trabajábamos una parte de
la jornada en los huertos. Ese
fue el laboratorio donde Fidel
comenzó a combinar la práctica
simultánea de estudio y trabajo,
el antecedente de las Escuelas
en el Campo.
Por lo que me cuentas, el arte
estaba en ti de muy diversas
maneras.
Más bien eran inquietudes de
adolescente. Te sigo diciendo:
Sidroc no solo cumplió con su
palabra sino tuvo un gesto
conmigo que nunca he olvidado. A
punto de terminar el curso aquel
en que nos habíamos
comprometido, me llama a la
oficina. Primero pensé que había
hecho algo malo y el capitán me
iba a regañar. Pero no, me dijo:
“siéntate ahí”. Abrió una gaveta
y sacó un libro. Fueron los
primeros Picasso que vi en mi
vida. Sidroc le escribió a
Bertha Serguera, a la sazón
directora de la recién creada
Escuela Nacional de Arte, la
ENA, para que me aceptara.
Y comenzó otra vida para ti, ¿no
es así?
Hice las pruebas y me
admitieron. Estamos en 1965. En
Artes Plásticas estaba el
maestro Jorge Rigol, una
autoridad como ha habido pocas
en el dibujo. Y también Martínez
Pedro, Fayad Jamís, Alpízar,
Servando, que no me dio clases
pero a quien respeté tanto que
cuando más adelante hice mis
primeras exposiciones, siempre
consulté. Servando hablaba de la
gran pintura, y yo me decía: de
qué pintura está hablando.
Porque para mí pintura había una
sola. Con el tiempo me di cuenta
de que sí había una gran
pintura, esa que debes mirar
siempre y estudiarla y
contemplarte en ella. No debo
olvidar entre los profesores a
Francisco Espinosa Dueñas, quien
nos transmitió muchos de los
secretos del grabado.
¿Fue difícil integrarte en ese
nuevo ámbito académico?
Yo estaba en desventaja con
varios de mis condiscípulos,
pues muchos eran instructores
de arte graduados. El primer año
lo pasé a duras penas. En el
segundo comencé a levantar, pero
no fue hasta el cuarto año en
que me sentí parejo con los
demás. Ya en quinto año figuro
entre los mejores expedientes,
junto a Pedro Pablo Oliva y
Flora Fong. Al terminar, me
dejan de profesor de la escuela.
¿No era ese un desafío
temerario?
Partía de un antecedente: en el
quinto curso me situaron como
asistente de Antonia Eiriz; con
ella aprendí mucho, puesto que
era muy exigente. Por si fuera
poco me enfrentaba a alumnos con
muy marcadas personalidades,
como Zaida del Río, Rogelio
López Marín (Gory), y Flavio
Garciandía, por citar a algunos.
Antonia me decía: “Les vas a dar
una clase de fondo reversible”.
Yo tenía que hacer el ejercicio
primero y debía ser impecable
ante los ojos de Antonia. Luego
esta se sentaba en el fondo del
salón para observarme.
De cierto modo los profesores
alentaron en ti también una
vocación pedagógica.
Nunca pasó por mi cabeza que iba
a estar tanto tiempo en la
docencia; en la ENA hasta 1980 y
luego seis años más en el
Instituto Superior de Arte. El
caso fue que cuando llegó al ISA
la asesoría soviética,
analizaron los planes de estudio
de la Cátedra de Pintura de la
ENA y propusieron que quienes
los habían concebido pasaran a
trabajar en el nivel superior.
En 1986 entendí que debía
emplearme a tiempo completo en
la creación artística. Habían
surgido nuevos profesores que
podían reemplazarme sin
dificultad.
¿Podrías definir tus
presupuestos estéticos?
Como artista nunca he hecho
concesiones. He puesto en el
lienzo, la piedra y el papel lo
que he sentido y he querido.
Salen a flote mis vivencias y mi
identidad. No me concibo sin
esta tierra, sin esta atmósfera,
sin mis hijos, sin las grandes y
pequeñas cosas que hay en mi
Patria. Cuando viajo a otros
países, llevo esa carga dentro
de mí y pienso, que en gran
medida, todo ello impregna mi
obra.
Cuando se han tenido tan buenos
maestros, no solo en el arte
sino en la vida, no hay razón
para ser iconoclasta. Tienes que
saber que no partiste de la
nada, que muchos antes que tú
construyeron una escalera para
que te empinaras en tu propia
creación. Y tienes que saber
también que los que vienen
detrás de ti serán distintos,
que habrá rupturas y avances. Si
se entienden así las cosas, no
hay cabida para esos terribles
conflictos generacionales.
Muchas veces, cuando hurgas
detrás de la superficie de esos
conflictos, encuentras
mediocridades e intereses
mezquinos. La mayoría de la
gente de mi promoción, los que
nos graduamos al filo de los 70,
éramos idealistas y varios lo
seguimos siendo. Lo nuestro era
llegar a ser artistas por el
valor del arte mismo y lo que
podía significar para tu gente.
¿Eran distintos ustedes a los
jóvenes artistas de hoy?
Sé que cada época se plantea las
cosas de modo diferente.
Vivíamos en un estado febril y
concedíamos una importancia
tremenda al trabajo y a la
disciplina en el trabajo.
Recuerdo que hacia los últimos
años de la carrera íbamos a las
aulas de noche para pintar y
mirábamos con malos ojos a
quienes no nos seguían. Al
escultor Enrique Moret, que era
entonces director de la Escuela,
llegamos a plantearle que
implementaran un sexto año para
profundizar en nuestra
formación. Yo mismo, al
graduarme, me percaté de que
faltaban muchas cuestiones por
aprender. Por ejemplo, para mí
el grabado comenzaba y terminaba
por la litografía, hasta que
aprendí otras técnicas; me fui
al Taller Experimental de
Gráfica en la Plaza de la
Catedral, que es otra formidable
escuela, y comencé a mezclar
técnicas, a indagar en otras
posibilidades.
¿Cómo te ves a ti mismo como
grabador?
A mi experiencia con el grabado
debo fundamentalmente mi
evolución en el lenguaje. Viendo
las obras de Antonio Berni y
Arthur Piza, que expusieron en
la Casa de las Américas,
alimenté la ambición de hacer
grabados con relieves. Todos los
medios son buenos para
expresarte artísticamente si
eres fiel a esos medios, los
estudias y extraes lo que puedan
dar. No existen límites para la
imaginación.
¿Te sientes un artista
realizado?
Soy un hombre abierto. Mi
galería en La Habana Vieja tiene
las puertas abiertas. El taller
de Cojímar es un centro cultural
abierto a la comunidad. Más que
realizado, soy un hombre
agradecido y consciente de la
oportunidad que la Revolución me
dio. Muchos de mis compañeros no
hubieran sido artistas, ni
siquiera hubieran pisado La
Habana, sin los cambios operados
en Cuba después de 1959. Por
eso, no puedo ser egoísta ni
encerrarme en un caracol. |