Año VII
La Habana

1 al 7 de NOVIEMBRE
de 2008

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Entrevista con Nelson Domínguez

“No existen límites para la imaginación”

Pedro de la Hoz • La Habana

 

Dentro de la generación de artistas plásticos que irrumpió a la vida cultural en los años 70, Nelson Domínguez es uno de los más reconocidos. No se trata únicamente de haber cosechado una veintena de premios en salones nacionales e internacionales, ni de exhibir en su currículo más de un centenar de exposiciones personales y participaciones en muestras colectivas dentro y fuera de Cuba, ni de figurar en colecciones públicas y privadas en Japón, EE.UU., México, Nicaragua, España. Italia, Alemania, Gran Bretaña, Rusia, Canadá, Argentina, Chile, Brasil, Panamá, Holanda, Suecia y en varias instituciones cubanas.

Lo importante en su caso radica en la convicción poética que irradian sus piezas y la autenticidad con que asume el acto creador, rasgos estos sumamente valorados por la crítica y el público.

La ficha biográfica que Nelson suele incluir en los catálogos es demasiado escueta: la fecha de nacimiento (Baire, antigua provincia de Oriente, 23 de septiembre de 1947), unas cuantas líneas para resumir sus estudios, y su pertenencia a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y a la Asociación Internacional de Artistas Plásticos.

Mucho más intensa y rica resulta, sin embargo, su trayectoria vital. Esa es la que intentamos registrar en este diálogo sostenido en los altos de la Galería Los Oficios, en la Habana Vieja, donde el artista exhibe y promueve su obra.

¿Cuáles son tus orígenes? ¿Qué recuerdos tienes de la infancia?

Yo crecí en la Sierra Maestra. Mi padre trabajaba una finca donde tuve un contacto muy directo con la naturaleza. Recuerdo que había un río y unas pozas donde nos bañábamos e íbamos a pescar biajacas, que freíamos para comer. También recuerdo unas grutas que me parecían enormes, allí escondíamos cosas, sobre todos mis hermanos mayores. Eran productos de los que mi padre compraba para la refacción de los braceros haitianos que trabajaban en la recogida del café. Eso fue hasta los siete años en que nos mudamos a otro paraje del monte, a la finca Aguacate, por la vuelta de La Sierrita, en la ladera de Providencia, como quien va para Santo Domingo, donde se daría después una de las batallas más tremendas del Ejército Rebelde contra las fuerzas de la tiranía a fines de mayo de 1958. Allí lo principal era el ganado. Papá taló el monte, hizo conucos para sembrar viandas, pero lo suyo eran las vacas. La finca tenía dos casas; en una, papá trajo a vivir a unos amigos que después se fueron. Esa sirvió después de campamento de tránsito para el Ejército Rebelde. Los rebeldes confiaban a papá reses para que las cuidara. Cuando pasaba la tropa, las sacrificaban. Yo, que nunca levanté más de dos cuartas del suelo, saqué mucha yuca y boniato y las cargué para darle de comer a la tropa.

¿Viste alguna vez a Fidel?

Allí conocí a Fidel. Un día se lo conté y él me dijo: ¿tú te acuerdas de eso? Lo vi por primera vez mientras intentaba comunicarse por radio con alguien y el equipo estaba malo y Fidel echaba un montón de malas palabras. Le pregunté a papá por qué ese hombre decía esas cosas, y me respondió: “No se da cuenta, mijo, que ese hombre está molesto”. También recuerdo al Padre Sardiñas. A Raúl, no. Creo que nunca pasó por ahí. Al que sí conocí fue a Camilo, que pasó por mi casa antes de marchar hacia la Invasión a Occidente.

¿Cómo era el comandante Camilo Cienfuegos?

Montaba una acémila y nunca se bajó del animal mientras hablaba con papá. Detrás había un mulo cargado de armas. Camilo tomó un jarro de café con leche. Papá se interesó por su edad y Camilo, que era muy guasón, le preguntó: “¿Qué edad usted me echa?” “24, 25, a lo sumo 26”. Camilo sonrió: “Tengo 28”. Yo acompañé a sus hombres a lo largo de la finca, hasta que llegaran al alto. En medio de la caminata aparecieron avionetas de reconocimiento del enemigo. Al verlas, alguien gritaba: “¡Avión!” Y la gente se hundía en la tierra, debajo de la yerba brasileña que sembraba mi padre para el ganado y era gigantesca. Entre los hombres de Camilo, estaba William Gálvez, quien le dijo a una de mis hermanas menores: “Cuando triunfemos, te voy a mandar a buscar a La Habana para que estudies”. William cumplió. Mi hermana estudió en las escuelas Ana Betancourt. Qué suerte aquella de conocer a Camilo. Entre los que habitábamos en la Sierra, y entre los propios rebeldes que pasaban por casa, Camilo era una especie de Dios, tan fuerte era ya la leyenda del héroe. Andaba con su sombrero y su barba. Cuando después estudié Arte, supe que Camilo parecía un centauro.

¿Tenías conciencia de que eras testigo de acontecimientos históricos excepcionales?

Pese a mi escasa edad, me fui dando cuenta de lo que estaba pasando a lo largo de aquel año tan agitado de 1958. Un día mi hermano mayor desaparece y mi padre comenzó a buscarlo de uno a otro lado en la Sierra. Al final se enteró de que estaba con la tropa del comandante Víctor Mora. Fue a buscarlo y lo encontró fumando. Mi padre era muy drástico y le soltó un gaznatón. Bueno, el caso fue que mi hermano se incorporó al Ejército Rebelde y eso se comentó en casa, donde se hablaba de la lucha de los rebeldes como algo muy bueno.

¿Cuándo advertiste que estaba en marcha un proceso de transformación social?

El primer cambio que noté poco después de que triunfara la Revolución fue la apertura de una escuelita en Aguacate, y la noticia de que se estaba construyendo la Ciudad Escolar que llevaría el nombre de Camilo Cienfuegos. Hoy veo esos acontecimientos como si fuera mi Primero de Enero particular. En un inicio escogieron a un niño de cada familia para ir a la Ciudad Escolar, en Las Mercedes, y me tocó a mí. Mi padre, hasta ese momento, nos había puesto maestros particulares, porque aún en medio de la Sierra él decía que los niños debían estudiar. Que si él no había podido hacerlo, nosotros sí.

¿Pudieras evocar tu estancia en la Ciudad Escolar?

Fui de los primeros en la Ciudad Escolar. Cuando llegué, estaban los combatientes del Ejército Rebelde levantando todo aquello, estaba el comandante Armando Acosta y las mujeres del pelotón Mariana Grajales, con su capitana Isabel Rielo, que después sería nuestra directora. También estuvo al frente en un momento el comandante Piti Fajardo. Conocí a su mamá Panchita, la médica, un verdadero ángel, con la que más tarde en La Habana tuve una linda amistad. Al que recuerdo muy bien es al capitán Sidroc Ramos, cuando fue director, al igual que a Nieves Alemañy, luego muy destacada en tareas de la Federación de Mujeres Cubanas junto a Vilma Espín, y a Lecsy Tejeda, bien recordada por su labor en el Ministerio de Cultura. Las dos me dieron clases. Ya a punto de terminar la Secundaria Básica, en realidad octavo grado puesto que el noveno no se cursaba allí, se me presentó un conflicto personal. Yo jugaba fútbol, y créeme, era bueno. Me lo decía un entrenador ecuatoriano que había venido a Cuba a apoyar la Revolución, Ángel Maldonado. El hombre me había embullado para que siguiera en el fútbol decía que yo había hecho buen papel en partidos contra Manzanillo, Santiago y Bayamo y una de las maneras de seguir vinculado a este era optar por una de las becas que ofrecían para formarnos como técnico en Medicina Deportiva en la República Democrática Alemana. Pero viene el ciclón Flora y un desprendimiento de la montaña sepultó a la familia de un condiscípulo mío que se llamaba Mateo. Sidroc habló conmigo para solicitarme que lo mejor para ese muchachito era estudiar en Alemania, y pedirme que por un curso ayudara como maestro en una de las aulas de sexto grado. “Cuando termines me dijo Sidroc yo te voy a mandar a La Habana a estudiar Arte”.

¿Arte o deporte? ¿Cómo y por qué fue la elección?

Él se había dado cuenta de que yo poseía vocación artística. Había llegado hasta nosotros, también en su condición de internacionalista, un profesor chileno, Hugo Jaramillo, graduado de una escuela de Arte en su país. Y entre nosotros se hallaba uno de los grandes pedagogos cubanos, Herminio Almendros. Este trajo una caja tipográfica sencilla con sus tipos móviles, con lo que aprendimos a armar textos para acompañar ilustraciones. Y en el aula con Jaramillo nos enseñaban a dibujar, modelar en un ambiente muy bueno. Organizaba concursos y yo era de los que ganaba premios, junto a amiguitos míos que estaban entusiasmados con aquello. Participábamos en todo, hasta en un taller de música donde no avancé más porque tenía dificultades con el solfeo, algo tan complicado para mí como las matemáticas. Yo estudiaba acordeón y recuerdo que le escribí una carta a Ciro Benemelis, que por entonces dirigía algún asunto relacionado con los primeros instructores de arte hoy es el presidente y fundador de la Feria Internacional Cubadisco para que me ayudara a entender mejor el instrumento; y me mandó un método de acordeón con una dedicatoria. En fin, si había que montar una danza, bailábamos; y si una obra de teatro, actuábamos. Y a todas estas, trabajábamos una parte de la jornada en los huertos. Ese fue el laboratorio donde Fidel comenzó a combinar la práctica simultánea de estudio y trabajo, el antecedente de las Escuelas en el Campo.

Por lo que me cuentas, el arte estaba en ti de muy diversas maneras.

Más bien eran inquietudes de adolescente. Te sigo diciendo: Sidroc no solo cumplió con su palabra sino tuvo un gesto conmigo que nunca he olvidado. A punto de terminar el curso aquel en que nos habíamos comprometido, me llama a la oficina. Primero pensé que había hecho algo malo y el capitán me iba a regañar. Pero no, me dijo: “siéntate ahí”. Abrió una gaveta y sacó un libro. Fueron los primeros Picasso que vi en mi vida. Sidroc le escribió a Bertha Serguera, a la sazón directora de la recién creada Escuela Nacional de Arte, la ENA, para que me aceptara.

Y comenzó otra vida para ti, ¿no es así?

Hice las pruebas y me admitieron. Estamos en 1965. En Artes Plásticas estaba el maestro Jorge Rigol, una autoridad como ha habido pocas en el dibujo. Y también Martínez Pedro, Fayad Jamís, Alpízar, Servando, que no me dio clases pero a quien respeté tanto que cuando más adelante hice mis primeras exposiciones, siempre consulté. Servando hablaba de la gran pintura, y yo me decía: de qué pintura está hablando. Porque para mí pintura había una sola. Con el tiempo me di cuenta de que sí había una gran pintura, esa que debes mirar siempre y estudiarla y contemplarte en ella. No debo olvidar entre los profesores a Francisco Espinosa Dueñas, quien nos transmitió muchos de los secretos del grabado.

¿Fue difícil integrarte en ese nuevo ámbito académico?

Yo estaba en desventaja con varios de mis condiscípulos, pues muchos eran  instructores de arte graduados. El primer año lo pasé a duras penas. En el segundo comencé a levantar, pero no fue hasta el cuarto año en que me sentí parejo con los demás. Ya en quinto año figuro entre los mejores expedientes, junto a Pedro Pablo Oliva y Flora Fong. Al terminar, me dejan de profesor de la escuela.

¿No era ese un desafío temerario?

Partía de un antecedente: en el quinto curso me situaron como asistente de Antonia Eiriz; con ella aprendí mucho, puesto que era muy exigente. Por si fuera poco me enfrentaba a alumnos con muy marcadas personalidades, como Zaida del Río, Rogelio López Marín (Gory), y Flavio Garciandía, por citar a algunos. Antonia me decía: “Les vas a dar una clase de fondo reversible”. Yo tenía que hacer el ejercicio primero y debía ser impecable ante los ojos de Antonia. Luego esta se sentaba en el fondo del salón para observarme.

De cierto modo los profesores alentaron en ti también una vocación pedagógica.

Nunca pasó por mi cabeza que iba a estar tanto tiempo en la docencia; en la ENA hasta 1980 y luego seis años más en el Instituto Superior de Arte. El caso fue que cuando llegó al ISA la asesoría soviética, analizaron los planes de estudio de la Cátedra de Pintura de la ENA y propusieron que quienes los habían concebido pasaran a trabajar en el nivel superior.  En 1986 entendí que debía emplearme a tiempo completo en la creación artística. Habían surgido nuevos profesores que podían reemplazarme sin dificultad.

¿Podrías definir tus presupuestos estéticos?

Como artista nunca he hecho concesiones. He puesto en el lienzo, la piedra y el papel lo que he sentido y he querido. Salen a flote mis vivencias y mi identidad. No me concibo sin esta tierra, sin esta atmósfera, sin mis hijos, sin las grandes y pequeñas cosas que hay en mi Patria. Cuando viajo a otros países, llevo esa carga dentro de mí y pienso, que en gran medida, todo ello impregna mi obra.

Cuando se han tenido tan buenos maestros, no solo en el arte sino en la vida, no hay razón para ser iconoclasta. Tienes que saber que no partiste de la nada, que muchos antes que tú construyeron una escalera para que te empinaras en tu propia creación. Y tienes que saber también que los que vienen detrás de ti serán distintos, que habrá rupturas y avances. Si se entienden así las cosas, no hay cabida para esos terribles conflictos generacionales. Muchas veces, cuando hurgas detrás de la superficie de esos conflictos, encuentras mediocridades e intereses mezquinos. La mayoría de la gente de mi promoción, los que nos graduamos al filo de los 70, éramos idealistas y varios lo seguimos siendo. Lo nuestro era llegar a ser artistas por el valor del arte mismo y lo que podía significar para tu gente.

¿Eran distintos ustedes a los jóvenes artistas de hoy?

Sé que cada época se plantea las cosas de modo diferente. Vivíamos en un estado febril y concedíamos una importancia tremenda al trabajo y a la disciplina en el trabajo. Recuerdo que hacia los últimos años de la carrera íbamos a las aulas de noche para pintar y mirábamos con malos ojos a quienes no nos seguían. Al escultor Enrique Moret, que era entonces director de la Escuela, llegamos a plantearle que implementaran un sexto año para profundizar en nuestra formación. Yo mismo, al graduarme, me percaté de que faltaban muchas cuestiones por aprender. Por ejemplo, para mí el grabado comenzaba y terminaba por la litografía, hasta que aprendí otras técnicas; me fui al Taller Experimental de Gráfica en la Plaza de la Catedral, que es otra formidable escuela, y comencé a mezclar técnicas, a indagar en otras posibilidades.

¿Cómo te ves a ti mismo como grabador?

A mi experiencia con el grabado debo fundamentalmente mi evolución en el lenguaje. Viendo las obras de Antonio Berni y Arthur Piza, que expusieron en la Casa de las Américas, alimenté la ambición de hacer grabados con relieves. Todos los medios son buenos para expresarte artísticamente si eres fiel a esos medios, los estudias y extraes lo que puedan dar. No existen límites para la imaginación.

¿Te sientes un artista realizado?

Soy un hombre abierto. Mi galería en La Habana Vieja tiene las puertas abiertas. El taller de Cojímar es un centro cultural abierto a la comunidad. Más que realizado, soy un hombre agradecido y consciente de la oportunidad que la Revolución me dio. Muchos de mis compañeros no hubieran sido artistas, ni siquiera hubieran pisado La Habana, sin los cambios operados en Cuba después de 1959. Por eso, no puedo ser egoísta ni encerrarme en un caracol. 

 

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La Habana, Cuba. 2008.
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