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La vejez tiene su puesto fijo en los
temas eternos. También se ha repetido
hasta la saciedad que los jóvenes la ven
remota, ajena, cosa de otros seres que
uno quiere mucho si llevan aparejada la
condición de padres o abuelos, pero de
los que se burlan con más o menos
ternura si son otros los ancianos que
se aburren como es de esperar o se
enamoran como nadie supondría.
Cuando te interesas al oír hablar de
jubilaciones está claro que te acercas a
la vejez. Ahora en España andan
aliviados porque
―entre
un vendaval de preocupantes noticias
económicas―
se asegura que no habrá que apelar a las
reservas de la seguridad social hasta el
borde de los años 30 de este joven
siglo. Recuerdan, como de pasada, que la
buena salud del dinero de los viejitos
(as) se debe a que han trabajado mucho
los inmigrantes y a que las mujeres
salieron en masa de sus casas hacia los
puestos de trabajo.
Yo cumplo 50 en el redondo 2010 y
comienzo, sin mucho esmero ni tesón, a
diseñar mi vejez. Hay dos cosas que
supongo me protejan un poco de algunos
tópicos. Otras veces he dicho que no
espero padecer mucha nostalgia de la
juventud. Mis años mozos no estuvieron
del todo mal, pero perdí tiempo a
raudales y esta negligencia me genera un
poquito de rencor a esa etapa tan
santificada, tan vinculada al éxito, la
salud o la belleza.
Entre los 18 y los 40 escribí bastante,
me reí, hice amigos buenos que me duran
y otros también valiosos que dejé
olvidados o fueron ellos los que me
sacaron
―sin
fervor, supongo―
de su círculo. Quedará como balance
bastante trabajo, mucha alegría, alguna
reflexión, par de hijos saludables y
cariñosos; un padre que se fue demasiado
temprano y una madre que felizmente me
dura; un amor de los que fortalece y
salva, encontrado empezando la treintena
y vigente hasta la mañana lluviosa en
que tecleo estas líneas... Ahora enumero
y estoy a punto de reconciliarme con mi
juventud a pesar de que la hubiese
querido más lectora y equilibrada.
Lo de si me morderá la clásica nostalgia
por los años juveniles está por ver,
pero es casi seguro que no me sentiré
raro ante ese momento en que el hombre
deja la fábrica o la oficina y se sienta
en la casa o esgrime el carro, la bolsa
o la jaba de los mandados. Desde que
empezó mi vida laboral he estado más
bien en casa o en redacciones de
periódicos y salones de ensayo no
sujetos a los horarios habituales.
Otro tema clásico de los 50 en adelante
apunta a la relación con los nietos,
pero esos traviesos ―cuyo arribo,
sospecho, demore― merecen crónica aparte
y prefiero pensármela bien, mientras
friego los pocos platos del desayuno.
Por cierto, habrá quien comience en las
labores hogareñas a partir de la
jubilación. Y no está tan mal. Confieso
que debuté después de los 45 y preparar
el café en la mañana levanta la
autoestima, se convierte en un pequeño
pero legítimo goce a cualquier edad. |