Año VI
La Habana
2008

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Llegar a viejo
Amado del Pino • La Habana

La vejez tiene su puesto fijo en los temas eternos. También se ha repetido hasta la saciedad que los jóvenes la ven remota, ajena, cosa de otros seres que uno quiere mucho si llevan aparejada la condición de padres o abuelos, pero de los que se burlan con más o menos  ternura si son otros los ancianos que se aburren como es de esperar  o se enamoran como nadie supondría.

Cuando te interesas al oír hablar de jubilaciones está claro que te acercas a la vejez. Ahora en España andan aliviados porque entre un vendaval de preocupantes noticias económicas se asegura que no habrá que apelar a las reservas de la seguridad social hasta el borde de los años 30 de este joven siglo. Recuerdan, como de pasada, que la buena salud del dinero de los viejitos (as) se debe a que han trabajado mucho los inmigrantes y a que las mujeres salieron en masa de sus casas hacia los puestos de trabajo.

Yo cumplo 50 en el redondo 2010 y comienzo, sin mucho esmero ni tesón, a diseñar mi vejez. Hay dos cosas que supongo me protejan un poco de algunos tópicos. Otras veces he dicho que no espero padecer mucha nostalgia de la juventud. Mis años mozos no estuvieron del todo mal, pero perdí tiempo a raudales y esta negligencia me genera un poquito de rencor a esa etapa tan santificada, tan vinculada al éxito, la salud o la belleza.

Entre los 18 y los 40 escribí bastante, me reí, hice amigos buenos que me duran y otros también valiosos que dejé olvidados o fueron ellos los que me sacaron sin fervor, supongo de su círculo. Quedará como balance bastante trabajo, mucha alegría, alguna reflexión,  par de hijos saludables y cariñosos; un padre que se fue demasiado temprano y una madre que felizmente me dura; un amor de los que fortalece y salva, encontrado empezando la treintena y vigente hasta la mañana lluviosa en que tecleo estas líneas... Ahora enumero y estoy a punto de reconciliarme con mi juventud a pesar de que la hubiese querido más lectora y equilibrada.

Lo de si me morderá la clásica nostalgia por los años juveniles está por ver, pero es casi seguro que no me sentiré raro ante ese momento en que el hombre deja la fábrica o la oficina y se sienta en la casa o esgrime el carro, la bolsa o la jaba de los mandados. Desde que empezó mi vida laboral he estado más bien en casa o en redacciones de periódicos y salones de ensayo no sujetos a los horarios habituales.

Otro tema clásico de los 50 en adelante apunta a la relación con los nietos, pero esos traviesos ―cuyo arribo, sospecho, demore― merecen crónica aparte y prefiero pensármela bien, mientras friego los pocos platos del desayuno.  Por cierto, habrá quien comience en las labores hogareñas a partir de la jubilación. Y no está tan mal. Confieso que debuté después de los 45 y preparar el café en la mañana levanta la autoestima, se convierte en un pequeño pero legítimo goce a cualquier edad.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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