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Un tiempito después de haberse
sometido a los guantes del
doctor San Vito para una cirugía
estética, Narciso Perfecto se
miró en el espejo...: la cara
reflejada allí era
indudablemente la suya, tan
linda como siempre, pero un tin
más rejuvenecida... Con la
primera impresión sonrió,
complacido, de oreja a oreja...
¡¡Eh!!... Un inusual
descubrimiento lo obligó a
contraer las facciones,
espantado: debajo de la
mandíbula inferior, a cada lado
del cuello, algo afeaba su
apariencia. Miró horrorizado al
especialista, que no le quitaba
el único ojo de encima.
― Te hemos injertado un par de
agallas.
Asumiendo íntegro su papel de
paciente, contuvo las malas
palabras en los puños apretados,
encaró bizqueando al médico y
gritó a punto de llorar:
― ¡Pero:.. me han convertido en
un bicharraco!... Yo solo vine a
quitarme algunas arruguitas.
― ¡Vamos, vamos, nosotros
cumplimos! Aquí tengo el
documento con su firma en el que
nos solicita que lo convirtamos
en el ser más perfecto del
mundo.
―Sí..., me refería a la belleza
física.
― ¡No nos venga con esas ahora!
Usted sabe que la belleza es
relativa... y que la perfección
depende también del punto de
vista de cada cual. Además, esta
deferencia que tenemos con usted
es un regalo, y a caballo
regalado no se le mira la
prótesis.
Durante unos segundos fueron dos
hordas con piedras y palos
manteniéndose las miradas.
―Si lo que le preocupa es el
mundo...: dejarán de reírse
cuando descubran que usted es
muy superior a ellos.
Para que Narciso Perfecto
entendiera las palabras del
cirujano, fue necesario tirarlo,
al fondo del hospital, en la
laguna de oxidación. Un terror
húmedo lo penetró: no sabía
nadar y tragó lo inimaginable;
no obstante, para sorpresa suya,
su organismo seguía respirando
ajeno a todas las leyes de la
naturaleza. Entonces se le vio
zambullirse y emerger una y otra
vez con una risa tonta en los
labios. Por más que lo llamaron,
condescendientes, agresivos más
tarde, solo el crepúsculo pudo
conminarlo a salir al aire
helado del camino, chiflando
como un mono sin pelo que
paseara por la tierra de la
reina Maud.
Esa noche anduvo el mejor de los
caminos. Soñó con potra de nácar
y todo... Durmió mucho, mucho...
Despertó bocabajo, despabilado
por cierta molestia en la
espalda.
―
¿Y esto qué es?
Le habían injertado un par de
alas de no sabía qué pajarraco,
grandes como las de un ángel, o
mejor, de un diablo, por lo
negras. Sin dejarle replicar,
tratando de convencerlo de
cuánto había salido ganando con
el aditamento, lo condujeron
hacia el balcón más cercano
donde apenas tuvo tiempo de ver
las cámaras de televisión y el
tumulto que se agolpaba allá
abajo.
―¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!
Infructuosamente movió los
brazos en busca de asidero.
―¡Las
alas, verraco! ¡¡Las alas!!
―le
gritó alguien.
Contrajo los músculos dorsales,
estirando el engendro, para
describir una parábola hacia
arriba y, luego de pequeños
ensayos y de distender las
piernas, cernerse un instante
sobre la calzada, agitó las alas
y se elevó. Bajó... Subió...
Subió... Bajó... largo rato,
alardeando, sacándole la lengua
a la multitud de boquiabiertos
congéneres. Para él ya no
existían los imposibles. Nadie,
ni las aves ni las nubes ni las
rachas de viento de la atmósfera
superior podían detenerlo. Ante
su medida el mismo Ícaro no
había sido aún destetado.
Solamente cuando una bandada de
auras tiñosas se embulló a
acompañarlo en su alegría, se
apresuró a regresar.
―
Ya puedo irme a casa
―afirmó
risueño.
―¿A
casa? ¿Justamente cuando estamos
comenzando?
―¿Cómo
dijo usted?
―
Sí. Ya tenemos unos ojos de
lechuza para implantárselos en
la frente y que pueda ver de
noche...
Narciso Perfecto se tornó
serio...
―
... una nariz de perro policía
que detecta cualquier olor...
.
...arrugó el entrecejo...
―Unas
orejas de murciélago capaces de
captar los más tenues
susurros...
...se mordió los labios...
―Unas
cuerdas vocales de canario para
que sea más famoso que los tres
tenores juntos...
...miró para arriba...
―Una...
Y no prosiguió el galeno la
interminable relación de
órganos, porque fue interrumpido
por un aleteo desesperado rumbo
a no se sabe dónde, si a una
grieta en la cumbre del Monte
Éverest o a una cueva perdida en
lo profundo de la Fosa de las
Marianas. |