Año VII
La Habana
2008

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TE PONGA EL PLATO?

 

Narciso Perfecto

Osvaldo de la Caridad Padrón Guás ( Marianao, Ciudad de La Habana -1955)

 

Un tiempito después de haberse sometido a los guantes del doctor San Vito para una cirugía estética, Narciso Perfecto se miró en el espejo...: la cara reflejada allí era indudablemente la suya, tan linda como siempre, pero un tin más rejuvenecida... Con la primera impresión sonrió, complacido, de oreja a oreja... ¡¡Eh!!... Un inusual descubrimiento lo obligó a contraer las facciones, espantado: debajo de la mandíbula inferior, a cada lado del cuello, algo afeaba su apariencia. Miró horrorizado al especialista, que no le quitaba el único ojo de encima.

― Te hemos injertado un par de agallas.

Asumiendo íntegro su papel de pacien­te, contuvo las malas palabras en los puños apretados, encaró bizqueando al médico y gritó a punto de llorar:

― ¡Pero:.. me han convertido en un bicharraco!... Yo solo vine a quitarme algunas arruguitas.

― ¡Vamos, vamos, nosotros cumplimos! Aquí tengo el documento con su firma en el que nos solicita que lo convirtamos en el ser más perfecto del mundo.

―Sí..., me refería a la belleza física.

― ¡No nos venga con esas ahora! Usted sabe que la belleza es relativa... y que la perfección depende también del punto de vista de cada cual. Además, esta deferencia que tenemos con usted es un regalo, y a caballo regalado no se le mira la prótesis.

Durante unos segundos fueron dos hordas con piedras y palos manteniéndose las miradas.

―Si lo que le preocupa es el mundo...: dejarán de reírse cuando descubran que usted es muy superior a ellos.

Para que Narciso Perfecto entendiera las palabras del cirujano, fue necesario tirarlo, al fondo del hospital, en la laguna de oxidación. Un terror húmedo lo penetró: no sabía nadar y tragó lo inimaginable; no obstante, para sorpresa suya, su organismo seguía respirando ajeno a todas las leyes de la naturaleza. Entonces se le vio zambullirse y emerger una y otra vez con una risa tonta en los labios. Por más que lo llamaron, condescendientes, agresivos más tarde, solo el crepúsculo pudo conminarlo a salir al aire helado del camino, chiflando como un mono sin pelo que paseara por la tierra de la reina Maud.

Esa noche anduvo el mejor de los caminos. Soñó con potra de nácar y todo... Durmió mucho, mucho... Despertó bocabajo, despabilado por cierta molestia en la espalda. ¿Y esto qué es?

Le habían injertado un par de alas de no sabía qué pajarraco, grandes como las de un ángel, o mejor, de un diablo, por lo negras. Sin dejarle replicar, tratando de convencerlo de cuánto había salido ganando con el aditamento, lo condujeron hacia el balcón más cercano donde apenas tuvo tiempo de ver las cámaras de televisión y el tumulto que se agolpaba allá abajo.

¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!

Infructuosamente movió los brazos en busca de asidero.

¡Las alas, verraco! ¡¡Las alas!! le gritó alguien.

Contrajo los músculos dorsales, estirando el engendro, para describir una parábola hacia arriba y, luego de pequeños ensayos y de distender las piernas, cernerse un instante sobre la calzada, agitó las alas y se elevó. Bajó... Subió... Subió... Bajó... largo rato, alardeando, sacándole la lengua a la multitud de boquiabiertos congéneres. Para él ya no existían los imposibles. Nadie, ni las aves ni las nubes ni las rachas de viento de la atmósfera superior podían detenerlo. Ante su medida el mismo Ícaro no había sido aún destetado. Solamente cuando una bandada de auras tiñosas se embulló a acompañarlo en su alegría, se apresuró a regresar.

Ya puedo irme a casa afirmó risueño.

¿A casa? ¿Justamente cuando estamos comenzando?

¿Cómo dijo usted?

Sí. Ya tenemos unos ojos de lechuza para implantárselos en la frente y que pueda ver de noche...

Narciso Perfecto se tornó serio...

... una nariz de perro policía que detecta cualquier olor...    .

...arrugó el entrecejo...

Unas orejas de murciélago capaces de captar los más tenues susurros...

...se mordió los labios...

Unas cuerdas vocales de canario para que sea más famoso que los tres tenores juntos...

...miró para arriba...

Una...

Y no prosiguió el galeno la interminable relación de órganos, porque fue interrumpido por un aleteo desesperado rumbo a no se sabe dónde, si a una grieta en la cumbre del Monte Éverest o a una cueva perdida en lo profundo de la Fosa de las Marianas.



Osvaldo de la Caridad Padrón Guás (Marianao, 1955). Licenciado en Literatura y Español. Su ensayo "Homero Montesino Viñas exponente de la nueva décima" resultó premiado en el Simposio Provincial de la Cultura Habanera 1994. Recibió mención en el género cuento del concurso literario Premio Habana (1997). La Editorial J. M. Bemol S. L., de Madrid, incluyó poemas suyos en la antología Alba Cubana (1998) y publicó su poemario Delirios del Viento (1999). Ha colaborado en publicaciones de otros países. Reside en Bauta desde 1989. El presente cuento pertenece a En el hueco de mis manos publicado por la editorial Unicornio en 2001.

 
 

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