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Corría el año 1978 y yo estaba
transitando los 24 años. Los
compañeros que por entonces
regían los designios
internacionales de los músicos
cubanos pensaron que era una
buena idea, tomando en cuenta mi
desempeño francamente exitoso en
los dos años anteriores (había
visitado cuatro países de
Europa: España, Polonia,
Bulgaria y hasta participado en
un festival pop en Alemania
donde había
recibido tres premios) que era
el momento para mi salto a
Latinoamérica; México fue el
destino elegido por ellos (uno
no tenía poder de decisión
alguna en aquellos años) y, de
repente, allí estaba, en la
ciudad de México, con unos jeans
que me había traído Sara
González de Italia en un gesto
de generosidad inolvidable y un
par de camisas que sobrevivían
las embestidas de aquellos años
de vergonzosos viáticos y
juventud profunda, escoltado por
Carlos Puebla y sus
Tradicionales y la orquesta
Aragón, ambas agrupaciones
muy reconocidas en la tierra
de los aztecas y que se
convirtieron, en aquellos días,
en mis padres sustitutos.
Compartí un cuarto, del antiguo
hotel Estoril, muy cerca del
casco histórico, con dos
pintorescos y divertidos
camaradas de la delegación;
Bacallao y El Chino, cantantes
de la Aragón, de sus manos
conocí las bondades del tequila,
los tacos al pastor, las
amantes entradas en años y el
control ante situaciones por mí
desconocidas y que México
siempre depara a los viajeros
principiantes e ingenuos. Todos
habíamos sido “convocados” por
un diario ya desaparecido
llamado Oposición que era
la voz del extinto Partido
Comunista Mexicano y que
organizaba un festival anual al
estilo de sus aliados europeos
como Le Humanité en
Francia y La Unitá en
Italia. Los conciertos
principales se generaban en el
Palacio de los Deportes de la
gran urbe que ya había admirado
con asombro desde el aire cuando
sobrevolábamos el D. F; recuerdo
que Carlos Puebla me dijo en ese
momento: ¡Amarrito, ahí, en esa
cosa, cantaremos!, se echó a
reír ante mi expresión de pánico
y a mí se me hizo un nudo en la
garganta ante la visión de
aquella mole gigantesca de cobre
y hormigón.
Por esos años ya yo había
grabado mis primeros dos discos
y no sabía (ninguno de nosotros
estaba al corriente de la suerte
que corrían nuestros trabajos
discográficos) que ya estaban
editados aquí, por lo tanto, el
terror del debutante desconocido
hizo mella en mí y me sumí en
una suerte de letargo. No logro
recordar cuántos temas canté
aquella tarde, creo que "No lo
van a impedir" y "Acuérdate de
abril" entre otros, que fueron
recibidos con entusiasmo y
coreados por cerca de 22 mil
almas en gesto solidario y
agradecido, mis nuevos amigos
mexicanos, Oscar Chávez, Amparo
Ochoa, Gabino Palomares y Jorge
Buenfill me alentaban desde los
laterales del escenario y el
escritor colombiano Gabriel
García Márquez, con quien había
compartido alucinantes noches
en La Habana, blandía entonces
una toalla y me echaba porras
como si fuera un adolescente,
guardo aquellas maravillosas
jornadas en mi memoria con celo
y egoísmo.
Con el tiempo se fueron abriendo
para mis canciones otros
escenarios en esta gran nación,
desde el antiguo Auditorio
Nacional con capacidad para 12
mil espectadores donde fui
acompañado por el grupo Síntesis
más de una vez y más tarde con
mi propia banda, hasta la más
humilde peña de su extensa
geografía, recorriendo el país
de hocico a rabo y ofreciendo
cuarenta y tantos shows al año,
hoy no hay un lugar de esta
inmensa república multicultural
y étnica que no guarde mis
olores y que no haya perfumado
con los suyos mi frágil
armadura. Han pasado 30 años.
El teatro Metropolitan, muy
cerca del hotel que me acogió en
la experiencia iniciática, fue
el lugar elegido por Artv
Producciones, la compañía de
espectáculos que me representa
ahora y por su presidente Mario
Brambila, un soñador que
desconoce el imposible, para
festejar mis tres décadas de
amor y complicidad con un
público exquisito y conocedor
que no abandona jamás a quien le
ha querido bien y con
desinterés.
Se hizo una intensa campaña de
promoción y el día 16 de octubre
del corriente, se descorrieron
las cortinas del magno recinto y
ahí estaba Amaury, ante miles de
amigos, acompañado por cinco
músicos de base; dos bolivianos,
un argentino, un español y un
mexicano y la Orquesta Sinfónica
Juvenil de Zapopan, Jalisco, con
sus más de 70 integrantes
dirigidos por el eminente
maestro tapatío Francisco
Orozco, recorriendo mis
canciones, las viejas y las
recientes, con las maravillosas
orquestaciones de Tino Geiser,
músico argentino residente en
México que cuenta en su
curriculum con trabajos junto a
Alberto Cortez, Plácido Domingo,
Emmanuel y Paloma San Basilio
entre otros artistas y que
dotaron a mis canciones de
novedosas resonancias, destellos
y energías. Por si fuera poco el
Sr. Brambila a nombre de Artv
Producciones y el Viceministro
de Cultura Cubano Abel Acosta,
invitado especial al homenaje,
me entregaron en proscenio un
disco triple de oro y uno de
platino por las ventas de mis
discos en México, y Talina
Fernández, Ricardo Rocha y
Mariana Levy, tres emblemáticas
figuras del mundo del
espectáculo mexicano, develaron
una placa que atestigua mi
infatigable paso por los
escenarios de este país. Dos
invitados de lujo, el dúo
mexicano Mexicanto y el trovador
cubano Manuel Argudín
contribuyeron a convertir al
Metropolitan en un acogedor
espacio donde la gratitud, en
extraña alquimia con la risa, la
emoción y el llanto, fueron el
colofón de esa fiesta del
espíritu que nos convocó y ya
nos trasciende. La prensa toda,
al otro día, se hizo eco del
agasajo y reseñó con entusiasmo
y sin un pero las tres horas de
concierto. El personal de la
Embajada de Cuba en México casi
en pleno, con su embajador al
frente, nos honraron con su
asistencia, y yo canté con ánimo
y suficiencia recibiendo a
cambio calurosas ovaciones, no
hay que pedir más. Solo un
agregado; ¡Gracias México por tu
bondad! ¡Gracias México por tu
solidaridad! ¡Gracias México por
tu fidelidad!
¡Gracias México por tu amor! Te
estaré siempre agradecido y allá
donde vaya, parafraseando una
canción de mi querido Alberto
Cortés, te llevaré conmigo.
Guadalajara 17 de octubre de
2008. |