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Para Luciano, Verónica,
Alejandro, Alina,
Diana, María Magdalena ―la de
Minas―,
Niquitín, Anamari, Marianegsis,
Ileana,
Miguelito, Manolo, y yo.
Hace veinticinco años.
Nunca nadie nos presentó. Estaba
sencillamente ahí. Siempre.
Desde siempre como el trazo
tortuoso de la ciudad, la cruz
fundacional, las iglesias, los
conventos, los adoquines, el
rectángulo mágico de San Juan de
Dios, las Cuatro Esquinas del
Ángel, Los Comandos, el Parque
Agramonte, el Árbol de la
República y el Casino Campestre,
el comercio, la esquina de la
Babita.
Yo creo que fue en la Babita
donde por primera hablamos,
seguramente le dije algo así
como ―¿Usted es el último? Y él
no debe haber respondido
normalmente. Un aletear de
manos, una carcajada y unas
inconfundibles palabras de doble
sentido me tienen que haber
venido encima. No recuerdo nada
más, por esa época andaban por
ahí cada personajes que le
desviaban la atención al más
centrado de los humanos y yo
nunca he sido uno de ellos.
Seguramente me entretuve
escuchando el discurso de aquel
personaje fornido y blanco en
canas que explicaba la Teoría de
la Relatividad con precisión
esquizofrénica o los Rosacruces
que hablaban de teosofía, o los
viejos que añoraban una ciudad
espléndida y solidaria, muerta
por obra de quien mandó a parar
la diversión, donde nunca
discriminamos a nadie, al menos
en público, y que sujetándonos a
las buenas maneras atendíamos
hasta a los negros con
corrección y pulcritud… aunque
después que se hubiesen
marchado, con estruendoso gesto,
lanzáramos a la basura todo
cuanto ellos hubiesen tocado,
pero claro que esto no lo
hacíamos por racismo sino por
seguir una tradición ancestral.
Nosotros somos muy
tradicionales. Eso, seguramente
fue así, pero no tengo la
certeza. Ahora mismo estoy
fabulando. Él siempre dijo que
yo tenía demasiados pajaritos en
la cabeza. La cosa es que éramos
amigos desde hace muchos años.
No recuerdo cuántos, pero sé que
son muchos. Me confunde la cifra
posible y todo es por su culpa.
En una de esas muchas crisis por
las que deambulamos los cubanos
me hizo una fiesta de cumpleaños
muy especial. Soy un isleño raro
y un principeño de larga estirpe
luego entonces no como pescado,
lo mío es la carne de vaca, el
ajiaco ―que no esa aberración
llamada caldosa―, el matajíbaro
y el tasajo de caballo ―si es de
Montevideo mejor.
―De eso nada monada, la caña
está a tres trozos y el central…
intervenido. Tilapia es lo que
hay. ¡Lo tomas o lo dejas!
Para mi desgracia la tomé.
Después de eso me aficioné a la
tilapia. Ese bicho absurdo y
hediondo, que sabe a tierra
aunque usted lo vista de seda
como a la mona, en sus manos era
la gloria. Primero la metía en
leche por un día, después al
otro la adobaba y por último le
colocaba una lasca de jamón,
otra de queso, la pasaba por
huevo y por pan, la freía, y la
servía. Las preguntas clave en
aquella época eran de dónde él
sacaba los ingredientes y cuál
era el adobo secreto o si el
secreto para matar lo telúrico
consistía en la leche…
―Niño, tú que sabes tanto, ¿qué
cosa se echaba Cleopatra en la
piel que la rejuvenecía y le
quitaba la tierra? ¿No era
leche? Fíjate bien que los
muchos maridos de esa señora
nunca dijeron que ella supiera a
tierra. Por algo sería. Y en
cuanto a lo demás, como en la
santería, lo que se sabe no se
pregunta.
Y se armaba el relajo, pero
nadie pudo realmente saber cuál
era el misterio que él escondía.
Pero su único misterio no era la
fórmula para hacer que la
tilapia supiera como manjar de
griegos. El principal de ellos
era la alegría.
Esa noche comimos Carlín Galán,
él y yo. No quería moros en la
costa. Después de la cena, con
café oriental incluido, vino un
roncito de recia mansedumbre y
mi regalo.
―Siéntate que te voy a contar el
cuento de mi vida, con pelos y
señales.
Y comenzó a contar, y me lo dijo
todo. No me pidió que se lo
narrara a los demás, que lo
escribiera. En el fondo siempre
supo que la eternidad es un
segundo.
Por eso lo recuerdo cuando
empezó a cantar, vestido de
Pedrito Rico sin lunar o al
menos yo no lo vi. Es muy
probable que lo tuviera y hasta
que en la foto apareciera una
perrita pequinesa; pero no, no
se me grabó nada de eso; es que
él hablaba muy rápido esa noche.
Y sus años de cabaret, donde
había muy mal ambiente y una
recua de locas malditas y
sufridas que se enfrentaban
entre ellas en una verdadera
guerra campal de polvos de
brujería, mientras él se
refugiaba detrás de un libro.
Entre locas, bailarinas, paité y
lentejuelas leyó Cien años de
soledad. Yo siempre lo dije:
el Gabo sirve para todo. Después
saltaba del cabaret de la calle
Príncipe al Cabaret Caribe, en
una máquina de alquiler con un
vestuarista que durante el
trayecto lo desnudaba con
maestría absoluta y lo volvía a
vestir hasta casi empujarlo del
vehículo al escenario. Me habló
de cuando conoció a Aida
Diestro, cuando cantaba para los
profesionales e intelectuales y
cuando Orlando Quiroga empezó a
hablar de él en los periódicos
de La Habana como si fuera el
mejor showman de Cuba. La
farándula era tremenda, había de
todo como en botica, tanto
había, que cuando estaba
llegando a la consagración un
pobre diablo lo denunció y
terminó en las Unidades de Ayuda
a la Producción. Ahí se detuvo y
contó un cuento tragicómico que
alguna vez contaré, pero hoy
no.
Al año siguiente regresó a la
ciudad, pero ya no al cabaret.
No cumplía los parámetros. Fue a
parar a una carpintería de los
Ferrocarriles y de ahí a una
oficina. Se hizo contador. Y
estuvo sin contar nada como 20
años. O mejor, cantaba en los
carnavales de los pueblos de
campo, de los bateyes de los
centrales azucareros. Sus amigos
le conseguían aquellas
“funciones” para que no se le
atragantaran las notas musicales
en el pecho. Él sonreía y
esperaba.
Un día se fue a un taller de
Narración oral, el primero de
los muchos que he dado en mi
vida. Me dijo que iba “para
aumentar su bagaje cultural”. Yo
sabía que iba para hacer bulto
porque los dos estábamos seguros
de que nadie iría a escuchar a
un principiante que tenía sueños
abundantes y magras
experiencias. Pero el taller se
llenó de curiosos y él siguió
asistiendo con puntualidad
absoluta. Al final, sin que
nadie lo esperara, contó un
cuento de Fausto Masó,
sangriento y terrible, que narra
una carrera de automóviles en la
que uno de ellos se sale de la
pista y salta sobre el público.
El calor de la sangre, el asco,
el terror, me vino encima, Yo
temblaba. Temblaba frente a sus
palabras porque en la azotea de
la casa de Ana María García
Pérez no hubo nunca una carrera
de Fórmula 1. Ahí nació el
contador de historias.
Lo demás vino después. Empezó a
hacer La Peña del Brocal
conmigo, gestionó nuestra
primera gira a la ciudad de
Bayamo, y de regreso se separó y
se hizo La peña de los sueños.
La fundó en el único lugar con
piano que le dieron, tenía 60
butacas y una enorme puerta de
corredera con la manía de
abrirse y de cantar un promedio
de cuatro veces en cada cuento.
Empezó a venir mucha más gente,
unos atraídos por él, otros por
Aldrovandris Rodríguez y unos
pocos por Pompa el pianista, que
era buenísimo pero que para
entonces nadie conocía. A mí no
me gustaba su peña y mucho menos
me gustó el otro espacio que
gestionó y que duró muchísimos
años. Yo tengo un sentido muy
distinto del suyo de lo que son
las artes de la palabra, pero
nadie más fiel que él a su
credo. Lo sostuvo, lo hizo
crecer y perfeccionar, lo dotó
de nuevas aristas, lo hizo
popular y lo que es mejor, lo
convirtió en algo útil,
inseparable de la ciudad.
Entonces me quito el sombrero.
A finales de los 80 me fui de la
ciudad. A contar cuentos regresé
tres veces, quizá cuatro, pero
no estoy seguro. En casi 20 años
nos vimos poco, pero siempre que
nos vimos fue una fiesta. Hace
unos meses me invitaron a
participar en un festival que el
proyecto EjO, el de Omar
González y Julio Hernández,
organizó en homenaje suyo. Fui a
despedirme de él, el cáncer lo
mordió un día en la calle cuando
regresaba de una actuación, le
faltó el aire, le dolió la vida,
sudaba mucho, y primero los
médicos pensaron que era el
corazón ―es que ellos son solo
galenos y no saben que a un
cuentero el corazón no le duele
sino que le explota. Le hicieron
unos rayos x y vieron que sus
pulmones se ahogaban bajo un mar
y recordaron a su maestro el Dr.
Paisán que siempre decía que
debajo del agua estaba el
cangrejo.
El festival fue hermoso. Él hizo
un esfuerzo extraordinario. Me
sentí muy orgulloso. Él contó
como solo los buenos saben
hacerlo. Regresamos juntos al
brocal y fue conmovedor verlo
despedirse en el lugar en el que
había nacido. Le hizo un
homenaje a Emilio Ballagas, que
era como hacérnoslo a todos.
Terminó con la Elegía a María
Belén Chacón. El llanto de
su guitarrista se pudo escuchar
por debajo de los arpegios. Mi
llanto dura hasta hoy.
Pero lloro y me desternillo de
la risa. Es que él tenía la
capacidad de llevarnos de un
lado a otro sin que nos diéramos
cuenta y aún la conserva. No sé
si Camagüey descubrió, démosle
tiempo, que ha perdido parte de
su voz. Pero eso no es
importante, lo realmente
importante es que Manolito
Martínez ya no está.
Él y yo tuvimos en marzo de este
año, en su casa, una buena
conversación. No dijimos nada,
no pedimos perdón o agradecimos,
no pasamos balance a la vida.
Tuvimos una conversación
trivial, cotidiana, una de esas
que solo tienen gente que se
quieren mucho y se conocen
mejor. |