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"Esto es una vacuna contra el
desaliento", fueron las primeras
palabras que me brotaron al visitar el
campamento-taller-tribuna en que se ha
convertido la casa de Kcho en la Isla de
la Juventud. Si el fidelismo fuera una
religión, esta sería, sin lugar a duda,
una de sus catedrales, donde el trabajo,
la solidaridad y el arte reinan con la
sencillez aplastante de las grandes
causas. Las colchonetas en el piso, las
largas mesas tipo escuela al campo y las
herramientas a disposición de cualquier
vecino necesitado, confirman el ambiente
de comunismo de campaña que comparten
estos artistas.
Ellos no solo ayudan a otros y asumen
los gastos de su propia gestión, sino
que han renunciado a jugosos contratos
para dedicar su tiempo a una obra
colectiva que implica desde el trabajo
físico, no exento de riesgos, hasta la
actuación gratuita para los públicos más
diversos.
Nuestros símbolos, renovados por un arte
de vanguardia, habitan entre ellos "como
la astilla en la herida". Al escuchar el
himno que nos regala Kelvis Ochoa,
acompañado de guitarra y violín,
admiramos la bandera de la estrella
solitaria, que es plancha de zinc, y es
puerta del taller, a Fidel y Martí
abrazados por Rancaño al fondo del
improvisado comedor, el escudo de la
palma real tatuado sobre un hombro, o el
estremecedor Martí de Kcho que exhibe la
galería de Gerona, en el que fragmentos
de tejas rotas por el huracán sobre un
fondo negro arman el rostro más querido
por los cubanos.
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Juan Padrón se
incorpora a este catálogo de maravillas
cuando le piden que dibuje sobre un
lienzo a Elpidio Valdés, y el niño que
también es Kcho sonríe ante la conocida
y entrañable silueta que comienza a
revelársenos: "siempre le sale lindo", y
así termina el "pillo, manigüero,
insurrecto", abandonando a Palmiche y
subiendo a un bote que le coloca la mano
que más embarcaciones ha dibujado desde
que el mundo es mundo.
Han transcurrido poco más de 36 horas en
la Isla y parecería que ya lo hemos
vivido todo: la conmoción en los rostros
adultos al escuchar a la pionera que en
la Escuela de Arte nos dijo cómo harán
para continuar estudiando música tras el
golpe que les propinó la naturaleza y el
brillo en los ojos de los niños cuando
Manolito Simonet, acostumbrado a los
bailables multitudinarios, improvisó
para ellos su montuno en el piano de la
pequeña aula que nos acogía. Son apenas
dos entre las muchas emociones
clandestinas de estos días.
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Estamos ya en la Terminal Marítima,
abrazamos a Kcho que amenaza con
cargarnos hasta los asientos del barco,
y creemos despedirnos también de los
estremecimientos de este fin de semana a
prueba de cardíacos, gran ingenuidad la
nuestra: un mulato, delgado y joven,
toma la palabra y dispara un discurso
"para agradecer y felicitar a nombre del
pueblo pinero a los artistas en el Día
de la Cultura Cubana" y vuelve a surgir
de las gargantas el himno que hace 140
años entonó Bayamo, y retornan las
lágrimas, y queremos saber si el que
habló es el administrador, o un
dirigente de la Juventud, y la respuesta
nos sacude los esquemas: es un pasajero,
nadie entre los que nos acompañan lo
conoce. Brilla en este instante la
grandeza de esta gente sufrida y
generosa, reparo ahora en cómo en la
intensidad del programa vimos
constantemente a personas muy humildes
acercarse a saludar, a dar las gracias,
llama la atención que ninguna reclamó
algo más que una foto con sus hijos o
una firma en la portadilla de un libro.
Me imagino la Isla, ya no la de la
Juventud, sino Cuba, sin el compromiso
de sus artistas y escritores, sin su
cultura potenciada por décadas de
Escuelas de Arte, Festivales de Cine y
Ballet, y Ferias del Libro, "triste como
la más triste", en palabras de Guillén,
sin el escudo de su cultura ante los
huracanes de ayer y de hoy. Y pienso en
Fidel, que en lo más duro del período
especial dijo que la cultura era lo
primero que había que salvar; Fidel,
cuya capacidad para ver en el alma de
los hombres encontró en Kcho esa energía
noble y desbordante para servir a su
tierra y a su pueblo. |