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“Para pocos es noticia —leí hace
unos días— que Nicolás Dorr
realizó una de las entradas más
espectaculares en el teatro
cubano, estrenándose a los 14
años como autor de
Las pericas”.
Quienes ya lo sabíamos, no
dejamos de sorprendernos. Pero
muchos realmente se asombrarían
si este escritor infatigable les
dijese muy bajito, casi en
secreto, que su entrada en la
narrativa fue aún más singular:
cuando cumplió diez años ya
había escrito dos novelas.
“¡Eran espantosas!”, se ríe
mientras recuerda aquellas
páginas. Posiblemente, las
primeras “víctimas” de una
vocación recóndita que hoy
renace bajo el título de su
primera novela “en serio”.
El legado del caos,
publicada por Ediciones Unión,
es un inventario de hechos,
anécdotas y costumbres de casi
un siglo de historia de Cuba
(1902-1980), reflejados en
personajes que se comparten
entre sus conflictos
individuales y las
particularidades
histórico-sociales de su tiempo.
En nueve capítulos,
distribuidos en 281 páginas,
Nicolás Dorr se estrena en la
narrativa sin que el lector
extrañe una sola de sus piezas
teatrales. El dramaturgo está
allí donde los personajes se
deconstruyen y en los tantos
momentos en que la trama fluye
sin que perdamos uno solo de los
engarces.
Más de 30 obras de teatro
escritas; solo cuatro o cinco
sin estrenar. Nicolás asiste a
cada una de las puestas. Hoy,
para burlar los límites que
impone la intimidad de la
novela, pretende acercarse a sus
lectores como ya desde un sitio
en el auditorio. No desdoblado
en las voces de los personajes,
no sirviéndoles de traductor. Es
él mismo —el dramaturgo y el
novelista: el escritor, como más
le gusta— quien responde hoy a
mis preguntas. Esbozos de un
cuestionario que pretendía
dominar —¡vanidoso! — una
conversación que fue siempre
suya.
Detrás de El legado del caos
hay una historia que se remonta
a muchos años atrás…
Sí, al año 1989. En aquel
tiempo, tuve una idea de algunos
personajes para lo que podría
ser una novela… y tuve un
título: El legado del caos.
Fue un título que llegó sin
aviso, pero me fascinó. Me
parecía que podía agarrar el
espíritu de lo que yo podría
proyectar en una historia; pero
no tenía la historia clara, no
tenía la estructura, que era lo
más importante. Tenía un título,
los personajes, sobre todo a
Fela Mondragón, pero muy
disperso.
Escribí unas páginas, las leí en
un Autor y su obra, en el
Palacio del Segundo Cabo, pero
vi que la reacción del público
no era muy favorable a que yo me
dedicara a la narrativa.
Entonces decidí parar aquello un
tiempo. Seguí con el teatro,
haciendo mis obras, y un tiempo
después volvió otra vez el deseo
de escribir esa historia, de la
cual solo tenía un título.
¿Parte siempre de un título para
escribir sus obras?
Sí, porque para mí la página en
blanco necesita una afirmación.
Y yo la afirmo poniendo un
título antes de escribir otra
palabra. Es como que me obliga a
continuar, a darle vida a esa
frase. Considero que El
legado del caos es un título
muy atractivo. En este caso, me
lo daba todo, sobre todo al
personaje de Gerardo, que tiene
mucha fuerza. Es a él a quien
dejan como herencia un caos.
Siempre he tenido esa suerte…
los títulos me llegan de
entrada. Nunca pensé en cambiar
este, ni siquiera cuando decidí
volver sobre la idea de contar
la historia que pensé 20 años
atrás, ni cuando comencé la
búsqueda bibliográfica.
¿Piensa que la novela puede
calificarse como una novela
histórica?
Claro, hay en ella un
acercamiento a detalles y
décadas específicas en algunos
capítulos, y en otros hay como
un inventario de cosas sucedidas
en determinados años. De manera
que de 1902 a 1980, los sucesos
que se ahondan más desde el
punto de vista histórico o
aquellos que se dan como hechos
curiosos o de carácter
anecdótico, tienen también un
basamento totalmente
comprobable.
Para ello, necesitaba de
documentación fidedigna. Ese fue
un trabajo muy hermoso, gracias
al cual pude hacer que esta
novela rara —llena de matices—
fuera también una novela
histórica, como tú dices. Revisé
muchos libros. Entre los
cubanos, tengo que mencionar
siempre al estupendo La
fiesta de los tiburones, de
Reynaldo González, y En
blanco y negro, de Ambrosio
Fornet. También busqué muchos
libros de las épocas
específicas. Me interesaban
mucho aquellas páginas que
contaban anécdotas o costumbres,
más que las cosas históricas,
que también me sirvieron de
mucho.
Un dramaturgo, desde los 14
años. Después de casi 30 obras
teatrales, ¿por qué la novela?
Bueno, fíjate que empecé
escribiendo dos novelitas cuando
tenía como diez años. Fue lo
primero que hice. ¡Eran
espantosas! Se perdieron, aunque
los títulos sí los tengo. Pero
eran puramente ridículos.
¡Imagínate que una era hasta en
versos!
Después, empecé a escribir mis
poemas e hice un primer libro
que se llamó Tiempo inquieto.
La revista Bohemia me
dio a conocer en el año 59 como
“niño poeta”; pero en realidad,
la fecha que yo tomo muy en
serio es la de 1961, cuando
estreno mi primera pieza
teatral: Las pericas. De
ahí para acá…mira, ¡he escrito
tantas obras de teatro que por
qué no ampliar el horizonte!
Pienso que el horizonte de un
escritor pleno se perfila cuando
es capaz de abordar otros
géneros, y para mí el género
mayor ha sido siempre la novela.
Aunque he sido un dramaturgo por
excelencia, siempre he sido
también un degustador de la
narrativa. Afortunadamente, en
nuestro país hay maravillosos
narradores, con los que yo
—fraternalmente— quería emular.
¿Cómo se retroalimentan ambos
géneros? ¿Sobre cuáles elementos
recayó la atención ante el
cambio de registro?
Con la experiencia de esta
novela, te puedo decir que lo
que me enlazó con el teatro fue
la construcción de los
personajes. Tú sabes que hay
muchas novelas donde predominan
los paisajes, los ambientes… y
el personaje un poco se
desdibuja. Sin embargo, aquí es
el personaje el que está al
frente, con una penetración
psicológica muy fuerte. Esa es
una ganancia extraordinaria del
teatro, el fijarme tanto en los
seres humanos, el esponjear
tanto al ser humano que me rodea
para después darle otro tipo de
vida, que es la vida ficcional.
De forma que haya muy ricas
relaciones entre los géneros.
Sin embargo, la novela no tiene
diálogos, un punto totalmente
discordante del teatro…
Bueno, mira, aquí yo sentía que
no necesitaba el diálogo
directo… para nada. Necesitaba
narrar los estados anímicos, las
acciones de los
personajes…narrar.
Particularmente, en la novela,
me interesan mucho más los
autores que prescinden del
diálogo. Creo que el diálogo en
la novela tiene que ser muy, muy
real, que no resulte artificial
o literario. Y a eso yo le temía
mucho, yo que siempre había sido
un autor que he ajustado el
diálogo a las características de
los personajes que hablan. Eso
es una fuerza muy especial de la
dramaturgia: el desdoblarse
cuando es preciso, el
desaparecer para dar lugar a las
voces de otros.
Por eso recurrí solo a cambiar
de estilos en los diferentes
capítulos: barroco, monólogo…,
para que se ajustara a las
características del personaje al
que se refiere cada uno. Es otra
ganancia del teatro, que preferí
frente al diálogo.
¿Qué significa el humor en sus
obras: un recurso, una actitud…?
Es una respuesta a la vida, que
he tenido desde niño. Claro,
cuando se es adolescente es lo
más natural del mundo el reírse
de cualquier cosa, porque es una
etapa que se hizo para eso.
Provengo de una familia muy dada
al gusto por reírse. Por eso, el
humor es las dos cosas que tú
dices: me ha servido para ubicar
las cosas en su aspecto
ridículo, simpático, profundo…
Y no podía escaparme de él en
esta novela, porque me ha
acompañado en casi toda mi vida
y mi obra, bien de manera
visceral o bien como descanso al
dramatismo de algunas historias.
En cuanto a los personajes,
vemos que algunos tienen puntos
de contacto con otras de sus
obras, sobre todo los ancianos.
¿Fue un propósito o simplemente
una asociación inconsciente?
No lo sé con exactitud, pero sí
es interesante cómo se abre un
ciclo y se cierra con otros
personajes, sobre todo con esas
primeras ancianas de Las
pericas. Pero aquí, he
podido profundizar un poco en
ellas… ¡Creo que ahora escribiré
sobre niños, para variar!
De las casi 30 obras que
componen su obra dramática hay
solo cuatro o cinco que pueden
considerarse obras sin estrenar.
¿La publicación de una novela es
lo mismo que ver su obra teatral
llevada a escena?
Eso viene desde la relación que
puede tener el receptor en ambos
casos, que es diametralmente
opuesta. Creo que si tengo la
suerte de un público
colaborador, buenos actores,
buena banda sonora y
escenografía, ayuda a que la
obra sea más disfrutada…y yo,
como autor, lo puedo comprobar.
Asisto a todas las puestas. Pero
la novela no te permite nada de
eso: es tu escritura en
intimidad absoluta y quien la
recibe también lo hace en su
intimidad absoluta. Así, el
lector tiene la posibilidad de
juzgarla con más detenimiento.
Es una relación extraordinaria.
Recuerdo que Alejo Carpentier,
hace muchos años, escribió una
pieza teatral que se llamó El
aprendiz de brujo y le
decían que por qué no escribía
otras. Él respondía: “no, porque
yo quiero que el producto sea
estrictamente mío”. Y no es una
actitud egoísta, es una actitud
de un escritor de novela que se
ha acostumbrado a la intimidad.
Yo, como autor, tengo la
aspiración de que lleguen mis
obras a alguien. En el teatro
sucede más rápido y con la
novela queda en el plano del
misterio. Pero cuando te dicen
que el libro se está vendiendo…
ya eso te da como una esperanza.
¿Y después de El legado…?
Seguir escribiendo, lo mismo
teatro que otra novela. ¡Fíjate
que cuando consideré que la
novela estaba terminada, no
tenía nada que hacer y para
entretenerme he escrito tres
obras de teatro nuevas!
Eso quiere decir que el
incipiente novelista no borró al
dramaturgo, ni lo hará jamás.
Pero sí me gustaría reafirmarme
en este género con algo más.
Tengo algunas ideas, pero nada
escrito aún… ¡porque aún no
tengo título! |