Año VII
La Habana

11 al 17 de OCTUBRE
de 2008

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El legado que dejó el caos en Nicolás Dorr

Marianela González • La Habana

 

“Para pocos es noticia —leí hace unos días— que Nicolás Dorr realizó una de las entradas más espectaculares en el teatro cubano, estrenándose a los 14 años como autor de Las pericas”. Quienes ya lo sabíamos, no dejamos de sorprendernos. Pero muchos realmente se asombrarían si este escritor infatigable les dijese muy bajito, casi en secreto, que su entrada en la narrativa fue aún más singular: cuando cumplió diez años ya había escrito dos novelas.

“¡Eran espantosas!”, se ríe mientras recuerda aquellas páginas. Posiblemente, las primeras “víctimas” de una vocación recóndita que hoy renace bajo el título de su primera novela “en serio”.

El legado del caos, publicada por Ediciones Unión, es un inventario de hechos, anécdotas y costumbres de casi un siglo de historia de Cuba (1902-1980), reflejados en personajes que se comparten entre sus conflictos individuales y las particularidades histórico-sociales de su tiempo. En nueve capítulos, distribuidos en 281 páginas, Nicolás Dorr se estrena en la narrativa sin que el lector extrañe una sola de sus piezas teatrales. El dramaturgo está allí donde los personajes se deconstruyen y en los tantos momentos en que la trama fluye sin que perdamos uno solo de los engarces.

Más de 30 obras de teatro escritas; solo cuatro o cinco sin estrenar. Nicolás asiste a cada una de las puestas. Hoy, para burlar los límites que impone la intimidad de la novela, pretende acercarse a sus lectores como ya desde un sitio en el auditorio. No desdoblado en las voces de los personajes, no sirviéndoles de traductor. Es él mismo —el dramaturgo y el novelista: el escritor, como más le gusta— quien responde hoy a mis preguntas. Esbozos de un cuestionario que pretendía dominar —¡vanidoso! — una conversación que fue siempre suya. 

Detrás de El legado del caos hay una historia que se remonta a muchos años atrás…

Sí, al año 1989. En aquel tiempo, tuve una idea de algunos personajes para lo que podría ser una novela… y tuve un título: El legado del caos. Fue un título que llegó sin aviso, pero me fascinó. Me parecía que podía agarrar el espíritu de lo que yo podría proyectar en una historia; pero no tenía la historia clara, no tenía la estructura, que era lo más importante. Tenía un título, los personajes, sobre todo a Fela Mondragón, pero muy disperso.

Escribí unas páginas, las leí en un Autor y su obra, en el Palacio del Segundo Cabo, pero vi que la reacción del público no era muy favorable a que yo me dedicara a la narrativa. Entonces decidí parar aquello un tiempo. Seguí con el teatro, haciendo mis obras, y un tiempo después volvió otra vez el deseo de escribir esa historia, de la cual solo tenía un título. 

¿Parte siempre de un título para escribir sus obras?

Sí, porque para mí la página en blanco necesita una afirmación. Y yo la afirmo poniendo un título antes de escribir otra palabra. Es como que me obliga a continuar, a darle vida a esa frase. Considero que El legado del caos es un título muy atractivo. En este caso, me lo daba todo, sobre todo al personaje de Gerardo, que tiene mucha fuerza. Es a él a quien dejan como herencia un caos.

Siempre he tenido esa suerte… los títulos me llegan de entrada. Nunca pensé en cambiar este, ni siquiera cuando decidí volver sobre la idea de contar la historia que pensé 20 años atrás, ni cuando comencé la búsqueda bibliográfica.

¿Piensa que la novela puede calificarse como una novela histórica?

Claro, hay en ella un acercamiento a detalles y décadas específicas en algunos capítulos, y en otros hay como un inventario de cosas sucedidas en determinados años. De manera que de 1902 a 1980, los sucesos que se ahondan más desde el punto de vista histórico o aquellos que se dan como hechos curiosos o de carácter anecdótico, tienen también un basamento totalmente comprobable.

Para ello, necesitaba de documentación fidedigna. Ese fue un trabajo muy hermoso, gracias al cual pude hacer que esta novela rara —llena de matices— fuera también una novela histórica, como tú dices. Revisé muchos libros. Entre los cubanos, tengo que mencionar siempre al estupendo La fiesta de los tiburones, de Reynaldo González, y En blanco y negro, de Ambrosio Fornet. También busqué muchos libros de las épocas específicas. Me interesaban mucho aquellas páginas que contaban anécdotas o costumbres, más que las cosas históricas, que también me sirvieron de mucho. 

Un dramaturgo, desde los 14 años. Después de casi 30 obras teatrales, ¿por qué la novela?

Bueno, fíjate que empecé escribiendo dos novelitas cuando tenía como diez años. Fue lo primero que hice. ¡Eran espantosas! Se perdieron, aunque los títulos sí los tengo. Pero eran puramente ridículos. ¡Imagínate que una era hasta en versos!

Después, empecé a escribir mis poemas e hice un primer libro que se llamó Tiempo inquieto. La revista Bohemia me dio a conocer en el año 59 como “niño poeta”; pero en realidad, la fecha que yo tomo muy en serio es la de 1961, cuando estreno mi primera pieza teatral: Las pericas. De ahí para acá…mira, ¡he escrito tantas obras de teatro que por qué no ampliar el horizonte!

Pienso que el horizonte de un escritor pleno se perfila cuando es capaz de abordar otros géneros, y para mí el género mayor ha sido siempre la novela. Aunque he sido un dramaturgo por excelencia, siempre he sido también un degustador de la narrativa. Afortunadamente, en nuestro país hay maravillosos narradores, con los que yo —fraternalmente— quería emular. 

¿Cómo se retroalimentan ambos géneros? ¿Sobre cuáles elementos recayó la atención ante el cambio de registro?

Con la experiencia de esta novela, te puedo decir que lo que me enlazó con el teatro fue la construcción de los personajes. Tú sabes que hay muchas novelas donde predominan los paisajes, los ambientes… y el personaje un poco se desdibuja. Sin embargo, aquí es el personaje el que está al frente, con una penetración psicológica muy fuerte. Esa es una ganancia extraordinaria del teatro, el fijarme tanto en los seres humanos, el esponjear tanto al ser humano que me rodea para después darle otro tipo de vida, que es la vida ficcional. De forma que haya muy ricas relaciones entre los géneros. 

Sin embargo, la novela no tiene diálogos, un punto totalmente discordante del teatro…

Bueno, mira, aquí yo sentía que no necesitaba el diálogo directo… para nada. Necesitaba narrar los estados anímicos, las acciones de los personajes…narrar. Particularmente, en la novela, me interesan mucho más los autores que prescinden del diálogo. Creo que el diálogo en la novela tiene que ser muy, muy real, que no resulte artificial o literario. Y a eso yo le temía mucho, yo que siempre había sido un autor que he ajustado el diálogo a las características de los personajes que hablan. Eso es una fuerza muy especial de la dramaturgia: el desdoblarse cuando es preciso, el desaparecer para dar lugar a las voces de otros.

Por eso recurrí solo a cambiar de estilos en los diferentes capítulos: barroco, monólogo…, para que se ajustara a las características del personaje al que se refiere cada uno. Es otra ganancia del teatro, que preferí frente al diálogo. 

¿Qué significa el humor en sus obras: un recurso, una actitud…?

Es una respuesta a la vida, que he tenido desde niño. Claro, cuando se es adolescente es lo más natural del mundo el reírse de cualquier cosa, porque es una etapa que se hizo para eso. Provengo de una familia muy dada al gusto por reírse. Por eso, el humor es las dos cosas que tú dices: me ha servido para ubicar las cosas en su aspecto ridículo, simpático, profundo…  Y no podía escaparme de él en esta novela, porque me ha acompañado en casi toda mi vida y mi obra, bien de manera visceral o bien como descanso al dramatismo de algunas historias. 

En cuanto a los personajes, vemos que algunos tienen puntos de contacto con otras de sus obras, sobre todo los ancianos. ¿Fue un propósito o simplemente una asociación inconsciente?

No lo sé con exactitud, pero sí es interesante cómo se abre un ciclo y se cierra con otros personajes, sobre todo con esas primeras ancianas de Las pericas. Pero aquí, he podido profundizar un poco en ellas… ¡Creo que ahora escribiré sobre niños, para variar! 

De las casi 30 obras que componen su obra dramática hay solo cuatro o cinco que pueden considerarse obras sin estrenar. ¿La publicación de una novela es lo mismo que ver su obra teatral llevada a escena?

Eso viene desde la relación que puede tener el receptor en ambos casos, que es diametralmente opuesta. Creo que si tengo la suerte de un público colaborador, buenos actores, buena banda sonora y escenografía, ayuda a que la obra sea más disfrutada…y yo, como autor, lo puedo comprobar. Asisto a todas las puestas. Pero la novela no te permite nada de eso: es tu escritura en intimidad absoluta y quien la recibe también lo hace en su intimidad absoluta. Así, el lector tiene la posibilidad de juzgarla con más detenimiento. Es una relación extraordinaria.

Recuerdo que Alejo Carpentier, hace muchos años, escribió una pieza teatral que se llamó El aprendiz de brujo y le decían que por qué no escribía otras. Él respondía: “no, porque yo quiero que el producto sea estrictamente mío”. Y no es una actitud egoísta, es una actitud de un escritor de novela que se ha acostumbrado a la intimidad. Yo, como autor, tengo la aspiración de que lleguen mis obras a alguien. En el teatro sucede más rápido y con la novela queda en el plano del misterio. Pero cuando te dicen que el libro se está vendiendo… ya eso te da como una esperanza. 

¿Y después de El legado…?

Seguir escribiendo, lo mismo teatro que otra novela. ¡Fíjate que cuando consideré que la novela estaba terminada, no tenía nada que hacer y para entretenerme he escrito tres obras de teatro nuevas!

Eso quiere decir que el incipiente novelista no borró al dramaturgo, ni lo hará jamás. Pero sí me gustaría reafirmarme en este género con algo más. Tengo algunas ideas, pero nada escrito aún… ¡porque aún no tengo título!
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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