Año VI
La Habana
2008

Regresar a la Página principal

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 
Con María Cervantes
Josefina Ortega • La Habana

Hija de Ignacio Cervantes, —considerado por muchos el músico cubano más destacado del siglo XIX—, no resulta difícil comprender que, bajo su orientación, se arraigó en María, desde la infancia, su pasión por la música.

Siendo ya una reconocida pianista, cantante y compositora, confesó que ella fue siempre una niña muy refistolera y que empezó a tocar el piano desde muy chiquita, tanto que casi no llegaba al teclado, pero cuando escuchaba algo que le llamaba la atención, iba tan rápido como le permitían sus piernas, y lo tocaba.

Heredó de su padre su estilo pianístico y, como pocos, conocía la interpretación de sus danzas, las que —según Alejo Carpentier— “ocupan en la música de la isla el lugar que ocupan las Danzas noruegas de Grieg, o las Danzas eslavas de Dvorak en las músicas de sus respectivos países”.

Nacida en La Habana, el 30 de noviembre de 1885, María Cervantes comenzó los estudios de piano con su padre, quien por cierto, la llamaba Chanchín por tener ella las orejas pequeñas.       

Alegremente comentaba el gran Ignacio Cervantes que con sus hijos —trece varones y una hembra— formaría toda una orquesta.

Desde muy niña María se sintió artista. El baile le entusiasmaba. Su padre empezaba con una danza, pasaba para una mazurca, y seguía con un danzón, mientras ella marcaba el ritmo como una verdadera profesional, y eso que para entonces apenas tenía tres años.                           

A la muerte de su progenitor, en 1905, ella se hunde en una profunda tristeza que la separa de la música, mas al tocar el piano el primer día, termina una romanza sin palabras que él le había dedicado a ella, y ya enfermo, no pudo acabar.

Después el poeta matancero Juan B. Ubago le puso el título "Fusión de almas". Con esta pieza la artista abría sus recitales.

Su debut profesional se efectuó en el teatro Campoamor en 1929, año en que también graba sus primeros discos en los EE.UU., para la firma Columbia.

Actúa también en la RCH Cadena Azul, en la Cuban Telephone Company, en Radio Salas y en el hotel Sevilla, donde se presenta junto al pianista Felo Bergaza.

En la Mil Diez trabaja con los compositores y directores de orquesta Adolfo Guzmán y Enrique González Mántici.                                

El éxito la acompaña. Viaja otra vez a los EE.UU., donde graba para la Columbia y actúa en el cabaret del famoso actor y cantante argentino José Bohr.

Al regresar a La Habana su nombre aparece en las carteleras de los más importantes escenarios, junto a figuras de la talla de Rita Montaner y Bola de Nieve.

Por años, su simpatía personal, su auténtica cubanía y aquel carisma tan especial para interpretar sus canciones, la hicieron ganar la admiración y el cariño del público.

Su interpretación de "A los frijoles, caballeros", es siempre un esperado suceso.

Al fallecer su esposo, abandona la escena,  pero en 1960 —persuadida por el musicólogo Odilio Urfé— reaparece en un concierto abarrotado de público en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Desde ese día, y hasta poco antes de su muerte, María Cervantes mantiene una constante presencia en nuestros escenarios, querida y respetada por su pueblo, que reconoce su alta jerarquía artística en el dominio de nuestra música.

En una ocasión dijo: “Hubiera querido retirarme de la radio, del teatro y que me recordaran como era yo, sin espejuelos, sin canas, sin vejez, pero hubo un segundo gran debut que no me pesa, porque si yo me hubiera retirado de verdad, me hubiera muerto ya. La música es mi vida.”

María Cervantes falleció a los 96 años, en La Habana, el 8 de febrero de 1981. Un año antes le había dicho a la escritora Hamilé Rozada: “Espero que cuando la muerte me sorprenda, yo esté sentada al piano. Si no puedo volver a tocar, la vida se me escapará con tanta prisa que me será imposible detenerla”.  

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
IE-Firefox, 800x600