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Cada vez se editan más colecciones
de cartas de grandes escritores y
artistas. Aunque desde el punto de vista
del respeto a la intimidad provoca
cierto escozor asomarnos a los asuntos
íntimos de otros, muchas veces los
epistolarios aportan importantes
elementos sobre el proceso de creación o
la relación con sus contemporáneos.
Se dice que para el futuro no habrá este
tipo de libros, que la era digital
convierte en una rareza extrema al
correo tradicional. A veces me pongo a
imaginar cuánto abrían hecho en la época
del e-mail escritores como Juan Ramón
Jiménez, tan atento a sus publicaciones
y relaciones literarias. Seguramente
muchos de nuestros grandes autores del
presente gestionan sus dudas o
inquietudes artísticas a través de
correos electrónicos.
Ahora se están poniendo de moda los
blogs, que andan a caballo entre el
diario privado y la columna
periodística. Me parece inicialmente
bien, aunque sospecho que no pocos
editores aprovechan la moda de estos
espacios para seleccionar trabajos
gratuitos, deteriorando de paso los
derechos laborales de los profesionales
de la prensa. Una línea imprecisa
separa la democratización de las
reflexiones y el intrusismo profesional.
Se dan casos en los que del cuaderno
individual se pasa con éxito a las
páginas de los periódicos. Un diario
gratuito que circula en España convocó
un concurso para los cronistas amateurs
y resultó ganador un taxista que ha
mantenido un espacio con fluidez,
originalidad y solvencia.
Pero volvamos a las cartas. Cuando se le
escribe a un amigo también se está
dialogando con uno mismo; plasmando
ideas que se marchitan en la soledad o
simplemente procurando el diálogo que a
veces escasea en la vida cotidiana.
Siempre se dieron amores nacidos de
relaciones epistolares. Puede pensarse
que resulta raro ver, saludar, abrazar a
alguien después de confesarse muchas
cosas y hasta intercambiar sentimientos
o ideas. También sucede que el supuesto
conocimiento personal y directo
enmascara la ignorancia de los asuntos
esenciales. La palabra escrita facilita
un nivel de cierta solemnidad y de
profundización que no se suele lograr a
viva voz. Tal vez los amantes
presenciales y concretos deberían
ponerse como “tarea” una cartica después
de dormir juntos por primera vez.
De todas formas en muchos países del
mundo siguen sin imperar ni internet ni
los mensajes de SMS, que, por cierto,
amenazan la ortografía por el excesivo
uso de abreviaturas y palabras
inventadas en aras de economizar tiempo.
Siguen conviviendo las cartas
tradicionales, los teléfonos con
“bejuco” y hasta las palomas mensajeras.
Lo que vale es que se mantenga la
comunicación, sea desde las teclas del
ordenador o desde el clásico lápiz
escolar.
En cuanto a los epistolarios de las
celebridades, encontrarán algunos
lectores morbosos o superficiales, pero
tengo fe en que la mayoría sigamos
valorando las pruebas de su forcejeo con
la creación y la no menos complicada
relación con los intermediarios entre la
obra y sus lectores. Es como si nos
convirtiésemos en ese otro amigo que
puede entender el equilibrio entre
secreto y confesión que late en la
mayoría de las cartas. |