Año VI
La Habana
2008

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Epistolarios
Amado del Pino • La Habana

Cada vez se editan más colecciones de cartas de grandes escritores y artistas. Aunque desde el punto de vista del respeto a la intimidad provoca cierto escozor asomarnos a los asuntos íntimos de otros, muchas veces los epistolarios aportan importantes elementos sobre el proceso de creación o la relación con sus contemporáneos.

Se dice que para el futuro no habrá este tipo de libros, que la era digital convierte en una rareza extrema al correo tradicional. A veces me pongo a imaginar cuánto abrían hecho en la época del e-mail escritores como Juan Ramón Jiménez, tan atento a sus publicaciones y relaciones literarias. Seguramente muchos de nuestros grandes autores del presente gestionan sus dudas o inquietudes artísticas a través de correos electrónicos.

Ahora se están poniendo de moda los blogs, que andan a caballo entre el diario privado y la columna periodística. Me parece inicialmente bien, aunque sospecho que no pocos editores aprovechan la moda de estos espacios para seleccionar trabajos gratuitos, deteriorando de paso los derechos laborales de los profesionales de la prensa.  Una línea imprecisa separa la democratización de las reflexiones y el intrusismo profesional. Se dan casos en los que del cuaderno individual se pasa con éxito a las páginas de los periódicos. Un diario gratuito que circula en España convocó un concurso para los cronistas amateurs y resultó ganador un taxista que ha mantenido un espacio con fluidez, originalidad y solvencia.

Pero volvamos a las cartas. Cuando se le escribe a un amigo también se está dialogando con uno mismo; plasmando ideas que se marchitan en la soledad o simplemente procurando el diálogo que a veces escasea en la vida cotidiana. Siempre se dieron amores nacidos  de relaciones epistolares. Puede pensarse que resulta raro ver, saludar, abrazar a alguien después de confesarse muchas cosas y hasta intercambiar sentimientos o ideas. También sucede que el supuesto conocimiento personal y directo enmascara la ignorancia de los asuntos esenciales. La palabra escrita facilita un nivel de cierta solemnidad y de profundización que no se suele lograr a viva voz. Tal vez los amantes presenciales y concretos deberían ponerse como “tarea” una cartica después de dormir juntos por primera vez.

De todas formas en muchos países del mundo siguen sin imperar ni internet ni los mensajes de SMS, que, por cierto, amenazan la ortografía por el excesivo uso de abreviaturas y palabras inventadas en aras de economizar tiempo. Siguen conviviendo las cartas tradicionales, los teléfonos con “bejuco” y hasta las palomas mensajeras. Lo que vale es que se mantenga la comunicación, sea desde las teclas del ordenador o desde el clásico lápiz  escolar.

En cuanto a los epistolarios de las celebridades, encontrarán algunos lectores morbosos o superficiales, pero tengo fe en que la mayoría sigamos valorando las pruebas de su forcejeo con la creación y la no menos complicada relación con los intermediarios entre la obra y sus lectores. Es como si nos convirtiésemos en ese otro amigo que puede entender el equilibrio entre secreto y confesión que late en la mayoría de las cartas.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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