Lo sospechaban, lo olían, se daban cuenta de que
bajo el mimetismo de sus ropas comunes y su
talante apacible, aquel hombre ocultaba esa
emanación rancia del otro, del que viene, el que
asalta, el que usurpa. En definitiva, del
extranjero sin fortuna, del inmigrante a todas
luces indocumentado.
Ajeno a tales especulaciones, el hombre se
apartó de los que esperaban subir al autobús
interprovincial y fue hacia la cafetería.
Tranquilamente empujó la puerta de cristales y
entró.
Ni siquiera consumió nada.
Solo iba a mirar.
De tal conducta sospechosa informó después una
mujer que vendía algo en un tenderete, bajo una
sombrilla que justo acababa de sufrir un
desperfecto en el mecanismo de abrir y cerrar,
sin duda, causado por el mismo malandrín.
Pero eso afloró más tarde, cuando se
reconstruyeron los hechos. En aquel momento, el
extranjero salió del local, cruzó el andén de la
estación de buses con paso desaprensivo y subió
al carro tras comprobar, mirando su billete, que
era el que le correspondía, mientras los demás
se consultaban unos a otros e insistían en
preguntar si aquel vehículo iba para donde iba.
Todos vieron en su actitud un recóndito deseo de
desafiar, de gritarles no los necesito, me
importan un pito, porque yo sí sé bien para
dónde vamos, ¡ah, si lo hubieran advertido
entonces!
Con la misma procaz autosuficiencia, buscó su
asiento. Lo ocupaba una señora redonda como un
gran polvorón y él se sentó a su lado, sin
reclamar el puesto de ventanilla que le
pertenecía. Llevaba poco equipaje, apenas un
maletín de hule que conservó consigo... como si
hubiera salido de la cárcel o acabara de cometer
un asalto y aguardara la primera ocasión para
deshacerse del arma homicida.
El autobús arrancó.
Al acomodarse mejor y saberse en marcha hacia
algún anhelado destino, la sensación de
bienestar que lo invadió lo hizo deslizarse
hacia el sibaritismo. Sacó un cigarrillo
amarillento, el único que le quedaba de los que
trajo de su país, y se lo llevó a los labios,
pero no lo encendió porque bien sabía que en los
lugares civilizados no se permite fumar en
interiores y él solo deseaba sentir en su
contacto y su olor algo familiar, un refugio en
la recién conocida ajenidad del mundo.
La vecina de asiento lo miró como si no creyera
lo que estaba viendo y él trató de excusarse
quitándoselo de los labios y mostrándole la
punta apagada, gesto que solo logró inquietarla,
tanto por el aspecto apergaminado del cigarrillo
como por ver tenderse hacia ella la cetrina mano
que lo sostenía.
La mujer se incorporó tratando de ganar el
pasillo pero tenía el acceso bloqueado por aquel
sospechoso cuya aviesa cortesía, ¿quién cede un
asiento de ventanilla en un trayecto largo?,
había sido un ardid para acorralarla.
Una pasajera, que a partir de entonces se
ufanaría de su sensibilidad parasicológica,
captó la angustiada vibración de la dama y se
volvió hacia ellos con expectante curiosidad,
pero la mastodonta, incapaz de sostenerse en
vilo, había caído de lleno en su asiento y el
intruso fingía que dormitaba, siempre con el
cigarrillo entre los labios.
Otras personas comenzaron a mirar con acritud y
fue entonces que una señora tosió. No solo una
vez, sino varias, hasta que pareció faltarle el
aire y el esposo y la hija tuvieron que
abanicarla primero con la mano y después con sus
pañuelos.
Pero aquel monstruo seguía impasible. Y así
continuó aun cuando más gargantas y pechos se
unieron a la sinfonía pulmonar y otras y otros y
todos trataban de ahuyentar un humo que se iba
espesando, que se extendía a lo largo del
pasillo y se ramificaba, cual blanco espinazo de
pescado, hacia un lado y otro, invadiendo los
espacios entre los asientos.
El chofer levantó los ojos hacia el retrovisor y
ante los signos del caos, estableció rápida
comunicación con su base. El otro conductor
avanzó esquivando a los hombres más fuertes que
se habían puesto de pie para recibir mayor cuota
de oxígeno, mientras trataba de contener su
propia respiración para no contaminarse con...
aquello.
Llegado junto al transgresor le señaló la
calcomanía de prohibido fumar con silenciosa e
innata autoridad. Por toda respuesta obtuvo un
cínico asentimiento junto a la programada excusa
de mostrarle el cigarrillo apagado y esbozar una
sonrisa que pretendía ser obsequiosa.
El conductor vaciló un instante, más bien una
fracción de instante, ante la prueba de
inocencia, pero enseguida se dijo que era una
coartada, pues no podían alterarse así todos los
usuarios sin un verdadero motivo y, de pronto,
comenzó a sentir su propia falta de aire, por lo
cual regresó junto al chofer y miró por el
parabrisas hacia el mundo exterior, buscando
otros signos apocalípticos, una invasión de
beduinos o algo así. La calma ambiental no logró
apaciguarlo y con voz ya entrecortada por la
raspera en la garganta, urgió a su compañero:
—¡Para, para aquí mismo!
—No —contestó el aludido que se cubría la nariz
con un pañuelo atado en la nuca—, estamos cerca
de... pero no pudo terminar la frase porque lo
acometió el primer acceso de tos y solo atinó a
acelerar más.
—¡Nos vamos a matar!, gritó el otro y sus
palabras fueron apoyadas por un espeso murmullo
cavernoso que brotó del vehículo mientras el
chofer, concentrando todas sus fuerzas en
mantener la calma y dominar el timón, realizaba
el mayor examen de pericia de toda su vida, una
doble prueba de autocontrol.
A duras penas llegaron al primer parador con su
habitual bomba de gasolina y la iluminada
cafetería. Estaba sobre una especie de barranco
en el cual habían construido un mirador y donde
el aire era muy puro.
Como en la estampida nadie recordó la salida de
emergencia, hubo titánicos forcejeos por ganar
la puerta principal, obviando la prioridad de
mujeres, ancianos y niños, quienes fueron los
últimos en salir, ayudados por los paramédicos.
Apenas fue necesario usar las máscaras de
oxígeno ya dispuestas, pues tan pronto
abandonaban la rodante cámara de exterminio,
todos se sentían bien, sin duda, gracias al
benéfico aire del lugar. Los únicos que
recibieron este auxilio fueron un anciano cuya
nieta no quería ser acusada por la familia de
indolencia generacional y una señora
entusiasmada con la idea de recibir un servicio
gratuito.
Cuando todos estuvieron a salvo, bajó el
extranjero tan campante como había subido. No
fue difícil colegir que su sadismo le había
permitido disfrutar del terror colectivo porque
disponía del antídoto para la asfixia tan
inhumanamente provocada en un vehículo destinado
al uso pacífico.
Además del personal y equipo de emergencias, los
agentes esperaban al autobús siniestrado con el
carro bomba y la técnica canina, unos pastores
alemanes oscuros y lustrosos. Pero los perros
demostraron que pese a su militarización seguían
siendo perros y, ajenos al prejuicio, entraron y
salieron del autocar sin olisquear demasiado.
Después pasaron indiferentes junto al hombre que
lo miraba todo un poco desolado, de pie junto a
su maletín, en el ghetto de un cauteloso círculo
de seguridad.
Aunque ni médicos ni canes detectaron anomalía
alguna, ante la exigencia de un pasajero que
habló en nombre de la mayoría, el sospechoso
tuvo que pasar a la pequeña oficina para ser
investigado mientras los demás entraban a los
lavabos, refrescaban o se tomaban fotos en el
mirador.
Un poco molestos porque un extraño les dijera lo
que tenían que hacer, los policías se limitaron
a palpar con desgana las ropas de su
involuntario rehén, pero el jefe del operativo
les bisbiseó algo y tuvieron que continuar la
inútil búsqueda hasta que el autobús se marchó
con su carga de honrados contribuyentes ya del
todo apaciguada.
Entonces, le dijeron que podía irse.
El hombre trató de enseñarles un papel con
sellos, que ni se molestaron en mirar, dando por
sentado que era un documento falso, y él no tuvo
más remedio que recoger su maltratada valijita y
salir hacia la gran explanada del parqueo.
Sin la menor idea de lo que su suerte le
deparaba en el inmediato devenir, echó a andar
hacia la carretera y ganado por la ansiedad
recurrió al viejo expediente de sacar el
cigarrillo, su ajado talismán contra el
abandono, justo cuando pasaba frente a la bomba
de gasolina.
El joven servidor abrió los ojos espantado. Y
él, recordando las miradas recriminatorias de su
vecina de asiento y del conductor, ni siquiera
se lo llevó a los labios. Molesto consigo mismo,
lo tiró al suelo decidido a liquidar sus
atavismos, máxime si se disponía a comenzar una
nueva vida.
En ese momento, el empleado gritaba que allí no
se podía... pero no pudo terminar la
advertencia, paralizado por las llamas que
alzaron sus lengüetas rojizas sobre la pulida
pista y que ya corrían buscando las bombas de
despacho para convertirlas en antorchas. Había
tanto terror en el rostro del muchacho que el
hombre cayó de rodillas y comenzó a tantear el
asfalto buscando el cigarrillo, dispuesto a
demostrar una vez más que no estaba encendido.
Un agente que permanecía recostado al patrullero
mientras el jefe merendaba, saltó como tocado
con electricidad: lo había cogido in fraganti;
acababa de ver, con sus propios ojos, la furia y
destreza con que lanzó el proyectil. ¡Al fin
caía un terrorista en sus manos! Y nada menos
que un fanático suicida que, lejos de echar a
correr, se inclinaba y tocaba el piso en una de
aquellas alardosas oraciones de su raza,
dispuesto a inmolarse en el globo de gasolina
incendiada, claro preámbulo del ataque nuclear.
Sabiendo que no había tiempo que perder, ordenó
que los carros bomba dirigieran sus mangueras
sobre la gasolinera en peligro.
Al primer chorro, el casi artesanal cigarrillo
se deshizo ante la mano que estaba a punto de
alcanzarlo. El tan sospechoso papel dejó escapar
la oscura y ya escasa picadura que se dispersó
en el naciente charco.
Con su manifiesta indiferencia ante las
catástrofes que causaba, el hombre trató de
incorporarse, pero el torpedo de agua lo obligó
a mantenerse doblado y así, en posición de
embiste, corrió apretando contra su vientre el
maletín hecho un bulto, de manera que un niño,
tras las vidrieras de la cafetería, convertida
en refugio, soltó un "goool" que le mereció un
rapapolvo por no respetar la angustia de las
personas mayores.
Alguien del equipo de salvamento gritó "se
escapa".
El del chorro ajustó el tiro y lo encentró.
Cayó al suelo.
Varios agentes se abalanzaron sobre él pero el
jefe, molesto porque un subordinado le hubiera
robado protagonismo, gritó un sonoro "Alto" al
tiempo que desenfundaba el arma, dispuesto a
someterlo él mismo. En esta ejemplar decisión lo
ayudaba mucho la idea de que con tantos cacheos
aquel desgraciado no podía ofrecer peligro.
A guisa de legado a sus valientes hombres, les
recordó la necesidad de capturar vivos a estos
desalmados, única forma de saber quiénes
instigaban sus diabólicos actos.
Después, echó a andar sin prisa, remarcando cada
paso.
En tan cargada atmósfera, a un agente se le
escapó un disparo que hizo blanco en la alarma
lumínica del carro patrullero más cercano. Desde
el improvisado búnker de la cafetería, se oyó un
estridente "bingo" y el niño fue obligado a
sentarse en una apartada mesa, privado del
espectáculo. Su llanto incontrolable hizo que el
padre recriminara a la madre por impulsiva y
como se oyera algo sobre el maltrato infantil,
ella acabó dando gritos contra el miserable
aquel que había venido a dinamitar sus hogares.
Mientras tanto, el jefe del operativo llegaba
frente al inculpado y le espetaba la mejor
sentencia que logró elaborar entre zancada y
zancada.
—Se terminó el juego, enviado del demonio.
Taimado como siempre, el hombre fingió humildad
y señaló sus volteados bolsillos, ilustrando lo
que trataba de decir con mímica y medias
palabras: que no llevaba fósforos ni encendedor,
lo único que podía exonerarlo una vez destruida
la prueba del cigarrillo apagado.
Lejos de tomarlo en cuenta, el jefe arremetió
contra él, ya sin miramientos, le dio un
culatazo, lo inutilizó con una llave y le puso
las esposas. Después lo entregó a los agentes
que lo hicieron caminar a empujones mientras
remedaban la jerga en que aún trataba de
explicarse.
Pero no tenía escapatoria. Allí, en otro
tenderete con sombrilla, había una mujer que lo
había visto todo, incluso cuando tiró por el
barranco un mechero viejísimo, algo así como una
lámpara de Aladino, que hizo paf y se desintegró
en el aire.
Tomado de El Tintero, suplemento cultural del
periódico Juventud Rebelde.
*http://www.juventudrebelde.cu/secciones/el-tintero/HTML/abril2007/virtualidad.htm