Año VII
La Habana

27 de SEPTIEMBRE al 3 de OCTUBRE
de 2008

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Vivir la historia

Liliam Marrero Santana • La Habana

 Fotos: Cortesía Editorial Verde Olivo

 


Para quienes nacimos algunos meses y años después, Angola es una referencia de la historia, imágenes en primer plano que cuentan anécdotas de metralla y valentías, temores y muerte. Es un orgullo extraño, una experiencia que no vivimos; pero que se ancla en la memoria y se construye cotidianamente entre frases y recuerdos lejanos. Angola son anécdotas en tardes de reunión familiar, rostros de la infancia que narraban una y otra vez, un puñado de fotos pequeñitas en una caja vieja…, una canción de la trova. 

Angola es Yuri, un nombre que no estaba en mi libro de héroes y batallas mambisas. Vivía muy cerca de la casa y lo vi llegar y partir todos los días, con solo una pierna, dos muletas y los últimos chistes del momento. Siempre con miles de bromas, sustitutas, quizá conscientemente, de relatos de guerra. Entonces tenía poco más de 25 y ya podía escribir su propia historia de combate. 

Angola, Etiopía, África toda, es aquella historia de mi papá travieso, que cortó camino por la sabana para llegar “de visita” a una unidad militar. Allí estaba un primo y algunos amigos, a todos los veía de lejos, con los brazos en alto y dando gritos. Pensaba el ingenuo que le daban la bienvenida. Un poco más cerca el eco desmintió: “¡son minas!” y luego la parálisis, salir airoso y repetir el susto y la suerte cada cierto tiempo, para agradecer la vida que no perdió. 

Kangamba es un tiempo y un espacio de ese recuerdo compartido, otro punto de vivencias contadas de manera fragmentaria, entre familiares y compañeros de trabajo, en los libros y documentales del recuento. Es la historia de cubanos y africanos que vivieron y enfrentaron la lluvia de fuego, la batalla de verdad, la guerra cruda y sin compasiones. 

Más de una semana amontonados en las trincheras, el enemigo a la vista, sembrando la metralla en toda la zona, matando a los aldeanos. Sin agua, sin comida, sin noticias de los suyos y, a pesar de esa fe en la victoria que siempre se menciona cuando el terror ha pasado, de seguro a ratos y sin decirlo, casi sin esperanzas. 

Los primeros días del mes de agosto de 1983 marcaron un momento clave para la causa angolano-cubana. Para muchos fue el antes y el después, para otros, los hermanos de la angustia y el dolor, fue el último combate, la nostalgia de madres y padres, amigos, niñas y niños que crecieron con ausencias. 

“La gente está triste, pero con un coraje del cará” ―describía el testimonio de José A. Figueroa. Había muerto el médico cubano Luis Galván, alegre y querido por todos. “El sanitario está curando ahora sin ver nada, tiene los ojos vendados, pero así y todo sigue echando pa’ lante”. 

Cepas de plátano, hojas con aceite, líquido de radiadores, pasta dental. Cualquier cosa alivia el hambre mordaz y la sed. En medio del desespero Fidel envía un mensaje. Hay que soportarlo todo, están en camino los refuerzos para la victoria: “Ya no tendré que usar la última bala, me la voy a llevar de recuerdo." 

Comencé a ver Kangamba con cierto recelo. Pensé encontrar un enfático tono documental, la voz en off que reconstruye la historia con mayúscula, desde la distancia, a partir de héroes invulnerables que no temen. Encontré, sin embargo, escenas reales protagonizadas por mujeres y hombres comunes, verosímiles, cubanos y cubanas de cualquier época o circunstancia; como los jóvenes de mi infancia, como los amigos de hoy. 

Es una película que ofrece la oportunidad de vivir la historia 25 años después. Repasa los relatos de la guerra en Angola con una mirada oportunamente humana, no solo para reconocer las proezas militares y la resistencia sin límites, sino para rescatar las vivencias individuales, para homenajear a todos los que estuvieron aquí y allá durante la lucha contra el apartheid. 

Allí reencontré las imágenes de la infancia, las experiencias fragmentarias escuchadas en más de 20 años de vida, los versos y canciones de Angola, los planos lejanos de quienes visten de verde y llevan las estrellas al hombro; y de quienes visten con los colores del día y llevan sus estrellas por dentro o guardadas en una esquina de los recuerdos.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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