Para quienes nacimos algunos meses y
años después, Angola es una referencia
de la historia, imágenes en primer plano
que cuentan anécdotas de metralla y
valentías, temores y muerte. Es un
orgullo extraño, una experiencia que no
vivimos; pero que se ancla en la memoria
y se construye cotidianamente entre
frases y recuerdos lejanos. Angola son
anécdotas en tardes de reunión familiar,
rostros de la infancia que narraban una
y otra vez, un puñado de fotos
pequeñitas en una caja vieja…, una
canción de la trova.
Angola es Yuri, un nombre que no estaba
en mi libro de héroes y batallas
mambisas. Vivía muy cerca de la casa y
lo vi llegar y partir todos los días,
con solo una pierna, dos muletas y los
últimos chistes del momento. Siempre con
miles de bromas, sustitutas, quizá
conscientemente, de relatos de guerra.
Entonces tenía poco más de 25 y ya podía
escribir su propia historia de combate.
Angola, Etiopía, África toda, es aquella
historia de mi papá travieso, que cortó
camino por la sabana para llegar “de
visita” a una unidad militar. Allí
estaba un primo y algunos amigos, a
todos los veía de lejos, con los brazos
en alto y dando gritos. Pensaba el
ingenuo que le daban la bienvenida. Un
poco más cerca el eco desmintió: “¡son
minas!” y luego la parálisis, salir
airoso y repetir el susto y la suerte
cada cierto tiempo, para agradecer la
vida que no perdió.
Kangamba
es un tiempo y un espacio de ese
recuerdo compartido, otro punto de
vivencias contadas de manera
fragmentaria, entre familiares y
compañeros de trabajo, en los libros y
documentales del recuento. Es la
historia de cubanos y africanos que
vivieron y enfrentaron la lluvia de
fuego, la batalla de verdad, la guerra
cruda y sin compasiones.
Más de una semana amontonados en las
trincheras, el enemigo a la vista,
sembrando la metralla en toda la zona,
matando a los aldeanos. Sin agua, sin
comida, sin noticias de los suyos y, a
pesar de esa fe en la victoria que
siempre se menciona cuando el terror ha
pasado, de seguro a ratos y sin decirlo,
casi sin esperanzas.
Los primeros días del mes de agosto de
1983 marcaron un momento clave para la
causa angolano-cubana. Para muchos fue
el antes y el después, para otros, los
hermanos de la angustia y el dolor, fue
el último combate, la nostalgia de
madres y padres, amigos, niñas y niños
que crecieron con ausencias.
“La gente está triste, pero con un
coraje del cará” ―describía el
testimonio de José A. Figueroa. Había
muerto el médico cubano Luis Galván,
alegre y querido por todos. “El
sanitario está curando ahora sin ver
nada, tiene los ojos vendados, pero así
y todo sigue echando pa’ lante”.
Cepas de plátano, hojas con aceite,
líquido de radiadores, pasta dental.
Cualquier cosa alivia el hambre mordaz y
la sed. En medio del desespero Fidel
envía un mensaje. Hay que soportarlo
todo, están en camino los refuerzos para
la victoria: “Ya no tendré que usar la
última bala, me la voy a llevar de
recuerdo."
Comencé a ver Kangamba con cierto
recelo. Pensé encontrar un enfático tono
documental, la voz en off que
reconstruye la historia con mayúscula,
desde la distancia, a partir de héroes
invulnerables que no temen. Encontré,
sin embargo, escenas reales
protagonizadas por mujeres y hombres
comunes, verosímiles, cubanos y cubanas
de cualquier época o circunstancia; como
los jóvenes de mi infancia, como los
amigos de hoy.
Es una película que ofrece la
oportunidad de vivir la historia 25 años
después. Repasa los relatos de la guerra
en Angola con una mirada oportunamente
humana, no solo para reconocer las
proezas militares y la resistencia sin
límites, sino para rescatar las
vivencias individuales, para homenajear
a todos los que estuvieron aquí y allá
durante la lucha contra el apartheid.
Allí reencontré las imágenes de la
infancia, las experiencias fragmentarias
escuchadas en más de 20 años de vida,
los versos y canciones de Angola, los
planos lejanos de quienes visten de
verde y llevan las estrellas al hombro;
y de quienes visten con los colores del
día y llevan sus estrellas por dentro o
guardadas en una esquina de los
recuerdos. |