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A María Elena Llana la conocí
después de leerla, de quedar
fascinada por su libro de
cuentos Casas del Vedado,
aparecido en 1983. Me deslumbró
a tal punto que no dejé de
hablar, de recomendar y de
escribir entonces en Juventud
Rebelde sobre esta obra.
Hoy quiero referirme a uno de
sus libros más recientes, sobre
el cual creo que todavía no ha
reparado suficientemente la
crítica. Me refiero a Apenas
murmullos publicado, al
igual que otro título suyo,
Ronda en el Malecón, en
2004.
Estos, al igual que los
anteriores, fueron luego
reunidos en un volumen titulado
Casi todo, aparecido en
2006 y que, como indica el
título, incluye casi todos los
relatos escritos por María Elena
Llana hasta ese momento. En el
prólogo de la recopilación,
Alberto Garrandés nos da una
certera pista para adentrarnos
en ese mundo tan singular de
nuestra autora cuando señala que
hay “una escritura de base,
tapada con mayor o menor
intensidad por otra, intenta
referenciar la crisis
socioemocional de un universo
que subsiste en virtud de sus
apelaciones fantasmáticas. Esas
apelaciones se encuentran como
reconfiguradas dentro de 'una
escritura de superficie', cuyos
referentes son los gestos e
indicios de la alucinación y la
resistencia espectral de los
objetos y las voces”.
Esto los podemos ver bien en
Apenas murmullos, cuyas
historias parecen desarrollarse
en diferentes planos, que
emergen y de pronto se
entrecruzan y dialogan, se
fusionan o disuelven; y nos
parece perder su pista, pero
vuelven a reaparecer,
desconcertándonos a veces hasta
el estupor. Apenas murmullos
es, sin embargo, uno de los
libros de María Elena Llana en
los que aparentemente predomina
un tratamiento más realista de
las situaciones, dado que las
historias o circunstancias no
resultan siempre tan enigmáticas
o envueltas en la irrealidad
como ocurre en otras de sus
obras. Pero persiste en su
trasgresión de todo orden
canónico, sus cuentos exhiben
una composición muy libre y
diversa, y no demuestran un
intento de unidad temática ni
una organicidad estructural.
De uno a otro cuento se pasa sin
transición a disímiles asuntos y
con abordajes singulares. Como
en sus textos anteriores se
destaca el protagonismo de las
mujeres, el tratamiento de su
problemática desde su propia
mirada y sus más íntimas
pulsiones, sin adoptar, por
ello, una posición de género, ni
“femenina” ni “feminista”.
Aunque los personajes femeninos
desempeñan, ciertamente, un
papel mucho más airoso y
aprobable por el lector que los
masculinos. Como en "Inmanencia",
donde se plantea la ilusa
idea de la fragilidad femenina
en contraste con la rudeza
masculina, pero desde la
percepción comprensivamente
indulgente de la mujer. También
desde su sólido sentido común,
las protagonistas de "Ojos de
ayer" y "La novia", exponen las
alucinaciones amorosas de
hombres cuya mente no pudo
resistir la pérdida traumática
de las mujeres que amaban.
Incluso cuando, como en "Electra
gemela" o "En la orilla",
las mujeres adoptan conductas
tortuosas y hasta criminales,
igualmente resultan
justificadas de algún modo, como
forma de vengar abandonos,
avasallamientos y abusos
masculinos.
Hay un cuento en particular,
"Metamorfosis", cuya
protagonista se ve reducida a
una condición de pasividad, a
una quietud vegetativa, con su
voluntad reducida a cero. Y
para ilustrar esta condición, la
autora vuelve a recurrir, como
en relatos anteriores, a una
solución fantástica como
metáfora visual: la
protagonista, se metamorfosea,
literalmente, en vegetal y se
acepta y reconoce su ser como
tal, redescubriendo
curiosamente, en ese estado, una
nueva y extraña forma de
libertad.
M. E. Llana por otra parte,
siempre ha preferido situar sus
narraciones en escenarios
intemporales e inespaciales,
pero aun cuando no lo mencione
concretamente, se pueda adivinar
su predominante localización en
la contemporaneidad, en los
últimos cincuenta años en Cuba
―y sobre todo en La Habana―; sin
embargo, en Apenas murmullos
nos sorprende con ficciones como
"Muchacha en rosa", que
incursiona en el siglo XX, en el
período moribundo del zarismo en
Rusia, con una mirada compasiva
por los perdedores en la
"debacle" y en un
pulcro realismo histórico. Y en
"Añejo cinco siglos" hace un
curioso experimento: extrapola a
nuestro tiempo a personajes del
período de la Conquista española
y crea un insólito diálogo entre
dos mujeres de mundos y tiempos
muy diferentes.
También en Apenas murmullos,
la casa y todos los elementos
inanimados que incluye, muebles,
adornos, retratos, espejos,
vuelven a tener protagonismo en
la mayoría de las narraciones;
son fetiches, íconos actuantes
desde su misma inmovilidad, no
son simple decorado sino que
intervienen, influyen y hasta
determinan, por su carga de
memoria, de historia, de
sentimientos; e inducen
desenlaces pero nunca
soluciones satisfactorias ni
salidas reconfortantes.
Simbolizan un tiempo y una
familia ya irrecuperables.
Configuran un universo cerrado,
son el fondo que enmarca a
figuras aferradas a lo lejano o
perdido y, sin embargo,
extrañamente presente,
espectralmente viviente y
encarnado en la casa y sus
objetos. Es el pasado que mueve
con sus hilos invisibles el
presente. Raramente los
acontecimientos suceden fuera de
este opresivo micromundo, jaula
dorada que seduce y paraliza a
la vez.
En "Simbiosis" los personajes
carecen de estos bienes de
familia heredados y deciden
adquirir los de otros, como
único modo de fabricarse una
memoria, una identidad, de dar a
su vida un sentido, Por el
contrario, el personaje que se
despoja de los suyos, queda como
desnudo, dejará de reconocerse
y su existencia se terminará
diluyendo, paralizando.
Si nos detenemos a pensar en los
protagonistas de estos relatos,
advertimos que no exhiben una
vida demasiado alentadora,
deambulan por una realidad
siempre lindando con lo onírico,
fantasmática, temible, o
mortalmente tediosa; oscilan
entre la pasividad y conatos de
rebeldía o de venganza, con
deseos contenidos y malogrados,
con intentos fallidos de
liberarse de la opresiva
realidad, sin posibilidades de
elección, son inertes o inermes,
tortuosos o torturados.
En los textos de Apenas
murmullos encontramos tanto
una ironía sarcástica, como el
humor exorcista, el juego
felino, la crueldad del
silencio, la quietud como
agresión al otro, la enfermedad
como punición o autoexpiación.
Las culpas no se nombran pero
actúan sutilmente.
Solo queda al parecer clausurar
las puertas, acariciar los
restos del naufragio, escuchar
las resonancias engañosamente
halagadoras de un imaginado
paraíso perdido, moverse entre
la fantasía o el abandono, sin
esperar, ¿o esperando qué?
¿Algún segundo tiempo, una nueva
oportunidad del destino?
Pero nosotros, como lectores,
nos dejamos gustosamente
contagiar y subyugar por ese
extraño desconcierto y esa
desazón existencial que nos
producen estos excelentes
cuentos, escritos además con la
maestría de una autora para
quien la escritura es mucho más
que un don. |