Año VII
La Habana

27 de SEPTIEMBRE al 3 de OCTUBRE
de 2008

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La enigmática realidad en los cuentos de María Elena Llana

Basilia Papastamatíu • La Habana

 

A María Elena Llana la conocí después de leerla, de quedar fascinada por su libro de cuentos Casas del Vedado, aparecido en 1983. Me deslumbró a tal punto que  no dejé de hablar, de recomendar y de escribir entonces en Juventud Rebelde sobre esta obra.

Hoy quiero referirme a uno de sus libros más recientes, sobre el cual creo que todavía no ha reparado suficientemente la crítica. Me refiero a  Apenas murmullos publicado, al igual que otro título suyo, Ronda en el Malecón, en 2004.

Estos, al igual que los anteriores, fueron luego reunidos en un volumen titulado Casi todo, aparecido en 2006 y que, como indica el  título, incluye casi todos los relatos escritos por María Elena Llana hasta ese momento. En el prólogo de la recopilación, Alberto Garrandés nos da una certera pista para adentrarnos en ese mundo tan singular de nuestra autora cuando señala que hay  “una escritura de base, tapada con mayor o menor intensidad por otra, intenta referenciar la crisis socioemocional de un universo que subsiste en virtud de sus apelaciones fantasmáticas. Esas apelaciones se encuentran como reconfiguradas dentro de 'una escritura de superficie', cuyos referentes son los gestos e indicios de la alucinación y la resistencia espectral de los objetos y las voces”. 

Esto los podemos ver bien en Apenas murmullos, cuyas historias parecen desarrollarse en diferentes planos, que emergen y de pronto se entrecruzan y dialogan, se fusionan o disuelven; y nos parece perder su pista, pero vuelven a reaparecer, desconcertándonos a veces hasta el estupor. Apenas murmullos es, sin embargo, uno de los libros de María Elena Llana en los que aparentemente predomina  un tratamiento más realista de las situaciones, dado que las historias o circunstancias no resultan siempre tan enigmáticas o envueltas en la irrealidad como ocurre en otras de sus obras. Pero persiste en su trasgresión de todo orden canónico, sus cuentos exhiben una composición muy libre y diversa, y no demuestran un intento de unidad  temática ni una organicidad estructural.

De uno a otro cuento se pasa sin transición a disímiles asuntos y con abordajes singulares. Como en sus textos anteriores se destaca el protagonismo de las mujeres, el tratamiento de su problemática desde su propia mirada y sus más íntimas pulsiones, sin adoptar, por ello, una posición de género, ni “femenina” ni “feminista”. Aunque los personajes femeninos desempeñan, ciertamente, un papel mucho más airoso y aprobable por el lector que los masculinos. Como en "Inmanencia", donde se plantea la ilusa idea de la fragilidad femenina en contraste con la rudeza masculina, pero desde la percepción comprensivamente indulgente de la mujer.  También desde su sólido sentido común, las protagonistas de "Ojos de ayer" y "La novia", exponen las alucinaciones amorosas de hombres cuya mente no pudo resistir la pérdida traumática de las mujeres que amaban. Incluso cuando, como en "Electra gemela" o "En la orilla", las mujeres adoptan conductas tortuosas y hasta criminales, igualmente resultan justificadas de algún modo, como forma de vengar abandonos, avasallamientos y abusos masculinos.

Hay un cuento en particular, "Metamorfosis", cuya protagonista se ve reducida a una condición de pasividad, a una quietud vegetativa, con su voluntad reducida a cero. Y  para ilustrar esta condición, la autora  vuelve a recurrir, como en relatos anteriores, a una solución fantástica como metáfora visual: la protagonista, se metamorfosea, literalmente, en vegetal y se acepta y reconoce su ser como tal,  redescubriendo curiosamente, en ese estado, una nueva y extraña forma de libertad. 

   M. E. Llana por otra parte, siempre ha preferido situar sus narraciones en escenarios intemporales e inespaciales, pero aun cuando no lo mencione concretamente, se pueda adivinar su predominante localización en la contemporaneidad, en los últimos cincuenta años  en Cuba ―y sobre todo en La Habana―; sin embargo,  en Apenas murmullos  nos sorprende con ficciones como "Muchacha en rosa", que incursiona en el siglo XX, en el período moribundo del zarismo en Rusia, con una mirada compasiva por los perdedores en la "debacle" y en un pulcro realismo histórico. Y en "Añejo cinco siglos" hace un curioso experimento: extrapola a nuestro tiempo a personajes del período de la Conquista española y crea un insólito diálogo entre dos mujeres de mundos y tiempos muy diferentes.

También en Apenas murmullos, la casa y todos los elementos inanimados que incluye, muebles, adornos, retratos, espejos, vuelven a tener protagonismo en la mayoría de  las narraciones; son fetiches, íconos actuantes desde su misma inmovilidad, no son simple decorado sino que intervienen, influyen y hasta determinan, por su carga de memoria, de historia, de sentimientos; e inducen desenlaces  pero nunca soluciones satisfactorias ni salidas reconfortantes. Simbolizan un tiempo y una familia ya irrecuperables. Configuran un universo cerrado,  son el fondo que enmarca a figuras  aferradas a lo lejano o perdido y, sin embargo, extrañamente presente, espectralmente viviente y encarnado en la casa y sus objetos. Es el pasado que mueve con sus hilos invisibles el presente. Raramente  los acontecimientos suceden fuera de este opresivo micromundo, jaula dorada que seduce y paraliza a la vez.

En "Simbiosis" los personajes carecen de estos bienes de familia heredados y deciden adquirir los de otros, como único modo de fabricarse una memoria, una identidad, de dar a su vida un sentido, Por el contrario, el personaje que se despoja de los suyos, queda como desnudo,  dejará de reconocerse y  su existencia se terminará diluyendo, paralizando.

Si nos detenemos a pensar en los protagonistas de estos relatos,  advertimos que no exhiben una vida demasiado alentadora, deambulan por una realidad siempre lindando con lo onírico, fantasmática, temible, o mortalmente tediosa; oscilan entre la pasividad  y conatos de rebeldía o de venganza, con deseos contenidos y malogrados, con intentos fallidos de liberarse de la opresiva realidad, sin posibilidades de elección, son inertes o inermes, tortuosos o torturados.

En los textos de Apenas murmullos encontramos tanto una ironía sarcástica, como el humor exorcista, el juego felino, la crueldad del silencio, la quietud como agresión al otro, la enfermedad como punición o autoexpiación. Las culpas no se nombran pero actúan sutilmente.

Solo queda al parecer clausurar las puertas, acariciar los restos del naufragio, escuchar las resonancias engañosamente halagadoras de un imaginado paraíso perdido, moverse entre la fantasía o el abandono, sin esperar, ¿o esperando qué? ¿Algún segundo tiempo, una nueva oportunidad del destino?
 

Pero nosotros, como lectores, nos dejamos gustosamente contagiar y subyugar por ese extraño desconcierto y esa desazón existencial que nos producen estos excelentes cuentos, escritos además con la maestría de una autora para quien la escritura es mucho más que un don.
 

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La Habana, Cuba. 2008.
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