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Leer a María Elena Llana
(Cienfuegos, 1936) deja la
sensación de que no faltan
palabras. Allí, en sus historias
perfectamente trenzadas,
adivinamos el verdadero oficio
de un escritor. La destreza
técnica con que articula
personajes, espacios, tiempos y
realidad; regalan al lector la
satisfacción que produce una
historia bien contada. No
requieren sus textos
experimentaciones técnicas o
lingüísticas, cultismos
excesivos, períodos enrevesados.
La imaginación y la sensibilidad
de captar en la fábula las
esencias y conflictos humanos
son los mejores vehículos
expresivos de los que se sirve
para comunicar.
Es el cuento la vertiente
narrativa que prefiere y como ha
dicho en varias ocasiones, este
tiene sus reglas y hay que saber
cumplirlas. La capacidad de
síntesis en la anécdota, el
ascenso de la acción hasta
llegar a su clímax, los finales
casi siempre cerrados, precisos
y en los que cada elemento se
alcanza en su instante justo;
funcionan como recursos de su
narrativa. No puede obviarse
tampoco el uso exquisito de la
ironía y el humor, que llega a
alcanzar en algunos de sus
cuentos los ribetes de la
crueldad o el absurdo en
personajes ridiculizados por sus
propias acciones, como reflejo
de una realidad social mucho más
compleja.
Desde su primer libro La Reja
(Ediciones R, 1965) comenzó a
hacerse proclive a las
narraciones fantásticas; mas
estas se nos presentan con total
verosimilitud. Para sus
personajes es común convivir con
fantasmas, hablar con seres
desconocidos, variar de tiempos
y espacios; todo esto con la
misma naturalidad con la cual
encauzan sus acciones
cotidianas.
—¡Al fin nos vemos! —me recibe
con una sonrisa y un abrazo en
su apartamento, también del
Vedado, a unos pocos metros del
Malecón. Ya hemos planeado el
encuentro en varias ocasiones;
pero el azar concurrente o algún
duende, tal vez salido de una de
las historias de María Elena, ha
impedido que nos encontremos una
y otra vez.
—¿Tomas café? —pregunta mientras
prepara la cafetera.
—Es un vicio de periodistas —le
digo.
—Sí, yo también lo uso para
escribir de noche.
Entonces comienza a contarme
sobre La Habana de su juventud,
la de los años 50. Y sobre sus
tiempos de periodista en el
periódico Revolución,
sobre sus compañeros de estudio
—algunos hoy grandes glorias del
gremio—; y no dejo de
sentir esa ansiedad de
guardármelo todo, de no dejar
escapar ni una de las palabras
con las que voy aprendiendo de
la experiencia y oficio de esta
periodista y escritora.
“Cuando
empecé a estudiar periodismo
estaba construyéndose el Habana
Libre. Recuerdo que pasaba por
allí todos los días antes de
llegar a la escuela Márquez
Sterling y miraba por la cerca
aquellos pozos impresionantes
por su profundidad. Después nos
íbamos a un Club o nos
sentábamos en el Malecón a
conversar. Toda la ciudad estaba
iluminada, nos encantaba.”
En aquella escuela que hoy es
parte de la historia del
periodismo en la Isla estudió
María Elena Llana hasta el año
1958. En sus aulas la atrapó la
Huelga General del 9 de abril de
la que se convirtió en
activista. “No es que fuera una
heroína”, me dice con modestia.
“En ese tiempo todo el mundo
estaba metido en la Revolución
porque era lo más justo”.
En 1959 comenzó a trabajar en el
periódico Revolución;
pero rápidamente pasó a integrar
el diario La Tarde hasta
comenzar en Prensa Latina por la
segunda mitad de la década del
60. También colaboró en las
páginas de los periódicos La
Calle y
Palante, e hizo reportajes
para las revistas Pueblo y
Cultura y Cuba.
Además, durante muchos años
escribió guiones para series,
adaptaciones y novelas
radiales.
Con toda esa vasta experiencia
en el periodismo, oficio al que
llega por vocación de servicio a
la sociedad, María Elena escribe
sus cuentos. En la literatura se
dedicó a contar parte de la vida
de los que no estaban presentes
en los medios o en la narrativa
de por entonces; se dio a
retratar la imagen —tierna,
frustrada y decadente a la vez—
de los integrantes de la pequeña
burguesía cubana, refugiados en
su entorno imaginado dentro de
sus enhiestas mansiones,
magníficas evidencias del
pasado. En estos espacios
ficticios, fantasmales, lúdicos,
oníricos se desenvuelven los
personajes de Casas del
Vedado (1983), el libro con
que la escritora regresara a la
prosa de ficción luego de casi
20 años de ausencia y que le
hiciera merecer el Premio de la
Crítica.
En opinión de varios
investigadores, la literatura
fantástica de mujeres durante la
década de los 60 —en la
que comienza su carrera esta
escritora—, fue soslayada
por la instauración de un canon
épico tras el que se guardaban
no pocas pugnas generacionales
por el poder interpretativo. De
tal forma, y como lo corrobora
María Elena en esta entrevista,
sus cuentos debieron esperar los
nuevos vientos del campo
cultural cubano durante los años
80. Y no es que le faltaran
acciones a esta mujer para
contar la épica de la
Revolución. Ella fue miliciana,
estuvo acuartelada como
periodista durante la Crisis de
Octubre, fue profesora
internacionalista en Angola y
corresponsal en Vietnam. Sin
embargo, según comenta, le
pareció que por aquellos tiempos
este tipo de literatura ya
estaba saturada. Entonces,
guardó para luego las
narraciones que verdaderamente
le daban placer, aunque nunca
dejara de escribir.
La crisis de los 90 la
sorprendió en China y a su
regreso la situación del país le
dejó profundas huellas emotivas,
visibles en los relatos de sus
más recientes libros de cuentos:
Castillos de naipes
(1998), Ronda en el Malecón
y Apenas murmullos (2004).
Estos dos últimos ofrecen un
fresco de los principales
conflictos económicos, morales,
ideológicos y espirituales en
los que se vio inmersa la mitad
femenina de esta Isla durante
esa década, cuyas incidencias
todavía hoy son posibles de
percibir. Justamente parece
haber sido esta la intención de
María Elena, periodista de alma
y cuerpo; pues sus historias
descubren todo el entramado
sociológico bajo el que cada ser
humano mudó en su interior hasta
encontrar las verdaderas pieles
con las que cubrirse. Aunque tal
vez escritos desde el dolor, no
son estos cuentos tristes; la
autora ha logrado hallar en sus
conflictos el humor y el choteo
propios de la cubanía,
herramientas que nos valen para
superar con sonrisas todos los
escollos. Pero si bien esta
reciente variante creativa
—especie de muda en su
tradicional poética— se
encuentra anclada a referentes
de la historia inmediata, no por
ello abandona elementos que la
distinguen como creadora: la
imaginación poderosa, el uso
afinado de la ironía y la
caricatura, el juego con los
niveles de la realidad, el
dominio del diálogo y la
precisión lingüística, así como
la destreza técnica en la
narración.
Es una mujer de carácter
enérgico, amable, ocurrente y
muy comunicativa; al punto que
la conversación se extendió
hasta bien entrada la tarde.
Luego de la entrevista, me contó
varias anécdotas sobre su vida,
sobre sus hijos a quien agradece
el inmenso placer que
representan, pero a los que ha
preferido educar en libertad,
cada uno con sus propias
expectativas de realización.
También algunos de esos
tropiezos que requieren de la
seguridad y confianza interna
para superarse, en los que
descubrí una tremenda fortaleza
de espíritu, pues, aunque María
Elena Llana no prescribe más
feminismo que el de sus propias
vivencias, es posible percibirlo
en esa disposición constante de
trascender todo límite a su
individualidad.
Usted se graduó de periodista en
la escuela Manuel Márquez
Sterling en el año 1958. ¿Qué la
hizo elegir esta profesión?
¿Quiénes fueron sus colegas, sus
profesores de aquella etapa?
Siempre escribí cuentos pero no
se los enseñaba a nadie. Desde
pequeña tuve facilidad para
escribir y fue esa una de las
razones que me motivó a elegir
periodismo, aunque nunca en mi
vida había estado en un
periódico por dentro. Por otra
parte, también estaba mi
vocación de servicio; o sea, el
periodismo es necesario a la
sociedad y con ello podía
favorecer al mejoramiento
humano. Tenía otras opciones
como el magisterio o la
medicina, que también son
profesiones en las que se ayuda
a las personas; pero
indudablemente el periodismo
tenía una función social. Yo soy
una apasionada de la historia y
creo que en la prensa se produce
la historia inmediata, lo que
hoy hacemos en los periódicos es
lo que se va a recoger mañana
cuando se analice toda nuestra
etapa. Aquello me fascinaba, si
bien yo tenía otra serie de
inquietudes amplias, me gustaba
la pintura, la historia del
arte; pero bueno, al final me
decidí por el periodismo y la
Márquez Sterling era la escuela
más conocida. Mirándola hoy por
hoy era una escuela muy técnica;
pero a la larga, la vida me
demostró que esa parte es
fundamental. Después la cultura
se la pones tú con tu propio
enriquecimiento, con tus propios
intereses, con tu capacidad. Con
los años llegué a ser profesora
de radio periodismo en una
universidad de México con lo que
aprendí en aquella escuela.
Fueron tiempos de mucho
enriquecimiento, por la mañana
estudiaba en San Alejandro,
donde también me matriculé, y
por la tarde en la Márquez
Sterling. Era como si ya me
hubiera independizado y abierto
las alas, quedaban atrás los
tiempos del colegio de monjas.
¿Cómo eran esos tiempos?
Para mí el colegio de monjas fue
una experiencia muy valiosa
porque conocí el dogma. La fe es
una cuestión interna, esa no te
la enseña ninguna monja ni
ningún colegio, y tiene sus
altibajos. Ahora, conocer los
fundamentos religiosos me
permite interpretar ciertas
cosas de las que hoy suceden;
por ejemplo, lo que se dice
sobre el aborto, pues yo sé de
donde nacen. Aquella etapa me
abrió mis horizontes y dentro de
eso también tuve enseñanzas
técnicas muy valiosas. Una muy
simpática es que como cuando yo
era estudiante todos los 28 de
enero se hacían las paradas
escolares por el natalicio de
Martí y todos los colegios de La
Habana tenían que desfilar, por
tanto, un instructor nos
enseñaba voces militares,
necesarias para poder mover
aquellos verdaderos ejércitos de
niños en los desfiles. Cuando
entré a la milicia, todos eran
muy combativos y yo una de las
más tranquilitas; cumplía mi
deber de ciudadana, pero sin
hacer algarabías. Sin embargo,
entre toda aquella gente tan
combativa y tan gritona de la
milicia, la única que sabía
marchar correctamente era yo. La
instructora me preguntó
orgullosa si yo había sido
militar y cuando le respondí que
no, que todo aquello me lo
habían enseñado las monjas, la
dejé desconcertada porque en
aquellos momentos ya todo lo que
oliera a religión era mal visto.
Después de eso me dejó
tranquila, así que las monjas me
sirvieron también para
desenvolverme en las milicias.
Me hablaba de que escribió
cuentos desde su primera
juventud. ¿Cuándo fue que
descubrió esa vocación?
La verdad es que no lo sé con
exactitud. Yo fui una niña muy
solitaria, soy hija única,
asmática y estaba muy
sobreprotegida. Me crié con mis
abuelos por demás así que en mi
infancia viví algo así como un
arresto domiciliario. Entonces
me realizaba dibujando y jugando
a las muñecas, inventándome
otros mundos. También el cine me
fascinaba y escribía tiras
cómicas en mis libretas del
colegio, para entretenerme.
Después comencé a prescindir de
los dibujos y solo a escribir
las historias, algunas eran
cuentos de hadas y por ahí los
tengo todavía. Cuando estaba en
el bachillerato se me ocurrió
escribir una novela de misterio
por entregas. Hacía una
cuartilla manuscrita y mis
compañeras de estudio las leían
durante las clases. Aquella hoja
circulaba subrepticiamente por
toda el aula y al otro día me
pedían más y más, hasta que la
terminé.
Puede decirse entonces que fue
esa su primera publicación.
Digamos que sí, mis primeros
lectores fueron mis compañeras
de curso y como les gustó y a mí
también, seguí escribiendo.
Ahora en serio, antes de La
Reja, ¿había usted
publicado?
Sí, lo primero que yo publiqué
fue un pequeño relato
humorístico en El
Pitirre, el primer semanario
humorístico creado después del
59. Era paralelo a Lunes de
Revolución, el semanario
culto. Entonces El Pitirre
se propuso hacer otra forma de
humor que en Cuba no se había
realizado. Existía el humor
político tradicional desde La
política cómica; El Bobo,
de Abela; El Loquito, de
Nuez; el semanario Zigzag
que desapareció junto con la
vieja prensa; pero El Pitirre,
como parte de la prensa nueva,
tenía formulaciones distintas.
Como yo trabajaba en el mismo
periódico Revolución,
empecé a mandarles mis
colaboraciones y realmente
tuvieron éxito. Me acuerdo de
que una vez Muñoz Bach, quien
era el diseñador del periódico,
vino a mi buró y me dijo: “Óyeme
María Elena, leí tu cuento en
El Pitirre y fue lo mejor
que se publicó en ese número”.
Casi ni nos conocíamos así que
imagínate, tuve que bajar el ego
del segundo piso; pero voy a
agradecerle siempre ese
comentario, porque me
entusiasmó.
Su escritura está llena de esos
resortes humorísticos; pero a
veces a los escritores no les
gusta incluirse dentro del
humorismo porque es ese uno de
los géneros de la mal llamada
“literatura menor”.
Siempre he disfrutado
infinitamente los cuentos de
humor, sobre todo las piezas
maestras del humorismo inglés o
el italiano. Creo que el humor,
como todo, depende de la altura
que puedas alcanzar con él. El
humor no es “menor”, menor es
tal vez quien lo cultiva. Si nos
fijamos, la “gran literatura”,
las obras más famosas
universalmente, tienen siempre
sus toques humorísticos. Toda
frase ingeniosa que provoque la
risa del lector es una ganancia
para quien escribe.
¿Qué han aportado a la
literatura todos esos años en el
periodismo?
Si algo le aporta el periodismo
a la escritura creo que es la
inmediatez y la comunicación.
Prefiero el cuento porque, como
el periodismo, es más dinámico,
más comunicativo. Creo que nunca
podría escribir raro y a veces
leo cosas que parecen de mucha
calidad porque son muy confusas;
pero aunque fuera la mujer más
culta de la Tierra creo que no
lo podría hacer, porque me gusta
comunicarme claramente, no
romperle la cabeza al lector, y
esto puede ser un referente del
ejercicio periodístico. Por eso
les agradezco a los buenos
escritores cubanos y no cubanos
cuando no me hacen romper la
cabeza, cuando me dan una
literatura que me enriquece
cultural y espiritualmente y a
la vez me distrae, me es
disfrutable. Si la escritura no
dice nada, entonces para mí no
vale la pena. También la radio
me ha ayudado con los diálogos
que a veces me elogian en mis
cuentos; pero es que durante
mucho tiempo he hecho
adaptaciones y originales para
este medio. En fin, todo se
amalgama: el periodismo, los
dramatizados de radio y la
literatura, pues mi campo de
trabajo ha sido siempre el
mismo: el idioma, que lo
aglutina todo y es lo que más me
interesa.
Se ha confesado una amante del
cuento; sin embargo, sigue
siendo la novela el género
elegido por el mundo editorial.
¿Ha pensado en publicar alguna?
Eso de la preferida de los
editores es por épocas. Aquí
hubo una etapa en que el
preferido era el cuento. En los
años 60 se publicaron pocas
novelas y el cuento se
privilegiaba, también por la
capacidad de insertarlo en las
publicaciones. La novela es
ahora la moda editorial, algún
día a lo mejor es el teatro o el
ensayo. Por suerte, no me
preocupan las editoriales. Mis
libros de cuentos han sido bien
acogidos y en el exterior me han
incluido en varias antologías.
Claro, me gustaría muchísimo
tener una novela bet-seller
universal; pero digamos que esa
no es mi vertiente. Hace muchos
años que vengo escribiendo una e
incluso está casi terminada;
pero lo que me pasa es que
cuando empiezo a escribir una
novela, un texto que requiere de
continuidad, se me empiezan a
ocurrir ideas de cuentos y no
las puedo dejar escapar, me
persiguen. Los cuentos son como
los niños majaderos, ellos me
quieren ganar. Entonces me pongo
a escribirlo y me olvido de lo
demás. Pero bueno, a lo mejor
algún día la acabo. Últimamente
todo el mundo me lo pregunta y
les voy a tener que hacer caso.
Su primer libro La Reja
aparece en el año 1965 y para el
segundo debieron pasar casi 20
años. ¿Tuvo que ver esta
ausencia de publicación con que
su literatura eligiera el punto
de vista fantástico en
contraposición al realismo
social con el que se
correspondía la escritura
revolucionaria en los 60 y 70?
¿Por qué no preferir, como
hicieron algunos de sus
contemporáneos de más éxito, la
narración de la epopeya
revolucionaria de la que también
usted era partícipe?
En mi caso todo coincidió: un
matrimonio, el divorcio, otro
matrimonio, dos hijos que
nacieron uno detrás del otro en
menos de un año, las
dificultades sociales, pues
aunque yo trabajaba como
periodista en Prensa Latina,
debía atender mi casa y no tenía
ni quien me lavara un pañal.
Entonces, por lo menos yo, tenía
demasiadas cosas en que ocuparme
y no me podía poner a analizar
mucho la situación. ¿Qué
ocurrió? Inicialmente publicamos
varias mujeres: Ester Díaz
Llanillo, Evora Tamayo, Ana
María Simo y yo; pero yo noto
que la cosa empezó a cerrarse al
final de los 60, cuando aparece
la literatura de los años duros,
los grandes dómines de la época.
Y mira, si era por hablar de la
milicia yo podía porque era
miliciana; incluso, después de
muchos años sin escribir lo
había retomado precisamente en
la noche de la crisis de los
misiles, porque en aquel
momento, ante la inminencia de
la muerte, lo único que lamenté
fue no haber escrito. Con oficio
hubiera logrado escribir como
ellos querían, lo que sucede es
que no me gustan las campañas.
Además, yo reflejaba
cotidianamente la realidad
social desde mi trabajo en el
periodismo, en mis crónicas y
reportajes.
Siempre me interesaron todos los
temas; pero como te dije empecé
escribiendo cuentos infantiles
que también eran un poco
fantásticos. Mi libro La Reja
apareció con las Ediciones R
gracias a una propuesta de
Ambrosio Fornet, lo cual para mí
es haber entrado de la mano de
una de las personas más serias
en la literatura de mis
contemporáneos. Ya en esos
tiempos eran evidentes todos los
conflictos ideológicos en el
campo de la cultura y las
Ediciones R se inclinaban
por ese tipo de literatura más
imaginativa, de límites más
difusos. No obstante, en La
Reja hay de todo un poco,
pues está dividido en tres
secciones: los "divertimentos",
que son los cuentos fantásticos;
las "narraciones" con varios
cuentos realistas y por último
los "hechos", donde narro
historias que eran expresión de
mi compromiso con mi tiempo, con
lo que había sido el batistato
para mi generación.
Por otra parte, sentía que con
esa literatura “evasiva” ―ahora
le pongo las comillas pero
entonces la consideraba así―, no
estaba cumpliendo con mi momento
histórico. Entonces llegó el
momento en que me dije: “bueno,
es que hay tanta literatura
supuestamente comprometida y es
tan mala, que uno también debe
tener su opción”. Si la
literatura fantástica era lo que
me dejaba satisfecha, pues
decidí escribir para mí, y si no
me publicaban, pues no importó.
Tampoco fui nunca a una
editorial, no hice gestión para
que mis textos aparecieran.
¿Sentía que lo que estaba
escribiendo no interesaba?
Sí, me parecía que no era
importante porque no hablaba de
las luchas revolucionarias; pero
a su vez era lo que a mí me
interesaba hacer. Además, el
tema de la pequeña burguesía
habanera era un sector de
nuestra vida inmediata que no se
estaba reflejando nunca salvo
para herirlo, y en definitiva
pertenezco a esa clase. Por eso
lo elegí para tratarlo en
Casas del Vedado, porque si
yo me sentía una persona
honrada, honesta, que fui
miliciana cuando vino la
invasión de Playa Girón; ¿por
qué tenían que juzgarme
miserable por mi origen
pequeño-burgués?
Casas del Vedado
es tal vez su libro más
reconocido, ¿cuál cree usted que
sea su mayor mérito?
Justamente decir lo que nadie
decía,
lo que no existía; porque si
íbamos a hacer un país para
todos, no podía ser que fuera
para unos sí y otros no. Los
remanentes de la pequeña
burguesía estamos aquí, porque
se fueron tanto pobres, negros y
lógicamente los millonarios.
Ellos tenían su dinero fuera del
país y pensaban que iban a venir
los americanos a resolverles el
problema. Ahí fracasaron. Ahora,
los que nos quedamos aquí,
pertenecíamos a todas las clases
y si en la lucha revolucionaria
la pequeña burguesía fue muy
importante, cómo alguien creía
que se podían
borrar sus ideas de un manotazo.
Ellos también eran seres humanos
con tantos derechos como
cualquiera. Hoy se habla mucho
de diversidad, pero yo siempre
tuve esa noción. El hecho de que
el otro piense distinto a mí no
quiere decir que sea inferior o
que no tenga derechos en su
propio país. Ah, si lo veo
poniendo una bomba está muy bien
que se le apliquen las leyes,
como se la aplican a cualquiera
que atente contra los poderes
del estado; pero no ignorarlos, solo
por su origen.
Los ricos se fueron con
todo su dinero; pero otros se
quedaron y perdieron el suyo y
sus propiedades. Por eso me
siento más revolucionaria,
porque decidí quedarme aquí y defender
lo que entendía justo. Por eso
mi origen es inviolable, yo no
lo elegí, pero tampoco lo voy a
denigrar. Hay muchos valores en
ese sector de la población y por
eso quise mirar con benevolencia
a los que estaban
estigmatizados. A veces los
ridiculizo porque todos somos ridiculizables. Claro, el libro
salió en un momento de apertura
en la política cultural y se
admitió porque hablaba de lo que
dejó de ser, era más ficción que
ningún otro porque ese sector
social ya no existía.
¿Cuáles han sido sus relaciones
con esa política cultural?
Yo había despuntado
bien y sentí que este mundo se
me podía cerrar. Mi carácter
también influye. Me pude poner a
escribir sobre las luchas
revolucionarias y estoy segura
de que no lo hubiera hecho mal,
incluso a lo mejor un día me
embullo y lo hago, para
demostrar que sí se puede. Pero
no era lo que yo quería y
entonces no publiqué. En el
periodismo sí acaté todas las
normas; uno siempre
busca su propio nivel y como
trabajaba en una agencia
internacional, pues era mucho
más acorde con mi modo de sentir
especializarme por ejemplo en la
guerra de Afganistán que hablar
de lo que estaba pasando en
Cuba. Por eso a veces la
literatura ha tenido que asumir
la función del periodismo, hecho
que es muy doloroso, porque el
periodismo honesto tiene una
función social tremenda, es
perfeccionador de la sociedad.
¿Por qué vamos a pensar que todo
el que diga lo que no se quiere
oír está actuando mal?
¿Tiene que ver este criterio con
que sus libros más recientes
sigan los referentes de la
realidad inmediata?
Eso respondió a una necesidad
que también es histórica. Quise
decir todo lo que no se abordaba
en el periodismo, porque era
parte de una realidad muy sucia
y que se estaba borrando. Todo
lo sucedido en los 90 me dejó un
fuerte impacto emocional.
Alguien me dijo una vez que
Ronda en el Malecón, tal vez
mi libro más crítico, estaba
escrito con dolor y creo que es
cierto. Aquella etapa fue el
final de las utopías, todo se me
derrumbó. En el 90 yo estaba en
China y cuando regresé a Cuba y
vi la realidad, ¡fui tan
desventurada! Sentí que todo se
lo había llevado el viento, que
mi vida no había tenido sentido,
en fin, fui muy pesimista. Pero
ya ves, nos fuimos levantando.
Hay una frase de Malaparte en su
libro de crónicas que yo grabé
desde adolescente: “La vida
humana es una planta
terriblemente tenaz que nada
logra desarraigar, es una fuerza
bellísima y espantosa”, y en
Cuba sucedió así, salimos de
aquello y dejamos de ser tan
derrotados, tan tristes, tan
pesimistas.
Todo ha tenido su precio porque
surgieron escalas sociales antes
solapadas y se redescubrieron el
jineterismo y la marginalidad.
Pero bueno, somos un país vivo,
no estamos en un cristal.
Sus cuentos tienen también una
intención muy ética y los
grandes problemas sociales
aparecen tratados desde sus
conflictos cotidianos. ¿Cuáles
son los intereses espirituales
que mueven esas historias?
Tanto Ronda en el Malecón
como algunos cuentos de
Apenas murmullos, salen del
deslumbramiento. Bueno, el
deslumbramiento generalmente es
hacia lo bello así que mejor
decimos del desconcierto ante lo
que ocurría en Cuba. Por
ejemplo, el cuento “Ronda en el
malecón” es la historia de una
conocida. Yo la conocía a ella y
al esposo desde los 80, los dos
eran militantes del Partido,
pero de horca y cuchillo.
Resulta que un día nos vemos y
ella me cuenta que el marido se
había casado con una extranjera
y que estaba destrozada; pero
que gracias al dinero que la
mujer les mandaba estaban
sobreviviendo. Me quedé muy
sorprendida, porque toda esta
gente tan extremista de pronto
se destapaba. La sociedad estaba
en ebullición, las personas se
quitaron las pieles y se
mostraron tal como son. De todo
ese desconcierto se nutren los
cuentos, excepto algunos tal vez
más ficcionales. Todos tienen
que ver con la gente cotidiana,
con los cambios en la moral;
aunque bueno, como dice
Malaparte, es el horror de la
subsistencia, una fuerza
terrible.
Sí, se ha hablado mucho de una
literatura que en los 90
sustituyó en su función al
periodismo.
Te hablo de mi caso, porque yo
soy periodista y conozco mis
objetivos; pero creo que también
hay un poco de espectacularidad
en eso del realismo sucio, de
exaltar lo problemas sociales.
Ojalá que fuera por una
intención social, eso indicaría
que hay más gente sufriendo por
este país en el que uno cree.
¿Siente que su escritura es
suficientemente reconocida?
Sí, no creo que haya perdido
porque soy lo bastante rebelde
como para no permitirme perder
nada. Lo que más puedo hacer es
escribir, aunque no se publique,
aunque sea para la gaveta sigo
escribiendo y nunca he
renunciado ni renunciaré a eso.
Puede que si hubiera hecho más
vida social dentro de la
literatura me fuera mejor, pero
tengo a mi favor el no haberle
reído la gracia a nadie nunca ni
haber empujado una mampara. Cada
uno es como es, y si te
perfeccionas, que sea hacia
adentro, hacia ser mejor
persona; no para hacer
concesiones.
¿Por dónde se desplazan ahora
sus intereses temáticos?
Acabo de terminar un libro que
me ha dejado un poco vacía. Son
recreaciones históricas muy
breves, transcurren todos en el
limbo que según el dogma
católico es el lugar a donde van
todos aquellos que no recibieron
una enseñanza religiosa
verdadera ―claro la verdadera
para ellos es la católica―.
Entonces ahí caben los
animistas, los faraones, los
maometanos, los precolombinos,
etc. Todos los personajes están
muertos y así recreo estampas de
distintas figuras como Moctezuma,
Isis o Platero. Me divertí mucho
con ese libro porque tiene de
humor, de ironía y también es
poético, fantástico e
imaginativo.
Un cuento como "Añejo cinco
siglos" enlaza a través de la
fantasía la vida de dos mujeres
en Cuba, separadas por el
tiempo; pero con similares
experiencias y conflictos: las
dos han perdido un hombre que se
va en busca de mejores
condiciones económicas y, por
tanto, sus destinos se unen por
la espera. Este cuento también
sirve para ilustrar el problema
de las mujeres cubanas ante la
emigración, ¿cree que el género
puede resultar enlace de
experiencias y conflictos entre
las mujeres, que luego de tantos
siglos pudieran encontrarse ante
la misma condición?
Esa es una de las lecturas que
pudiera tener ese cuento.
Chavela es la mulata fuerte: le
dicen La Ronca; y hay un momento
en el cual se dice que Isabel
Bovedilla contrajo un mal de la
garganta en su paso de España a
Cuba. Entonces, de cierta manera
Chavela puede ser una
reencarnación de Isabel. En
definitiva se trata del juego
del tiempo en el realismo
mágico, o sea, del tiempo
redondo y recurrente. La
situación es la misma, el hombre
se va llamado por los cantos de
sirena. Hernando de Soto iba
buscando la fuente de la
juventud y los grandes palacios
inexistentes, los de ahora
buscan jacusis y casas con
piscina. Todos son relatos que
llenan las cabezas de fantasías,
y la mujer queda en el mismo
lugar, debe verlos partir;
aunque también muchas mujeres en
Cuba se han ido en las lanchas.
Pienso que el conflicto de la
mujer en este caso es el mismo
aunque con variaciones, pero la
recurrencia sigue siendo la
espera.
¿Cuáles eran los conflictos de
las mujeres de su generación?
¿Cuánto de eso ha cambiado y
cuánto se mantiene aún?
Te puedo hablar desde mi
experiencia. Nunca me sentí
maltratada como mujer, si
alguien se atrevió lo paré ahí
mismo; pero eso de que me
cierren en una editorial o que
me quiten una posibilidad de
trabajo, nunca. Tal vez haya
vivido fuera del mundo o es que
no estaba al tanto de ese
concepto de ser discriminada y
por eso ni me di cuenta. Siempre
demostré que podía hacer de todo
tanto en la literatura, como en
el periodismo. Tuve tropiezos;
pero nunca me sentí relegada
como mujer.
En cuanto a mi generación, creo
que el tema de la mujer fue una
respuesta masiva, una verdadera
liberación mental para todas
aquellas que estaban atadas al
hogar, porque se sintieron
útiles. Con la Revolución las
mujeres participaban en todo, en
la agricultura, en las
movilizaciones, en las milicias;
por eso fue tan visible su
incorporación y su presencia.
Luego de eso han ganado la
profunda convicción de ser y
merecer. No puedo decir cuánto
le falta. Dicen que mientras más
se trabaja más ayuda Dios, y en
el caso de la mujer funciona
igual: mientras más demuestres
que puedes, más te van a
reconocer. Hay quien piensa que
por ser mujer se lo merece todo
y que me perdonen mis amigas
feministas; pero si vas a luchar
tienes que darlo todo. Si te
tiras al mar tienes que nadar
fuerte, aunque el de al lado te
dé un codazo para hundirte. No
se puede pensar que si te lanzas
al ruedo te van a tratar con
cortesía. También hay hombres
que se sienten maltratados, que
no tienen lo que ellos se
merecen, así que lo que falta no
te lo puedo decir.
No obstante, son mujeres casi
todas las protagonistas de sus
historias y en ellas podemos
hallar tematizados algunos
conflictos femeninos. ¿Existe en
ello algún tipo de interés
explícito?
Escribo desde mí misma, esas
mujeres de alguna manera también
he sido yo, digamos que han sido
momentos de mi vida,
pensamientos míos, valoraciones.
Escribo desde lo que soy y
felizmente soy mujer, sin lugar
a dudas.
¿Cuál es el aspecto de su
feminidad que más la gratifica?
Creo que el concepto de la
maternidad es lo que nos realiza
plenamente. La maternidad me
cambió en lo interno, hasta en
mi forma de sentir la vida. De
alguna manera te purifica, te
mejora. Para mí la maternidad
fue un crisol y agradezco mucho
haber sido madre porque creo que
sin eso no me hubiera dado
cuenta de las carencias. La
maternidad es el don irrepetible
que nadie le puede birlar a la
mujer.
¿En qué radican para usted las
diferencias entre hombres y
mujeres?
Es la capacidad de ser madre lo
que me maravilla de ser mujer.
Por lo demás creo que somos
seres humanos sometidos a
determinadas condicionantes de
vida, de inteligencia, de
medios, de espiritualidad. Los
hombres han llevado la
preeminencia y no es justo que
eso esté de un solo lado porque
todos somos seres humanos. Hay
mujeres inteligentísimas y
hombres muy estúpidos, y
viceversa. Entonces, pienso que
como seres humanos es necesaria
la igualdad, conquistar ese
lugar social. Yo he estado
dispuesta a que no me lo
quitaran y en la vida me han
hecho trampas hombres y mujeres;
así que no culpo al machismo por
mis malas experiencias.
En sus cuentos hay mucha
referencia a la familia y ahora
me menciona la maternidad como
un espacio de plenitud. ¿Cuáles
son esas satisfacciones
familiares y cotidianas que la
llenan?
La casa es mi refugio y mi
satisfacción, tal vez sea por mi
carácter. Puedo ser muy
expresiva y conversadora; pero
la casa es mi fuerte, en mi casa
soy independiente y no permito
que se transgredan sus fronteras
porque son las mías. Busco poco
fuera. Mi hogar de niña era muy
rígido, como un presidio; por
eso busqué la independencia en
mi propia familia. Mis dos hijos
varones son muy libres, yo no
intervengo en sus vidas ni les
exijo nada; porque también parte
de nuestro machismo se debe a la
relación edípica madre-hijo en
la familia cubana. A mí eso no
me ha funcionado nunca. Ellos
son dos personas autónomas con
sus propios intereses y puntos
de vista. Así me ha ido muy
bien, porque el respeto al
derecho ajeno garantiza la
armonía familiar.
¿Es usted de esas escritoras que
tienen el oficio asumido como
labor diaria o espera a que la
inspiración la sorprenda?
A mí la inspiración me ronda
bastante, no me puedo quejar de
ella; pero nunca he tomado la
escritura como un oficio. Quizá
de tener una casa editorial
presionándome no me quedaría más
remedio; pero como no fue así,
me ha dado más libertad para
asumir la literatura como
deleitación. Soy muy feliz
cuando escribo, cuando tengo una
idea y la realizo. Los
personajes se me dan muy
fáciles; pero el idioma siempre
es un reto, un misterio
insondable. Entonces, haber
logrado un dominio del idioma,
de la atmósfera de cada cuento,
es un logro. No me interesan
demasiado el tiempo ni el
espacio, sino lo que envuelve a
cada cuento y eso es lo que más
me ha costado dominar. A veces
por no repetir una palabra hay
que rehacer un párrafo, y si no
alcanzo decir la idea en
síntesis es que la idea no
sirve. Bueno, esos son
tecnicismos que me impongo y
claro, tienen un dividendo
favorable porque me alaban mucho
la precisión en el lenguaje,
pero eso no es algo gratuito, yo
lo he ido puliendo con
esfuerzo.
¿Cuál es el significado de un
lugar como el Vedado? ¿Qué
significa para usted la ciudad?
La Habana para mí es
incuestionable en todo. Ahí
tengo un problema de identidad,
porque nací en Cienfuegos y mi
familia vino cuando yo era muy
chiquita. Ellos conservaban el
recuerdo de la época dorada
cienfueguera porque habían
tenido una buena posición allí y
luego se arruinaron. Eran los
sueños de las presas, las
fincas, la Hanabanilla, las
regatas ―mi papá había sido
nadador del Club de Cienfuegos.
Imagínate entonces llegar a La
Habana como los don nadie a
arrancar de abajo. En realidad
lo lograron, volvieron a tener
una posición media; pero como
antes habían sido ricos quedaba
la fantasía de “lo que el viento
se llevó”. Yo me crié en ese
ambiente, suspiraba por
Cienfuegos y por lo que habíamos
perdido; hasta que un día empecé
a plantearme el verdadero lugar
al que pertenecía. La razón fue
muy elemental, tenía que decidir
a cuál de los cuatros clubes de
pelota: Marianao, Habana,
Almendares o Cienfuegos, iba a
pertenecer. Supuestamente era de
Cienfuegos, pero me daba cuenta
de que quería ser de La Habana.
Entonces me percaté de que todos
los recuerdos de Cienfuegos eran
implantados y que yo soy de
aquí, porque es aquí donde he
vivido. Yo amo la ciudad, la
amo. A veces soy feliz por esa
sensación un poco infantil de
estar siempre deslumbrada, y no
solo por el mar, el maravilloso
mar y el Morro. Es que voy por
las calles y miro los árboles,
la parte reposada de la ciudad,
antigua y señorial, que a mí me
fascina; y me siento que no
pudiera vivir en otro lado.
Claro, viajar me encanta. Adoro
España por su felicidad
momentánea; pero necesito esta
ciudad, aquí está todo lo que me
pertenece y quiero.
Por otra parte, el Vedado es
como un estado de ánimo. Todo el
mundo quería vivir en el Vedado,
un lugar donde conocí mucha
gente amiga. Por eso, creo que
este barrio tiene la gran
personalidad de La Habana que se
fue, la que ya no va a volver
nunca; porque habrá todos los
cambios que quieran, pero es
irrepetible aquella magia del
Vedado reposado, indudablemente
hermoso, con esos palacetes que
nunca iban a ser nuestros, pero
que nos llenaban la vista.
También todo eso es parte de la
historia de Cuba, la de la
aristocracia y su buen gusto. |