Año VII
La Habana

27 de SEPTIEMBRE al 3 de OCTUBRE
de 2008

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Entrevista con la narradora cubana María Elena Llana

“El idioma es un misterio insondable”

Helen Hernández • La Habana

 

Leer a María Elena Llana (Cienfuegos, 1936) deja la sensación de que no faltan palabras. Allí, en sus historias perfectamente trenzadas, adivinamos el verdadero oficio de un escritor. La destreza técnica con que articula personajes, espacios, tiempos y realidad; regalan al lector la satisfacción que produce una historia bien contada. No requieren sus textos experimentaciones técnicas o lingüísticas, cultismos excesivos, períodos enrevesados. La imaginación y la sensibilidad de captar en la fábula las esencias y conflictos humanos son los mejores vehículos expresivos de los que se sirve para comunicar. 

Es el cuento la vertiente narrativa que prefiere y como ha dicho en varias ocasiones, este tiene sus reglas y hay que saber cumplirlas. La capacidad de síntesis en la anécdota, el ascenso de la acción hasta llegar a su clímax, los finales casi siempre cerrados, precisos y en los que cada elemento se alcanza en su instante justo; funcionan como recursos de su narrativa. No puede obviarse tampoco el uso exquisito de la ironía y el humor, que llega a alcanzar en algunos de sus cuentos los ribetes de la crueldad o el absurdo en personajes ridiculizados por sus propias acciones, como reflejo de una realidad social mucho más compleja. 

Desde su primer libro La Reja (Ediciones R, 1965) comenzó a hacerse proclive a las narraciones fantásticas; mas estas se nos presentan con total verosimilitud. Para sus personajes es común convivir con fantasmas, hablar con seres desconocidos, variar de tiempos y espacios; todo esto con la misma naturalidad con la cual encauzan sus acciones cotidianas. 

—¡Al fin nos vemos! —me recibe con una sonrisa y un abrazo en su apartamento, también del Vedado, a unos pocos metros del Malecón. Ya hemos planeado el encuentro en varias ocasiones; pero el azar concurrente o algún duende, tal vez salido de una de las historias de María Elena, ha impedido que nos encontremos una y otra vez.

—¿Tomas café? —pregunta mientras prepara la cafetera.

—Es un vicio de periodistas —le digo.

—Sí, yo también lo uso para escribir de noche.

Entonces comienza a contarme sobre La Habana de su juventud, la de los años 50. Y sobre sus tiempos de periodista en el periódico Revolución, sobre sus compañeros de estudio —algunos hoy grandes glorias del gremio; y no dejo de sentir esa ansiedad de guardármelo todo, de no dejar escapar ni una de las palabras con las que voy aprendiendo de la experiencia y oficio de esta periodista y escritora. 

Cuando empecé a estudiar periodismo estaba construyéndose el Habana Libre. Recuerdo que pasaba por allí todos los días antes de llegar a la escuela Márquez Sterling y miraba por la cerca aquellos pozos impresionantes por su profundidad. Después nos íbamos a un Club o nos sentábamos en el Malecón a conversar. Toda la ciudad estaba iluminada, nos encantaba.”

En aquella escuela que hoy es parte de la historia del periodismo en la Isla estudió María Elena Llana hasta el año 1958. En sus aulas la atrapó la Huelga General del 9 de abril de la que se convirtió en activista. “No es que fuera una heroína”, me dice con modestia. “En ese tiempo todo el mundo estaba metido en la Revolución porque era lo más justo”. 

En 1959 comenzó a trabajar en el periódico Revolución; pero rápidamente pasó a integrar el diario La Tarde hasta comenzar en Prensa Latina por la segunda mitad de la década del 60. También colaboró en las páginas de los periódicos La Calle y Palante, e hizo reportajes para las revistas Pueblo y Cultura y Cuba. Además, durante muchos años escribió guiones para series, adaptaciones y novelas radiales. 

Con toda esa vasta experiencia en el periodismo, oficio al que llega por vocación de servicio a la sociedad, María Elena escribe sus cuentos. En la literatura se dedicó a contar parte de la vida de los que no estaban presentes en los medios o en la narrativa de por entonces; se dio a retratar la imagen tierna, frustrada y decadente a la vez de los integrantes de la pequeña burguesía cubana, refugiados en su entorno imaginado dentro de sus enhiestas mansiones, magníficas evidencias del pasado. En estos espacios ficticios, fantasmales, lúdicos, oníricos se desenvuelven los personajes de Casas del Vedado (1983), el libro con que  la escritora regresara a la prosa de ficción luego de casi 20 años de ausencia y que le hiciera merecer el Premio de la Crítica. 

En opinión de varios investigadores, la literatura fantástica de mujeres durante la década de los 60 en la que comienza su carrera esta escritora, fue soslayada por la instauración de un canon épico tras el que se guardaban no pocas pugnas generacionales por el poder interpretativo. De tal forma, y como lo corrobora María Elena en esta entrevista, sus cuentos debieron esperar los nuevos vientos del campo cultural cubano durante los años 80. Y no es que le faltaran acciones a esta mujer para contar la épica de la Revolución. Ella fue miliciana, estuvo acuartelada como periodista durante la Crisis de Octubre, fue profesora internacionalista en Angola y corresponsal en Vietnam. Sin embargo, según comenta, le pareció que por aquellos tiempos este tipo de literatura ya estaba saturada. Entonces, guardó para luego las narraciones que verdaderamente le daban placer, aunque nunca dejara de escribir. 

La crisis de los 90 la sorprendió en China y a su regreso la situación del país le dejó profundas huellas emotivas, visibles en los relatos de sus más recientes libros de cuentos: Castillos de naipes (1998), Ronda en el Malecón y Apenas murmullos (2004). Estos dos últimos ofrecen un fresco de los principales conflictos económicos, morales, ideológicos y espirituales en los que se vio inmersa la mitad femenina de esta Isla durante esa década, cuyas incidencias todavía hoy son posibles de percibir. Justamente parece haber sido esta la intención de María Elena, periodista de alma y cuerpo; pues sus historias descubren todo el entramado sociológico bajo el que cada ser humano mudó en su interior hasta encontrar las verdaderas pieles con las que cubrirse. Aunque tal vez escritos desde el dolor, no son estos cuentos tristes; la autora ha logrado hallar en sus conflictos el humor y el choteo propios de la cubanía, herramientas que nos valen para superar con sonrisas todos los escollos. Pero si bien esta reciente variante creativa —especie de muda en su tradicional poética— se encuentra anclada a referentes de la historia inmediata, no por ello abandona elementos que la distinguen como creadora: la imaginación poderosa, el uso afinado de la ironía y la caricatura, el juego con los niveles de la realidad, el dominio del diálogo y la precisión lingüística, así como la destreza técnica en la narración. 

Es una mujer de carácter enérgico, amable, ocurrente y muy comunicativa; al punto que la conversación se extendió hasta bien entrada la tarde. Luego de la entrevista, me contó varias anécdotas sobre su vida, sobre sus hijos a quien agradece el inmenso placer que representan, pero a los que ha preferido educar en libertad, cada uno con sus propias expectativas de realización. También algunos de esos tropiezos que requieren de la seguridad y confianza interna para superarse, en los que descubrí una tremenda fortaleza de espíritu, pues, aunque María Elena Llana no prescribe más feminismo que el de sus propias vivencias, es posible percibirlo en esa disposición constante de trascender todo límite a su individualidad.

Usted se graduó de periodista en la escuela Manuel Márquez Sterling en el año 1958. ¿Qué la hizo elegir esta profesión? ¿Quiénes fueron sus colegas, sus profesores de aquella etapa?

Siempre escribí cuentos pero no se los enseñaba a nadie. Desde pequeña tuve facilidad para escribir y fue esa una de las razones que me motivó a elegir periodismo, aunque nunca en mi vida había estado en un periódico por dentro. Por otra parte, también estaba mi vocación de servicio; o sea, el periodismo es necesario a la sociedad y con ello podía favorecer al mejoramiento humano. Tenía otras opciones como el magisterio o la medicina, que también son profesiones en las que se ayuda a las personas; pero indudablemente el periodismo tenía una función social. Yo soy una apasionada de la historia y creo que en la prensa se produce la historia inmediata, lo que hoy hacemos en los periódicos es lo que se va a recoger mañana cuando se analice toda nuestra etapa. Aquello me fascinaba, si bien yo tenía otra serie de inquietudes amplias, me gustaba la pintura, la historia del arte; pero bueno, al final me decidí por el periodismo y la Márquez Sterling era la escuela más conocida. Mirándola hoy por hoy era una escuela muy técnica; pero a la larga, la vida me demostró que esa parte es fundamental. Después la cultura se la pones tú con tu propio enriquecimiento, con tus propios intereses, con tu capacidad. Con los años llegué a ser profesora de radio periodismo en una universidad de México con lo que aprendí en aquella escuela. Fueron tiempos de mucho enriquecimiento, por la mañana estudiaba en San Alejandro, donde también me matriculé, y por la tarde en la Márquez Sterling. Era como si ya me hubiera independizado y abierto las alas, quedaban atrás los tiempos del colegio de monjas.

¿Cómo eran esos tiempos?

Para mí el colegio de monjas fue una experiencia muy valiosa porque conocí el dogma. La fe es una cuestión interna, esa no te la enseña ninguna monja ni ningún colegio, y tiene sus altibajos. Ahora, conocer los fundamentos religiosos me permite interpretar ciertas cosas de las que hoy suceden; por ejemplo, lo que se dice sobre el aborto, pues yo sé de donde nacen. Aquella etapa me abrió mis horizontes y dentro de eso también tuve enseñanzas técnicas muy valiosas. Una muy simpática es que como cuando yo era estudiante todos los 28 de enero se hacían las paradas escolares por el natalicio de Martí y todos los colegios de La Habana tenían que desfilar, por tanto, un instructor nos enseñaba voces militares, necesarias para poder mover aquellos verdaderos ejércitos de niños en los desfiles. Cuando entré a la milicia, todos eran muy combativos y yo una de las más tranquilitas; cumplía mi deber de ciudadana, pero sin hacer algarabías. Sin embargo, entre toda aquella gente tan combativa y tan gritona de la milicia, la única que sabía marchar correctamente era yo. La instructora me preguntó orgullosa si yo había sido militar y cuando le respondí que no, que todo aquello me lo habían enseñado las monjas, la dejé desconcertada porque en aquellos momentos ya todo lo que oliera a religión era mal visto. Después de eso me dejó tranquila, así que las monjas me sirvieron también para desenvolverme en las milicias. 

Me hablaba de que escribió cuentos desde su primera juventud. ¿Cuándo fue que descubrió esa vocación?

La verdad es que no lo sé con exactitud. Yo fui una niña muy solitaria, soy hija única, asmática y estaba muy sobreprotegida. Me crié con mis abuelos por demás así que en mi infancia viví algo así como un arresto domiciliario. Entonces me realizaba dibujando y jugando a las muñecas, inventándome otros mundos. También el cine me fascinaba y escribía tiras cómicas en mis libretas del colegio, para entretenerme. Después comencé a prescindir de los dibujos y solo a escribir las historias, algunas eran cuentos de hadas y por ahí los tengo todavía. Cuando estaba en el bachillerato se me ocurrió escribir una novela de misterio por entregas. Hacía una cuartilla manuscrita y mis compañeras de estudio las leían durante las clases. Aquella hoja circulaba subrepticiamente por toda el aula y al otro día me pedían más y más, hasta que la terminé.

Puede decirse entonces que fue esa su primera publicación.

Digamos que sí, mis primeros lectores fueron mis compañeras de curso y como les gustó y a mí también, seguí escribiendo. 

Ahora en serio, antes de La Reja, ¿había usted publicado?  

Sí, lo primero que yo publiqué fue un pequeño relato humorístico en El Pitirre, el primer semanario humorístico creado después del 59. Era paralelo a Lunes de Revolución,  el semanario culto. Entonces El Pitirre se propuso hacer otra forma de humor que en Cuba no se había realizado. Existía el humor político tradicional desde La política cómica; El Bobo, de Abela; El Loquito, de Nuez; el semanario Zigzag que desapareció junto con la vieja prensa; pero El Pitirre, como parte de la prensa nueva, tenía formulaciones distintas. Como yo trabajaba en el mismo periódico Revolución, empecé a mandarles mis colaboraciones y realmente tuvieron éxito. Me acuerdo de que una vez Muñoz Bach, quien era el diseñador del periódico, vino a mi buró y me dijo: “Óyeme María Elena, leí tu cuento en El Pitirre y fue lo mejor que se publicó en ese número”. Casi ni nos conocíamos así que imagínate, tuve que bajar el ego del segundo piso; pero voy a agradecerle siempre ese comentario, porque me entusiasmó. 

Su escritura está llena de esos resortes humorísticos; pero a veces a los escritores no les gusta incluirse dentro del humorismo porque es ese uno de los géneros de la mal llamada “literatura menor”.

Siempre he disfrutado infinitamente los cuentos de humor, sobre todo las piezas maestras del humorismo inglés o el italiano. Creo que el humor, como todo, depende de la altura que puedas alcanzar con él. El humor no es “menor”, menor es tal vez quien lo cultiva. Si nos fijamos, la “gran literatura”, las obras más famosas universalmente, tienen siempre sus toques humorísticos. Toda frase ingeniosa que provoque la risa del lector es una ganancia para quien escribe. 

¿Qué han aportado a la literatura todos esos años en el periodismo?

Si algo le aporta el periodismo a la escritura creo que es la inmediatez y la comunicación. Prefiero el cuento porque, como el periodismo, es más dinámico, más comunicativo. Creo que nunca podría escribir raro y a veces leo cosas que parecen de mucha calidad porque son muy confusas; pero aunque fuera la mujer más culta de la Tierra creo que no lo podría hacer, porque me gusta comunicarme claramente, no romperle la cabeza al lector, y esto puede ser un referente del ejercicio periodístico. Por eso les agradezco a los buenos escritores cubanos y no cubanos cuando no me hacen romper la cabeza, cuando me dan una literatura que me enriquece cultural y espiritualmente y a la vez me distrae, me es disfrutable. Si la escritura no dice nada, entonces para mí no vale la pena. También la radio me ha ayudado con los diálogos que a veces me elogian en mis cuentos; pero es que durante mucho tiempo he hecho adaptaciones y originales para este medio. En fin, todo se amalgama: el periodismo, los dramatizados de radio y la literatura, pues mi campo de trabajo ha sido siempre el mismo: el idioma, que lo aglutina todo y es lo que más me interesa.

Se ha confesado una amante del cuento; sin embargo, sigue siendo la novela el género elegido por el mundo editorial. ¿Ha pensado en publicar alguna?

Eso de la preferida de los editores es por épocas. Aquí hubo una etapa en que el preferido era el cuento. En los años 60 se publicaron pocas novelas y el cuento se privilegiaba, también por la capacidad de insertarlo en las publicaciones. La novela es ahora la moda editorial, algún día a lo mejor es el teatro o el ensayo. Por suerte, no me preocupan las editoriales. Mis libros de cuentos han sido bien acogidos y en el exterior me han incluido en varias antologías. Claro, me gustaría muchísimo tener una novela bet-seller universal; pero digamos que esa no es mi vertiente. Hace muchos años que vengo escribiendo una e incluso está casi terminada; pero lo que me pasa es que cuando empiezo a escribir una novela, un texto que requiere de continuidad, se me empiezan a ocurrir ideas de cuentos y no las puedo dejar escapar, me persiguen. Los cuentos son como los niños majaderos, ellos me quieren ganar. Entonces me pongo a escribirlo y me olvido de lo demás. Pero bueno, a lo mejor algún día la acabo. Últimamente todo el mundo me lo pregunta y les voy a tener que hacer caso.

Su primer libro La Reja aparece en el año 1965 y para el segundo debieron pasar casi 20 años. ¿Tuvo que ver esta ausencia de publicación con que su literatura eligiera el punto de vista fantástico en contraposición al realismo social con el que se correspondía la escritura revolucionaria en los 60 y 70? ¿Por qué no preferir, como hicieron algunos de sus contemporáneos de más éxito, la narración de la epopeya revolucionaria de la que también usted era partícipe?

En mi caso todo coincidió: un matrimonio, el divorcio, otro matrimonio, dos hijos que nacieron uno detrás del otro en menos de un año, las dificultades sociales, pues aunque yo trabajaba como periodista en Prensa Latina, debía atender mi casa y no tenía ni quien me lavara un pañal. Entonces, por lo menos yo, tenía demasiadas cosas en que ocuparme y no me podía poner a analizar mucho la situación. ¿Qué ocurrió? Inicialmente publicamos varias mujeres: Ester Díaz Llanillo, Evora Tamayo, Ana María Simo y yo; pero yo noto que la cosa empezó a cerrarse al final de los 60, cuando aparece la literatura de los años duros, los grandes dómines de la época. Y mira, si era por hablar de la milicia yo podía porque era miliciana; incluso, después de muchos años sin escribir lo había retomado precisamente en la noche de la crisis de los misiles, porque en aquel momento, ante la inminencia de la muerte, lo único que lamenté fue no haber escrito. Con oficio hubiera logrado escribir como ellos querían, lo que sucede es que no me gustan las campañas. Además, yo reflejaba cotidianamente la realidad social desde mi trabajo en el periodismo, en mis crónicas y reportajes. 

Siempre me interesaron todos los temas; pero como te dije empecé escribiendo cuentos infantiles que también eran un poco fantásticos. Mi libro La Reja apareció con las Ediciones R gracias a una propuesta de Ambrosio Fornet, lo cual para mí es haber entrado de la mano de una de las personas más serias en la literatura de mis contemporáneos. Ya en esos tiempos eran evidentes todos los conflictos ideológicos en el campo de la cultura y las Ediciones R se inclinaban por ese tipo de literatura más imaginativa, de límites más difusos. No obstante, en La Reja hay de todo un poco, pues está dividido en tres secciones: los "divertimentos", que son los cuentos fantásticos; las "narraciones" con varios cuentos realistas y por último los "hechos", donde narro historias que eran expresión de mi compromiso con mi tiempo, con lo que había sido el batistato para mi generación. 

Por otra parte, sentía que con esa literatura “evasiva” ―ahora le pongo las comillas pero entonces la consideraba así―, no estaba cumpliendo con mi momento histórico. Entonces llegó el momento en que me dije: “bueno, es que hay tanta literatura supuestamente comprometida y es tan mala, que uno también debe tener su opción”. Si la literatura fantástica era lo que me dejaba satisfecha, pues decidí escribir para mí, y si no me publicaban, pues no importó. Tampoco fui nunca a una editorial, no hice gestión para que mis textos aparecieran. 

¿Sentía que lo que estaba escribiendo no interesaba?

Sí, me parecía que no era importante porque no hablaba de las luchas revolucionarias; pero a su vez era lo que a mí me interesaba hacer. Además, el tema de la pequeña burguesía habanera era un sector de nuestra vida inmediata que no se estaba reflejando nunca salvo para herirlo, y en definitiva pertenezco a esa clase. Por eso lo elegí para tratarlo en Casas del Vedado, porque si yo me sentía una persona honrada, honesta, que fui miliciana cuando vino la invasión de Playa Girón; ¿por qué tenían que juzgarme miserable por mi origen pequeño-burgués?  

Casas del Vedado es tal vez su libro más reconocido, ¿cuál cree usted que sea su mayor mérito?

Justamente decir lo que nadie decía, lo que no existía; porque si íbamos a hacer un país para todos, no podía ser que fuera para unos sí y otros no. Los remanentes de la pequeña burguesía estamos aquí, porque se fueron tanto pobres, negros y lógicamente los millonarios. Ellos tenían su dinero fuera del país y pensaban que iban a venir los americanos a resolverles el problema. Ahí fracasaron. Ahora, los que nos quedamos aquí, pertenecíamos a todas las clases y si en la lucha revolucionaria la pequeña burguesía fue muy importante, cómo alguien creía que se podían borrar sus ideas de un manotazo. Ellos también eran seres humanos con tantos derechos como cualquiera. Hoy se habla mucho de diversidad, pero yo siempre tuve esa noción. El hecho de que el otro piense distinto a mí no quiere decir que sea inferior o que no tenga derechos en su propio país. Ah, si lo veo poniendo una bomba está muy bien que se le apliquen las leyes, como se la aplican a cualquiera que atente contra los poderes del estado; pero no ignorarlos, solo por su origen. Los ricos se fueron con todo su dinero; pero otros se quedaron y perdieron el suyo y sus propiedades. Por eso me siento más revolucionaria, porque decidí quedarme aquí y defender lo que entendía justo. Por eso mi origen es inviolable, yo no lo elegí, pero tampoco lo voy a denigrar. Hay muchos valores en ese sector de la población y por eso quise mirar con benevolencia a los que estaban estigmatizados. A veces los ridiculizo porque todos somos ridiculizables. Claro, el libro salió en un momento de apertura en la política cultural y se admitió porque hablaba de lo que dejó de ser, era más ficción que ningún otro porque ese sector social ya no existía. 

¿Cuáles han sido sus relaciones con esa política cultural?

Yo había despuntado bien y sentí que este mundo se me podía  cerrar. Mi carácter también influye. Me pude poner a escribir sobre las luchas revolucionarias y estoy segura de que no lo hubiera hecho mal, incluso a lo mejor un día me embullo y lo hago, para demostrar que sí se puede. Pero no era lo que yo quería y entonces no publiqué. En el periodismo sí acaté todas las normas; uno siempre busca su propio nivel y como trabajaba en una agencia internacional, pues era mucho más acorde con mi modo de sentir especializarme por ejemplo en la guerra de Afganistán que hablar de lo que estaba pasando en Cuba.  Por eso a veces la literatura ha tenido que asumir la función del periodismo, hecho que es muy doloroso, porque el periodismo honesto tiene una función social tremenda, es perfeccionador de la sociedad. ¿Por qué vamos a pensar que todo el que diga lo que no se quiere oír está actuando mal? 

¿Tiene que ver este criterio con que sus libros más recientes sigan los referentes de la realidad inmediata?

Eso respondió a una necesidad que también es histórica. Quise decir todo lo que no se abordaba en el periodismo, porque era parte de una realidad muy sucia y que se estaba borrando. Todo lo sucedido en los 90 me dejó un fuerte impacto emocional. Alguien me dijo una vez que Ronda en el Malecón, tal vez mi libro más crítico, estaba escrito con dolor y creo que es cierto. Aquella etapa fue el final de las utopías, todo se me derrumbó. En el 90 yo estaba en China y cuando regresé a Cuba y vi la realidad, ¡fui tan desventurada! Sentí que todo se lo había llevado el viento, que mi vida no había tenido sentido, en fin, fui muy pesimista. Pero ya ves, nos fuimos levantando. Hay una frase de Malaparte en su libro de crónicas que yo grabé desde adolescente: “La vida humana es una planta terriblemente tenaz que nada logra desarraigar, es una fuerza bellísima y espantosa”, y en Cuba sucedió así, salimos de aquello y dejamos de ser tan derrotados, tan tristes, tan pesimistas. Todo ha tenido su precio porque surgieron escalas sociales antes solapadas y se redescubrieron el jineterismo y la marginalidad. Pero bueno, somos un país vivo, no estamos en un cristal

Sus cuentos tienen también una intención muy ética y los grandes problemas sociales aparecen tratados desde sus conflictos cotidianos. ¿Cuáles son los intereses espirituales que mueven esas historias?

Tanto Ronda en el Malecón como algunos cuentos de Apenas murmullos, salen del deslumbramiento. Bueno, el deslumbramiento generalmente es hacia lo bello así que mejor decimos del desconcierto ante lo que ocurría en Cuba. Por ejemplo, el cuento “Ronda en el malecón” es la historia de una conocida. Yo la conocía a ella y al esposo desde los 80, los dos eran militantes del Partido, pero de horca y cuchillo. Resulta que un día nos vemos y ella me cuenta que el marido se había casado con una extranjera y que estaba destrozada; pero que gracias al dinero que la mujer les mandaba estaban sobreviviendo. Me quedé muy sorprendida, porque toda esta gente tan extremista de pronto se destapaba. La sociedad estaba en ebullición, las personas se quitaron las pieles y se mostraron tal como son. De todo ese desconcierto se nutren los cuentos, excepto algunos tal vez más ficcionales. Todos tienen que ver con la gente cotidiana, con los cambios en la moral; aunque bueno, como dice Malaparte, es el horror de la subsistencia, una fuerza terrible. 

Sí, se ha hablado mucho de una literatura que en los 90 sustituyó en su función al periodismo.

Te hablo de mi caso, porque yo soy periodista y conozco mis objetivos; pero creo que también hay un poco de espectacularidad en eso del realismo sucio, de exaltar lo problemas sociales. Ojalá que fuera por una intención social, eso indicaría que  hay más gente sufriendo por este país en el que uno cree. 

¿Siente que su escritura es suficientemente reconocida?

Sí, no creo que haya perdido porque soy lo bastante rebelde como para no permitirme perder nada. Lo que más puedo hacer es escribir, aunque no se publique, aunque sea para la gaveta sigo escribiendo y nunca he renunciado ni renunciaré a eso.  Puede que si hubiera hecho más vida social dentro de la literatura me fuera mejor, pero tengo a mi favor el no haberle reído la gracia a nadie nunca ni haber empujado una mampara. Cada uno es como es, y si te perfeccionas, que sea hacia adentro, hacia ser mejor persona; no para hacer concesiones. 

¿Por dónde se desplazan ahora sus intereses temáticos?

Acabo de terminar un libro que me ha dejado un poco vacía. Son recreaciones históricas muy breves, transcurren todos en el limbo que según el dogma católico es el lugar a donde van todos aquellos que no recibieron una enseñanza religiosa verdadera ―claro la verdadera para ellos es la católica―. Entonces ahí caben los animistas, los faraones, los maometanos, los precolombinos, etc. Todos los personajes están muertos y así recreo estampas de distintas figuras como Moctezuma, Isis o Platero. Me divertí mucho con ese libro porque tiene de humor, de ironía y también es poético, fantástico e imaginativo. 

Un cuento como "Añejo cinco siglos" enlaza a través de la fantasía la vida de dos mujeres en Cuba, separadas por el tiempo; pero con similares experiencias y conflictos: las dos han perdido un hombre que se va en busca de mejores condiciones económicas y, por tanto, sus destinos se unen por la espera. Este cuento también sirve para ilustrar el problema de las mujeres cubanas ante la emigración, ¿cree que el género puede resultar enlace de experiencias y conflictos entre las mujeres, que luego de tantos siglos pudieran encontrarse ante la misma condición?

Esa es una de las lecturas que pudiera tener ese cuento. Chavela es la mulata fuerte: le dicen La Ronca; y hay un momento en el cual se dice que Isabel Bovedilla contrajo un mal de la garganta en su paso de España a Cuba. Entonces, de cierta manera Chavela puede ser una reencarnación de Isabel. En definitiva se trata del juego del tiempo en el realismo mágico, o sea, del tiempo redondo y recurrente. La situación es la misma, el hombre se va llamado por los cantos de sirena. Hernando de Soto iba buscando la fuente de la juventud y los grandes palacios inexistentes, los de ahora buscan jacusis y casas con piscina. Todos son relatos que llenan las cabezas de fantasías, y la mujer queda en el mismo lugar, debe verlos partir; aunque también muchas mujeres en Cuba se han ido en las lanchas. Pienso que el conflicto de la mujer en este caso es el mismo aunque con variaciones, pero la recurrencia sigue siendo la espera. 

¿Cuáles eran los conflictos de las mujeres de su generación? ¿Cuánto de eso ha cambiado y cuánto se mantiene aún?

Te puedo hablar desde mi experiencia. Nunca me sentí maltratada como mujer, si alguien se atrevió lo paré ahí mismo; pero eso de que me cierren en una editorial o que me quiten una posibilidad de trabajo, nunca. Tal vez haya vivido fuera del mundo o es que no estaba al tanto de ese concepto de ser discriminada y por eso ni me di cuenta. Siempre demostré que podía hacer de todo tanto en la literatura, como en el periodismo. Tuve tropiezos; pero nunca me sentí relegada como mujer. 

En cuanto a mi generación, creo que el tema de la mujer fue una respuesta masiva, una verdadera liberación mental para todas aquellas que estaban atadas al hogar, porque se sintieron útiles. Con la Revolución las mujeres participaban en todo, en la agricultura, en las movilizaciones, en las milicias; por eso fue tan visible su incorporación y su presencia. 

Luego de eso han ganado la profunda convicción de ser y merecer. No puedo decir cuánto le falta. Dicen que mientras más se trabaja más ayuda Dios, y en el caso de la mujer funciona igual: mientras más demuestres que puedes, más te van a reconocer. Hay quien piensa que por ser mujer se lo merece todo y que me perdonen mis amigas feministas; pero si vas a luchar tienes que darlo todo. Si te tiras al mar tienes que nadar fuerte, aunque el de al lado te dé un codazo para hundirte. No se puede pensar que si te lanzas al ruedo te van a tratar con cortesía. También hay hombres que se sienten maltratados, que no tienen lo que ellos se merecen, así que lo que falta no te lo puedo decir. 

No obstante, son mujeres casi todas las protagonistas de sus historias y en ellas podemos hallar tematizados algunos conflictos femeninos. ¿Existe en ello algún tipo de interés explícito?

Escribo desde mí misma, esas mujeres de alguna manera también he sido yo, digamos que han sido momentos de mi vida, pensamientos míos, valoraciones. Escribo desde lo que soy y felizmente soy mujer, sin lugar a dudas.

¿Cuál es el aspecto de su feminidad que más la gratifica?

Creo que el concepto de la maternidad es lo que nos realiza plenamente. La maternidad me cambió en lo interno, hasta en mi forma de sentir la vida. De alguna manera te purifica, te mejora. Para mí la maternidad fue un crisol y agradezco mucho haber sido madre porque creo que sin eso no me hubiera dado cuenta de las carencias. La maternidad es el don irrepetible que nadie le puede birlar a la mujer. 

¿En qué radican para usted las diferencias entre hombres y mujeres?

Es la capacidad de ser madre lo que me maravilla de ser mujer. Por lo demás creo que somos seres humanos sometidos a determinadas condicionantes de vida, de inteligencia, de medios, de espiritualidad. Los hombres  han llevado la preeminencia  y no es justo que eso esté de un solo lado porque todos somos seres humanos. Hay mujeres inteligentísimas y hombres muy estúpidos, y viceversa. Entonces, pienso que como seres humanos es necesaria la igualdad, conquistar ese lugar social. Yo he estado dispuesta a que no me lo quitaran y en la vida me han hecho trampas hombres y mujeres; así que no culpo al machismo por mis malas experiencias. 

En sus cuentos hay mucha referencia a la familia y ahora me menciona la maternidad como un espacio de plenitud. ¿Cuáles son esas satisfacciones familiares y cotidianas que la llenan?

La casa es mi refugio y mi satisfacción, tal vez sea por mi carácter. Puedo ser muy expresiva y conversadora; pero la casa es mi fuerte, en mi casa soy independiente y no permito que se transgredan sus fronteras porque son las mías. Busco poco fuera. Mi hogar de niña era muy rígido, como un presidio; por eso busqué la independencia en mi propia familia. Mis dos hijos varones son muy libres, yo no intervengo en sus vidas ni les exijo nada; porque también parte de nuestro machismo se debe a la relación edípica madre-hijo en la familia cubana. A mí eso no me ha funcionado nunca. Ellos son dos personas autónomas con sus propios intereses y puntos de vista. Así me ha ido muy bien, porque el respeto al derecho ajeno garantiza la armonía familiar. 

¿Es usted de esas escritoras que tienen el oficio asumido como labor diaria o espera a que la inspiración la sorprenda?

A mí la inspiración me ronda bastante, no me puedo quejar de ella; pero nunca he tomado la escritura como un oficio. Quizá de tener una casa editorial presionándome no me quedaría más remedio; pero como no fue así, me ha dado más libertad para asumir la literatura como deleitación. Soy muy feliz cuando escribo, cuando tengo una idea y la realizo. Los personajes se me dan muy fáciles; pero el idioma siempre es un reto, un misterio insondable. Entonces, haber logrado un dominio del idioma, de la atmósfera de cada cuento, es un logro. No me interesan demasiado el tiempo ni el espacio, sino lo que envuelve a cada cuento y eso es lo que más me ha costado dominar. A veces por no repetir una palabra hay que rehacer un párrafo, y si no alcanzo decir la idea en síntesis es que la idea no sirve. Bueno, esos son tecnicismos que me impongo y claro, tienen un dividendo favorable porque me alaban mucho la precisión en el lenguaje, pero eso no es algo gratuito, yo lo he ido puliendo con esfuerzo. 

¿Cuál es el significado de un lugar como el Vedado? ¿Qué significa para usted la ciudad? 

La Habana para mí es incuestionable en todo. Ahí tengo un problema de identidad, porque nací en Cienfuegos y mi familia vino cuando yo era muy chiquita. Ellos conservaban el recuerdo de la época dorada cienfueguera porque habían tenido una buena posición allí y luego se arruinaron. Eran los sueños de las presas, las fincas, la Hanabanilla, las regatas ―mi papá había sido nadador del Club de Cienfuegos. Imagínate entonces llegar a La Habana como los don nadie a arrancar de abajo. En realidad lo lograron, volvieron a tener una posición media; pero como antes habían sido ricos quedaba la fantasía de “lo que el viento se llevó”. Yo me crié en ese ambiente, suspiraba por Cienfuegos y por lo que habíamos perdido; hasta que un día empecé a plantearme el verdadero lugar al que pertenecía. La razón fue muy elemental, tenía que decidir a cuál de los cuatros clubes de pelota: Marianao, Habana, Almendares o Cienfuegos, iba a pertenecer. Supuestamente era de Cienfuegos, pero me daba cuenta de que quería ser de La Habana. Entonces me percaté de que todos los recuerdos de Cienfuegos eran implantados y que yo soy de aquí, porque es aquí donde he vivido. Yo amo la ciudad, la amo. A veces soy feliz por esa sensación un poco infantil de estar siempre deslumbrada, y no solo por el mar, el maravilloso mar y el Morro. Es que voy por las calles y miro los árboles, la parte reposada de la ciudad, antigua y señorial, que a mí me fascina; y me siento que no pudiera vivir en otro lado. Claro, viajar me encanta. Adoro España por su felicidad momentánea; pero necesito esta ciudad, aquí está todo lo que me pertenece y quiero. 

Por otra parte, el Vedado es como un estado de ánimo. Todo el mundo quería vivir en el Vedado, un lugar donde conocí mucha gente amiga. Por eso, creo que este barrio tiene la gran personalidad de La Habana que se fue, la que ya no va a volver nunca; porque habrá todos los cambios que quieran, pero es irrepetible aquella magia del Vedado reposado, indudablemente hermoso, con esos palacetes que nunca iban a ser nuestros, pero que nos llenaban la vista. También todo eso es parte de la historia de Cuba, la de la aristocracia y su buen gusto.
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2008.
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