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Una tarde —no precisamente de
enero sino de septiembre— tomé
mi canoa, llámese la ruta de
ómnibus 195, y me dirigí a una
peña que me gusta definir como
auténtica: la peña Marcos
Valcárcel, construida,
dirigida y dispuesta por un
soñador, también de los más
auténticos: Pepe Ordás. Del
nombre de la peña me “empeñaré”
en otros escritos, así lo
prometo. Por ahora recordar o
informar, a quienes aún no lo
saben, que se hace los terceros
sábados de cada mes, en el Museo
de Guanabacoa —sito en Martí,
No. 108, entre Versalles y San
Antonio, Municipio Guanabacoa—,
con el apoyo de su directora, la
Lic. María Cristina Peña, y el
auspicio del Instituto Cubano de
la Música.
Esta vez se trataba de rendir
homenaje a los 85 de alguien que
nos enseña qué es cantar, que
nos enseña cubanía: el maestro
Adriano Rodríguez. Un cantante
que hizo, y hace, historia en
nuestra música. Uno de los
mejores barítonos ―en primas y
segundas voces―, una leyenda
viva de la cancionística cubana,
desde los años 30 hasta nuestros
días.
Guanabacoense de pura cepa.
En 1939, integró el grupo
folclórico Lulú Yonkori que
actuaba en las conferencias que,
sobre temas afrocubanos,
impartía el Dr. Fernando Ortiz
en aquellos años. Más tarde,
este grupo tomaría el nombre de
Rapsodia Negra, con frecuentes
intervenciones en la radio y en
la televisión. De esa época
datan dos discos: Guaguasones
y Él vive bien.
Nuestro octogenario amigo
también participó en algunas de
las producciones más importantes
de los cabarets Tropicana y Sans
Souci, dos de los centros
nocturnos más prestigiosos de
los 50,
compartiendo escenario con
figuras de la talla de Benny
Moré, Celia Cruz, Paulina
Álvarez, Las D’Aida, Merceditas
Valdés y otros.
En 1962 funda, junto a Odilio
Urfé, el grupo Los Trovadores
integrado, además, por Guarionex
y Raúl Garay (hijo y nieto de
Sindo respectivamente), Mario
Hernández, Dominica Verges,
Octavio y Mayito Sánchez (Cotán),
Luis Peña (el Albino) y Elías
Castillo; también, por aquella
época, actúa con reconocidas
estrellas de la canción cubana,
como Esther Borja y Ramón
Calzadilla.
A propósito de la realización de
la película cubana Hacerse el
sueco (2000), del director
Daniel Díaz Torres, participó en
su banda sonora junto a Edesio
Alejandro, con quien sigue
trabajando y grabando
eventualmente.
En este pequeñísimo currículum,
no quiero dejar de mencionar su
intervención, haciendo la
segunda voz en "La canción de la
Trova", junto a Silvio
Rodríguez, en la última entrega
discográfica de este último: el
álbum doble Érase que se era.
Volviendo a la peña, la tarde
pasó con algunos de los
fundadores de la Nueva Trova
―que ya no son tan “nuevos” ― y,
también, con algo de la más
joven ―esa que algunos teóricos
llaman “novísima”, o vaya usted
a saber.
Pepe abrió con dos temas
queridos por todos los que han
tenido la suerte de escucharlo,
desde sus épocas del grupo
Guaicán hasta los tiempos
que corren: "Conceptos" y "Me
gusta verte así".
Como él bien sabe hacer,
galanteó sinceramente el anuncio
del cumpleaños de Adriano,
adobado con regalos del Museo de
Guanabacoa y del Instituto
Cubano de la Música, algunos
dulces y brindis al efecto,
breves, porque la magia estaba
por hacerse.
Como si se abrieran las ventanas
de los múltiples cuartos de
aquella casa-museo, sin que se
escucharan sus oxidadas bisagras
pintadas de azul, y sin que
ninguna voz ordenara silencio,
comenzó el sortilegio.
Tuvo su turno el “Rafa” con sus
drelos y su manera de decir,
perdón, con su manera de decirle
a Adriano ―que miraba fijamente
y absorto―, que se le puede
dedicar a un grande lo que se
piensa desde joven, desde otra
esfera, donde la ternura también
tiene su espacio.
Caramba, había olvidado comentar
que las primeras canciones de
Pepe las acompañó Pablo Ordás en
el cajón ―como que suena el
apellido; pero en adolescencia―,
y que apareció "La perla marina"
a cuatro manos, mejor dicho, a
dos guitarras: las de Pepe y
José Manuel Ordás, como que se
reitera el apellido –y ahora
suena a niñez. Preciosa manera
de homenajear en familia. No se
quedaría ahí el tema familia,
porque en algún momento fueron a
escena los García: Lázaro, su
hija Maureen y su nieta Brenda,
de una afinación florecida,
cantando con background
desde sus pequeños años. El
final de esta actuación estuvo a
cargo del propio Lázaro,
regalándonos "Al sur de mi
mochila", canción que nos sigue
evocando las épocas de Angola,
con la ternura y la firmeza que
solo pueden ofrecer los poetas
como él.
Más trovadores pasaron por el
maravilloso patio de ese museo
(los guanabacoenses Wicho y
Valdivia, por ejemplo), en el
que se respira a mambí y a
música cubana desde que
traspasas su umbral, escoltado
por dos faroles que, confieso,
quisiera tener en casa; pero que
dono gustoso a la Cultura
Nacional. Hubo, también, un
joven estudiante de la CUJAE
(Serpa) que me llamó
particularmente la atención,
porque me parece que es de los
que están en la punta de la
pista, dispuestos a levantar
vuelo, esperemos por él.
Párrafo aparte a la aparición
del dúo Ad libitum, por esa
profesionalidad con que
resuelven lo que proponen ―entre
canto, poesía y narración oral―,
y por el encanto y el “enganche”
que logran en el público. Amén
de disfrutarlos, también me
dediqué a observar los rostros
de los presentes, y puedo
asegurar que más del 90% andaban
levitados.
Confieso haber tenido una
conversación con Vicente Feliú
―allí presente con su actual
manía de rescatarlo todo en
fotografías, sin saber a ciencia
cierta, creo yo, que sus
canciones se imbrican en ellas―,
en la que le comentaba que
habían sido un hermoso obsequio
―teniendo en cuenta la
celebración―, sus
interpretaciones, a capella,
con Lázaro García, de la
inolvidable "A mi manera", y con
Pepe en "Longina", de nuestro
Manuel Corona. Estoy seguro de
que el público presente pensó lo
mismo que yo, si me remito a los
aplausos que se escucharon; pero
el mayor premio estuvo en el
rostro, sonriente y satisfecho,
del propio Adriano.
"Muriendo la tarde", aquello
terminó con las voces de Pepe y
Adriano, entonando canciones y
boleros, de los cuales las
antologías de la canción cubana
más exigentes no debieran
prescindir.
Ya era noche, el tremendo patio
colonial de este museo, donde
otrora caminaran esclavos con
sus pesares ―que de alguna
manera estuvieron insertos en
las canciones escuchadas―,
escoltado también por faroles
similares a aquellos del umbral,
selló esa peña, ese encuentro
donde, aseguro, ondeó la cubanía
y la amistad. |