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Cuando se llega a Jaimanitas, un
humilde pueblo costero ubicado
al oeste de la capital cubana,
el asombro poco a poco nos va
llenando al ver que gallos,
soles, palmeras, güijes y
palomas, guajiros , vacas y
cabras, arcos y más arcos
policromados, van cubriendo una
y otra calle, casi hasta tocar
el mar; son seres extraños,
líricos y fantasmales, pero sin
duda, cariñosos y tenaces ante
huracanes, tempestades y
vándalos que a veces le
desprenden un pedazo por el solo
gusto de destruir la belleza que
muchos han creado con sus manos,
a lo largo de años de paciente
amor y entrega; no importa , las
hormigas laboriosas vuelven a
restaurar el daño y, de nuevo,
cual ave fénix, resplandecen con
colores y luces más bellas que
las que antes tenían. ¿A qué
loco demonio se le ocurrió
semejante maravilla que deja
boquiabierto al caminante de
ocasión y hace suspirar al
iniciado, a aquel que viene a
contemplar el arte y a llevar en
su mente o en su cámara un
recuerdo eterno? Dicen que al
nacer le pusieron José Antonio,
que el apellido paterno es
Rodríguez, pero hace décadas es
solamente Fúster, a secas, quizá
como un legado materno, de la
persona dedicada por la
naturaleza para engendrar las
vidas y que él ha tomado como un
reto para dar fuerza y
movimiento a un barrio que, sin
su huella, sería uno más de los
tantos que abundan.
Ahora estoy en su casa-taller
para asistir a un instante
especial: la inauguración de una
escultura de nueve metros de
altura que, durante casi un año,
día a día ha ido creciendo hacia
el cielo, como una montaña que
insiste en besar el sol y lo
logra, porque solo con
mucha voluntad y más amor es
posible alcanzar los sueños. "El
Olimpo de los Cinco",
nombre dado al conjunto por sus
constructores, es un homenaje
colectivo a los diez años del
injusto encierro de cinco
patriotas cubanos en cárceles de
EE.UU.; es el tributo de su
pueblo a Fernando, René, Ramón,
Antonio y Gerardo, que ve en
ellos una parte de lo mejor de
sus hijos, de aquellos que por
defender nuestras conquistas
luchan contra el terrorismo sin
pensar en beneficios personales,
allí donde sean más útiles y
Fúster, sin que nadie se lo
pidiera, sin que nadie le
exigiera ―como expresó Ricardo
Alarcón, presidente de la
Asamblea Nacional de Cuba―
consideró un compromiso como
artista el dedicarle esta obra a
sus hermanos; esos cinco dedos y
esas banderas, ese ojo vigilante
que no duerme, son la expresión
de la necesidad de no bajar
nuestra guardia jamás, son la
manera en que el artista y su
comunidad encontraron para
decirnos que hay que seguir
adelante y que los Cinco Héroes
deben volver a sus casas, a
compartir el abrazo de sus
madres, de sus padres, de sus
esposas, de los hijos que han
ido creciendo sin sus presencias
y de los hijos que aún deben
nacer y tienen el derecho de
poblar de alegría el planeta.
Allí estuvieron familiares,
artistas, vecinos, amigos todos
de la justicia y hacedores de lo
bueno, allí se oyeron,
declamadas por niños que no
habían nacido entonces, poemas
de Antonio, canciones dedicadas
a ellos por Vicente Feliú, Pepe
Ordaz y Lázaro García o una de
las preferidas por René ― “El
breve espacio en que no estás”,
de Pablo Milanés ― interpretada
por su hija Irmita; una hermosa
carta de Fernando, leída por su
madre Magali Llort, en la que
insiste en que la justicia
llegará, fue como un bálsamo que
llenó el ambiente de flores y
esperanzas, porque no estaba
cargada de odio y rencor, sino
de aliento y calor humano;
porque su madre, también habló
de la labor de aquellos artistas
que en la Isla de la Juventud
llevan cultura y optimismo a los
que perdieron todos sus bienes
con los huracanes y agradeció
ese gesto. ¡Cuánta humildad y
cuánta bondad se dieron el
abrazo esa noche en Jaimanitas!
Fúster es un ángel sencillo,
campechano y tierno, capaz de
aunar voluntades y sortear
cataclismos, incomprensiones,
envidia, falsos testimonios,
desaires, dejando que el tiempo,
“el implacable” del que hablaba
el cantor, sedimente lo bueno,
lo imperecedero, lo inalcanzable
para los flojos de mente y sin
espíritu de futuro; por eso,
cuando en sus cortas palabras
predijo que, un día, Fidel y
Raúl les impondrían a los Cinco,
allí mismo, sus medallas de
Campeones Olímpicos por las
ideas defendidas, todos
deliramos de emoción y tuvimos
la certeza de que ya, sin ser
deportistas, nuestros hermanos
habían alcanzado el Olimpo
glorioso de su pueblo y de todos
los amigos que en el mundo
luchan por su excarcelación
definitiva.
*La Habana,
septiembre de 2008. |